Santa María de Pentecostés: Xavier Pikaza


03.06.17 | 21:52.


María, la Madre de Jesús, aparece vinculada en Hech 1, 13-14 y Hch 2 con la venida y presencia del Espíritu Santo, de forma que Dios ratifica en el gesto y camino de la Anunciación:

En la Anunciación (Lc 1, 26-38) ella sola recibe (aunque como representante de todas las mujeres) el Espíritu de Dios, para así ser Madre de Jesús.

En Pentecostés (Hch 1-2) ella lo recibe con todos los creyentes, en el principio de la iglesia. De esa forma culmina el camino iniciado en la Anunciación, pasando de la promesa de Israel a la experiencia y plenitud de la iglesia. Así dice el texto:

«Subieron a la sala superior donde se alojaban. Eran Pedro, Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el celota y Judas el de Santiago. Todos estos perseveraban con un mismo interés en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y sus hermanos» (Hch 1,13-14).

En ese contexto quiero evocar de un modo sencillo (sin un estudio crítico de los hechos en su aspecto externo) el sentido alcance de la presencia de María en Pentecostés (como persona individual y como representante de toda la Iglesia), partiendo de reflexiones extendidas en varias entradas del GranDiccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2015)

— María está presente en el comienzo de la Iglesia: ella ha realizado el camino de la fe y, unida a unos grupos especiales de seguidores de Jesús, forma parte de la Iglesia originaria.

— María ha recibido el Espíritu de Pentecostés, culminando de esa forma el camino que había comenzado con la anunciación.

— Ya no recibe el Espíritu de maternidad para engendrar al Cristo sino que recibe y comparte con los restantes cristianos el Espíritu Pascual de libertad y unión fraterna que le ofrece el mismo Jesús resucitado.

Estos son los temas que ahora trataremos, para terminar uniendo en perspectiva pneumatológica y mariana los motivos de la anunciación y pentecostés. Buen día a todos.
— En la imagen 1 (de El Greco), María aparece como receptora privilegiada (central) del Espíritu Santo, entre los “apóstoles” (con otra mujer, que debe ser Magdalena). Significativamente no aparecen los hermanos de Jesús.
— En la imagen 2 María se identifica (al menos virtualmente) con el Espíritu Santo (una tesis defendida, al menos en principio, por L. Boff, Urs von Balthasar y otros teólogos).
— En la imagen final… una visión de oriente. En vez de María aparece la llama de Dios.

1. Entre los apóstoles, las mujeres y los parientes de Jesús

Algunos consideran la presencia de María en el comienzo de la Iglesia como un dato sin valor histórico. Así ha dicho M. Goguel: «no hay ningún indicio válido que nos permita suponer que María ha formado nunca parte de la Iglesia» (La Naissance du Christianisme, Paris 1955, 141).

Pues bien, en contra de eso, debemos afirmar que hay no solamente indicios sino también certezas fundantes que nos llevan a descubrir la presencia de María en la Iglesia primitiva. Sólo así se explica no sólo Hch 1,14 sino también Jn 19,25-27 que nos habla de María como miembro de la comunidad del discípulo amado. Sólo así se explica la existencia de una intensa veneración mariana que encontramos en el fondo de Lc 1,48 y en todo el evangelio de la infancia.

La simple afirmación de la presencia de María en el comienzo pascual y pentecostal de la Iglesia suscita una serie de certezas que son determinantes para comprender el sentido de su vida y el sentido de todo el cristianismo primitivo. María nos conduce del encuentro individual con Dios, que se explicita en Lc 1,26-38, al encuentro comunitario de Hch 1,14. Así universaliza el valor de su experiencia y expande, en ámbito de unión fraterna, la misma realidad de su persona.

Por la pascua de Jesús, ella ha renacido dentro de la Iglesia o, mejor dicho, ha renacido como Iglesia, en unión con sus hermanos. De esa forma ha culminado la presencia del Espíritu en su vida: podía parecer en Lc 1,35 que el Espíritu se daba sólo a su persona, de una forma individual, aislada y ya perfecta. Pues bien, ahora descubrimos que aquello fue un primer momento en el camino; por el don pentecostal de Jesús, el Espíritu de María se convierte en Espíritu de todos, como misterio de amor que unifica a la comunidad de los creyentes.

