Francesc Torralba: «El sentido de la vida te la tienes que construir siempre tú»


 El filósofo dice que «la cuestión no es cuánto tiempo vivos, sino qué haces»

Gemma Ventura FarréEspecial: Conversaciones
Desde el sentido de la vida hasta el arte de saber estar solo . El filósofo y teólogo Francesc Torralba (Barcelona, 1967) mira la vida desde el matiz, y sobre todo desde la profundidad. Hablamos del reto de la vida: ser. 

Esta conversación está patrocinada por la bodega Más Que Palabras . 

Foto: Archivo Francesc Torralba
Vivimos mucho de cara a la galería?

Vivimos muy pendientes de lo que dirán los demás, y esto es una forma de alienación y de subyugación. Nos autolimitado las conductas y los mensajes verbales, pensando mucho qué recibimiento tendrán. Y esto lleva censuras. Lo veo incluso en el ámbito universitario: cuando una persona tiene un criterio que no es habitual, si no tiene audacia, tiende a esconderse. Entonces, la minoría y la singularidad se disuelven.Podríamos decir la esclavitud de lo políticamente correcto. Es una cárcel y hace que buscamos mucho la aceptación, el reconocimiento y la veneración de los demás. 

Estamos pendientes de encajar en un patrón.

En el fondo, preferimos pertenecer al rebaño, ser reconocidos, tener el calor y saber que somos alguien para los demás, que no apostar por el camino de la libertad y de la autenticidad, que a menudo es solitario. Lo veo en personas que eligen opciones muy diversas. Por ejemplo, quien se hace cura, o monja, o quien estudia una carrera de humanidades aunque se considere inútil y absurda. La cultura del éxito es fundamental y lo que se espera de ti es que tengas beneficios, que seas relevante. En nuestro contexto, las minorías sufren siempre y hay que ser muy valiente para tener autenticidad y poder manifestar, porque muchas veces sólo es vivida hacia dentro.Públicamente no manifiesto lo que creo, porque me dirán conservador o lo que quieras. Por lo tanto, voy diciendo lo que toca decir para ser aceptado. Pero en el ámbito privado e íntimo sí que manifiesto lo que pienso y creo. 

Estamos más preocupados por aparentar que para ser.

Sí, la diferencia es importante: una cosa es aparentar, que es lo que muestras hacia fuera, y otra cosa es lo que eres. Muy a menudo hacemos una selección de lo que somos y sólo mostramos lo que los demás aceptarán. Esto lo vemos en el terreno de las creencias, de las opciones políticas, espirituales, sexuales. Y aunque pasa más en contextos de desconfianza, como lo puede ser la empresa. Donde hay un nexo de confianza -el amigo, la pareja- no debes aparentar. El otro te conoce desnudo: estas son mis heridas, mis límites, mis fronteras. Acéptame como soy. Pero en contextos de desconfianza, donde no sabes qué hará el otro con tus fragilidades, aunque vallas más la puerta. Imagínate en un contexto de tanta hipercompetitvitat que significa mostrar tus debilidades. 

Pero es de valientes mostrarse débil.

Por supuesto, pero pide un pacto de confianza. Cada vez tienes que seleccionar más a quien confías esta información que puede utilizar de manera muy contraproducente hacia ti. 

O al contrario, te puede hacer mejor.

Exacto. Y eso lo vas viendo en el trato. Cuando abres el corazón? Cuando tienes garantías que el otro, con ello que le revelo, no se reirá, sino que lo respetará y velará para que pueda crecer. Esto significa que en contextos de desconfianza tendemos más a encerrarnos. En contextos marcados por la tiranía de lo políticamente correcto lo hacemos mucho. Sobre todo si las opiniones son muy diferentes de la mayoría o son puntos de vista que podrían ser considerados muy extraños. 

Nos toca ser valientes.

Sí. Nos toca decir lo que pensamos, mostrar lo que somos. Porque si todos acabamos pensando lo mismo, vistiendo el mismo, comiendo lo mismo, creyendo lo mismo, esto se convierte en una autopista gris y se pierde riqueza. En cambio, en la medida en que hay singularidad, tendemos a una sociedad multicolor. 

Es que si no, perdemos el poder sobre nosotros mismos.

Pierdes el poder, la autenticidad y perdemos riqueza de diversidad de pensamiento.Tenemos otra asignatura pendiente: como entendernos siendo tan diversos. De acuerdo, somos diferentes, pero debemos coexistir en una plaza, en un bar, a las ramblas. Esto nos pedirá trabajos de consenso, de pactos. 

De escuchar.

