¿Mujeres en el altar?por: Laura García y Lola Fumanal


Reflexiones en torno a una exclusión y necesidad de transformaciones más hondas


El sacerdocio de la Mujer, Editorial San Esteban, Salamanca, 1993, p.111-130.

La controversia en torno a la exclusión de las mujeres del sacerdocio no es ni mucho menos nueva en la Iglesia. A estas alturas casi podríamos afirmar que a lo largo de la historia eclesiástica ha estado siempre presente, a juzgar por los innumerables ejemplos que la misma teología nos muestra.

El lugar que ocupan o deben ocupar las mujeres en la Comunidad fue sin duda objeto de disensiones en más de una ocasión, desde los tiempos más antiguos. Así parecen mostrarlo algunos testimonios de las primeras comunidades y sobre todo aquellos polémicos textos Deuterocanónicos, además de los posteriores: la Patrística Primitiva y la Escolástica. Especialmente por el tipo de respuestas y de opiniones vertidas nos podemos dar idea de la magnitud del problema.

Si hacemos un rápido recorrido a la manera como se posicio-na la Iglesia, tanto entonces como en etapas posteriores, especialmente en su choque con el espíritu de la Modernidad y con el Feminismo, se puede decir que éste se ha convertido con frecuencia en un tema catalizador de posturas que tendieron a polarizarse en torno al sí y al no arrastrando tras de sí otros debates contrapuestos y otros temas de interés para la vida de la Iglesia. Toda una abundante Bibliografía teológica al respecto da buen testimonio de ello en el mismo sentido.

Uno de los momentos álgidos en la etapa más reciente se dio en torno al Concilio Vaticano II, cuando muchas mujeres, muchas feministas creyentes, muchos hombres y numerosas comunidades llegaron a sospechar que se estaban dando condiciones favorables y que poco menos «se acercaba el tiempo». Y no se podía considerar aventurada tal suposición, en un momento en que las condiciones socio-históricas mostraban aquel dinamismo y aquella voluntad de transformar todas las cosas. Una postura tan verdaderamente profunda y generalizada que alcanzó también a las Iglesias.

El auge creciente de los movimientos de liberación de todo tipo se tradujo al interior de la Iglesia en una rica presencia de tendencias ecuménicas, y en otro orden de cosas en un aumento del fervor y el ímpetu renovadores, investigadores, que trajo consigo el acceso de laicos y mujeres a la teología y a un mejor conocimiento de la Sagrada Escritura. Todo ello puso en primer plano una actitud crítica de búsqueda de nuevos paradigmas interpretativos y de epistemologías más adecuadas al servicio de la fe y de la investigación teológica, más acordes con las preocupaciones de los hombres y las mujeres del último tercio del siglo XX.

Al mismo tiempo pasaron por el tamiz muchos de los antiguos posicionamientos doctrinales que pudieran pertenecer declaradamente al pasado: que se manifestaran inservibles o que pudieran revelarse inoperantes o no significativos e incluso negativos para la causa de la evangelización, la fecundidad de la creencia y la presencia y el compromiso cristiano adulto en el mundo.

Los mismos Documentos Conciliares en su marco más teórico recogieron muchas de estas sensibilidades e intentaron dar una respuesta a no pocas de estas ansias emancipatorias, haciéndose eco de un sinfín de aspiraciones justas entre las que sobresalía la de la igualdad entre las personas o la no discriminación por razones de sexo, etnia o religión, entre otras.

Y aquí entró de lleno la reivindicación de la plena igualdad en la Iglesia, que incluía —y casi casi se convertía en prueba o bare-mo de la mentalidad existente— el acceso de las mujeres al sacerdocio. Posiblemente nunca en un tema han sido tan contundentes las mujeres y pocas veces han gozado de mejores y más sólidos apoyos; pero aunque aquel grito de «no callaremos por más tiempo», debió conmover los muros del Aula Conciliar no pareció capaz a la larga de conmover las conciencias.

Las mujeres, que sepamos, no hemos vuelto a tener otra ocasión semejante. El Concilio y los Sínodos inmediatamente posteriores, así como los escritos y enseñanzas del Magisterio han insistido una y otra vez en la negativa del sacramento del Orden a toda persona que no sea varón y célibe. De manera más o menos resignada muchas mujeres y hombres nos hemos mantenido diríamos que a la espera de tiempos más propicios, de situaciones más favorables, o quién sabe si de un soplo más claro y contundente del Espíritu que pueda impulsar un verdadero movimiento de renovación en profundidad, que es lo que parece ciertamente más necesario.

Pero ocurre con este tema lo que con las heridas mal cicatrizadas. Y dado que «el Espíritu sopla como y donde quiere», pues recientemente y de manera un tanto inesperada, como sabemos,la cuestión ha vuelto a emerger a modo de «ojos del Guadiana» a raíz del voto favorable (conflictivo, no lo olvidamos) de la Iglesia Anglicana. Y se ha vuelto a colocar en un primer plano, adoptando la forma de noticia religiosa punta y de tema de indudable interés para mujeres y hombres creyentes y no creyentes. ¿Puede esto darnos una idea de cómo se situará el tema en futuras coyunturas históricas?