Pero con esto podemos volver hacia los textos. Hch 1,14 nos ofrece una lista fundacional de los miembros primitivos de la Iglesia. Ellos forman el ejemplo, concreción y signo de todos los creyentes posteriores. Cada uno de los grupos tiene su propio sentido, una razón de ser y una función que cumplir dentro de la primitiva comunidad.

Primero están los once cuyos nombres se citan expresamente (cf. también Lc 6,14-16). Ellos reciben el nombre de «apóstoles» (Hch 1,2) y se definen como acompañantes de Jesús en el camino de su vida y testigos de su resurrección (Hch 1,21-22). Dentro de la Iglesia primitiva ellos garantizan y atestiguan la continuidad entre el mensaje histórico de Jesús y la experiencia pascual. Son intérpretes de la fe y garantía de la unidad originaria de la Iglesia.

Junto a los apóstoles están las mujeres. El texto (syn gynaixin) resulta indeterminado y podría referirse a diferentes tipos de personas (por ejemplo a las esposas de los apóstoles). Pero es evidente que en el fondo de Lc-Hch ellas son, al menos, las mujeres que acompañaron a Jesús desde el principio: María Magdalena, Juana, la mujer del funcionario Cuza, Susana y muchas otras (cf Lc 8,3). Han servido a Jesús, le han visto morir (Lc 23,49); son testigos de su entierro (Lc 23,55-56) y, sobre todo, testifican el misterio de su tumba abierta (Lc 23,56-24,11)14. Sin su presencia en la primera comunidad la Iglesia hubiera perdido un elemento fundante de la historia y plenitud del Cristo.

Están, al mismo tiempo, los hermanos de Jesús que forman un grupo bien determinado, como en 1 Cor 9,5 (tois adelphois autou). Pertenecen a la vieja familia del Señor, interpretada en un sentido extenso, como entonces se entendía en el oriente 15: Ellos ofrecen el testimonio de la humanidad de Jesús, de su familia, tan insignificante, perdida y poco culta, en Nazaret de Galilea (cf. Mc 6,1-6). Han sido en un principio adversarios de Jesús y han rechazado su camino mesiánico (cf. Mc 3,20-21.31-35; Jn 7,3.5.10).

Pues bien, en un momento determinado, quizá a partir de la experiencia pas-cual de Santiago (cf. 1 Cor 15,7), que aparece como portavoz de todos ellos, estos familiares se han convertido (cf. 1 Cor 9,5; Gál 1,19), formando con apóstoles y mujeres el principio de la nueva Iglesia 16. Ellos aportan la prueba de los orígenes de Jesús, el re-cuerdo de su familia concreta entre los hombres. Un Jesús sin hermanos, sin crecimiento compartido, sin tradición asumida crítica-mente no sería verdaderamente humano.

Finalmente, como distinguiéndose de todos los grupos, está María, la madre de Jesús. Literariamente (si el kai tiene sentido conjuntivo respecto a lo anterior) se podría suponer que ella está integrada en el grupo de mujeres. Habría, según esto, tres grandes componentes de la Iglesia: apóstoles, mujeres y parientes. Sin embargo, es mucho más probable que ese kai (y) que le vincula a mujeres-parientes sea disyuntivo, de modo que ella forme grupo aparte.

María tiene su propia personalidad, aporta una experiencia irrepetible y diferente en el conjunto de la Iglesia17. Así lo suponemos en las notas que ahora siguen.
Para entender lo que implica el surgimiento de esta primera comunidad donde se encuentra María como miembro distinguido, es conveniente que tracemos, al menos de manera hipotética, el transcurso de los hechos 18. Los apóstoles, impactados por el juicio-cruz, se han dispersado, volviendo a Galilea, donde el mismo Jesús vuelve a su encuentro (cf. Mc 16,7; Mt 28,7.10).

