Ante una iglesia del evangelio: Todos los cristianos son sacerdotes


El problema no es casados o solteros,varones o mujeres sino el sacerdocio

09.07.2019

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Se anuncian de vez en cuando libros sobre el sacerdocio de la Iglesia, en el especial el de las mujeres, “demostrando” que al principio existieron mujeres sacerdotes. Con frecuencia se añade como gran novedad que el Vaticano oculta con alevosía datos importantes. Desde hace más de veinte años vengo investigando sobre el tema, en libros publicados en diversas editoriales, y en revistas especializadas o en postales de RD. A modo de resumen presentaré varias tesis generales, para desarrollar después el tema del sacerdocio del NT, que es el de todos los cristianos, según Hebreos, 1 Pedro y Apocalipsis:

1.  Jesús no instituyó en ningún momento sacerdotes, en sentido técnico .  La afirmación de que en la última cena instituyó doce “sacerdotes” especiales (los apóstoles) cuyo poder pasó a los obispos y presbíteros carece de todo fundamento bíblico. Las “palabras” y el tema de la constitución eucarística de la Última Cena tiene otro sentido, como he mostrado en Comentario de Marcos.

2. Hubo al comienzo de la Iglesia diversos tipos de ministerios, según los lugares y las circunstancias, ministerios ejercicios por varones y/o mujeres, sin que existe ningún tipo de exclusión de las mujeres, como muestran las cartas de Pablo y los textos más antiguos de los sinópticos.

3. A partir de la segunda mitad del siglo II la iglesia instituyó unos ministerios “ordenados”, organizados, de obispos,presbíteros y diáconos… que, de un modo general, por la misma presión social del momento, tendieron a centrarse en varones casados, como indican las Cartas Pastorales de la tradición paulina. Pero esos ministerios no aparecen nunca como “sacerdocio” especial, pues el sacerdocio se situe atribuyendo a todos los creyentes.

4. Sólo a finales del siglo II se instituyen de un modo casi general los ministerios oficiales unificados y se van “concentrando” en varones. A partir de ese momento, algunos ministros (especialmente obispos y presbíteros) empiezan a tomar rasgos sacerdotales del AT, reinterpretados desde Jesús, pero sin que se olvide el “sacerdocio” universal de todos los creyentes.

5. A partir del siglo III las iglesias tienden a establecerse en forma de comunidades jerárquicas de creyentes, con obispos varones (pero no célibes) van apareciendo como sacerdotes de la Nueva Alianza, de tal forma que se distinguen en la Iglesia dos “ordenes”: El de los clérigos-sacerdotes  y el de los laicos simples fieles…

6. El Vaticano tiende a “ratificar” esa interpretación tardía de la Iglesia, asumiendo, con toda la tradición (desde el siglo IV hasta el XX), la distinción de clero-sacerdotal y pueblo-laical, reservando el clero-sacerdocio ordenado a los varones (lo de los célibes no se impone hasta el siglo X y ss.)… y tiende a decir que ella responde a la voluntad profunda de Jesús (aunque no puede ni quiere demostrarlo históricamente).

7. El tema histórico está abierto a la investigación histórica, y el Vaticano no puede ni quiere ocultar nada…,aunque muestra mucho miedo a realizar en su seno algunos cambios, desde el más simple (el del celibato) hasta el algo  más complejo (el de los ministerios de mujeres y varones…).

8. El tema de fondo no es el del celibato, ni siquiera el de las mujeres-ministros. El tema es el de la “constitución sacerdotal del clero” o, mejor dicho, de todo el pueblo cristiano. Es aquí donde se juega la gran “batalla” de la Iglesia, la vuelta a su origen en el NT, la forma de constituir comunidades evangélicas de Iglesia. El Vaticano (y el conjunto de la Iglesia) tiene cierto miedo en abordar este problema. Pero éste es el fundamental. De este derivan (y a partir de este pueden resolverse todos los restantes).

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EL SACERDOCIO EN EL NT. HEBREOS, 1 PEDRO Y APOCALIPSIS

(Seguiré estudiando el tema, pero quiero hoy empezar por la naturaleza sacerdotal de todos los cristiano. Los hoy llamados “sacerdotes” (obispos y presbíteros) no lo son por clérigos, sino por ser cristianos, como todos los bautizados de la Iglesia. Pero ellos serán “sacerdotes ministeriales”, con un ministerio especial, muy importante en la Iglesia).