Vaya por delante que para las autoras de este escrito la reivindicación del derecho al sacerdocio no es ni mucho menos lo más importante a hacer hoy por parte —pensamos— de las mujeres en la Iglesia. Ni siquiera es la aspiración más querida ni más sentida por muchas de nosotras aunque sí por otras; pero al constatar una vez más las causas de la negativa y ver las modalidades que ha ido adoptando el debate no queremos dejar de resaltar de entrada que realmente, en nuestra Iglesia Católica, hay algo que chirría y vale la pena abordarlo de nuevo en toda su complejidad.

EN TORNO A LAS RAZONES DE LA PROHIBICIÓN

Los argumentos acerca de la exclusión de las mujeres del sacerdocio han ido variando en la historia de la Iglesia y éste es un hecho que podría aportar alguna luz al debate actual. Nuestra pregunta central en este escrito se resume en rastrear cómo y por qué la doctrina oficial de la Iglesia recurre, según el momento histórico °, a unas u otras razones a la hora de explicar una negativa que, por lo que se constata, ha sido constante desde pasados los primeros siglos del cristianismo y hasta la actualidad más reciente.

* No siempre se han dado razones teológicas.

Cada vez parece haber más signos de que en la configuración de las primeras comunidades (1) convivían con mayor o menor grado de conflicto las posturas partidarias o tolerantes y las detrac-toras de que las mujeres asumieran los ministerios que representaban «autoridad». En cualquier caso, no hay muestras de que hubiera que recurrir a razones teológicas o de fuerza mayor para fundamentar una u otra postura y sí parece que fue el peso ejercido por las condiciones socioculturales del mundo helenístico el que fue operando a favor de la exclusión (2).

Pero será mucho más tarde, ya en los siglos XII y XIII cuando cristalizan las posiciones doctrinales más escandalosamente exclu-sionistas, gracias a las cuales y gracias sobre todo a su prolongación y perpetuación en el tiempo, la postura de la Iglesia ha resultado a los ojos de tantas mujeres y a los ojos del mundo como una organización tan misógina y antifeminista.

O Y no es que sea malo. Más bien se impondría una escucha de los signos de Dios que se nos revela en los acontecimientos. Lo que parece más temerario es lo contrario, negarse a reconocer en las exigencias que presenta la época actual uno de esos signos y sobre todo justificar la negativa en base a razones del pasado

Parece claro que bajo ningún concepto se podría utilizar hoy aquella línea argumentativa que sostenía literalmente: «la mujer no puede recibir órdenes sagradas porque por su naturaleza se encuentra en condiciones de servidumbre» (Graciano, s. XII) ni tampoco esta otra: «como el sexo femenino no puede significar ninguna eminencia de grado, porque la mujer tiene un estado de sujeción, por eso no puede recibir el sacramento del Orden» (Santo Tomás, s. XIII) (3).

Que no se puede mantener hoy esa visión tan simple, basada en en la idea de una inferioridad innata en la mujer parece obvio, especialmente en nuestra época. En la misma Iglesia y en la teología se han realizado ya formidables avances exegéticos, y la lectura de los textos bíblicos más directamente implicados en el tema, se ha distanciado bastante de la Patrística, de eso no hay duda. Además, no podemos desestimar el impacto producido por todo un movimiento de liberación de las mujeres cuyos efectos han alcanzado a la renovación de las ideas y del Pensamiento. Cosa que para las mujeres ha sido decisivo pues nos ha suministrado muchos elementos de análisis y sobre todo un gran ímpetu autoa-firmativo.

No estamos ni en la E. Media ni después de Trento sino a las puertas del Tercer Milenio. Pero es que ya no se puede pensar según qué cosas después de la Lumen Gentium y la Gaudium et Spes. No obstante cuántas remoras, cuántas inercias parecen actuar todavía. Se impone que entre aire fresco en nuestras cabezas y en nuestras conciencias.

Improntas del pasado aparte —ya volveremos sobre ello— las razones doctrinales más generalizadas a propósito de la ordenación femenina se han venido aglutinando en un par de argumentos que han llegado a constituir como el lugar común e inamovible para quienes siguen apostando por la exclusión.

Estos argumentos también se resumen en dos:

  1. El ejemplo de Jesús y los Apóstoles («El no escogió a ninguna mujer»).
  2. La naturaleza del sacerdocio (la desemejanza sacramental de la mujer con el Hombre Jesús) (4).

No es el objetivo de este escrito mostrar la validez o no de las razones citadas puesto que otras articulistas se centrarán en su estudio; pero se impone un breve comentario, al objeto de poder explicar por qué nos sugieren un tipo de posicionamiento y unas reflexiones como las que a continuación iremos exponiendo.