Es básico. ¿Por qué te comportas así? ¿Qué piensas? ¿Qué esperas de tu vida? La escucha es una sabiduría básica en el diálogo entre religiones. La escucha pide tiempo, pero no tenemos. Si el otro te dice “sólo dispongo de treinta segundos, dime todo lo que piensas”, necesariamente harás una simplificación, una especie de esperpento de lo que eres. Entonces hay incomunicación e incomprensión. El imperio de la velocidad a la que estamos tan sometidos hace que los procesos de escucha queden reducidos al mínimo. 

E incluso con personas muy cercanas a ti.

Y tanto. Con el hijo, la pareja, el hermano. 

Puedes vivir toda la vida y no saber nada.

Como si fuéramos dos extraños bajo un mismo techo. Nos vemos mañana y por la noche, un rozamiento: buenos días y buenas tardes, en el mejor de los casos.Cortesía, buena educación. Pero dices: “Tú y yo por qué nos casamos un día?”, O: “¿Por qué me engendraste?”. Los pocos intersticios que tenemos de relación los saturamos con estímulos audiovisuales: televisión, radio, redes. Es que el rostro a rostro es muy violento: mientras hay alguien que habla o que dice tonterías en las redes, tenemos un pretexto para hablar. Pero en el rostro a rostro no hay redes, internet, televisión. Por primera vez dices: “Hija, ¿qué quieres hacer con tu vida? ¿Cómo te van las relaciones?”. Pero estas preguntas piden tiempo, silencio y la interrupción del ruido ambiental, que es la gran excusa para no profundizar. 

Nos da miedo profundizar?

Sí. Nos hace un miedo terrible profundizar, porque rompemos los tópicos. El etiquetado rápido es lo que funciona en la sociedad industrial. En cambio, cuando escuchas a alguien las etiquetas que le habías puesto caen. 

Y vienen los matices.

Y, aparte, las preguntas inquietantes. Tú tenías calificado de una manera, y la persona te rompe ese tópico. A medida que vas cogiendo confianza, ya no te dirá sólo lo que t’afalaga: “Eres cojonudo, lo haces todo muy bien”. Y viene el: “De todos modos, padre, creo no hablamos nunca. Trabajas demasiado.” Esto significa que tienes que estar dispuesto a escuchar críticas. Es como el director general que sale del despacho y recorre toda la empresa. Te expones que alguien te diga: “Oiga, ha visto las humedades que hay?”. Estás encerrado en tu despacho y tienes un consejo de dirección que te lo blinda, y no pasa nada. Pero tampoco sabes nada. Sales, eres más vulnerable. Pero puedes crecer, puedes ver como es la organización en la que estás, qué esperan de ti, como está la tribu; porque has roto los filtros. 

No dejemos que las personas estén tristes.

No aceptamos la tristeza. 

Y hay una especie de alegría postiza.

Siempre toca estar alegre. Parece que estemos obligados a ser felices ya ser divertidos. Hay una serie de estados que no aceptamos: la tristeza sería una. La miramos de suplir con el fármaco. La nuestra es una sociedad farmacocràtica, la del poder del fármaco para resolver todos los males del alma. 

Pero no los resuelve.

Ciertamente. Este señor se siente culpable: pastilla. Este señor se siente vacío: pastilla. Este otro está angustiado porque tiene que decidir si se separa o no: pastilla.Si se te muere alguien, toca estar triste. Y desesperado. Todo lo intentamos tipificar como estados patológicos, que tienen un correlato que es el fármaco o la terapia inmediata para resolverlo. Y no es así: te puedes levantar por la mañana y estar triste.Y al día siguiente estar triste. Y el otro, también. Y el otro. Y no saber por qué lo estás. 

Y no sentirse te culpable, porque a veces te hacen sentir mal por estar mal.

Hay situaciones que no se aceptan: tenemos una intolerancia al envejecimiento.Tienes que aparentar, sea como sea, ser joven. Porque si no lo eres, no estás aceptado socialmente. Estás en el cajón de los que sobran. 

Todo esto esconde miedos.

Miedo al envejecimiento, al paso del tiempo, a la muerte. El tabú del siglo XIX era el sexo, estaba prohibido hablar. El tabú de ahora es el fracaso: nadie dice que fracasa.Mira, escucha, me casé con mi pareja, lo hemos intentado y no ha ido bien. ¿Qué he aprendido de este fracaso? O he fracasado con esta empresa: hice un estudio de mercado, pensaba que saldríamos y tuvimos plegar. El fracaso es una palabra prohibida. U otra palabra sería dependencia: todo el mundo debe ser autónomo, yo sólo dependo de mí. En cambio, lo que somos es extraordinariamente dependientes unos de otros. 

Incluso dependemos de la mirada del otro.

Por supuesto. Hay dependencias que son muy evidentes, pero el caso es que no lo queremos reconocer. Yo soy independiente, me he hecho solo, no necesito a nadie: mi piso, mi sueldo, mis vacaciones. 

No nos gusta mostrarnos frágiles.

