LO EFÍMERO DEL SER Y EL HACER: ELENA ESTRADA FERNANDEZ (9°B)


En esas noches, cuando prima el insomnio, y ni el café ni el tabaco apaciguan el sueño; en esas noches, finitamente eternas, sombrías e indómitas, que entre el delirio y la razón me siento y pienso, en mis pensamientos me pierdo, y en mi perdida me encuentro. Es en el torbellino de la incertidumbre en el que encuentro mis certezas, y construyo mis verdades, sin saber si hijo, o si vivo en el engaño. Cargo en mi conciencia el fantasma constante de la curiosidad, que me agobia, que me hace cuestionar la trascendencia de las palabras que hago, que me ahoga en el desengaño de rato en rato. Es este el cuento de las noches, de mis conclusiones, de mis adicciones …

¿Quienes somos? ¿Qué venimos a hacer al mundo ?, acaso, ¿Hay algún producto que sirva a una fuerza mayor ?, ¿Es acaso nuestra vida parte de un ciclo de eternidad inmutable? No sé, no sé si nuestro rastro perdura para la eternidad. Sé que son muy pocos los personajes en los libros. Pero hemos realizado hazañas que han afectado, para bien o para mal. la vida de millones de personas en lo ancho y largo del planeta, que han ameritado el contar de sus historias, que han sido tan grandes y tan célebres, que no queda más remedio que preservarlas para la posteridad. Han logrado independencias, conglomerado vastos imperios, llevado a cabo genocidios, promulgado mensajes de paz sin precedentes en la historia del hombre, han tenido impactos en masa. Sí, no hay nada que ver lejos para darnos cuenta como la cultura aún nos afecta, o para el impacto de una guerra en la humanidad y su desarrollo, pero más allá de eso, ¿Qué hay? ¿Qué fuerza mayor mueve todo esto? Los libros se archivan, y en muchos casos, hasta se funden en el polvo del tiempo y la ignorancia, pero todo lo que pasa, todo, lleva a una reacción, una cascada de hechos y eventos a un tatuaje en la historia.

Los seres humanos tendemos a pensar en la Tierra como la fuente de todo, concebir nuestro conocimiento como la prueba y la verdad absoluta, y pensar en nuestro planeta, nuestras ideas, nuestros dioses, nuestra concepción de “vida”, como las únicas o las mejores. Pensar que tenemos tanta trascendencia, es obviamente, un producto del desconocimiento y de las fronteras cerradas que existe entre nosotros y lo que sea que haya más allá. Esa brecha que existe, entonces, prueba que nuestras verdades son, en su mayoría, certezas, pero que últimamente, es casi imposible saber el qué, el cómo o el para qué con exactitud. ¿Qué hacemos entonces? ¿Qué limita a nuestros efectos de acción y reacción? ¿Cómo afectamos el orden de todo, siendo nosotros simples pasajeros humanos? ¿Acaso vale algo nuestro vivir? ¿Cómo contribuimos a la eternidad? Puede que nuestra vida sea efímera, y que paso y legado no sea en el mar, que los niños en el futuro, que nuestros niños tengan que hacer en su vida, familiares, arcáicos para que valerse de nuestra existencia; pero, sí, tengo una certeza, una que no sea ni una ni la otra ni la reflexión, la introspección ni el cambio de imagen, lo que hagamos, cualquier cosa que pueda, afectar a los demás, y tiene un efecto así, involuntario del mar, en la vida de todos a nuestro alrededor. Es inevitable que nuestra vida acabe y terminemos bajo tierra, que nuestro paso y sus recuerdos pasen al exilio junto con nosotros. Pero entonces, si de pronto no hay nada más allá, hay que hacer que cuente lo del acá. Pienso entonces en el efecto mariposa; se cree que el batido de las alas de una mariposa, un ser pequeño, un ser de vida precoz, puede desatar tornados. Con el tiempo y su paso, estos subsiden, se calman los cielos, pero sus efectos quedan. Las ciudades se reconstruyen, la gente deja vivir el miedo, pero inevitablemente, el presente tuvo sus bases en el ayer, y el paso del tornado, aunque no sobrevivió en la memoria de quienes lo siguieron, el desarrollo de todo lo que hizo pasó subsecuentemente. Y así como funcionaremos nosotros, y funcionarán los que vivieron en atrás, y funcionarán los que vivirán después. Morimos, se olvida nuestro nombre, pero está tatuado nuestro rastro, y, así que el camino que andamos lo vamos haciendo, y dejamos caer las manos para que los otros lo pavimenten, dañen, o reconstruyan, y que el conocimiento de lo que hay detrás, sobre todo,

Y entonces, aunque al vender, la luna vista en la amargura y el vicio, y me pesan las espaldas y las manos me tiemblen, y las noches sean largas y me aspen el pensamiento, sé, en el fondo de mi ser, que no somos casos perdidos, ni irrelevantes, ni inútilmente efímeros, y entonces se calma el miedo, se ilumina mi alcoba y viene con esa luz la paz del sueño.

Encuentro Literario . Primero a Undécimo grado.

Colegio Marymount: Comité Cultural Marymount

Escuela Marymount-Medellín

2018

 

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