Parece seguro que en esta conversión pascual ha intervenido poderosamente Simón (cf. Lc 22,32; 24,34; 1 Cor 15,5), que ahora confirma su nombre de Cefas-Pedro, fundamento de la Iglesia. Evidentemente, la experiencia pascual les lleva a Jerusalén, donde esperan la revelación definitiva de Jesús, Mesías de Israel, Hijo de Hombre escatológico. Las mujeres han quedado desde el principio en Jerusalén, donde han encontrado el sepulcro abierto. No sabemos lo que han hecho después. ¿Han corrido a Galilea para comunicar su experiencia a los apóstoles? (cf. Mc 16,7; Mt 28,10). No podemos precisarlo.

Lo cierto es que las hallamos luego en Jerusalén, formando la primera Iglesia, con los apóstoles (Hch 1,13-14) 21. Sobre los parientes no sabemos nada, a no ser que asumamos la hipótesis de un duelo transformado en experiencia pascual de resurrección. Según la costumbre judía, la madre y hermanos se habrían reunido una semana y luego un mes en llanto riguroso y luto por Jesús, el muerto. En un momento determinado, quizá por el testimonio de las mujeres y/o los apóstoles el duelo se habría convertido en gozo y canto, en experiencia de nuevo nacimiento. 22
Pero dejemos las hipótesis, volvamos a los datos. Conforme al testimonio de Hch 1,13-14, la muerte de Jesús se ha convertido, a través de la experiencia pascual, en principio de unidad para los suyos.

Pues bien, en este espacio pascual, que ha de entenderse como nuevo nacimiento, encontramos a María. Ella, que había recorrido un largo camino de fidelidad fundado en la presencia maternal y engendradora del Espíritu (cf. Lc 1,26-38), debe caminar de nuevo, muriendo con Jesús y renaciendo en el conjunto de la Iglesia.

Pero ahora no se encuentra sola, no tiene una palabra propia, aislada, irrepetible (como en Lc 1,38). Su palabra se ha vuelto universal y su experiencia es experiencia de todos los creyentes que, en torno a ella, esperan la plenitud de Jesús resucitado. Comprendemos ya que en esta perspectiva, en contra de una tendencia de inhabitación individualista y separada, que hemos visto culminar en L. Boff, no puede hablarse ya de identidad personal del Espíritu y María: ella recibe ese Espíritu como propio en la medida en que el Espíritu se expande a todos los creyentes, apareciendo así como «persona comunitaria», alma profunda, del conjunto de la Iglesia.

2. Al servicio de la Iglesia

¿Qué hacen los diversos miembros de la Iglesia reunidos? Quizá al principio lloraban por el hijo, hermano, amigo asesinado. Pero el llanto se convierte en gozo (cf. Tn 20.11-18), el dolor en nuevo nacimiento (cf. In 16,19-21). Enriquecidos por la nueva presencia de Jesús, sus fieles se han juntado porque esperan ya el fin de este mundo. El mismo Señor había anunciado la llegada de su Reino.

Lógicamente, los discípulos que han visto su gloria pascual le preguntan: «¿es este el tiempo en que vas a establecer el reino de Israel?» (Hch 1,6). Jn 20,19 nos dice que los fieles de Jesús se hallaban reunidos con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En una actitud semejante, de gozo desbordado y de temor, parecen encontrarse los grupos de que trata Hch 1,13-14. Dos son las palabras que describen su experiencia: unanimidad y plegaria.

Los fieles se mantenían unánimes (homothymadon), en gesto que recuerda y anticipa la actitud posterior de la Iglesia ya constituida (Hch 2,44-47; 4,32-35). Pues bien, en nuestro caso, la nueva comunión no es todavía consecuencia del Espíritu, que debe revelarse. La comunión deriva de Jesús y es principio de manifestación definitiva de su Espíritu. Hasta ahora los diversos grupos se encontraban separados: apóstoles, hermanos, mujeres… La misma madre de Jesús había hecho su camino aislada. De ahora en adelante todos ellos forman como un cuerpo, van constituyendo y realizando esa nueva personalidad comunitaria que es la misma verdad personal del Espíritu de Dios que se explicita sobre el mundo.

