La Eucaristía, una unión profunda e íntima con la persona de Cristo“La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (EG 47)

Dios es un misterio, incomprensible, insondable, ininteligible, porque está más allá de lo que la mente puede percibir. Va más allá de las palabras y de cualquier imagen del pensamiento.
Las palabras y los pensamientos son maravillosos para describir personas, animales, paisajes, situaciones, pero ocurre que Dios no se parece a nada que podamos expresar con palabras, ni tiene nada que ver con lo que podamos imaginar o pensar que es. Si no se puede describir verbalmente algo tan simple como el perfume de una flor, cómo pensar que puede hacerse con la experiencia de Dios. Sin embargo, podemos aproximarnos de algún modo a la idea de Dios, al concepto de Dios, con las palabras de Juan: “Dios consiste en estar amando” (1 Jn 4: 8-16). Estamos saliendo permanentemente de las manos de Dios porque Él nos crea amándonos en cada segundo. Si dejara de hacerlo un momento, desapareceríamos inmediatamente; dejaríamos de ser. Esa es una imagen muy linda que, aunque imperfecta, permite asomarnos al maravilloso misterio del Creador.

“Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…” (Juan 1:14)

Dios se hizo hombre para que creyéramos en Él. Y fue precisamente Jesús quien nos dejó la Eucaristía, es decir, el Pan de Vida; nos dejó su cuerpo y su sangre bajo la apariencia de pan y vino.
Cuerpo y Sangre del Señor, el sacramento por excelencia. Jesús quiso quedarse entre nosotros de ese modo especial, de una manera viva y real como presencia de Dios que está en medio de nosotros permanentemente, pero allí, en el Pan consagrado, de una forma diferente. Ni mejor, ni peor. Distinta.

“Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:20)

No hay un Jesús que está aquí en medio de nosotros y otro que está en la Eucaristía. Es el mismo, sólo que en distintos modos de presencia, aunque la presencia es una sola. Como dos personas que se quieren, cada una siempre siente la presencia de la otra, pero no es lo mismo estar presentes cuando ambas están comiendo sentadas a la mesa que cuando una está en la casa pensando en la otra y ésta está trabajando lejos, o de viaje, o cuando están amándose: todos son distintos modos de estar presentes, pero en cada presencia está la misma persona. Allí donde Jesús está, lo está con su cuerpo, con su sangre, con su alma, con su divinidad: con todo lo que Él es. Y cuando está presente en la Eucaristía, también.
Sin embargo, al reunirnos para celebrar –la Eucaristía–, la presencia de Jesús entre nosotros tiene características muy especiales; y nosotros nos abrimos más a ella que cuando estamos distraídos en las actividades y los quehaceres diarios, compartiendo un almuerzo, charlando en familia o en grupo de amigos. Congregados en torno de la Mesa del Señor, reunidos para celebrar la Eucaristía, automáticamente nos sentimos más en presencia de Él, pero el cambio no está en Jesús, está en nosotros. Y lo que ya era una verdadera presencia se transforma, entonces, en un encuentro íntimo con Él. Cuando comulgo, el pan ya no es pan, no lo como para alimentarme sino como símbolo real para hacer más presente a Cristo en mí.
Comulgar es todo lo contrario a abrir pasivamente, “consumísticamente” la boca para recibir algo. Es abrir la propia existencia para acoger a alguien en el deseo intenso de poder corresponder a su amor con una entrega semejante. La Eucaristía, entonces, no es hacer presente a Dios, sino un modo de comprender, creer y animarse a acoger su presencia y a hacerla viva en nosotros.
Se trata de una situación muy importante aunque en general no lo pensamos. Muchas veces oímos decir que a un enfermo, por ejemplo, “le van a llevar a Jesús”, por decir que van a llevarle la comunión. En realidad, a Dios no se lo lleva ni se lo trae. Dios está siempre, al lado del enfermo, del que sufre y también del que ríe, del que goza y de cada uno de nosotros, sus hijos amados, en todo momento. Lo que ocurre con la comunión llevada al enfermo es que le ayuda, con los signos, a darse cuenta y a asegurarse de que Dios está con él, para que se deje consolar y confortar por la presencia del Padre.

“… y mi carne descansa serena” (Salmo 15, 9)

En lenguaje bíblico, carne y sangre significan “persona”. La Eucaristía nos permite entrar en común unión con la persona misma de Cristo. Por eso comulgar no es una actividad ni una acción, es una experiencia vivida y celebrada, y cada domingo, por ejemplo, es un modo de vivir intensamente la cotidianeidad de la semana: me abro a dar, a recibir; sé pedir y ofrecer; vivo en comunión y entonces lo celebro allí, en el ritual sacramental de recibir el pan consagrado, que siempre es carne y sangre: carne entregada, sangre derramada, Persona (de Cristo) ofrendada. Sólo la recibo si a mi vez estoy decidido y dispuesto a ofrendar la mía –mi persona– a los demás.
Todo esto lleva a que, antes de una celebración litúrgica, en el templo, nos preparemos con el silencio, con la disposición interior, abriendo el corazón. ¿De lo contrario Dios se ofende? No. Los fallos nunca vienen de Dios. Dios no tiene necesidades, nosotros las tenemos. Somos nosotros quienes necesitamos un espacio distinto y así cambiamos el tono de voz, hablamos más bajo e ingresamos en un espacio de recogimiento intenso. La preparación y disposición ayuda e invita a acoger la presencia del Padre en nuestra realidad, en nuestra finitud, en el ahora de ese momento y nos permite hacernos más conscientes de ello.
Sin embargo, no podemos recibir ni percibir más amor que aquel que estemos dispuestos a entregar. Las puertas del corazón para que ingrese el amor son las mismas que las de salida hacia afuera, cuando amamos a los demás y al mismo Dios. Cuando retaceo mi entrega porque no soy generoso, porque soy cómodo o egoísta, temeroso o vanidoso, porque estoy en mí, en mi mundo, en mi metro cuadrado, cuando estoy cerrado “al amar”, me clausuro al “ser amado”; no puedo ser amado si no experimento lo que es darse al otro.
La Eucaristía es entonces el modo por excelencia de percibir la presencia del mismo Dios, que siempre está presente y nunca, jamás, nos abandona, para descubrirlo de una manera diferente. Dispongamos nuestro corazón para celebrar cada misa con la máxima fe, convirtiendo nuestras luchas, fatigas y desvelos, nuestras preocupaciones, logros y fracasos cotidianos, en una ofrenda al Señor, diciéndole “Aquí estoy yo con toda mi vida y te la quiero entregar”. Escucharemos, en lo profundo del corazón, que Él nos dice: “Aquí estoy yo con toda mi vida y te la estoy entregando”.
Que nuestra vida sea eucarística: esto es, una entrega y una ofrenda permanentes para poder acoger la que Jesús quiere darnos en la Comunión.

El autor es diácono permanente.

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