Mujeres ‘contra júdices iniquos’: Antonio Aradillas.


Antonio Aradillas

¿Acaso con lo del «débito» no se cometen tantas o más «violaciones», por muy «sacralizadas» y «canonizadas» que sean o que estén?

(Antonio Aradillas).- Lisa y llanamente, y en castizo, diría que «la cosa no ha hecho nada más que empezar». Y la «cosa» -«todo lo que existe, sean real o imaginario, natural o artificial, espiritual o corporal»-, es nada más y nada menos que el infinito rosario de manifestaciones que en todo el mundo civilizado, o con aspiraciones a serlo, se han levantado, y se levantarán, a favor de la igualdad de derechos y deberes de la mujer en relación con el hombre.

Los protagonistas activos del penúltimo hecho que explica el rezo tumultuoso de esta exigencia-petición o plegaria, son unos individuos pertenecientes a un colectivo autodenominado «La Manada», o «conjunto de ejemplares más o menos irracionales de la misma especie, que viven o se desplazan juntos». Protagonista pasiva fue y es, una -¡otra¡- mujer, por más señas, de dieciocho años de edad.

Le confieren al hecho protervos y malvados perfiles, unas leyes caducas, unos intérpretes machistas esclavos de su literalidad y al margen de la realidad de la vida y de los cambios que ella les impone, no faltándoles referencias a enclenques argumentos legales y sociológico-religiosos, que inspiran y les obligan a redactar y a firmar largas y doctas sentencias jurídicas o curiales.

Es posible que las siguientes sugerencias contribuyan al mejor planteamiento de un tema ya desbordado, que se ha hecho noticia espectacular, y que se acrecentará y potenciará indefinidamente las posibilidades de solución o arreglo, desde las plazas y las calles, al haberse servido de poco, o de nada, las gestiones efectuadas por los cauces normales que ofrecen, o debieran haber ofrecido, la política, el gobierno de turno y sus ministerios, la educación y aún las mismas instituciones religiosas como en el caso de la Iglesia católica.

El pueblo-pueblo muestra su disconformidad con las decisiones judiciales, sin hacer uso de eximente alguno, como el expresado hipócrita e interesadamente con la formulada ritual de «aceptación y respeto» para ellas. Los jueces son jueces y sus determinaciones son falibles de por sí, fruto y consecuencia de su formación-información, de su situación civil o profesional «privilegiada» y del lógico y explicable sometimiento propios o ajenos

Las leyes, y más las relacionadas o referidas a las mujeres, se avejentan con extraordinaria rapidez en los últimos tiempos, por lo que su vigencia precisa de reformas profundas y extra-napoleónicas. Los hombres, y menos las mujeres, ni son ni están al servicio de las leyes, sino que estas son, y estarán, al servicio de ellos y ellas. Lo de «no es el hombre para el sábado, sino que es este el que está al servicio de aquél, es y seguirá siendo «palabra de Dios», por los siglos de los siglos.

Semánticamente «violencia» no expresa en exclusiva ni fundamentalmente, la idea de «hacer uso de la fuerza física», tal y como se suele emplear e interpretar. Por sí mismo, el término incluye la influencia decisiva del «poder, dominio, mando, influencia o autoridad». Recurrir a la «violencia física» y al «jolgorio y regocijo» hipotéticos, para calificar judicialmente comportamientos y acciones, acusa y manifiesta incapacidad de sentimientos y la ausencia del dominio gramatical que perjudica el sentido y el contenido de este tipo de resoluciones. El discurso-discurso y su acierto es producto de la sensibilidad, del cerebro y no de otro tipo de glándulas que reclamen adjetivaciones machistas.

¿Acompañará, por fin, la jerarquía eclesiástica en su diversidad de «órdenes» y estamentos, con su presencia, alocuciones, cartas pastorales y homilías, a algunas de tan justas reivindicaciones masivas de mujeres -y hombres-, que reclaman urgentísimas reformas del Código Penal que nos rige, y que, en parte, ha justificado la redacción de sentencias tan benevolentes a favor de los componentes de los miembros de «La Manada»?

. ¿En qué proporción y medida podría contribuir esta reflexión a corregir términos y comportamientos canónicos «animaloides» como los que amparan «el débito conyugal» y la «consumación matrimonial», a la hora de juzgar la moralidad- inmoralidad, referidas a la intimidad de la pareja? ¿Acaso con lo del «débito» no se cometen tantas o más «violaciones», por muy «sacralizadas» y «canonizadas» que sean o que estén? ¿No le sobran dosis de genitalidad, de biología y aún de zoología a estos términos «sacramentales», faltándoles muchas porciones de psicología, de decencia y de humanidad? ¿Acaso también los caminos eclesiásticos, y más los jerárquicos, están señalizados y medidos con símbolos machistas, tal y como lo están los laborales, los sociales y empresariales, sin atisbarse aún en el horizonte la posibilidad del pleno ejercicio pastoral y ministerial identificable con el sacerdocio femenino?

. Si fuese necesario -que no lo es- cambiar en la Iglesia algunas de las «verdades» catalogadas como «dogmas» en relación con la teología de la mujer, habría que disponerse a hacerlo en beneficio de la propia Iglesia y de los más débiles, -pobres-, que en este caso son las mujeres. Idéntico criterio habría que aplicárseles a las leyes canónicas, a sus obispos, custodios de la letra, que no del espíritu, con inclusión de teólogos carpetovetónicos «oficiales» que las están interpretando al margen de las realidades de la vida. Aquí y ahora, más que a los jueces, a quienes hay que «salvar» es a las mujeres, con lo que indirectamente ellos serán «»salvados» también, porque, con sentencias como las comentadas, ellas -las mujeres- no denunciaran jamás sus casos.

. A cuantos -ellos y ellas- «justiciables», les llegara a resultar arriesgado e inadmisible, dudar en cristiano de la imparcialidad de los jueces, es obligado recordarles, por ejemplo, que en los formularios litúrgicos de la Iglesia, el de la aplicación de las misas «contra júdices iniquos», fue uno de los más socorridos. En la Biblia -Antiguo y Nuevo Testamento-, los jueces acapararon graves descalificaciones humanas y divinas en multitud de capítulos y de situaciones, tanto personales como colectivas. En la historia antigua y reciente de la democracia, no todos los jueces, por jueces, ni fueron ni se comportaron siempre a la perfección. Y es que, entre otras cosas, también ellos, como el resto de los mortales, somos humanos. No siempre y para todos, los tratados «de justitia et jure», son ejemplares. Solo Dios es Creador y guardián del derecho y, por ello, solo Dios es Juez Supremo. El «Día de Yahvéh» será el día de juicio, de su triunfo y de sus seguidores.

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