COMO TALLAN LOS RECUERDOS PARA LA GENERACIÓN DE HACE 60 AÑOS.


Hace unos días, derretido por el calor, pase por una tienda y pedí
“una maltina”. Al ver que la tendera me miró como a extraterrestre,
decidí cambiar mi pedido por una Lux Cola; al final estaba dispuesto
a transarme por una Kol-Kana. Ni lo uno ni lo otro, “esas bebidas ya
no existen”, me dijo la tendera, “ud debe ser de la generación de la Uva Cañada Dry.
Un poco avergonzado y ya con un ligero dolor de cabeza producido
por el sofocante bochorno, brinqué a la farmacia contigua en busca
de una Cafiaspirina o un veramon. Como no obtuve respuesta, pregunté si de pronto
tenían Anacín, Calmadoral o Procasenol.

Me di cuenta que Colombia cambió, y con ella el remedio. Recordé
una mañana en que no pude ir a la escuela aquejado por bronquitis,
que fue conjurada con jarabe San Ambrosio y cucharadas de aceite
de tiburón en ayunas; en la casa todos los males del cuerpo
desaparecían con una purga de Limolac o de Vermífugo Nacional,
y la vida se volvía más ligera y saludable con aceite de castor o de
ricino. Mi padre estaba convencido de que podíamos tener los
músculos de Charles Atlas si tomábamos Emulsión de Scott.
Todos los
hermanos, en fila, nos sometíamos a la tortura diaria de paladear
aceite de hígado de bacalao, previa apretada de nariz que atenuaba
el lamparazo del pescador escocés.

Me pregunté entonces, qué fue del Sulfatiasol, el sulfacol, del Baltisicol
compuesto, la Pomada Merey, del Mentolín, Yodosalil, Ungüento Indio,
el Iodex, el mentholatum , la visina, el merthiolate, el Cheracol, Penetro,
el Quinopodio y el Dencorub, la sal de Exxon, el jabón de romero y quina,
el gaucho, la chancarina, el cofio, y la chancaca.

Hubo un tiempo en que Farina fue el alimento de los niños de Colombia.
“Si su niño no camina, caminará con Farina”, decía el lema y todo el
mundo se lo creyó, como creyeron que la ‘Colombiarina’ y su sucesora,
la Bienestarina, eran suficientes para levantar sana y fuerte a la
muchachada que llegó después del Frente Nacional.

Si Camilo Torres no hubiera caído en Patio Cemento, diciendo que la
leche de la ‘Alianza para el progreso’ esterilizaba, hoy más nacionales
tendrían la enzima que le faltó al gen colombiano para evitar la violencia.

Alcanzamos a conocer la Salomia, Cremex y la San Fernando en botella,
mientras el mundo despedía a Pipelón, el jarabe del niño flaco y barrigón.
Para los nacidos en la generación de Glostora, surge la pregunta acerca
del paradero del fijador Lechuga, el Tricofero de Barry, el Bay Rum y el
Agua Florida de Murray & Lanman, antiguallas que sobreviven en el
Almanaque Bristol, junto al Mareol, el Old Spice de Shulton, el Pino
Silvestre, el Agua Brava y el Vetiver.

Afortunadamente se acabaron Kan-Kill, Black Flag, el específico, el
espiritismo, las enaguas, el colirio Eye-mo, las lavativas y las ventosas,
las babuchas Croydon doble piso, el suspensorio, los calzoncillos Don
Juan Punto Verde y el calzón ‘matapasiones’ tipo ‘Imperio’. También
se fueron las medias ‘Maraton’, la ropa El Roble, las botas Cauchosol,
los zapatos Grulla, el Cherrynol, las peinetas Vandux y el Mejoral.
Mientras seguimos sin saber quién inventó el hueco del pandebono,
vemos cómo a la galleta costeña se le llama hoy ‘oblea’ y de las calles
desapareció el ‘pan de huevo’, pero sobreviven las cucas de las monjas
de San Antonio en Cali.

Debo decir que para recordar estos íconos colombianos, debí tomar,
durante quince días, Vitacerebrina Finlay y vino Sansón.

Remitido al e-mail por un amigo.

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