La noche de la nada. Santa Teresa de Lisieux *


PÁGINA ABIERTA
En los últimos años se ha realizado una renovación esencial en la edición de los escritos de Teresa de Lisieux. Después de la Nouvelle édition du Centenaire, realizada en facsímil por el P. François de Sainte-Marie el año 1992, se publicó el ensayo de puesta a punto en cuanto a la cronología de todos los manuscritos por parte de Jean-François Six (Thérèse par elle-même, París 1997, 3 volúmenes). Posteriormente el P. Conrad de Meester ha publicado la Histoire d’une âme, según la disposición original de los textos auténticos (París, Serment, 2001), edición considerada como una verdadera novedad en relación con lo que se daba ya por definitivo en materia de edición científica de las obras de santa Teresa.

Aparte del interés historiográfico que tienen estos trabajos,la edición de los textos originales sin recortes ni censuras nos ha permitido conocer más profundamente la experiencia cristiana y mística de la santa, que, según la tripartición de J.-F. Six, podría abarcar estas etapas de su vida en el monasterio: escrúpulos y humillaciones, el amor y la confianza, la prueba y la gracia.

Porque lo sorprendente ha sido el descubrimiento de las grandes diferencias existentes entre la Historia de un alma, el único texto del que habitualmente disponía el público y que fue el que conocimos y leímos muchos de nosotros en
los años de nuestra formación, y los manuscritos autobiográficos.

El texto conocido no correspondía al original, el cual había sido corregido, aumentado, recortado por la madre Inés que lo tuvo prácticamente confiscado hasta su muerte en 1951. Ella, hermana mayor que se había convertido en la
“madrecita” de Teresa y había sido después su madre priora en el Carmelo, estaba convencida de que poseía la verdad acerca de Teresa. Cuando reelabora los manuscritos autobiográficos no tiene ninguna duda: conoce a Teresa mejor que
ella misma, quiere ponerla al alcance de la comprensión de las carmelitas y los católicos de su época con el lenguaje espiritual común de entonces, con un contenido que sea “polí-ticamente correcto”, y desfigura y tergiversa el texto de su
hermana. Ha confundido sus propias concepciones con el auténtico ser de Teresa.

Este proceder viene dictado inconscientemente por una visión de la fe como un saber que se apoya en el acto de ver y en la certeza que este aporta. De ahí que
para ella sea incomprensible, inaceptable e impublicable la terrible experiencia de crisis y de “noche de la nada” que Dios permitió que sufriera Teresa el último año y medio de su vida sin interrupción, desde la Pascua de 1896 hasta su muerte, el
30 de setiembre de 1897. Los párrafos que transcribimos a continuación recogen textos diversos de esos escritos autobiográficos que no habían sido publicados, redactados durante esos dieciocho meses últimos de su vida. Es un testimonio
escalofriante que expresa cruda y ardientemente el gigantesco combate que está viviendo en su interior, el combate entre  las tinieblas y la luz, la prueba definitiva de su existencia.


Poco tiempo antes de dar comienzo mi prueba de tentación contra la fe, me hacía estas reflexiones: Ciertamente no sufro grandes pruebas… ¿Cómo, pues, se
las arreglará Jesús para probarme? La respuesta no se hizo esperar y me demostró que aquel a quien amo no es corto en recursos. Sin cambiar mi camino me envió la prueba que había de mezclar una saludable amargura
en todas mis alegrías.

¡Ah, qué maravilladas quedarían muchas almas, si se
hiciese patente a sus ojos la prueba que sufro desde
hace un año!

Tal vez os parezca [se dirige a la priora, sor María de Gonzaga] que exagero mi prueba. En efecto, si juzgáis por los sentimientos que expreso en las pequeñas poesías que he compuesto este año, debo de pareceros un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado el velo de la fe. Y sin embargo…, esto no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta los cielos y cubre el firmamento estrellado… Cuando canto la felicidad del cielo, la eterna posesión de Dios, no experimento alegría ninguna, porque canto simplemente lo que quiero creer.

No creáis [a su hermana mayor, María del Sagrado Corazón] que nado en consuelos. ¡Oh, no! Mi consuelo es no tenerlo en la tierra.

Permitió [Dios] que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas y que el pensamiento del cielo, tan dulce para mí, no fuese ya más que un motivo de combate, de tormento.

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Es necesario haber caminado por este sombrío túnel para conocer su oscuridad. Las brumas que me rodean se hacen más densas, penetran en mi alma y
la envuelven de tal suerte que ya no me es posible encontrar en ella la imagen dulcísima de mi patria.

¡Todo ha desaparecido! Cuando quiero hacer que mi corazón, fatigado por las tinieblas que lo cercan, descanse en el recuerdo del país luminoso al que aspira,
mi tormento se redobla.

Me parece que las tinieblas, apropiándose de la voz de los pecadores, me dicen burlándose de mí: “Sueñas con la luz, con una patria aromada de los más suaves
perfumes. Sueñas con la posesión eterna del Creador de todas estas maravillas.

Crees poder salir un día de las brumas que te rodean. ¡Adelante! ¡Adelante! Gózate de la muerte que te dará no lo que tú esperas, sino una noche más profunda todavía, la noche de la nada”.

No quiero extenderme más, temería blasfemar… Hasta tengo miedo de haber dicho demasiado.

Algunas veces, es verdad, un pequeño rayito de sol viene a esclarecer mis tinieblas; entonces la prueba cesa por un instante. Pero luego el recuerdo de ese
rayo de luz, en lugar de causarme gozo, hace más densas mis tinieblas.

Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida. Cada vez que se presenta el combate, cuando mis enemigos vienen a provocarme
[se trata de los argumentos de los ateos militantes de su época, que Teresa conoce y que la afectan por su solidez], me porto valientemente. Sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mis adversarios sin dignarme siquiera mirarles a la cara. Pero corro a mi Jesús, le digo que estoy dispuesta a derramar hasta la última gota de mi sangre por confesar que existe un cielo.

Si las nubes espesas vienen a ocultarme el Astro del Amor, si me parece que no creo en la existencia de otra realidad sino la noche de esta vida, habrá llegado
entonces el tiempo de mi alegría perfecta, el momento de probar mi confianza hasta el último límite, guardándome mucho de no cambiar de posición por saber
que tras las nebulosidades tristes, mi Sol benéfico luce todavía.

[La felicidad de quien está en esa noche es] la dicha de permanecer allí, no obstante, y seguir mirando fijamente la luz invisible que se oculta a su fe.

IGLESIA VIVA nº 227, julio-septiembre 2006. http://www.iglesiaviva.org

 

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