VATICANO: REFORMAS AMENAZADAS


‘Omertà’, el gran pecado

 Los escándalos sobre abusos sexuales en el círculo de confianza del Papa provocan la primera gran crisis de su pontificado

 La ley del silencio obstaculiza la revolución anunciada por Francisco y la lucha contra la corrupción y la pederastia

 Cualquier documento que haga referencia a un “pecado sexual” goza del derecho de secreto para la Iglesia

  • Francisco bendiciendo a los fieles que lo fueron a ver en la plaza de San Pedro del Vaticano Foto: ALESSANDRO Dimes / EFE.

El pontificado del papa Francisco está viviendo la primera gran crisis. Los escándalos de los últimos meses, sobre todo los relacionados con abusos sexuales, han evidenciado más que nunca el abismo entre las promesas bienintencionadas del santo padre y la terca realidad vaticana, que se resiste a limpiarse.

Por un lado, Bergoglio ha conseguido renovar la rígida imagen de la Iglesia católica. Líder carismático, ha hecho de la proximidad a los últimos y del ecumenismo el rasgo distintivo de su papado. Pero, por otro, en la práctica, la revolución que había anunciado ha quedado estancada: la lucha contra la pederastia, la corrupción y la opacidad financiera, de momento, fracasado.

Francisco tiene muchos enemigos dentro de la curia que impiden las reformas. Pero parte de responsabilidad de la situación actual radica también en elecciones poco acertadas del pontífice. El caso más paradigmático es el del cardenal George Pell, incriminado por la justicia australiana por haber presuntamente cometido y encubierto abusos sexuales a menores en su país natal. Big George , como se le conoce en el Vaticano, era el brazo derecho del papa. Francisco lo eligió personalmente para asumir el papel más importante: “moralizar” la corrupta curia romana tras los escándalos de la etapa de Benedicto XVI y poner orden en las opacas finanzas del Vaticano.

La gestión financiera de Piel ha sido un desastre: la IOR, la banca vaticana, un nido de dinero negro, se ha negado a facilitar los nombres de los exclientes presuntos evasores fiscales a las autoridades italianas, no se ha hecho transparencia ni en el origen ni en el destino de los ingresos y las cuentas secretas siguen existiendo.

Piel ha sido un ferviente cabecilla del ala conservadora de la Iglesia, que se ha impuesto desde dentro la curia para frenar la apertura progresista promovida por Francisco hacia los homosexuales y los divorciados, consiguiendo que la doctrina no se modificara ni en una sola coma. Y, con todo, Francisco le ha mostrado siempre total confianza.

Cuando Bergoglio lo nombró su brazo derecho, era conocido que Piel había sido acusado de abusar de un monaguillo y fue absuelto por falta de pruebas. Y que decenas de víctimas de abusos australianas le acusaban, desde hacía años, de haber sido un encubridor sistemático de casos de pederastia. De hecho, estas sombras fueron las que frenaron Benedicto XVI de promover un figura tan oscura como Piel, a pesar de ser más afín ideológicamente.

Dos días después de la incriminación de Piel por parte la justicia australiana, el Papa Francisco hizo un cambio significativo. Sustituyó el responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal conservador Gerhard Müller, considerado demasiado blando en la lucha contra la lacra de la pederastia. En su lugar puso el cardenal Luis Ladaria Ferrer, un jesuita de origen mallorquín.

ocultación

Ladaria ocultó, en 2012, un caso de pederastia. Un cura fue laicizado por haber abusado sexualmente de niños. Ladaria, que era secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en vez de denunciarlo, emitió un decreto en el que ordenaba silencio en la curia local “para evitar escándalo entre los fieles”. El pederasta, Gianni Trotta, pudo continuar haciendo vida normal en su pueblo, cerca de Foggia. Se convirtió de cura entrenador de fútbol de niños pequeños y está acusado de haber abusado sexualmente de al menos una decena de niños entre 2012 y 2014.

El hecho es que la omertà practicada por tantos obispos y cardenales no es sólo conforme desde un punto de vista canónico. Es legal. Gracias a los pactos de Letrán -firmats 1929 entre Benito Mussolini y la Santa Sede-, los eclesiásticos no tienen la obligación de denunciar los delitos de sus subordinados. Es más: cualquier juicio, decisión o documento de la esfera del Vaticano referido a un “pecado sexual” disfruta del secreto pontificio. Quien revele el nombre de pederastas, hable de sus delitos, quien en definitiva no guarde este secreto, incurre en un “pecado grave”, que puede acarrearle la excomunión.

Es esta obligación de secreto que, según un informe de las Naciones Unidas de 2014, ha permitido “en la mayoría de abusadores ya casi todos los que han encubierto los abusos sexuales salvarse de ser procesados por los estados donde se han cometido los abusos “. El verdadero cambio que Francisco ha prometido y que ha ilusionado tantos fieles no ocurrirá hasta que el omertà sobre los casos de pederastia no deje de ser premiada. Es el tapón que impide que se desatasque la suciedad en el seno de la Iglesia católica.

1929
Mussolini
y la Santa Sede firman los pactos de Letrán, aún vigentes, que promueven la ‘omertà’.
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