Los ríos y las tumbas, el arte en la búsqueda del duelo


Elkin RubianoDoctor en Historia del Arte de la Universidad Nacional de Colombia, profesor asociado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

En un contexto de violencia extrema como el que ha padecido Colombia, el arte busca saldar deudas simbólicas con muertos y desaparecidos. Por eso es delicado que algunos artistas quieran convertirse en portavoces de las víctimas.

Si el arte busca simbolizar las pérdidas humanas de conflicto armado, su eficacia es mayor cuando los artistas trabajan estrechamente y por un largo periodo con las comunidades. Un caso emblemático fue “Magdalenas del Cauca”. Foto: Archivo del proyecto Magdalenas del Cauca.

María Isabel Espinosa, habitante de la vereda Guayabito, del municipio de Cartago, Valle del Cauca, cuenta que habla con el río, que todos los días sale a saludarlo y preguntarle: “¿cómo amaneciste río mío?”, y ella siente que él se detiene para escucharle su saludo; luego sigue su marcha y más adelante le responde con un sonido agudo que ella percibe.

María Isabel ha convertido su labor de registro –tiene una gran cantidad de cuadernos en los que ha consignado lo que ve pasar por el río– en una forma de poetizar, de simbolizar el exceso para poder soportarlo. Pero su labor, que ella misma se ha impuesto, no solo es la de registrar o metaforizar, sino también la de rescatar los cuerpos que quedan a la orilla del río:

“Yo los veía y decía ahí viene uno, y le echaba mano y lo ponía junto al rancho para que nadie me lo fuera a sacar de ahí –recuerda–. Lo tapaba bien para que los gallinazos no me lo picotearan, y le protegía las manos para que no me le dañaran los pulpejos. Yo hacía esto porque me daba pesar de que esos cadáveres siguieran y se perdieran para siempre. Me ponía en el lugar de la familia […] cuando una familia reconocía a su pariente desaparecido les daba descanso. Y yo me sentía contenta. De muchas familias me hice amiga. Tiempo después de haber rescatado a sus familiares, me seguían llamando a preguntarme cómo estaba yo. Otras me escribían cartas agradeciéndome”.[1]

Esta es una labor que pescadores –incluso niños– vienen realizando desde hace varias décadas: rescatar cuerpos o partes de cuerpos que quedan atrapados en los recodos del río. Se trata de eso, de rescatarlos, de sacar cuerpos que han sido arrojados al río para desaparecer el rastro de los crímenes y la identidad de las víctimas.

Los habitantes de las riberas del río que rescatan cuerpos son frecuentemente amenazados por los perpetradores de los asesinatos y las masacres. No obstante, los ribereños persisten en esa tarea para la que se necesita mucho valor, pues no solo presencian la muerte sino el exceso de la muerte: cuerpos y fragmentos de cuerpos descompuestos por el agua, con signos de tortura y picoteados por las aves. “Por el río una pierna sola a las 3 de la tarde”, escribe María Isabel en uno de sus cuadernos.

Violencia que rompe vs. arte que une

Gabriel Posada (Pereira, 1962) recuerda cómo en su niñez, a finales de la década del sesenta y comienzos del setenta, iba con su padre a pescar y terminaban por encontrar cuerpos flotando por el río. Desde entonces considera que tiene que pagar una deuda por esos muertos cuyas imágenes lo acompañan desde la infancia.

Para él esos recuerdos, algunas imágenes de prensa y el cuadro Río Cauca, de Fernando Botero, son los antecedentes de “Magdalenas por el Cauca”, un proyecto realizado con Yorlady Ruiz (Pereira, 1979). En la primera etapa del proyecto (2008) realizaron un recorrido durante tres meses por la ribera del río Cauca, desde la vereda de Beltrán hasta el municipio de Cartago, un trayecto de 120 km de los 1.350 que tiene el río.

La acción consistió en recopilar relatos y fotografías, muchas de niños que juegan con cualquier cosa que aparezca en el río, y muchas más de gallinazos, que permanentemente están en algún remanso. Mientras recorrían la ribera exhibían el material que se había recolectado al tiempo que se escuchaban las vivencias de los ribereños, además de los mitos y las historias de fantasmas que habitan el río.

Al final de esta etapa se construyeron unas barcas sobre las que se colocaron dibujos de las madres portando los retratos de sus hijos desaparecidos. Estas barcas con las imágenes de las madres se dejaban a la deriva para que la corriente del río se las llevara.

En el contexto de violencia extrema en el que los ríos se han usado como fosas comunes arrastradas por el agua, los cuerpos rescatados reposan en cementerios, como los de Puerto Berrío (Antioquia) o Marsella (Risaralda).

En 2012 Medicina Legal realizó 482 necropsias de los restos conservados en el cementerio de Marsella; mientras que 155 fueron identificados, 327 continúan como NN.

Algo similar ocurrió con las víctimas de la Masacre de Trujillo, como se llama al asesinato de personas ocurrido en ese municipio vallecaucano. Muchas de las 342 personas asesinadas fueron lanzadas al río Cauca. Algunos de los cuerpos fueron rescatados en la vereda de Beltrán y llevados al cementerio.

“Magdalenas por el Cauca” realizó una acción titulada “327 alumbramientos por las huellas del olvido” (2013) con la que las comunidades de Trujillo y Marsella, distanciadas por 160 km, lograron conocerse y tomar conciencia de las relaciones que las unen.