Respecto al punto primero: La mayoría de exegetas parecen de acuerdo en admitir que Jesús, hijo de Dios y hombre de su tiempo, no pudo ir mucho más allá de lo que realmente fue en su consideración de la condición de las mujeres, admitiéndolas en su compañía, encomendándoles tareas y apostando en la práctica por elevar su dignidad a la del común de los mortales (5). De otro modo ¿cómo nos explicaríamos su presencia junto al Sepulcro , y lo que es más: el que fueran transmisoras de la noticia de la Resurrección? Si no hubiera sido creíble su testimonio no parece que lo hubieran podido recoger los redactores de los Evangelios. Y si podía formar parte de ellos es de suponer una mínima comprensión por parte de las Comunidades neotestamentarias y no es poco lo que eso puede indicar de comportamiento radical y anómalo de Jesús con respecto a la Sociedad de su tiempo. ¿No se estará dando ahora en la Iglesia el movimiento al contrario…?

En cuanto al segundo criterio, el de la «desemejanza sacramental» parece más una coartada —con todos nuestros respetos— que una razón seria de fondo. En su formulación recuerda más a la Patrística que a la teología actual. Y habría que recordar EN DESCARGO DE LOS SANTOS PADRES —como afirma la teóloga norteamericana Rosemarie Ruether— (6) que cuando los Padres de la Iglesia invocan la condición masculina de Jesús están bajo una cosmovisión que admite de forma mucho más natural que ahora el genérico «hombre» como sinónimo de naturaleza humana; y aunque en absoluto queremos mirarnos el uso de ese «universal» de manera inocente, tampoco se deduce de ello —en buena lógica— ningún tipo de sobredignificación de lo masculino. No parece que eso se dijera bien con el ejemplo del Maestro. En todo caso, aprovechamos para recordar que, como enseña la sociolingüística, dado el orden de cosas imperante y el androcentrismo de la sociedad y de la Iglesia, ese genérico «hombre» —y la presencia de ese segundo argumento propicia pensarlo— tiende a producir simbólicamente sentido, a favor de lo masculino.

En los debates y escritos que se han divulgado en los últimos meses acerca de este-asunto del sacerdocio femenino, han salido de la Teología un número importante de opiniones que venían a poner de manifiesto el escaso peso específico del elemento teológico en los citados argumentos (en tanto que argumentos teológicos, queremos decir) pues si seguimos aplicando la misma lógica a otros temas ¿cómo nos explicaríamos la igualdad radical (teológica) ante Dios que se adjudica a toda persona bautizada sea hombre o mujer, negra o blanca …? (7) En el grupo más cercano a Jesús no hubo en efecto mujeres, pero tampoco samaritanos ni gentiles… —dice un determinado análisis—, sin embargo, son aspectos que se introdujeron posteriormente, cuando se dio el momento. En definitiva: Jesús no pudo ir más allá de lo que su percepción, la historia y las condiciones de vida le permitieron. Porque ni pudo responder ante situaciones que no se dieron ni debió forzar las condiciones históricas a riesgo de caer en el escándalo o la intolerancia. Además, como recordaba recientemente Gonzales Faus (8), Jesús mismo anunció que la obediencia a Él, la fidelidad a Él, no era sólo a su recuerdo, sino también a su espíritu… que como nos recuerda el evangelista, es quien «nos enseñará todas las cosas» (Jn 16, 7 y 14, 26).

MAS ALLÁ DE LAS RAZONES EXPLÍCITAS

En los últimos meses, la prensa de todo tipo desde finales del 92 a principios del presente año, ha convertido este hecho en uno de los temas estrella y una vez más nos hemos visto ante una especie de escenario de razones cruzadas entre posturas defensoras y detractoras. Casi todo el mundo nos hemos posicionado si es que no lo estábamos.

A la hora de la verdad y si tuviéramos que hacer un resumen de las posiciones favorables diríamos que además de ser muy abundantes contenían casi siempre gran cantidad de datos y aportaban argumentos y razones desde todos los ámbitos de la vida de hombres y mujeres (creencias, identidad, relaciones…) y desde todas las disciplinas (teología, filosofía, sociología, sicología…) ya que hay diversos puntos de mira y éstos pueden aportar infinidad de pistas a lo complejo del debate. De todas maneras, muchas personas sensatas admiten que con la Sagrada Biblia en la mano se puede argumentar y de hecho se argumenta tanto el sí como el no ( otra cosa es el grado de seriedad que podamos atribuir a las explicaciones utilizadas, al tipo de presupuestos de base, etc.) y va quedando claro que las razones más de fondo no son en última instancia teológicas sino de índole sociocultural (9).

Algo de esto permiten dar a entender ciertos comentaristas del Vaticano cuando a modo de conclusión de las posturas en contra han dejado caer de forma contundente esa fórmula que suena casi a desesperada sentencia: «La Iglesia, no se siente autorizada a cambiar una tradición constante que siempre ha considerado el comportamiento de Cristo y de los apóstoles como una norma de la que no podía apartarse (10).

«La Iglesia no se siente autorizada». Esta parece ser la fórmula que se ha revelado capaz de dar por zanjado el debate. A nuestro modo de ver tiene la virtud de ser clara pero es autodefensiva. Suena —si no es mucho suponer— a impotencia y a una cierta incapacidad para aportar nuevas razones de peso. La lectura que muchas mujeres y hombres hemos hecho de la misma es: no hay argumentos; pero no deja de dar idea de dónde está el tema: parece no haber llegado el momento, que es una explicación a la que ya nos habíamos acostumbrado, pues si bien no se aducen razones de peso no es poco el peso que siguen ejerciendo las viejas razones.