La fragilidad es otra palabra prohibida. Los frágiles no los soportamos, los llevamos a hospitales y geriátricos. Nos resulta muy pesado convivir con una persona que sufre una grave fragilidad. En cambio, nos rompemos con facilidad. La Biblia utiliza una imagen muy bonita: compara el hombre con un vaso de barro. Sólo que haga un poco de aire y caiga, se rompe en mil pedazos. Contiene un tesoro dentro, pero tienes que ser muy cuidadoso con él. Y eso es lo que somos nosotros. 

Hay que tratar con tacto.

El tacto es una virtud clave. Quiere decir cuidar del objeto que tienes entre manos. Si vas demasiado rápido, el romperás. Si gritas demasiado, el romperás. Tienes que tener cuidado, y eso quiere decir tener delicadeza. Por lo tanto, requiere tiempo, conocimiento del otro, empatizar con ellos. En medio de una cubertería de porcelana, no entres como si fueras con un caballo siciliano, ve con pies de plomo. El cuidado y la escucha van ligadas al tiempo, y no tenemos. 

Es absurdo, porque vivimos 80 o 90 años y decimos que no tenemos tiempo.

Vivimos más tiempo que nuestros antepasados. Hacemos muchas más cosas en un día para que la tecnología nos lo permite. Sin embargo, tenemos la sensación de tener menos tiempo. 

Nos toca ser, y no tanto hacer?

Exacto. Toca priorizar y discernir: con el tiempo de que dispongo, que son 24 horas para todos, qué hago? Hay un tiempo que tengo que dedicar a resolver las necesidades básicas: comer, dormir, descansar. Y por eso necesito recursos. Pero qué hago con el tiempo sobrante? De tiempo hay mucho, pero el tema es cómo lo utilizas.Tenemos adolescentes que cada día están navegando seis horas. El tiempo es un don precioso. 

Y que se acaba.

Justamente por eso lo es. Te ha sido dado un tiempo, no sabes hasta cuándo. En mayo celebré 50 años, y no me lo imaginaba, que pasara tan rápido. Si hace cuatro días que iba en bicicleta. Lo tienes que asumir, es muy difícil que viva 50 años más. A medida que te vas haciendo mayor vas viendo que el tiempo es precioso porque no es indefinido. 

Valoramos las cosas cuando vemos que se han terminado.

Exacto. No serás siempre. Aprovecha el tiempo al máximo. Pero aprovecharlo no significa hacer tanto dinero como puedas, o trabajar lo mejor, sino tomar partido de la manera que te parezca más creativa: paseando, conversando, escribiendo, mostrando como eres en el mundo. La cuestión no es cuánto tiempo vivos sino qué haces, de lo que tienes. Hay gente que ha vivido muy poco y ha hecho grandes cosas, y otros que han vivido mucho y son un parásito de la historia. 

Hay quien sólo se proyecta en el futuro.

Sí, que dicen “haré esto, haré aquello”. Pero el ahora les disuelve entre los dedos.Podemos planificar, pero esto no nos debe sacar ser plenamente en el ahora. Que ahora no haya nada más en el mundo que lo que tú y yo decimos. Se trata de no dejar escapar el momento que vivos, estar presentes. 

La Montserrat Abelló decía que ” nuestro peor enemigo somos nosotros mismos“.

En la vida hay varias luchas, porque con los demás también te tienes que encontrar: te frenan el paso, te limitan, las envidias, los celos, los resentimientos, debes defender tu espacio al trabajo. Ojalá no fuera así, pero no vivimos solos en una isla. La lucha más fuerte es la que contra ti mismo. Nos exigimos demasiado. 

Y nos castigamos masa.

El peor examen es lo que te haces a ti mismo, porque te conoces muy por dentro. A veces hay un exceso de exigencia: tengo que hacer, tengo que decir, tengo que ser el número uno, tengo que tener esta inteligencia, este sueldo, ser reconocido. Esto te pone con una tensión enorme contigo mismo. Cuando te liberas de estas expectativas, vivos mucho mejor. 

Y como te liberan?

Aprendiendo lo que eres y lo que puedes aportar. Es como aquella persona que está desquiciada porque quiere tener el mismo cuerpo que aquella actriz, y se cambia la nariz, los labios. Hace todo tipo de ejercicios, de inversiones, de cirugías plásticas. Tú eres tú, debes aceptar quién eres y agradecerlo, y tratar de extraer todo tu potencial.Pero no estás hecha para ser el clon de otra persona. 

Dices que la peor envidia no es la de tener sino la de querer ser igual que otro.

Una cosa es la envidia del tener: quiero tu coche, tu propiedad. Lo peor que te puede pasar es querer ser como alguien, porque tú siempre serás tú. Podría llegar a tener las mismas zapatillas que tú, pero no puedo ser quien eres. Lo que tienes que ser es capaz de aceptar tu ser, amarlo, agradecerlo, trabajarlo y dar todo lo que hay en ti.Pero la envidia nos puede devorar por dentro. 

