COLOMBIA: Tomándome un café con Galat y otros díscolos


Galat, contra el Papa

“Espectáculo religioso”

Los cardenales, Müller, Spadaro y Marcello, Galat y los obispos colombianos…

Diego MezA, 31 de julio de 2017 a las 09:36

Se divierte con “estas fiestas y con estos simulacros” pero no funciona, no se producen verdaderos creyentes, tampoco el “tránsito de lo religioso” a lo político es capaz de generar nuevas confianzas

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El Papa y Galat

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Los cardenales díscolos

(Diego Meza).- Hoy, la realidad se estructura sin la influencia determinante de la religión, en este marco aparece el Cristianismo, cuyos personajes, discursos y símbolos ya no intervienen como elementos de verdad, al contrario, como un fragmento folklorizado pareciese sólo asumir un papel teatral: Los cardenales díscolos, los pronunciamientos contradictorios del Cardenal Müller, el artículo de Antonio Spadaro y Marcelo en la Civiltá Cattolica y las reacciones en Estados Unidos, y más cerca de mi patria, los programas de José Galat y el pronunciamiento de la Conferencia episcopal colombiana. ¿Qué significado tiene este vaivén de discursos? ¿Cómo se pueden interpretar?

El filósofo francés, Marcel Gauchet afirma que la función de ordenamiento humano y social de las religiones que se erigieron como una forma comprensiva e institutiva del poder, así como en principio regulador de las comunidades y sus instituciones, está a punto de concluir. Este movimiento implica dos vertientes: La incapacidad (salida) de lo religioso para estructurar la política y la sociedad, y una permanencia de lo religioso, en el orden de la convicción última de los individuos, a través de un espectro muy amplio de variantes, según las experiencias históricas y nacionales.

Algunos pretenden llamar a esta última tendencia “regreso de lo religioso”, pero como bien lo apunta Lipovetsky y Serroy no es una expresión adecuada, porque el fenómeno se presenta esencialmente como postradicional, desemabarazado de la autoridad heterónoma de una tradición impuesta y basada en el compromiso subjetivo de los individuos, con todo lo que se deriva de ahí en materia de participación parcial, de bricolaje de las creencias, de conversiones, de neomisticismo, de sentimentalización de la fe, de creencia sin integración. Para Slavoj Zizek, esto no significa, que todo esté gradualmente convirtiéndose en un fango social sin forma; la propia desterritorialización crea la necesidad de nuevos modos de delimitación: no más las viejas jerárquicas paredes fijas, sino una multiplicidad de «envolturas», de «burbujas», como «contenedores de realidad líquida». Surgen pues nuevos tipos de afinidades en torno a grupos de oración, nuevas espiritualidades, iglesias, líderes carismáticos, congresos, retiros, ideas políticas, entre otros.

El historiador francés Michel de Certeau gran analista de este tema, pensaba que el resultado de este proceso es la folklorización del cristianismo, es decir, su reducción a un elemento de cultura, un proceso de “dislocación” en tanto “estructura de sentido”, (Danièle Hervieu-Léger), así como la desregulación de su lenguaje y sus prácticas. Así, el cristianismo se convierte en un capital cultural idolatrado a disposición de cualquier uso.

A este punto, se constata la caricaturización de sus personajes y el vaciamiento de su lenguaje, de sus signos, de sus verdades. ¿Quiénes son los protagonistas de esta comedia? ¿Quiénes intervienen sobre las tablillas? En primer lugar, según Certeau, aparecen los eclesiásticos que “tienen la figura de la extrañeza, pero una extrañeza ambigua, que designa alternativamente un secreto importante y un pasado caduco. Fascinan como algo oculto, al mismo tiempo que poseen la naturaleza de un objeto perimido, como una reliquia de sociedades desaparecidas”. Esta extrañeza a la que se hace referencia, expresa la contrariedad del signo, al haber perdido el ambiente que lo ha gestado deviene la extrañeza, la curiosidad y la pantomima. “Los Sacerdotes y obispos representan el papel de indios del interior”, es decir, figuras que personalizan ya no una autoridad constituyente y reguladora sino las fuerzas mágicas de un mundo que fue y ya no está. Así, describe Bernanos en su libro Diario de un Cura Rural, el cambio producido en el ambiente: “Mi parroquia se halla consumida por el aburrimiento; ésa es la palabra exacta. ¡Como tantas otras parroquias! El tedio lo devora todo ante nuestra vista y nos sentimos incapaces de hacer nada. Acaso algún día nos alcance el contagio y descubramos en nosotros mismos ese cáncer. Es posible vivir mucho tiempo teniéndolo latente en el interior”.

