La otra cara de la pedofilia


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No debiera ser noticia que el Papa lamente una vez más los casos de pederastia en la Iglesia Católica. Lo sorprendente sería que, pese a su indudable realidad, continuasen siendo negados o silenciados según fue norma común hasta ayer mismo. Bien está que quien para los católicos es el Vicario de Dios en la tierra exprese pública y reiteradamente su dolor e incluso pida perdón por unas culpas que nunca serían suyas, sino de cierto número de sacerdotes y clérigos paradójicamente consagrados a predicar la palabra de Cristo.

En pocos pasajes es tan terminante el Evangelio como en la condena de aquellos que escandalizaran a los niños, y difícil será encontrar ejemplos más relevantes que estas prácticas. Entonces se aprovecha la confianza depositada en quien se supone especialmente cualificado para formar en la moral cristiana a niños y adolescentes. Se trata no solo de pecados gravísimos, sino también de delitos particularmente repugnantes en sí mismos, por sus circunstancias y por sus consecuencias sobre la vida toda del menor ultrajado.

Nadie objetará nada a las anteriores líneas, pero la crónica demuestra que en las Iglesias cristianas, entre ellas la católica, por no hablar de sus derivas sectarias, se ha aplicado con frecuencia el viejo dicho de que la ropa sucia se lava en casa. Primero se procura ignorar, silenciar o encubrir los hechos, o proclamar una presunción de inocencia que no admitiría prueba en contrario. Y en último término se traslada al réprobo para que pueda empezar una nueva vida libre de sospechas.

Sin quitar un ápice al juicio que merecen estos abyectos personajes con piel de cordero, es de justicia añadir que tales prácticas no son raras, ni mucho menos, en otros ámbitos relativamente cerrados y en los que priman las relaciones de confianza y subordinación. Los círculos y clubes deportivos son una buena muestra de ello, pero existe una gran diferencia. Las estructuras eclesiásticas suelen ser aún más rígidas y jerarquizadas, lo que redunda en una mayor indefensión del menor frente a la ley del silencio. Esa es la causa de que, si por fin llegan a conocimiento público, los escándalos en los colegios u otros centros religiosos salpiquen de lleno a la jerarquía, mientras que los deportivos, por ejemplo, empiezan y terminan en la persona del entrenador. La oveja negra pagará sus culpas ante los tribunales de justicia y será expulsada del mundo del deporte.

La ahora generalizada repulsa se dirigió en un primer momento contra los pederastas mismos, pero con el transcurso del tiempo ha ganado terreno la indignación contra sus superiores. Ya no basta con pedir perdón por lo que hicieron algunas personas concretas. Hay que responder a la pregunta de por qué no se cursaron las obligadas denuncias para que pudieran pronunciarse sobre tan graves delitos unos jueces sin interés personal o religioso en el asunto.

Los sinsabores que han jalonado el reciente viaje del Papa por Chile no se deben solo a su defensa de un obispo al que se le censura, con razón o sin ella, la pasividad cómplice en la conducta de un sacerdote condenado por pedofilia. La repulsa se dirige también, y quizá ante todo, contra aquel modo de proceder en relación con unas prácticas que, acreditadas o al menos indiciarias, deberían haber sido investigadas como las atribuidas a cualquier lego. El único antídoto es aquí, en aras de la credibilidad, el ofrecimiento de datos fehacientes sobre las denuncias presentadas antes y ahora por las propias autoridades eclesiásticas.

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