ARGENTINA: ANIVERSARIO DE MONSEÑOR ANGELELLI


Un nuevo aniversario del asesinato de Enrique Angelelli, a manos de la dictadura cívico-militar.

1976 – 4 de agosto – 2017

 

Angelelli, obispo de La Rioja, fue un pastor preocupado y ocupado en la causa de Jesús, que tradujo sin ambivalencias como la causa de los Pobres y los Injusticiados: pequeños campesinos, obreros, sindicalistas, mineros, empleadas domésticas, etc.

Calumniado, marginado, olvidado por la mayor parte de su propia familia eclesial, su luz no se extingue y hoy, como nunca, su mensaje traza una huella de compromiso y entrega para muchos y muchas.

Tomamos apenas dos de sus frases para iluminar nuestro presente:

“Con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio”.

En libertad, con el Espíritu agitando sus alas sobre nosotros, volver a esas dos fuentes inagotables de sabiduría: el Pueblo, el pueblo sufriente, el pueblo que nos ubica de nuevo (¿de qué se tratan nuestros problemas al lado del hambre, de la desocupación, de la desesperación por recuperar algo de dignidad?). También el Pueblo que a veces no queremos escuchar, porque nos dice lo que no es cómodo oír… Así y todo…¡siempre postrados junto al Pueblo, siendo Pueblo!
Y el Evangelio, palabra de Dios que teje un hilo invisible de continuidad con tantos gritos por la vida y la justicia, aquí y ahora. Evangelio que no es juicio, sino apertura de horizontes; que no es receta, sino sugerencia cariñosa de otra vida posible; que no es siempre paz… (que no es siempre paz!), sino combate, contradicción, adversidad… Pero como viene de Dios, ¡nos confiamos!

“Hay que seguir andando nomás”.

Si hay frase para conjurar nuestro desaliento y para retomar las fuerzas que necesitamos para luchar… ¡es ésa!
Vamos juntos y juntas, con lo que tenemos y adolescemos, con lo que conseguimos y perdimos, con nuestros pecados a cuestas: ya el mismo camino se encargará de reconciliarnos, si sabemos transitar los senderos que nos marcó Angelelli: los de la Verdad y la Justicia.

Gracias, Dios, por regalarnos estos testigos.
¡Su sangre derramada nos advierte ante nuestras tibiezas!

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