“Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo?” (Hechos 1,11a): Luis Van de Velde, Comunidades Eclesiales de Base.


Esta pregunta me ha fascinado desde hace muchos años.  ¿Qué atracción hay de estar mirando al cielo?  Parece que Lucas, autor del libro de los Hechos, estaba consciente de una tremenda tentación en el movimiento que había surgido, en las primeras comunidades cristianas.   La frase de los dos hombres de blanco (siempre una referencia a la presencia divina), “¿qué hacen ahí mirando al cielo?”, nos obliga a vernos en el espejo para descubrir la verdad.

En realidad, a lo largo de la historia de la Iglesia (las iglesias), y también hoy, nos enfrentamos con la tentación de mirar permanentemente al cielo.  Y no pocas veces exclusivamente.  Nos referimos a la prioridad absoluta para toda la dimensión trascendente (lo litúrgico, la oración, los retiros, las procesiones, las devociones, las adoraciones, el templo, …) descuidando así la también necesaria dimensión inmanente: la realidad histórica de la vida.  

Una de las primeras síntesis de la predicación de los apóstoles nos habla de tres aspectos:  (1) Ustedes renegaron del Santo y Justo, pidieron como una gracia la libertad de un asesino, mientras que al Señor de la Vida lo hicieron morir,  (2) Dios lo resucitó de entre los muertos  y (3)  Nosotros somos testigos de ellos. Por la fe en el Nombre de Jesús este Nombre ha sanado al tullido, restableciéndolo totalmente.  (Hec 3,14-16)

Creo que Lucas ya había experimentado que en las primeras comunidades existía la tentación de limitarse al (2): la proclamación que Dios había resucitado a Jesús.  La alabanza por esa grandeza de Dios se hizo profunda alegría y se tradujo en agradecimiento y motivaba para la oración y evangelización.  Sin embargo, no es por gusto que Lucas nos pone esa profesión de fe (la dimensión trascendental de la fe) entre dos dimensiones inmanentes: el asesinato de Jesús a un lado y el testimonio de los apóstoles restableciendo la vida en nombre de Cristo.

En las Iglesias estamos terminando el tiempo pascual.  Hemos cantado aleluya por el Cristo resucitado.  Muy bien.  Es importante y necesario celebrar cada año ese gran acontecimiento de Dios que resucita a Jesús.  Lo celebramos también en cada eucaristía.   Pero tenemos que preguntarnos. ¿qué hacemos en cuanto a los puntos (1) y (3) de la primera proclamación del Evangelio de parte de los apóstoles?

Corremos el riesgo de seguir viendo al cielo, celebrando la liturgia de la pascua, olvidando que se trata de un ejecutado, un asesinado.  Hoy reconocemos a Jesús, su pasión y muerte en el sufrimiento de las víctimas de la violencia de ayer (durante los años de represión y guerra) y de hoy.  Por eso, la proclamación de la buena Nueva debe iniciar – según el ejemplo de los apóstoles – con “Ustedes asesinaron a centenares de familias, mujeres, niños y niñas, ancianos/as en el Sumpul, en la Quesera, en El Mozote,… Ustedes asesinaron a Padre Walter y al Padre Ceciio,…. Y exigimos “verdad, justicia, restauración, curación,…”   Sin este lenguaje claro hacia los grandes responsables de esos crímenes de la guerra y de hoy, nuestra profesión de fe en el Resucitado queda muy corta y no estará a la altura de la predicación que dio origen a las primeras comunidades cristianas.  Por eso es tan importante que las iglesias alcen su voz profética junto con las organizaciones de víctimas y defensores de los derechos humanos, para que haya una nueva ley que dignifique a las víctimas y enjuicie a los victimarios.   Solo así habrá perdón y paz.

Pero el (3) tiene la misma importancia.   Los apóstoles dijeron que ellos eran los testigos tanto del asesinato de Jesús provocado por las autoridades religiosas y ejecutado por las autoridades político- militares, como de la acción divina de al resucitar a ese Jesús.

Como prueba de sus testimonios dijeron que en nombre de Cristo Resucitado había restablecido totalmente la vida de alguien que estaba paralizado.  Debemos entender esto mucho más allá de una curación milagrosa de una persona paralítica. Más bien Lucas nos da la pauto sobre como debe concretarse el testimonio de la resurrección en la práctica diaria e histórica.   Nuestros pueblos sufren parálisis a diferentes niveles: ante los cambios climatológicos, ante la escasez del agua, ante la destrucción del medio ambiente, ante el grito de las y los pobres, ante su decepción en las promesas de los partidos políticos, ante la injusticia en el sistema judicial que condena al pobre y libera al rico.   

Parálisis provocado por la atracción de las redes sociales, por la propaganda engañosa de los que manejan el poder, por las drogas, por la violencia,…..   Proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, nos exige el testimonio muy concreto de la curación de esas parálisis para restablecer y totalmente la vida.  

Es un eje fundamental de la Iglesia, de cada CEB. 

http://www.amerindiaenlared.com

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