A veces estas comparaciones vienen de fuera.

Porque este espíritu comparativo ya nos la han transmitido educativamente: “Mira tu hermano qué notas”. Ya te ponen el veneno del espíritu de la comparación dentro de tu ADN. ¿Y si te dicen un día y otro y otro? Que al final deseas que muera esa persona, que desaparezca. Le tienes ojeriza, porque constantemente te lo ponen como referente. Hay hubieras podido tener una buena relación, pero es que te comparan y eso te va vaciando la personalidad. 

En las comparaciones siempre hay alguien que sale perdiendo.

Siempre, porque te ponen un modelo. Tengo que ser lo que estoy llamado a ser, no como él. La comparación la tenemos muy metida: comparamos la escuela -este niño juega al fútbol, ​​yo no-, en la universidad -él tiene una beca, yo no-, a la empresa -él tiene un alto cargo, yo no- y los geriátricos -este tiene salud, yo no-. Nos pasamos la vida comparando. 

Faulkner decía: “Intenta ser mejor que tú mismo”.

Esta sería la buena. Compárate con como eras cuando tenías treinta años, o quince.¿Qué has aprendido, en el que podrías mejorar. Pero la comparación con el otro es destructiva, porque suele ser jerárquica: es mejor o peor. Y no vemos que en lo que es mejor también hay debilidades. De acuerdo, cobra tres veces más que tú, pero no tiene ningún amigo, no tiene sábados ni domingos y no tiene ninguna relación con sus hijos. Ha ganado el Tour de Francia, pero mira los sacrificios que ello conlleva.Hacemos trampa: nunca comparamos las debilidades, sino la excelencia. Esto lo hacemos mucho: “Si hubiera dicho eso a mi padre!” Las comparaciones destruyen quien tienes delante y hacen que mitifican el que es ausente. Lo que no está es el mejor, pero tú que estás en frente no vales nada. Y no es así, porque el de antes no era tanto y el de ahora tiene capacidades. 

Deberíamos cultivar un poco más la autoestima.

Sin caer en el narcisime, que es un defecto muy común. Yo, yo, yo y nadie más que yo.Y posesivo: mío, mío, mío. Me preocupo por mí, mis cosas, mi cuerpo, mi móvil. Nadie quiere vivir con un individuo que tiene como única preocupación es él mismo. El destino final de un narcisista es la soledad. No lo aguanta nadie. 

No es lo mismo estar solo que sentirse te.

Puedes estar solo, en el bosque, y no sentirse te. Puedes estar aislado en una prisión y no sentirte solo, porque sabes que a tres mil kilómetros alguien llora por ti. En cambio, el sentimiento de soledad va ligado con el “nadie se interesa por mí”. Es un abuelo en el Eixample de Barcelona: se ha levantado, pero podría no haberse levantado y nadie se habría dado cuenta. Luego está la soledad buscada, para meditar y ordenar las ideas. 

La vida tiene sentido?

Debemos construir un sentido. No bajará del cielo. Y lo tenemos que construir por ensayo y error. Te puedes equivocar. Hay personas que durante parte de su vida han pensado que lo que les daría sentido sería tener mucho dinero. Después, tienen 45 años, se miran al espejo y piensan que su vida es un asco. Tengo una casa donde no voy nunca, un coche maravilloso, pero me siento vacío. Lo contrario del sentido es el vacío, que es terrible. Es muy temerario decir a alguien cuál es el sentido de la vida.Una bailarina te dirá que lo que le llena es bailar cada día ocho horas, aunque viva en un piso precario, y no sepa si el próximo año tendrá contrato. 

Es tener un vínculo con la vida.

Encontrar una narración, un argumento, un porque a lo que hacemos. Hay quien encuentra el sentido de su vida en sus hijos, en amarlos en acompañarlos. Y cuando se van de casa? Tienes que reconstruir. Tienes que reinventarte, porque el argumento que tenías se acaba. Usted se jubilará. Es que el sentido de mi vida era venir a enseñar estos jóvenes. Pues tal vez ahora puede pasear con sus nietos, que es lo que no hacía con los hijos. 

Y si está permitido estar tristes, también lo puede estar no encontrar sentido.

Por supuesto. A todos nos puede pasar que no encontramos sentido a una enfermedad, a un trabajo, a una relación. Hay momentos de bajada, de crisis de sentido. Pero lo tienes que volver a encontrar, a alimentar, porque si no, no sales de casa. Si no hay sentido, no hay lucha. 

El empuje te lo tienes que hacer tú mismo.

A veces los demás te darán una vez, pero el sentido de tu vida te la tienes que construir siempre tú. 

https://www.catorze.cat/…/francesc/torralba/…/vida/te/…/construir/…

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