 La Iglesia primitiva conoció y desarrolló diversos ministerios, que pudieron ir tomando una estructura más o menos fija (con ciertos elementos de patriarcalismo), pero que en ningún momento se tomaron como “sacerdocio”, en la línea del culto judío o del paganismo. Por otra parte, a Jesús le condenaron los sacerdotes del templo de Jerusalén, porque no aceptó su autoridad, ni se sometió a su forma de entender la presencia y acción de Dios en el mundo. En esa línea, dentro de la Iglesia primitiva hubiera sido absolutamente imposible que Pedro o Pablo, Santiago o María Magdalena, con las otras mujeres y los Doce (cf. 1 Cor 15, 3-7; Hch 1, 13-14…), se presentaran como sacerdotes. Ellos eran apóstoles o profetas, nuevo testigos de Jesús, mensajeros de su reino, pero nunca sacerdotes, en el sentido anterior (judío, pagano) o posterior (cristiano) de la palabra.

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Éste es un tema básico para entender la experiencia original del cristianismo, y para recuperar su dinámica apostólica. Jesús no se ha presentado nunca como sacerdote, pero, en un momento posterior la tradición cristiana ha tendido a situarle en un contexto sacerdotal de tipo nuevo, que la misma vida de las iglesias y la teología posterior irá desarrollando, en varias líneas. (a) En los relatos de la Última Cena (cf. Mc 14, 22-26 par; Mc 10, 45), tal como han sido reelaborados por la tradición, Jesús aparece como aquel que ofrece su vida a Dios, en una línea que algunos han entendido después en forma sacerdotal. (b) Por su parte, la carta a los Hebreos ha interpretado a Jesús como nuevo sacerdote, pero en una línea que se opone a la del judaísmo tradicional. (c) En un contexto algo distinto, 1 Pedro ha interpretado a los cristianos como pueblo sacerdotal y liberador, vinculado a la entrega de la vida de Jesús. (d) En esa línea avanza el Apocalipsis, aplicando una terminología sacerdotal a los mártires cristianos.

Eso significa que, en un momento dado, Jesús ha recibido rasgos sacerdotales, pero en un sentido distinto al del sacerdocio antiguo, no en línea de sometimiento a Dios o de reparación sangrienta de los pecados (con ofrendas animales) sino de ofrenda generosa y libre de la vida por el Reino. Desde ese fondo, partiendo de Jesús, puede hablarse en la Iglesia de un tipo de nuevo sacerdocio, que no está ya reservado a algunos ministros particulares de la Iglesia (varones y/o mujeres), sino que se aplica a todos los cristianos. En esa línea, la Iglesia posterior ha podido desarrollar el tema del sacerdocio de Jesús, pero no lo aplica en sentido ministerial a unos ritos o personas separadas, sino a toda la Iglesia.

En ese contexto debemos añadir que la “celebración eucarística” de la Cena de Jesús (Mc 14, 22-26) no implica el surgimiento de un sacerdocio ministerial exclusivo, sólo de algunos, que estarían capacitados para presidir el rito (repitiendo las palabras de Jesús) y para perdonar los pecados, sino que, conforme al testimonio de todo el Nuevo Testamento, ese nuevo sacerdocio se confiere y extiende a toda la Iglesia, representada de un modo especial por los Doce.

En esa línea, desde el Nuevo Testamento, se puede y debe hablar de un sacerdocio universal de los cristianos (es decir, del conjunto de la Iglesia), pero no de algunos hombres o mujeres ordenados de un modo especial como “sacerdotes ministeriales”, aunque el despliegue concreto de ese sacerdocio puede confiarse en concreto, por un tiempo, a ciertos hombres y/o mujeres que actúan de esa forma por delegación y envío de toda la comunidad. Eso significa que el sacerdocio cristiano de la Iglesia es “común a todos los fieles”, y sólo en un segundo momento ha podido delegarse (confiarse) en manos de algunos cristianos, que siendo sacerdotes por el bautismo (como todos los restantes fieles), realizan y despliegan algunas funciones sacerdotales al servicio de la comunidad.

De un modo lógico, por influjo del contexto cultural y por la misma dinámica del mensaje y vida de Jesús, a partir del siglo III dC, la iglesia ha podido reinterpretar sus ministerios desde una perspectiva sacral, con elementos del antiguo Israel y del entorno helenista y romano, destacando de tal forma su función sacerdotal que los fieles en conjunto han perdido (=han sido privados de) su carácter sacerdotal y se han vuelto meros “laicos”, con las consecuencias que eso ha implicado en el conjunto de la Iglesia. Por eso, en este momento de renovación eclesial y de vuelta a los orígenes resulta clave que todos los cristianos recuperen su carácter sacerdotal, siguiendo en la línea de una experiencia básica que fue retomada por el Vaticano II (1962-1965)[1].