Por eso frente a la conclusión «la Iglesia no está autorizada» nosotras proponemos esta otra: «la Iglesia no está preparada» que es la que ha motivado precisamente este escrito.

EN LA IGLESIA QUEDA MUCHO DE MISOGINIA

Aunque el título suene a provocativo creemos razonable mantenerlo. En el pensamiento oficial y en la actuación de la Iglesia aún no ha habido una revisión a fondo de los puntos de vista en torno a la naturaleza, funciones y dignidad de la mujer. El pretendido papel de «dignificación» que parecía perseguir la Mulieris Dig-nitatem queda frustrado en la segunda parte de la Encíclica —Capítulos VI al IX— en los que se diseña una imagen de mujer cuyos papeles y simbología quedan totalmente anacrónicos y fuera de tiempo.

Si recurrimos al término misoginia es porque pensamos que, una de dos, o hay conversión, o de lo contrario resurgen de entre las reservas antifeministas posturas más suaves, aparentemente correctoras, pero encubridoras de viejas concepciones superadas; seudodignificadoras —y en esto radica su «malicia»— de unas funciones, que ni son esenciales, ni las hemos elegido libremente y que en todo caso se han demostrado causantes en buena medida del tradicional segundo plano en el que hemos estado representadas.

Son muchos años de escuchar el elogio de la feminidad y el valor de las virtudes calladas. Mucha indignidad interiorizada, porque el mensaje que transmite es la inseguridad, que no el sentido liberador de lo humilde, tan saludable por cierto para mujeres como para hombres; y no puede ayudarnos que se nos ofrezca «más de lo mismo».

Muchas veces habremos escuchado, aunque con las debidas distancias respecto al texto, aquello de:

«Las mujeres cállense en la asamblea, porque no les está permitido hablar; en vez de esto, que se muestren sumisas, como lo dice también la Ley. Si quieren alguna explicación, que les pregunten a sus maridos en casa, porque está feo que hablen mujeres en las asambleas». (I Cor 14, 34-35) Hoy suena casi a caricatura, pero algo nos está indicando respecto a las mujeres mismas, a su postura, a su posible insistencia, a la manera como entendieron las enseñanzas que se les hubieran transmitido sobre el ejemplo del Maestro. Si hubo que echar mano a una postura formulada en tales términos no debió ser a causa de problemas pequeños; seguramente entraban en conflicto con las costumbres sociales al uso, y en ese sentido habría que preguntarse sobre los posibles desfases actuales.

Por continuar con la línea emprendida nos preguntamos aquí cuántas personas de Iglesia, cuántos teólogos (las teólogas lo han hecho mucho más pero no olvidemos que son minoría) se han preocupado de saber algo más sobre las mujeres que lo que oyeron allá por los años 60 sobre Simone de Beauvoir y las feministas radicales o lo que posteriormente se airea en los medios de comunicación acerca de las feministas que, dicho sea de paso, hemos acostumbrado a ver poco menos que como al demonio emplumado.

¿Conocemos las reflexiones que están haciendo las mujeres, que las están publicando y que las están queriendo compartir? El pensamiento feminista parece haber avanzando bastante en los últimos años, y sería saludable ver qué cosas nos puede enseñar.

Si queremos una pregunta más concreta: ¿Qué tipo de ideas ha manejado y maneja hoy la «alta teología» acerca de la investigación en torno a qué somos, qué buscamos y cómo nos vemos las mujeres? Sería bueno pararse a pensar de dónde se nutren los viejos y nuevos conocimientos sobre la mujer: de qué lecturas, de qué reflexiones, de qué relaciones, de qué experiencias. O qué tipo de influjos —puesto que no somos ángeles— circulan no solamente por la alta Curia Romana sino también por la Facultades de Teología y hasta por las cabezas de cada teólogo y de cada teóloga, de cada cristiano y de cada cristiana. En fin, un verdadero examen de conciencia.

No se trata de hacer de jueces de la causa y menos si ésta puede ser la propia; éste es un intento de desmenuzar cosas que no por muy conocidas nos han de resultar superadas. Y es que nos echamos las manos a la cabeza cuando oímos o leemos según qué cosas, o cuando se nos atribuyen según qué aspiraciones, o no sé qué pretensiones…

También sería bueno ir abandonando la costumbre de englobarlo todo en aquel alegre genérico «mujer» y empezar a tener en cuenta que bajo ese término se esconden multitud de realidades, identidades y subjetividades diversas. Basta con que atendamos las diferencias por etnias, países, culturas, religiones… y ya aparece una gran panorámica de situaciones.

Nos parecería por tanto prudente que quienes tengan por profesión o como misión, decir una palabra al respecto, o acostumbren a tocar temas que directamente atañen a las mujeres, no permanezcan al margen. Y no es que pretendamos marcar el territorio; sólo recordar cosas por la vía de estimular la actitud de fondo: estar más a la escucha, renovar viejas ideas y tener una actuación más sensata para no movernos en posiciones simplistas. Claro que a lo mejor quienes vayan a leer estas cosas serán una vez más quienes de hecho gozan de mejores disposiciones y sabría mal estar dando la matraca; pero así se escribe la historia.