Para dicho proyecto se construyeron 327 barcas de 50 x 40 cm sobre las que reposaban velas y retratos de víctimas cuyos restos no han sido o identificados. Las barcas fueron construidas por la comunidad en una sala del Parque Monumento a las Víctimas de Trujillo y después llevadas y puestas en la corriente de la quebrada La Nona, en Marsella, que desemboca en el río Cauca.

Los muertos y los NN del conflicto armado colombiano tienen dolientes que se han activado políticamente y demandan justicia y verdad sobre los hechos. Detalle de la obra “Quebrantos” de Doris Salcedo. Foto: Luis Palacios / Unimedios

Saldando deudas simbólicas

El trabajo de “Magdalenas por el Cauca” resulta emblemático para percatarse de un giro en las prácticas artísticas que se ocupan del conflicto armado en Colombia. En un contexto de violencia extrema, más que la denuncia, la concientización o la sensibilización del público, lo que el arte busca es saldar las deudas simbólicas con los muertos y los desaparecidos, de ahí su estrecha relación con los dolientes.

Si las fosas comunes contienen restos de NN, si los ríos se han convertido en tumbas en los que se desechan cuerpos que no serán identificados, si no hay un indicio de ser ni posibilidad de rito funerario, no resulta extraño que la metáfora del cementerio aparezca de manera profusa en el arte colombiano: la fosa, el féretro, la mortaja, el sudario, las ánimas, el animero, el ritual funerario y el duelo.

Museo y mausoleo son inseparables en este contexto, pues el arte llega con la tumba o para declarar su ausencia, de ahí que con frecuencia llegue con el sacerdote, el forense o el sepulturero.

No es difícil encontrar, por ejemplo, la rectangularidad de las tumbas y la oscuridad de las fosas en obras de artistas cuyos lenguajes resultan diferentes e incluso disímiles: “Atrabiliarios” (1992-1993), “Plegaria muda” (2009-2010) y “Sumando ausencias” (2016) de Doris Salcedo; “Réquiem NN” de Juan Manuel Echavarría (2006-2015); “Río abajo” (2008) y “Relicarios” (2016) de Erika Diettes; “Auras anónimas” (2009) de Beatriz González, entre otras.

Estos y otros artistas que trabajan estrechamente con las comunidades dejan una lección: los muertos y los NN del conflicto armado colombiano tienen dolientes que se han activado políticamente y demandan justicia y verdad sobre los hechos.

Cuando se quiebra en lugar de restaurar

Por eso resulta muy delicado que algunos artistas se quieran convertir en portavoces de las víctimas y de sus familiares, como si estos no tuvieran una voz activa. En otras palabras, los artistas no deben asumir que representan el sufrimiento de las víctimas.

Sobre este asunto, vale la pena analizar las últimas acciones de duelo realizadas por Doris Salcedo en la Plaza de Bolívar, en las que el asesinato, la desaparición forzada y la metáfora del cementerio son centrales.

El material utilizado para “Sumando ausencias” (2016) requería de un cuidado y una delicadeza que resultaban adecuados con aquello que se buscaba: escribir 1.900 nombres de víctimas con cenizas; también la acción de tejer cada tela blanca hasta conformar una inmensa mortaja que cubrió la inmensidad de la plaza.

No olvido los relatos de algunos participantes en los que constantemente se habla tanto del cementerio, la lápida y la mortaja como del silencio que “aparecía” cuando se doblaban las telas inscritas con ceniza, las comunidades solidarias que van apareciendo y los rituales que se llevaron a cabo sin haberlos planeado ni anticipado.

Todo lo que indico se invierte o contradice en “Quebrantos” (2019). En lugar de silencio, el insoportable ruido al romper los vidrios con los que se escribiría el nombre de cientos de víctimas; en lugar de delicadeza, precaución (warning); en lugar de tejer, romper… Aun no logro comprender por qué se llegó a ese punto en el que, en lugar de restaurar y devolverle la identidad a las víctimas mediante la visualización de su nombre, se violenta el material con el que el nombre se inscribe y en el que cada palabra resulta peligrosa, amenazante, hiriente, puntiaguda…

Los participantes debían utilizar guantes industriales, botas y protectores faciales para escribir cada nombre como si cada uno de ellos fuera una amenaza de la que debían protegerse. No entiendo por qué en lugar de restaurar buscó quebrarse. En especial si, precisamente, lo que los victimarios hacen con los líderes es “quebrarlos”, como se dice en la jerga sicarial.

Que sus nombres sean quebrados resulta abrumador. Otra cuestión, aparte pero no menos importante: ver comer a las palomas esquirlas de vidrio. Difícil no asociar imágenes y pensar en la paloma de la paz.

La voz del artista no es la voz del pueblo

Si las metáforas son potentes, resulta delicado materializarlas, máxime si estas se realizan con los nombres de las víctimas. La consecución de los nombres se hizo en ambas acciones al azar, mediante el cálculo necesario al cruzar la dimensión de cada tela y plancha de vidrio con la extensión de la Plaza.

El nombre de cada víctima quedó entonces ajustado a una ecuación. Una ecuación en la que los dolientes quedan por fuera de la acción. En “Sumando ausencias”, por ejemplo, algunos quisieron llevar los nombres de los suyos y fueron excluidos.

Si a las obras que se han enumerado en este artículo las une la necesidad de realizar el duelo, de simbolizar las pérdidas humanas del conflicto armado, es necesario percatarse de que los modos de simbolización son diferentes.

Tal objetivo se puede alcanzar cuando los artistas trabajan estrechamente y por un largo periodo con las comunidades, mientras que su eficacia es menor cuando las acciones se consuman en el espectáculo de un día, cuya imagen final es capturada por el ojo tecnológico del dron.

http://www.unperiodico.unal.edu.co

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