Desde ese fondo quiero presentar aquí los tres pasajes o libros (Hebreos, 1 Pedro y Apocalipsis) que ponen de relieve la identidad sacerdotal de la vida y muerte de Jesús, retomada por todos los cristianos, con las consecuencias que ello puede y debe tener para el conjunto de los cristianos. No se trata, pues, de negar el sacerdocio de la Iglesia, sino de interpretarlo rectamente, a la luz del Nuevo Testamento, ratificando así el “sacerdocio compartido de todos los creyentes”, no para negar la función específica de algunos ministros de la Iglesia (que bien pueden llamarse presbíteros y obispos), sino para enraizarla en el carácter sacerdotal de todos los creyentes[2].

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1. Hebreos. Sacerdote según el orden de Melquisedec[3]

La Carta a los Hebreos, escrita probablemente a la comunidad de Roma por un buen conocedor de un judaísmo místico, de tipo heterodoxo, puede situarse quizá en la línea de los helenistas de Hech 6-7. El discurso de Esteban, portavoz de esos helenistas, mostraba que ellosrechazaban el templo de Jerusalén y su sistema sacrificial, reconociendo la novedad de Jesús y defendiendo una misión universal (supra-judía). También Hebreos rechaza el ritual de Jerusalén, con su templo y sacerdotes; pero eso le permite descubrir en Jesús un sacerdocio nuevo (de entrega personal de la vida) que es el más antiguo, simbolizado por Melquisedec, antes que hubiera ritual levítico y templo. 

Hebr rechaza el sacerdocio sacrificial de Aarón, es decir, del templo histórico de Jerusalén. Parece que ese templo de Jerusalén había sido destruido (70 d.C,), de manera que judíos nacionales y mesiánicos (cristianos) deben reinterpretar su sentido:

 −Antes de la destrucción del templo había entre los judíos discusiones sobre tiempos sacrales, ritos y familias sacerdotales, pero todos normalmente concordaban en la legitimidad del sacerdocio de Aarón (sobre Sadoq podría discutirse) y en el valor de ciertos sacrificios rituales y purezas, vinculadas al templo, como muestran los textos de Qumrán y el mismo F. Josefo.

 −Tras la destrucción del templo (70 dC), los judíos nacionales asumen la tarea de reconstruir su identidad, cultivando sus tradiciones de ley como federación de sinagogas, conforme a una experiencia codificada en la Misná (II dC). Templo y sacerdocio se convierten en referencia simbólica: pertenecen al plano del “imaginario religioso”, pero ya no influyen de un modo directo, pues la vida se centra en la observancia de la ley. Cada familia, sinagoga o grupo de judíos, se concibe como templo, es Israel completo, hasta que llegue el fin del tiempo (y Dios construya un nuevo/eterno templo).

 −Hebreos, en una línea parecida a la de Esteban (Hch 6-7) rechaza todas las familias sacerdotales de Aarón, los tiempos y ritos de purificación y sacrificios, incluido el templo, que a su juicio sólo ha tenido un carácter simbólico. Santuario y sacerdotes, ritos de expiación y sangre de animales sólo han sido sombra y signo imperfecto de una realidad más alta, anunciada en Melquisedec y realizada en Cristo. Por eso, los seguidores de Jesús no pueden mantenerse (como los judíos nacionales) en actitud de nostalgia ante el hueco que ha dejado el templo destruido, ni van a llorar ante sus ruinas (como en el libro de las Lamentaciones), esperando su reconstrucción, sino que han descubierto y tienen en Jesús otro Templo y Sacerdocio[4].

               El templo destruido el 70 dC es para Hebr secundario y en el fondo idolátrico. Por eso, toda nostalgia sacrificial, todo deseo de quedar en el nivel de sacrificios exteriores, en la línea de los sacerdotes de Aarón carece de sentido. El Sumo sacerdote aaronita no ha llegado nunca a Dios (no ha entrado en el tabernáculo divino), ni sus sacrificios han perdonado pecados. Todo el sistema oficial de sacrificios (con sacerdotes y templo, ritos y plegarias) ha sido un ejercicio de impotencia.

            Conforme a esa visión, la caída del templo no ha destruido nada esencial. Más aún, ella puede resultar beneficiosa, pues permite comprender en Cristo el sentido del verdadero Templo (que es Dios) con el sacrificio-sacramento que es la entrega de la vida, de un modo gratuito, a favor de los demás. Por eso, quienes quieren retomar el sistema sacral del templo de Jerusalén están equivocados. Cuando más tarde la iglesia quiera justificar un tipo de sacerdocio con símbolos del ritual de Aarón y del templo de Jerusalén irá en contra de Hebreos.