* Seguimos insistiendo.

De muchos de los escritos teológicos al uso se desprende todavía un enorme desconocimiento de lo femenino, que a fuerza de darlo por supuesto, muchas veces ya ni nos ofende. Desconocimiento pero, sobre todo, desvalorización del ser mujeres, recelo de nuestra valía, cosas que las mujeres mismas hemos interiorizado como si aún no nos hubiéramos sacudido, no ya el peso de la Patrística que también puede seguir operando en secreto (aquello de la «conditione servitutis» de Graciano o el «statum subiectio-nis» de Santo Tomás ) sino todo lo que actúa desde los primeros influjos en la formación de un modo de ser subalterno tan apropiado para la des-estimación por increíble que a veces nos parezca.

No creamos que el machismo socialmente imperante ataque más a la gente cristiana que al conjunto de los mortales, pero posiciones como la mantenida recientemente por la doctrina oficial contribuyen a simularlo. Y esa es la razón fundamental por la cual muchas mujeres nos hemos rebelado especialmente al oír ciertas cosas a propósito de este tema, cosas que si el tema mismo no lo hubiera propiciado, tal vez no se hubieran conocido. Que el llamado «malestar eclesial femenino» está justificado, vaya, y que éste aumenta con la constatación de que nuestra Iglesia, la Católica, se está convirtiendo en «el último bastión» cuando mantiene la colocación de la mitad de sus fieles en un desfasado segundo plano, cosa que hasta los ejércitos han desechado formalmente, que ¡maldita la gracia!

Seguramente para muchas mujeres y hombres creyentes y para bastantes teólogos esas posturas tan cerradas producen el efecto contrario; no obstante destacamos estas cosas porque estamos pensando en la Iglesia en su conjunto y en cómo deberíamos trabajar en ella para ir eliminando los obstáculos más escandalosos al interior de la misma. Otra cosa será analizar, como lo harán otras compañeras, qué pensamos del sacerdocio mismo: de su naturaleza, vocación necesaria, funciones… y del ejercicio del «poder» en la Iglesia (11) tal como se ha manifestado históricamente y en la actualidad, cosas con las que seríamos bastante críticas, como es natural.

Para ir concretando por la vía del quehacer, quisiéramos incidir finalmente en eso que venimos considerando condiciones de posibilidad para cambios más profundos. Dicho de manera más directa: para que las respuestas eclesiales a ese malestar de las mujeres sean en la práctica caminos para una revitalización a fondo de la vida de la Iglesia. Citaremos dos elementos:

— La investigación teológica.

— Las transformaciones personales y comunitarias.

Para empezar cabe suponer que sería de todo punto necesaria esa transformación, tantas veces deseada, del discurso teológico. Toda una línea de pensamiento que ya está presente en muchas de las disciplinas teológicas y que propone un giro de cualidad en la hermenéutica y una revisión a fondo de los paradigmas que sustentan la reflexión teológica. Pues parece claro que dependiendo de la comprensión previa de las dificultades se poryectan unos u otros objetivos y se transita por unos u otros caminos.

La llamemos o no teología feminista (12) —no tiene mucha importancia una discusión nominal— lo importante es que podamos captar su mensaje:

— Que las mujeres son las sujetos de su propia experiencia de fe y que pueden definirla ellas mismas. Por tanto hay no solamente que escuchar a las mujeres sino también dejarles hacer camino abriendo las puertas de la Teología a estas nuevas agentes.

— Que esa experiencia contiene particularidades, fruto de las especiales condiciones en que se socializan las mujeres: como sabemos, nos vienen bajo unos especiales rasgos de dominación atribuibles al hecho de ser mujer. Por tanto en algo deben modificarse no solamente los contenidos sino las expresiones simbólicas y celebrativas de la fe para que nos resulten significativas, para que pueda emerger, redimida, toda nuestra realidad.

— Y que, si bien es cierto que no podemos hacer decir a la Escritura o a la Tradición lo que de hecho no dice, sí podemos preguntarle por qué no lo ha recogido, por qué aparecen como aparecen las mujeres o como dice una compañera antropóloga a propósito de la investigación en sociedades ágrafas, buscar e interpretar en los textos no solamente lo que hay sino lo que no aparece, recelando de que lo femenino haya sido sistemáticamente desestimado como poco relevante (13). Ese silenciamento aparante-mente inocente que contribuye a negar incluso el papel que de hecho se ha jugado en la historia como mujeres, por mucho que haya sido subalterno; pues si negativa es la dominación, más perverso es el ocultamiento.

Aun así, no es solamente en el orden del pensamiento donde nos hacemos las peores trampas. A estas alturas del siglo XX toda persona que se precie de ser sensible o solidaria, o que sencillamente viva en este mundo y no en otra galaxia habrá podido apreciar que hay ideas y posiciones que afortunadamente van formando parte del pasado y que en todo caso se revelan infecundas en el presente. Puede ser un mal asunto pensar que ya tenemos las cosas bastante asimiladas, o que lo del machismo no va con nosotros. Sin embargo, nos queda mucho trabajo en el terreno de las actitudes y de los comportamientos no solamente personales sino grupales, el funcionamiento de los cuales exigirá un examen pormenorizado.

