El templo inútil, la higuera estéril (I)


Salvador Santos, 16-abril-2019

 Pinceles para el Evangelio, 6

  • 1. Trabando al Dios peregrino

Los templos, sean cuales sean, se muestran majestuosos como principal símbolo de la religión a la que representan. La judía se ha caracterizado por ser religión de un solo templo. Ahora bien, esta nota distintiva no cabe interpretarla como meritoria. En realidad, el templo de Jerusalén nació adulterado. Fue ideado, construido e instalado en la capital como un postizo.

Israel no concibió a Dios enclaustrado en un templo. Lo entendió desde sus inicios como un Dios peregrino, siempre cercano, abriendo camino al pueblo. El hecho fundamental que dio origen a la nación hebrea fue la escapada de unos grupos tribales de la esclavitud y la salida a una soñada libertad. Una parte importante de la amalgama de tribus huidas de Egipto se adentró en el desierto de Sinaí y se aventuró a vivir en él como nómadas. Se arriesgaron, eso sí, cargados de temores y con evidentes deseos de abandonar el desafío de la libertad añorando la seguridad de la esclavitud:

        “Y dijeron a Moisés:

  • ¿No había sepulcros en Egipto?, nos has traído a morir en el desierto; ¿qué es lo que nos has hecho sacándonos de Egipto? ¿No te lo decíamos en Egipto: Déjanos en paz y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto?” (Ex 14,11-12).
    “Cómo nos acordamos del pescado que podíamos comer gratis en Egipto, y de los pepinos y melones y puerros y cebollas y ajos” (Núm 11,5-6).

           “Y se decían unos a otros:

  • Nombraremos un jefe y volveremos a Egipto” (Núm 14,4).

Las tribus alcanzaron la condición de pueblo gracias a una Constitución aceptada por todos sus integrantes. El formato de esta Ley fundamental responde a lo que entonces se denominaban Pactos de Soberanía. A las tribus les dio alas el pensar que el logro de su libertad se había conseguido gracias a que Dios estaba de su parte y caminaba, también como nómada, delante de ellos abriéndoles camino. Imaginaron que, como único Soberano, les brindaba  hacer con ellos un pacto al estilo de los que los reyes poderosos realizaban con sus pequeños reinos vasallos. Las primeras condiciones de ese Pacto Constitucional obligaban a:

  1. Aceptación de la exclusividad del reinado de ese Dios Peregrino.
  2. Obligación de no manipularle (nada de imágenes).
  3. Compromiso de no utilizarle con intención de legitimar la falsedad.
  4. Establecimiento de un día de descanso obligado como apeadero de la cansina productividad y celebración de la fiesta conmemorativa del Señor de la libertad.

El resto de leyes de ese  Pacto estaban referidas a las relaciones entre los diferentes grupos y personas del pueblo. Y perseguían la estabilidad en la vida social de sus gentes, obtenida a través del mantenimiento obligatorio de la dignidad y el bienestar de todos ellos.

La Ley Constitucional, escrita en tablillas y guardada en el Arca de la Alianza, sirvió al recién nacido pueblo hebreo como vínculo y guía en su larga trayectoria por el desierto. Después de la conquista y el reparto de la tierra de Canaán, se mantuvo como manera singular de plantearse la vida en sociedad.

  • 2. Un Templo para encerrar a Dios

Fueron los responsables del pueblo quienes rompieron unilateralmente el Pacto optando por una organización política similar a la del resto de pueblos Tal ruptura dio paso a un sistema de gobierno basado en una monarquía dinástica:

        “Entonces los concejales de Israel se reunieron y fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. Le dijeron:… Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones… 
El Señor le respondió: Haz caso al pueblo en todo lo que te pidan. No te rechazan a ti, sino a mí; no me quieren por rey” (I Sam 8,4-7).

La decisión de construir un templo no salió del pueblo, partió de uno de esos reyes. El fuerte desarrollo económico, logrado por la ausencia de guerras y por la política comercial e industrial de Salomón, supuso que este se planteara la necesidad de construirse un palacio. Pero, ¿cómo justificar un palacio real teniendo a un Dios Soberano sin un techo digno de su soberanía? La idea de un templo surgió, pues, del poder político como justificación para construir y poseer una morada real acorde a su alta condición.