El mundo desencantado, el cristianismo folklorizado, y sus representantes desembrujados. Este efecto no se origina solamente en la “creciente neurastenia de las nuevas generaciones de sacerdotes, sino en el simple hecho de que ya son agua definitivamente pasada los tiempos en los que «el señor cura», como guardián oficial del orden establecido o, en cierta manera, como delegado último de la clase dirigente, constituía el centro espiritual de la vida de su parroquia” (Eugen Drewermann). Siguen surgiendo todo tipo de intervenciones: comedias y dramas, peleas y querellas palaciegas, que solo pueden hacer parte del teatro y del espectáculo eclesiástico, pero ya no incumben a la organización del mundo, sólo sirven a la curiosidad, a la empresa del espectáculo que recluta estos melodramas para sus fines o simplemente son reemplazados por productos cómodos, personalizados, ventajosos y lucrativos. ¿No es este el drama de algunos eclesiásticos y creyentes críticos de Francisco, ansiosos por el reencantamiento del mundo y desesosos del posicionamiento del centro y de poder de su credo? ¿No es esta la comedia de las nuevas agrupaciones que se proclaman poseedoras de los secretos divinos y portadoras de salvación?

De cara a la pérdida del control de las instituciones tradicionales, pero, teniendo en cuenta que nadie puede adjudicarse la prerrogativa de vivir en el lugar del otro, el cristianismo retrocede en su intención de ser principio regulador de la vida de sus fieles, la organización de sus familias y valuarte ético de la sociedad y los gobiernos. Los decretos de sus autoridades no encarnan ni acompañan las conductas de los fieles. Lo que sucede a nivel de los discursos ocurre también en el plano de las prácticas. No sólo las opiniones de los cristianos difieren entre sí, sino que se alejan de la posición oficial de sus Iglesias y cuando estas tienen la oportunidad de abrirse a estos pareceres muchas cierran sus puertas. Para urgir una reversa o al menos una parálisis, prosigue Certeau, se suele acudir a los dispositivos de control, como el endurecimiento defensivo de la Institución, la proliferación de normas y documentos, el esoterismo del discurso, la excitación de la conciencia a través del espectáculo de masas, el consuelo victorioso del martirio, la apariencia de confianza, la apelación a las estadísticas, la ficción de renovación que en ciertos casos sólo es animada por el capo e impugnada por los demás. Tales elementos simulan vitalidad y estabilidad, pero lo que generan al final es menos autoridad, menos credibilidad. La múltiplicación y reforzamiento de estos procedimientos son engañosos y no contrarrestan la desvinculación de los creyentes. ¿No es este el caso de algunos documentos eclesiásticos que censuran o que tardíamente arrivan para exhortar a sus fieles?

Los medios de comunicación mencionan siempre a la Iglesia, hay que ojear los diarios, observar la televisión, revisar las carteleras de cine. ¿Por qué adviene la utilización de una institución en caída? Los mismos análisis del jesuita francés afirman que los medios acostumbran a consagrar lo hechos, a atribuirles una aureola sagrada, a la manera de la mitología de ayer combinan lo habitual con lo sublime, lo vanal con lo profundo, las ideas con los sueños, convirtiéndo así la vida cotidiana en un teatro. Al estar la religión a disposición de ellos, se vuelve propiedad del público, que la utiliza, como a los cuentos provenientes de un pasado todavía cercano, para hablarse de interrogaciones, no ajenas, pero tampoco identificables con lo que dice literalmente. El entretenimiento sirve siempre para relajar miradas y dirigirlas hacia otra orientación, para ocultar crisis o enunciar con otros nombres lo que no debe ser hablado directamente, para calmar flujos y dispensar culpas, por eso los cristianos deben preguntarse a qué sirven, sin saber, cuando se convierten en objetos de consumo, de espectáculo y de interés, cuando la experiencia real de creyentes sin nombre público, en las calles y en los pueblos, es obliterada por la llegada al estrellato de la impugnación o de los pontífices.

A despecho del ocultamiento de lo religioso, no se puede entonar prematuramente el requiem al cristianismo, tampoco, ilusoriamente creer en un ligero posicionamiento de centro gracias a las “reservas” ilimitadas del creer; “no basta manipular, transportar y refinar la creencia”, los relatos y los objetos que los representan, así como las “nuevas liturgias” tampoco “producen creyentes”. El público no es tan crédulo. Se divierte con “estas fiestas y con estos simulacros” pero no funciona, no se producen verdaderos creyentes, tampoco el “tránsito de lo religioso” a lo político es capaz de generar nuevas confianzas.

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/07/31/tomandome-un-cafe-con-galat-y-otros-discolos.shtml

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