Los fieles se mantienen en plegaria, se reúnen para orar (en proseukhé). El texto posterior dice que «estaban sentados» (Hch 2,2), quizá en actitud litúrgica de celebración del pentecostés judío. Ciertamente, su plegaria se halla abierta hacia el futuro de Jesús a quien esperan como el gran libertador, que ha de venir a transformar su vida antigua, inaugurando el Reino sobre el mundo. Desde esa perspectiva entienden y celebran la vieja y nueva fiesta de su pueblo.

Ahora, al fondo de su gesto de esperanza y de recuerdo, han descubierto un elemento nuevo: experimentan el Espíritu del Cristo que les hace vivir desde ahora en el misterio de la nueva comunión eclesial, abriéndoles al mismo tiempo, en gesto misionero, hacia los hombres 25. De aquí se deducen dos grandes consecuencias: la comunión del Espíritu, que ellos viven como grupo de creyentes, viene a abrirse hacia los hombres y mujeres de Israel (y, después, a todo el mundo); la esperanza del futuro se traduce en gesto misionero del presente, en un camino que está determinado por la comunión intraeclesial y la palabra que irá abriéndose a todos los pueblos de la tierra.

Pues bien, en esa matriz de nacimiento de la Iglesia hallamos a María, abierta con los otros grupos de creyentes al misterio del Espíritu de Cristo. Ciertamente, no podemos entender los datos de Hch 1-2 de una manera historicista.

Pero al fondo de ellos encontramos el camino verdadero de la Iglesia. En un primer momento a experiencia pascual ha unificado a los discípulos del Cristo, haciéndoles vivir en comunión la presencia plena del Espíritu. En un segundo momento ese mismo Espíritu les abre, haciendo así que ofrezcan su experiencia y comunión a los judíos, samaritanos y, luego, a los gentiles (cf. Hch 1,8). Precisamente en el lugar de ese nuevo nacimiento, que supone la manifestación final de Dios sobre la tierra, hallamos a María. Ella ha culminado su camino de fe, introduciéndose como mujer carismática en el cuerpo de una Iglesia donde ofrece su experiencia y riqueza de misterio.

Ella ha realizado y culminado su camino individual de creyente, «avanzando en la peregrinación de la f e» que la mantiene unida a Jesús y transparente ante la gracia de su Espíritu (cf. Vaticano II, Sobre la Iglesia, 58). De esa forma es figura y modelo para todos los creyentes. La fragilidad de su vida de sierva humillada ha venido a convertirse en espacio de presencia y manifestación de la grandeza de Dios sobre la tierra. Ha combatido el buen combate, ha mantenido la fe; por eso puede presentarse como persona culminada, transparencia del Espíritu de Dios sobre la tierra (cf. 2 Tes 4,6).

Ese camino de la fe no la ha llevado a la muerte sino a la Iglesia donde, en unión con los otros caminantes (apóstoles, mujeres, parientes) viene a presentarse como la primera carismática. El Espíritu, que antes era fuerza de Dios en su gesto de maternidad mesiánica y maduración individual, viene a presentarse ahora como principio de vida compartida, matriz y sentido del nuevo nacimiento universal de los creyentes.

Están allí todos (pantes de Hch 21,1), los apóstoles (cf. 1,26), los 120 hermanos (cf. 1,15), es decir, los tres grupos de que hablaba nuestro texto de Hch 1,14-15 27. Entre ellos, como primer testigo del camino de Jesús y como hermana primera, culminada, de la Iglesia está María. La palabra de Dios, que empezó a resonar el día de la anunciación, la hizo morir al mundo viejo de su casa israelita y de sus padres, familiares, de la tierra. Lo ha dejado todo por Jesús y Jesús la ha hecho nacer de nuevo en el centro de su Iglesia, dándole así el ciento por uno de aquello que había perdido (cf. Mc 10,29-31).

Vuelve de esta forma el tema de Jn 19,25-27, pero ahora la Iglesia está formada por todos los grupos de creyentes, que acogen a María en su centro. Ella recibe así la plenitud del Espíritu como amor comunitario, principio de nuevo nacimiento compartido.