  • 3. El Templo como apéndice del Palacio

El templo de Salomón tardó siete años en construirse (I Re 6,38). ¡Las obras del palacio duraron trece! (I Re 7,1). El templo medía treinta metros de largo por diez de ancho (I Re 6,2). Solo uno de los salones del palacio: cincuenta metros de largo por veinticinco de ancho. El palacio estaba compuesto por diferentes construcciones: La Casa del Bosque del Líbano, utilizada como depósito de armas y guarda del tesoro (¡armas y dinero, juntos!); el Atrio de las columnas; la gran sala del trono de marfil, donde se impartía justicia y se debatían asuntos de Estado (I Re 10, 16ss.); ¡y un palacio para la hija del faraón, esposa de Salomón! (I Re 9,24).

El templo nació, pues, como un apéndice del palacio. El lugar santo nacional estaba adscrito al poder y hacía las funciones de capilla real. El rey nombraba al sumo sacerdote y lo incluía como un elemento más de su gobierno.

El listo de Salomón, en el discurso inaugural del Templo, derivó a Dios la orden de construcción del Templo y de encargarle a él el llevarla a cabo. Meter a Dios por medio era la fórmula idónea para hacer creer al pueblo que la idea del Templo tenía origen divino:

        “Mi padre, David, pensó edificar un templo en honor del Señor, Dios de Israel, y el Señor le dijo:

  • Ese proyecto que tienes de construir un templo en mi honor, haces bien en tenerlo; solo que tú no construirás ese templo, sino que un hijo de tus entrañas será quien construya ese templo en mi honor”(I Re 8, 18-19).

En el templo se hizo un sitio para el Arca a instancias del mismo Salomón:

        “Y en él he fijado un sitio para el Arca, donde se conserva la alianza que el Señor pactó con nuestros padres cuando los sacó de Egipto” (I Re 8,21).

La Constitución quedó entonces bajo la bóveda de un templo. Parecía que el Dios dinámico y peregrino, avanzadilla del pueblo, pasaba a quedar inmóvil en espera de recibir honores en un recinto sagrado.

  • 4. La protesta indignada

Sin embargo los profetas reclamaron sin pelos en la lengua la igualdad y la justicia, y denunciaron sin temblarles la voz la falsedad de la actividad del templo:

        “…no os hagáis ilusiones con razones falsas, repitiendo:
‘el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor’.
Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones,
Si juzgáis rectamente los pleitos,
Si no explotáis al emigrante, al huérfano y a la viuda,
Si no derramáis sangre inocente en este lugar,
Si no seguís a dioses extranjeros para vuestro mal, 
Entonces habitaré con vosotros en este lugar.
…¿Creéis que es una cueva de bandidos? (Jer  7,4-6.11).

  • 5. El Templo a merced de las políticas de estado

En el año 587, Nabusardán, jefe de la guardia del rey babilonio Nabucodonosor, incendió por orden de este la ciudad de Jerusalén y el templo construido por Salomón. Medio siglo más tarde se puso en marcha su reconstrucción. No fue tampoco en esta ocasión la religiosidad del pueblo quien tuvo la iniciativa. Se llevó a efecto por orden de otro rey; en este caso, de Ciro, el rey de Persia, en el año 538. Su financiación corrió a cargo de las arcas de este imperio (Esd 1,2-4; 6,3-5). El nuevo templo, como el primero, se puso en pie por razones políticas y órdenes del poder real.

La última construcción del Templo antes de su definitiva destrucción por el imperio romano en el año 70 fue obra del rey Herodes, que se ganó el título gracias a que supo granjearse las simpatías de algunos emperadores romanos. Pegada al templo, la fortaleza Antonia, con una guarnición romana siempre atenta y vigilante.

  • 6. Jesús interpreta el Templo: Cueva de bandidos

En tiempos del Galileo, el gran templo de Herodes llegó a ser Banco Central e industria cárnica de alto rendimiento. El sacrificio de animales funcionaba sin parar desde que despuntaba el día; mañana y tarde. Los veinticuatro turnos de sacerdotes y levitas no descansaban a lo largo de la jornada durante todo el año. Y en las grandes festividades resultaba imposible atender la enorme cantidad de sacrificios públicos y privados. El hambre, la miseria, las desigualdades e injusticias quedaban cubiertas por el humo de las víctimas con el que se pretendía obtener el favor divino.

Nada más entrar en Jerusalén, al Galileo le bastó una simple mirada para confirmar las denuncias de Jeremías. En su enseñanza en el patio exterior del templo denunció a los dirigentes de la institución religiosa como responsables de haber convertido el templo en una cueva de bandidos (Mc 11,17).

https://www.atrio.org/2019/04

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