CUAL ES NUESTRA REALIDAD PERSONAL Y COMUNITARIA

La pregunta nos lleva a afirmar de entrada que es precisamente en el terreno citado donde quizás nadie nos atrevamos a «tirar la primera piedra». Vamos a necesitar no pocas dosis de humildad y sencillez, ganas de aprender y sentido crítico respecto al propio pasado; disposiciones que consideramos tremendamente necesarias. Y no nos parece fuera de lugar insistir una vez más en esto, pues somos del parecer que en este terreno de los comportamientos y actitudes todo esfuerzo por simple o por individual que parezca puede resultar fecundo. Dicho de otro modo: concedemos más valor a la esforzada actividad personal por renovar las actitudes de fondo y las estructuras de los grupos comunitarios que al voto favorable de la Iglesia en su conjunto si es que se nos pidiera. Y no será a nuestro parecer la fuerza de los votos por sí sola, si se diera, lo que garantizaría la calidad o la hondura de las transformaciones. Diríamos que a la eliminación de los obstáculos que vetan a las mujeres para asumir funciones más influyente en la Iglesia habría que concederle el valor que tiene y no más. Aunque si se diera el caso, ciertamente algo muy profundo se habría tenido que modificar en ella.

Queremos decir con esto que quienes aspiramos a que la Iglesia se haga merecedora —en el sentido de capaz de ver con buenos ojos, de acoger y de asimilar con toda su riqueza un nuevo papel y unas nuevas funciones no solamente de la mujeres, sino también de los hombres en ella— no tendrá más remedio que remover muchas más piezas que las que se han tocado hasta el momento. En ese sentido sí, remover la del sacerdocio no es cualquier cosa, por cierto, y seguramente podría demostrarse operativo en otras direcciones.

Pero para que nadie alcemos las campanas al vuelo, queremos repensar aquí un testimonio muy hermoso que nos regaló la teóloga americana Elisabeth Schusler Fiorenza en mayo del año pasado (14). Ella nos comunicaba que la condición subordinada y secundaria de las mujeres en lo tocante al ministerio se da también en las iglesias que ordenan a mujeres. Los cargos de gobierno y la toma de decisiones quedan frecuentemente reservados a los clérigos varones. Las mujeres ordenadas —decía— son con no poca frecuencia enviadas a las pequeñas parroquias rurales, reciben menor salario que los varones, a pesar de que poseen la misma competencia, y permanecen al nivel de ministros asistentes.

Traía a colación el citado testimonio en el contexto del análisis crítico de la categoría de servicio, por muchos considerada actitud base del ministerio. Y era crítica con esa categoría señalando sus límites, ya que si ésta ha sido asignada al ministerio —decía— lo ha sido con la intención de que sirva de contrapunto frente a la tan censurada función jerárquica o de dominio.

Ella proponía ir mucho más lejos en la consideración de la necesidad de una redefinición del ministerio o los ministerios, afirmando que utilizar la categoría servicio puede ser útil sí para enjuiciar a quienes detentan poder y privilegios tanto en la Iglesia como en la sociedad, puesto que damos por hecho que la dominación está estructurada y jerarquizada en todas partes. En la Iglesia se representa mediante el sacerdocio, pero también perviven otras como la riqueza, la nacionalidad, la etnia, la clase, la formación, la salud, la educación, la edad, etc. Por ello, la categoría que sugería como ciertamente transformadora de estructuras y comportamientos era la de la solidaridad, «única que se revela fecunda para la construcción de la genuína autoridad dentro de la comunidad» —afirmaba-. Lo que citó a continuación fue extremadamente radical: «Al igual que Lucas y la tradición post-Paulina, los teólogos posteriores ignoraron la paradoja radical del discipulado de iguales al considerar como un servicio de caridad la ocupación de puestos que suponen la posesión de riqueza y poder», y ese es uno de los riesgos que propone evitar.

La teología del servicio no cuestiona sino que confirma, según ella, las categorías y los privilegios patriarcales. Hay que ir más allá. La categoría de la solidaridad lo expresa con mayor elocuencia.

Por otro lado, esta visión tan crítica de la supuestamente benigna categoría del servicio está ciertamente justificada a la vista del papel que ejerce actualmente la mujer en la Iglesia: el de «servir», en el sentido de realizar las tareas más desvalorizadas por estar consideradas como poco importantes o menos relevantes. En esta medida hay un especial interés por hacer que se desprenda a las mujeres de esas funciones que ya vienen adjudicadas por la habitual función social. Es una oposición a la tradicional «douleia» o servicio como esclavitud, como unción al rol, de la que ella recela dado que considera que la Iglesia todavía no está suficientemente predispuesta para la concesión de ese carácter de plena igualdad real a hombres y a mujeres. Hacer hincapié por tanto en la dimensión del servicio podría ser en el caso femenino algo así como «hacer de la necesidad virtud» o, dicho de otro modo, dejar que todo siga igual conducido por la misma inercia o, lo que es peor, dignificándola.