Sólo ella puede ofrecer al conjunto de la Iglesia el testimonio viviente de la plena humanidad de Jesús. Por eso, su palabra y su presencia resulta necesaria para el nacimiento de la Iglesia donde todos comparten ya la misma vida del Espíritu.

María es, de esa forma, el tipo y signo de todos los creyentes, que deben recorrer el camino que ella ha recorrido. Así, podemos afirmar que los momentos de la fe son ya momentos de la vida y misterio de María. 1) Asumiendo en su persona todo el camino de Israel, María ha respondido a la palabra de Dios, ofreciendo su vida como espacio de manifestación del Espíritu (Lc 1,35.38). 2) Situándose ante el Cristo ya nacido, María ha tenido que recorrer un proceso de conversión que no la lleva del pecado a la gracia sino de la gracia inicial (plena como inicial) a la gracia consumada que implica su muerte al mundo antiguo y su nuevo nacimiento por la pascua. 3) Finalmente, cooperando al nacimiento de la Iglesia (Hch 1,13-14; 2,1s), María viene a presentarse como hermana universal de los creyentes: ha recibido un Espíritu de comunión y en la comunión cristiana viene a introducirse, como ejemplo de fe para todos los creyentes.

Todavía un paso más. La comunidad primera de María está formada por apóstoles, mujeres y parientes. Pienso que este dato, en su misma facticidad histórica, resulta extraordinariamente significativo para aquellos que aprenden a leer en el misterio. María se presenta aquí como persona abierta en tres aspectos. Está abierta a los parientes, de tal forma que ellos pueden recuperar su historia antigua, recreada por Jesús después de pascua. No niega su origen, no borra sus principios.

El mismo Jesús la capacita para comprender y vivir de un modo nuevo su herencia israelita. María se halla abierta a los apóstoles en su doble función de testigos de Jesús y de varones: como a testigos les escucha, como a varones les ama en nuevo amor de fraternidad y comunión universal. Finalmente, Ma-ría se halla abierta a las mujeres en su doble función de servidoras-testigos de Jesús y de mujeres: como a servidoras de Jesús ha de acogerlas, recibiendo el testimonio que ellas siguen dando de la tumba vacía y de la pascua; como a mujeres las ama, dentro de una comunidad donde se viene a superar la división antigua que escindía y enfrentaba a varones y mujeres, siervos y libres, judíos y gentiles (cf. Gál 3,28). Pero con esto entramos en un tema (de distinción de masculino y femenino) que debemos tratar más adelante.

3. Anunciación y pentecostés. Conclusiones

Al menos en esquema debemos precisar el sentido del Espíritu en la obra total de Lucas (Lc-Hch).

1) En primer lugar, el Espíritu es poder de Dios que dirige la historia hacia Jesús. Esta línea se condensa en Lc 1,35: el Espíritu de Dios llena a María, de manera que ella pueda ser la madre, engendradora humana, del Hijo de Dios.

2) El Espíritu es poder divino de Jesús, como se muestra ya desde el relato del bautismo (cf. Lc 3,21-22). Ciertamente, Jesús mismo es persona, el Hijo eterno de Dios en forma humana; pero el fundamento y sentido de su acción liberadora es el Espíritu que actúa a través de su palabra y de su obra (cf. Lc 4,1-18; Hch 10,38). 3) Finalmente, el Espíritu es presencia y actuación de Jesús resucitado que lo ofrece desde el cielo a los creyentes (cf. Lc 24,49; Hch 1,5; 2,32-33).

Conforme muestra el esquema anterior, es evidente que Jesús mismo es el hombre del Espíritu, «pneumatóforo» por excelencia: del Espirito nace, con Espíritu actúa y Espíritu ofrece tras la pascua a sus creyentes, que pueden convertirse también en «pneumatóforos». Pues bien, el primero de esos creyentes, portadores del Espíritu es María. Ella aparece, de un modo privilegiado e irrepetible, en el primero y tercer momento del esquema. En el primero, María es representante de la historia, signo y concreción de toda la humanidad que busca al Cristo. En este plano, siendo expresión y portavoz de todos, ella debe actuar como persona individual: individualmente ha recibido la palabra y respondido con su «fiat» (hágase), recibiendo así el Espíritu divino que la constituye madre del Mesías universal.

