Reflexiones desde el Norte. Duelo de Colosos: Rafael Bravo


Desde la media noche del pasado viernes, el gobierno Trump puso en marcha aranceles en bienes derivados de China por un monto de 34 millones de dólares. Ciertamente, los chinos desde hace muchísimo tiempo y sin vergüenza, se han robado muchas de las ideas y los inventos norteamericanos con la complicidad de un gobierno que mira para el otro lado. Los ejemplos están a la vista de todo el mundo: las millas de los bienes y las marcas falsificadas, las copias de productos que llegan a contrabando en el ámbito de las industrias locales, los secretos comerciales dañados a las compañías de alta tecnología y lo más reciente, la entrega de tecnología si se quiere operar en China.
La respuesta de Pekín no se hizo esperar ver la misma moneda mediante la imposición de gravámenes en los proyectos que en aquellos Estados que le dieron el voto a Trump. Aranceles a productos lácteos y soya (Wisconsin), producción de cerdos (Indiana y Nebraska), maíz (Indiana y Iowa) y autos (Indiana, Tennessee, Alabama). Los chinos quieren hacer creer que contragolpeando se exculpa de su papel de agresores.
La guerra comercial también se ha expandido a otros frentes con aranceles al acero, aluminio, paneles solares y lavadoras provenientes de Canadá, México, la Unión Europea y Japón. Sin embargo, siendo China el centro manufacturero por excelencia del mundo, los gravámenes afectan en mayor escala a los productos y compañías que dependen de la cadena global de suministro, potencialmente golpeando a un número significativo de fabricantes norteamericanos.
Esa postura agresiva hacia China tiene como fin presionar ese gobierno a limitar lo que la Casa Blanca describe como un patrón continuo de prácticas de comercio desleales y de propiedad intelectual. Adicional a los aranceles, Trump ha puesto restricciones a la inversión y visas de nacionales chinos. La dirigencia de Pekín por su parte, se defiende afirmando que esos impuestos equivalen a 450 millones en bienes de origen chino, una amenaza a la prosperidad global.
Apple, Nike, Starbucks o General Motors son marcas clave en el mercado chino. Los teléfonos y el automóvil son productos con mano de obra y partes producidas en esa nación. Por otra parte, los consumidores de carne y derivados de la soja que sirve para la fabricación de aceite de cocina y alimentos para animales, se ven afectados por un aumento en los precios, como resultado de los mayores aranceles. Un incremento en los índices de inflación ha generado un descontento e inestabilidad política.
De acuerdo con los principales centros de pensamiento, la guerra comercial que ha llegado a la traducción en costos más altos para la industria norteamericana que va a impactar los empleos, uno de los sectores que desde comienzos Trump se empecinó en proteger. Y esos mayores costos se van a reflejar en un encarecimiento de la cadena de suministro para finalmente impactar el bolsillo de los compradores.
Por otro lado, una cantidad importante de multinacionales de capital extranjero concentran su producción en China. Es el caso de los productores de computadoras y dispositivos electrónicos que ofrecen el 87 por ciento de sus artículos perjudicados por gravámenes, mientras que las firmas representan solo a un 13 por ciento de la producción.
Para que no quede dudado de lo que significa la globalización de la producción y los mercados abiertos, un estudio de la Universidad de San Francisco de 2011 concluyó que de cada dólar gastado con la marca » hecho en China », 55 centavos correspondieron a servicios producidos en los Estados Unidos.
La guerra comercial ha tenido pero nadie sabe con certeza cuándo y cómo termina. Lo único claro es que los aranceles van a obligar a las empresas a replantear su modelo de negocios. Otra improvisación de la América Primero.
 columnistas-libres@googlegroups.com .

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