Con Dios y sin Dios: Dietrich Bonhoeffer


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A menudo me pregunto por qué un “instinto
cristiano” me atrae en ocasiones más hacia los no
religiosos que hacia los religiosos. Y esto sin la
menor intención misionera, sino que casi me atrevería
a decir “fraternalmente”. Frente a los no
religiosos, en ocasiones, puedo nombrar a Dios
con toda tranquilidad y naturalidad, mientras que
ante los religiosos recelo a menudo de pronunciar
su nombre. En dicho ambiente me parece de alguna
manera falso y yo mismo me siento en cierto
modo insincero.
Los hombres religiosos hablan de Dios cuando
el conocimiento humano (a veces por pereza mental)
no da más de sí o cuando fracasan las fuerzas
humanas. En realidad se limitan siempre a ofrecer
un deus ex machina (un dios tapagujeros), ya sea
para resolver aparentemente unos problemas
insolubles, ya sea para erguir un fuerza ante la
impotencia humana; en definitiva, siempre tratan
de explotar la debilidad humana, es decir, los límites
humanos.
[…]
Yo no quiero hablar de Dios en los límites, sino
en el centro; no en los momentos de debilidad,
sino en la fuerza; esto es, no a la hora de la muerte
y del pecado, sino en plena vida y en los mejores
momentos del hombre. Estando en los límites,
me parece mejor guardar silencio y dejar sin solución
lo insoluble.
El movimiento que se inició poco más o menos
en el siglo XIII (no voy a perderme ahora en una
discusión acerca de su época exacta) y que tendía
al logro de la autonomía humana (entendiendo
con eso el descubrimiento de las leyes según las
cuales el mundo vive y se basta a si mismo en los
dominios de la ciencia, de la vida social y política,
del arte, de la ética y de la religión) ha alcanzado
en nuestros días una cierta culminación. El hombre
ha aprendido a componérselas solo en todas
las cuestiones importantes sin recurrir a Dios
como “hipótesis de trabajo”. Eso es ya evidente en
las cuestiones científicas, artísticas e incluso éticas,
y ya nadie osaría ponerlo en duda; pero de un
centenar de años a esta parte, ha ido haciéndose
asimismo cada vez más válido en las cuestiones
religiosas. Hoy día resulta obvio que, sin “Dios”,
todo marcha ahora tan bien como antes. Al igual
que en el campo científico, también en el dominio
humano “Dios” va siendo rechazado cada vez más
lejos y más fuera de la vida: en ella está perdiendo
terreno.
La apologética cristiana ha adoptado las más
variadas formas para oponerse a semejante seguridad.
Intenta demostrar al mundo, ya mayor de
edad, que no es posible vivir sin el tutor “Dios”.
Aunque se haya capitulado en todas las cuestiones
seculares, quedan todavía las “cuestiones últimas”
–muerte, culpabilidad–, en las que solo Dios puede
darnos respuesta y debido a las cuales tenemos
necesidad de Dios, de la Iglesia y del pastor. Hasta
cierto punto, pues, nosotros vivimos de esas
pretendidas “cuestiones últimas” de los hombres.
Pero ¿qué ocurrirá si, un día, dejan de existir como
tales, es decir, si también estas cuestiones hallan
una respuesta “sin Dios”?
El ataque a que se libra la apologética cristiana
contra este mundo que ha llegado a su edad adulta,
me parece en primer lugar absurdo, en segundo
lugar innoble, y finalmente no cristiano. Absurdo
–porque viene a ser como un intento para
Con Dios y sin Dios
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retrotraer un hombre adulto al tiempo de su adolescencia,
es decir, para volver a hacerle depender
de muchas cosas de las que ya se ha independizado,
y para enfrentarlo con unos problemas que, de
hecho, ya han dejado de ser problemas para él.
Innoble –porque así se intenta sacar provecho de
la debilidad de un hombre para una finalidad que le
es ajena y que no ha suscrito libremente. No cristiano
–porque así se confunde a Cristo con un grado
determinado de religiosidad del hombre, es
decir, con una ley humana.
[…]
Yo quisiera que Dios no fuera introducido de
contrabando en cualquier lugar secreto, el más
recóndito, sino que se reconociera simplemente el
carácter adulto del mundo y del hombre; que no se
“desacreditara” al hombre por su mundanidad, sino
que se le confrontara con Dios por su lado más
fuerte. Quisiera que se renunciara a todos los “trucos”
clericales.
[…]
Nosotros no podemos ser honestos sin reconocer
que hemos de vivir en el mundo etsi deus non
daretur (como si no existiese dios). Y esto es precisamente
lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el
mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento.
Nuestro ser, que se ha hecho adulto, nos lleva
a reconocer realmente nuestra situación ante Dios.
Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres
que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con
nosotros es el Dios que nos abandona! (Marcos 15,
34). El Dios que nos deja vivir en el mundo sin la
hipótesis de trabajo Dios, es el mismo Dios ante el
cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con
Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite
que lo echen del mundo. Dios es impotente y
débil en el mundo, y sólo así está Dios con nosotros
y nos ayuda. Mateo 8, 17 indica claramente
que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino
por su debilidad y sus sufrimientos.
Esta es la diferencia decisiva con respecto a
todas las demás religiones. La religiosidad humana
conduce al hombre, en su necesidad, al poder de
Dios en el mundo: así Dios es el deus ex machina.
Pero la Biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo, el Dios sufriente puede ayudarnos.
En este sentido podemos decir que la evolución
hacia la edad adulta del mundo, de la que
antes hemos hablado, al dar fin a toda falsa imagen
de Dios, libera la mirada del hombre para encaminarla
al Dios de la Biblia, el cual adquiere poder y
sitio en el mundo gracias a su impotencia.
“Los cristianos están con Dios en su pasión”.
Esto es lo que distingue a los cristianos de los paganos.
“¿No habéis sido capaces de velar conmigo ni
una hora?”, pregunta Jesús en Getsemaní. Esto es
lo opuesto de todo aquello que el hombre religioso
espera de Dios. El hombre está llamado a sufrir con
Dios en el sufrimiento que el mundo sin Dios inflige
a Dios.

Dietrich Bonhoeffer
[Párrafos entresacados de Resistencia y Sumisión,
Ariel, Barcelona 1971, pp. 162,163,789-
191]

IGLESIA VIVA, nº 231 jul-set 2007
http://www.iglesiaviva.org

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