Nuestra piedad mariana: Olga C. Vélez


La cultura latinoamericana se caracteriza por una piedad mariana que alimenta nuestra espiritualidad y fortalece nuestra vida. Este amor a María se cultiva de muchas formas y se expresa en las festividades dedicadas a recordar su memoria y en los santuarios donde miles de peregrinos se convocan continuamente. Por eso hablar de María es la posibilidad de entrar en uno de los misterios de la fe más cercanos y más queridos por la mayoría de creyentes. Ella es esa persona dispuesta a acoger el plan de Dios y a secundarlo sin reparos, sin limitaciones. Desde su condición sencilla, pobre, joven, muestra la capacidad humana de abrirse a la iniciativa divina y llevarla a su realización plena.

Ella es ícono de las personas creyentes porque no temió dar su “sí” desde el primer momento. Un “sí” maduro y confiado. Por una parte, es capaz de preguntar ¿cómo será todo esto? al ángel que le anuncia el nacimiento del Salvador. Por otra, da su sí total y generoso al plan de Dios sobre su vida y se dispone a respaldar con su sí, el que intentamos dar los que deseamos y nos disponemos al seguimiento del Señor.

María es también la mujer fuerte que vivió la huida a Egipto, las dificultades durante la vida pública de Jesús y, sobre todo, el momento más duro en la vida de su hijo: la crucifixión y muerte. Pero ella, como tantas madres ante el sufrimiento de sus hijos, permaneció de pie acompañándolo y mostrando con sus hechos, la fidelidad a ese sí dado desde el día de la anunciación.

Por eso, especialmente el pueblo sencillo, reconoce en María a la mujer fuerte y comprometida con la vida de todos sus hijos e hijas. Y acude a los santuarios y la invoca constantemente. La siente como madre y sabe que ella nunca abandonará a ninguno de sus hijos. Con ella se aprende a superar los sufrimientos de la vida. De su mano el camino se hace más ágil y suave. Pero sobre todo, se aprende a tener una fe sincera y dispuesta, abierta al querer de Dios sobre nuestras vidas.

Pero, al mismo tiempo, necesitamos purificar la devoción mariana porque algunas veces la docilidad se confunde con la sumisión, la obediencia se confunde con el sometimiento, el servicio se confunde con la esclavitud. A esta imagen distorsionada contribuyen los estereotipos femeninos que se han alimentado en la sociedad patriarcal identificando a las mujeres con el sufrimiento, la renuncia, la resignación, la sumisión y, otras actitudes que han robado la dignidad de las mujeres y les han impedido una realización plena. Pero en estos tiempos donde las mujeres van creciendo en autoestima y van recuperando sus derechos, la imagen auténtica de la Virgen María va emergiendo con fuerza y comienza a transformar la devoción mariana. María es dócil pero audaz, obediente pero protagonista, se dispone al servicio pero en el horizonte de la comunidad cristiana donde hemos de ser servidores unos de otros, sin que ninguno se erija como señor o superior a los demás. Acercarnos a María, la de los evangelios, es condición indispensable para que la piedad mariana vivida en nuestro Continente, continúe alimentando nuestra espiritualidad en el horizonte de la libertad, responsabilidad y compromiso cristiano.

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