Pues bien, en el tercer momento del proceso María tiene que invertir el movimiento precedente: antes era humanidad que se concentra en una persona; ahora es persona individual que se introduce dentro de una comunidad, para renacer en ella y por ella desde Cristo. Ciertamente, no pierde su persona, no se pierde en un conjunto indeterminado, en una masa dirigida desde arriba. Pero ahora culmina su camino personal y se realiza plena-mente, en el Espíritu de Cristo, como miembro de una comunión de fieles que la admiten jubilosos en su seno (cf. Lc 1,48).

Situando a María en estos dos momentos de su esquema pneumatológico, Lucas ha mostrado que existe una marcada semejanza estructural entre el origen de Jesús (Lc 1,26-38) y el nacimiento de la Iglesia (Hch 1,13-14; 2,1s). En el primer caso el Espíritu actúa únicamente sobre María, en camino de transformación personal-individual que la convierte en madre del mesías. En el segundo caso actúa sobre María y sobre todo el resto de los fieles, en camino de transformación personal-comunitaria que les hace ser Iglesia, es decir, comunidad escatológica del Cristo en el camino de la historia.

María es quien aúna en su persona ambos momentos, realizando un camino de fidelidad materna y entrega cristiana al servicio de toda la Iglesia. Nadie la ha podido sustituir en su ca-mino; todos debemos aceptarla en la memoria y realidad creyente, como transmisora de la bienaventuranza de Dios sobre la tierra (cf. Lc 1,42). En ese aspecto, la fe de todos los cristianos conserva una clara dimensión mariana: como fundamento y base de nuestra comunión eclesial, tenemos que apoyarnos en el gesto de María; sólo si aceptamos como propia su palabra de fidelidad comprometida (Lc 1,38) podemos luego acompañarla en el misterio compartido de la Iglesia. En otras palabras, la entrega y presencia del Espíritu al principio de la anunciación (Lc 1,35) se conserva y plenifica en el conjunto de la Iglesia a través de la experiencia siempre actual de pentecostés (Hch 2). A partir de aquí podemos esbozar unas sencillas conclusiones.

Hch 1,14 sirve para recuperar eclesialmente el camino de María. Ella no es recuerdo del pasado, como uno de los viejos patriarcas de Israel que sólo vive para nosotros a través del cumplimiento de Jesús. Ella ha penetrado por pentecostés en el misterio de la Iglesia, apareciendo para siempre como la primera cristiana de la historia.

Desde Hch 1,14 comprendemos la palabra «me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). El gesto de María permanece dentro de la Iglesia como signo de bienaventuranza: su pasado pertenece al futuro de los hombres que buscan con ella la bienaventuranza de Dios, esto es, el reino de la plenitud y justicia verdadera.

Por Hch 1,14 descubrimos a María como plenitud de un camino realizado. Hasta entonces ella compartió la búsqueda y dolor de todos los creyentes de la historia. Vivió en inquietud de fe (cf. Le 2,35.48), no pudo anticipar el gozo de la pascua. Pero ahora, culminada su experiencia, se presenta ante nosotros como vida ya cumplida, madurez ya realizada.

Por Hch 1,14 sabemos que María ha descubierto, al fin, el pleno carácter comunitario del Espíritu. Tuvo que salir de la familia de Israel por Jesús (cf. cap. 5); ahora, después que su Hijo ha muerto, ha descubierto en el Jesús resucitado la plena comunión de los hermanos. Por eso surge como hermana de todos, dentro de la Iglesia. Después ya no aparece en el camino de la historia. Cuando Lucas escribe, ella ha muerto, pero sigue viviendo no solamente en Dios (¡en Asunción celeste!) sino también en la memoria y vida de los fieles que participan de su mismo Espíritu y cantan su mismo canto de alabanza (Lc 1,46-55).

 

 

 

 

 

http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2017/06/03/p400938#more400938

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