Es en este sentido en el que la propuesta de la teóloga queda resumida a través de los últimos escritos en aquella conocida expresión que viene a resumir el futuro ideal de Iglesia: «Por una comunidad de iguales». Y para que eso vaya siendo posible en alguna medida, creemos que hay que empezar a examinar y corregir datos como éste: Según el Nomenclátor de la I. Católica de 1898, la participación de las mujeres en el ámbito organizativo-directivo de la Pastoral Diocesana es del 2,85 %. (En altos cargos en empresas es del 8, 7, según la EPA del INE, y se considera realmente baja) Sin embargo, las mujeres son una amplia mayoría en la Iglesia por lo que respecta a los servicios «menores» como catequesis, (aunque a veces no preparan ellas los contenidos) cuidado (enfermos, ancianos…) preparación del culto y atención al sacerdote o párroco correspondiente. La propuesta por tanto es ponerse a trabajar por un compartir solidario de tareas y de conocimientos, lo que implica desmontar las piezas que favorecen la reproducción de estamentos y jerarquías. En ese sentido se trata de comenzar a ensayar otras formas.

MAS DATOS PARA MAS REFLEXIONES

En la encuesta realizada entre 1.000 de los 1.450 sacerdotes existentes en la Archidiócesis de Madrid y respondida por 380 (más no fue posible) el 73,9 % se manifestaba a favor de la ordenación de la mujer y sólo el 21,1 % estaba en contra (15). Teniendo en cuenta que los encuestados pertenecen al clero, hay que considerarlo un dato altamente positivo ¿Quiere ello decir que están mejorando las condiciones o que «se avecinan los tiempos»?

Los datos estadísticos son eso: datos. Algo indican, y no es poco, de positivo. Pero ni mucho menos puede considerarse representativo del conjunto del clero o de la Iglesia.

La encuesta surge como iniciativa de un colectivo de curas progresistas (16) que sólo tuvo acceso a un determinado sector del clero, sin duda al más positivado hacia el tema. Pero la iniciativa adoptada es correcta: comencemos a tener datos y más todavía, comencemos a trabajar en la dirección que se revele más fecunda, al menos aquellas personas —hombres y mujeres— que vayamos viendo claro algún camino.

La demanda del sacerdocio femenino se ha convertido a la larga en una especie de prueba de fuego, entre otras, de la postura tradicional de la Iglesia. También ha puesto de manifiesto más cosas: Diríamos que el hecho de la negativa lo ha revestido de un mayor significado, convirtiéndolo en baremo respecto a la capacidad de apertura de la propia Iglesia; no deberíamos perder esto de vista, para no crearnos falsas expectativas.

A modo de ejemplificación, no estaría de más considerar, como enseñan ciertas corrientes antropológicas, aquello de que en los grupos constituidos suele operar una lógica generalizada según la cual lo que es conocido y habitual al interior de los mismos, lo aceptado, lo asimilado desde siempre, es percibido como una manera de contribuir al mantenimiento del equilibrio (del orden), mientras que los cambios o presiones que se ejercen desde el exterior son leídos por el grupo como una amenaza en tanto que se perciben como desestabilizadores.

En este sentido y pensando en nuestra Iglesia habría que pararse a pensar que no se producirá un cambio fecundo o transformador sin una capacidad de aceptación de ideas renovadoras, aunque le vengan de fuera. Sería bueno desenpolvar aquella actitud tan dinámica de los tiempos del Vaticano II: «la fidelidad a los signos de los tiempos» y que ésta fuera calando mediante la asimilación, relectura o reinterpretación de los mismos en un discernimiento generalizado al interior de la Iglesia por parte del conjunto de todas las personas creyentes y por supuesto de la Jerarquía.

En estos momentos, para la Iglesia Católica, el aferrarse a una actitud de resistencia al cambio tan propia de los grupos humanos fuertemente constituidos (la Iglesia se acercaría bastante al modelo) puede llegar a representar un verdadero obstáculo evan-gelizador (17).

Sería pues saludable fomentar una buena sacudida en profundidad de nuestras viejas seguridades, nuestros miedos, nuestros prejuicios o nuestras sospechas. Tenemos la impresión de que se están dando muy pocas oportunidades prácticas para que las mujeres realmente se sientan más libres —ya que no suficientemente potenciadas— para tomar iniciativas y proyectar actividades de la misma envergadura que las que asumen los sacerdotes y, en general, los varones. Si es que no se acaba de tener confianza, pues habrá que correr riesgos (18).

Parece claro que este tipo de propuestas serán de alguna manera viables allí donde se promuevan unas mínimas condiciones de vida comunitaria, donde las personas no sean anónimas y donde la vida de fe y los múltiples avatares de la vida de cada creyente puedan ser compartidos. Sí; será una labor de artesanía, y como todo lo hermoso requiere ejercicio minucioso y cuidado. Las inercias en cambio no suponen esfuerzo alguno. Para que se vaya haciendo realidad una tal transformación de hábitos, maneras de ser, maneras de funcionar, etc. podríamos ayudarnos de aquellos medios que consideremos necesarios, (dinámicas de grupo, reuniones de discernimiento, experiencias de comunión de bienes de todo tipo…).

Un mayor y mejor conocimiento de cómo funcionamos las personas, (una pequeña ayuda psicológica, vaya)(19) es sin duda una buena ayuda para construir una convivencia sólida, y ésta seguro que nos facilitaba un mejor funcionamiento, más justo y más enri-quecedor, ya que no se trata tanto de derribar del trono a quienes están subidos a él sino de destruir el trono. Observar y trabajar todo esto en nuestras trayectorias personales será sin duda fructífero para unos y otras.

Notes

1. Que convivieron ambas posturas parece además de cierto, razonable. Como expresa Elisabeth Shüssler, Fiorenza: ‘En memoria de ella’, Reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Editorial D.D.B., Bilbao, 1989).

2. Entre los siglos II y IV de nuestra era se fue produciendo gradualmente la abolición de las diaconisas… y especialmente a partir del reconocimiento de la Iglesia por Constantino, se va configurando una estructura de poder en mimetismo con el sacerdocio pagano oficial. Rosemarie Ruether, ‘La mujer y el ministerio’, Concilium n. 11, p. 46. Además se venían adoptando los códigos de conducta propios de la sociedad helenística cuyo impacto se observa en las cartas Deuterocanónicas de marcado carácter desvalorizador para con las mujeres. Y los efectos se van sumando.

3. Citados por Joan Llopis en Serra d’Or. Fe y Pensament; enero 1993.

4. Así se han venido sintetizando en muchos de los escritos recientes. En el ya citado de Joan Llopis o en otro de González Faus, ‘Mujeres sacerdotes, datos para un debate’, Revista Noticias Obreras, HOAC. Enero 1993; Pero es que la misma encíclica Mulieris Dignitatem realza esas dos razones.

5. De acuerdo con el llamado criterio de la discontinuidad histórica, la Historia de las Formas ha dado carta de validez como posición genuína de Jesús a sus actitudes no discriminatorias para con las mujeres, precisamente por ser impropias de la sociedad de su tiempo.

6. Artículo citado. Concilium 111, p. 47.

7. Así, la Carta Mulieris Dignitatem, tras interpretar los capítulos del Génesis bajo el prisma de la igualdad fundamental entre los sexos, insiste sin embargo en la inalterable diversidad de funciones y por tanto en la subordinación en la práctica de la mujer al hombre. En una especie de pseudo dignificación de lo femenino reside uno de sus principales desajustes. A muchísimas mujeres nos ofende esa idealización.

8. Artículo citado, p. 38.

9. Casiano Floristán; pero es una conclusión recurrente de muchos otros. El País, 15 de noviembre de 1992; Suplemento, p. 2. Barcelona.

10. Horazio Petrosillo: «II Messaggero». Recogido por La Vanguardia, 14 de noviembre de 1992, Barcelona.

11. En el artículo de Luz Mascaray e Isabel García se hace mayor referencia a ello (Nuestras trayectorias frente al poder en tanto que mujeres: actitudes, valoraciones, etc.).

12. Catherine Halkes, teóloga de Nimega. Es una de las que más explícitamente describe los rasgos de este nuevo discurso teológico, pero hay otras muchas. Ver Concilium n. 111, 154, 202, 214, 238.

13. Dolores Juliano: El juego de las astucias. Editorial Horas y Horas. Madrid 1992.

14. Elisabeth Shüssler, Fiorenza. Visitó Barcelona y realizó una hermosa conferencia organizada por el Col.lectiu de Dones en l’Església para un numeroso público de mujeres y hombres.

15. El País, 1 diciembre 1992, p. 18 (sociedad)

16. Colectivo de los 300 curas de Madrid que hacia los años 80 se constituyen en foro de debate sobre los modelos de Iglesia. Representan una mentalidad progresista.

17. Necesitaríamos retomar el espíritu de la Gaudiun et Spes, por ejemplo. Las condiciones del mundo actual nos deberían llevar a preguntarnos qué otros muros quedan por derribar. En la Iglesia tenemos mucho que aprender. Las mujeres siguen, seguimos esperando respuestas, aún no nos hemos ido de la Iglesia.

18. ¿Se exigirá tanto a una mujer para que su testimonio sea críble que acabaremos por perder todo atractivo por desarrollar las propias potencialidades? Como dice una amiga feminista, en realidad se trataría de que pudiera haber una mujer mediocre donde hay un hombre mediocre.

19. Cualquier estudio serio de sicología profunda o de sicología en torno a la configuración del ser de las mujeres como por ejemplo la obra de Jean Baker Miller, Hacia una nueva sicología de la mujer. Raidos, Barcelona 1992. Este tipo de estudios muestran cómo es realmente observable una relativa autonomía de funcionamiento entre el raciocinio y otros contenidos de la psique; que funcionan por separado, vaya. Así que el tener unas ideas muy guapas no lo arregla todo. ¿Qué hacemos con los sentimientos?

http://www.womenpriests.org/es/articulos-libros/mujeres-en-el-altar/

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