Según el orden de Melquisedec: nuevo sacerdocio, nuevo sacrificio. Fundándose en la crítica anterior, ha edificado Hebr su visión del sacerdocio mesiánico, desarrollando un simbolismo quizá propio de círculos judíos “heterodoxos” y poniendo frente al sistema sacral de Aarón (templo, sacrificios nacionales) el sacerdocio personal de Jesús, según el orden de Melquisedec (Sal 110, 4; Hebr 4, 6). Sólo Hebr, que sepamos, ha llegado hasta el fin en esa línea, declarando caduco y superado el sistema de sacralidad judía. Su testimonio resulta esencial para identificar el sacerdocio-sacrificio, es decir, la experiencia y culto religioso con la misma vida personal de los creyentes.

            El nuevo sacerdocio de Jesús se encuentra evocado en la historia de Melquisedec, que recibió por Abraham el homenaje de sus descendientes israelitas, incluidos los sacerdotes de Aarón (Heb 7, 1-20; cf. Gen 14, 17-20), apareciendo como superior a todos ellos y mostrando de antemano la caducidad del judaísmo religioso nacional, con su templo y rituales, su pureza y sacrificios. Según eso, la misma institución sacerdotal de Aarón (templo, culto y ritos) y no sólo la impureza de alguno de sus discutidos sucesores (sadoquitas, hijos de Boeto), ha sido una inmensa (¿necesaria?) equivocación, llamada a desaparecer con la llegada del sacerdote de Melquisedec, Hijo de Dios que es Jesucristo.

Paradójicamente, la institución de Aarón ha realizado un servicio a Jesús y a los cristianos, aunque en sentido negativo. La misma incapacidad del sacerdocio de ese sacerdocio (no podía conducirnos al misterio de Dios, ni ofrecernos perdón) exige que busquemos y encontremos otro más elevado, en la línea de Melquisedec. Aarón no ha sido sacerdote verdadero, ni ha ofrecido un culto aceptable, sino sangre de animales muertos, incapaces de salvar:

  Cristo, en cambio, constituido Sumo sacerdote de los bienes futuros, penetró en el Santuario, una vez y para siempre, a través de un mayor y más perfecto Tabernáculo, no hecho con las manos es decir, no de esta creación, y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia Sangre, habiendo obtenido redención eterna (9, 11-12)[5].

             Antes había un rito externo, con sangre de animales, que canalizaba cada año la violencia, sin poder superarla. Con Jesús desaparece el rito antiguo y emerge la vida personal, gratuita, que Jesús regala a Dios ofreciéndola en favor de los humanos. Cesan las ofrendas animales y emerge en el centro de la humanidad, como plenitud de toda historia, el mismo Jesús que se ofrece a Dios gratuitamente, culminando su camino y penetrando en el templo de los cielos.

            Se supera así y queda vacía de sentido la liturgia de los sacrificios de Israel, “sombra de los bienes futuros”; ella no puede purificar a los humanos, sino sólo recordarles anualmente los pecados. Por el rito de la expiación (Lev 16), los israelitas confesaban su pecado, pero no eran capaces de limpiarlo (cf. Heb 11, 1-4): seguían atados a un templo idolátrico, a un fetiche fabricado por sus manos, como había señalado ya la tradición (cf. Mc14, 58; Hech 7, 48). La nueva liturgia cristiana es el don de la vida, desplegada en gratuidad ante el Dios de la Vida:

             Es imposible que la sangre de toros y machos cabríos borre los pecados. Por eso, entrando al cosmos dice: Sacrificios y ofrendas no has querido, pero me has dado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te han complacido. Por eso dije: he venido ¡oh Dios! para cumplir tu voluntad (10, 4-9; cf. Sal 40, 6-8)[6].

              El ritual y sacerdocio de Jesús son, según eso, su existencia entera. No hay rito o sacrificio separado, no hay objetivación religiosa. En un sentido, podemos afirmar que Jesús ha realizado un sacrificio, pero no de animales desangrados, ni para aplacar a un Dios airado, sino al vivir en plenitud, expresando en amor humano la plenitud del mismo amor divino. Jesús es sacerdote, pero no en línea judía (de Aarón) o por oficio, sino por humanidad, como Melquisedec, que representa a todos los humanos, pues no tiene genealogía entre las tribus y naciones de la tierra.

            Desaparece el templo externo, los ritos especiales, y no queda más rito ni templo que la vida de Jesús, que es presencia de Dios, camino que conduce al Tabernáculo celeste. Él es de tal manera sacerdote que supera el sacerdocio previo (separado, ritual) e introduce en su misma existencia sacerdotal a todos los creyentes. (a) Por un lado, es sacerdote único, no por oficio, familia, ritual o liturgia mundana, sino porque, siendo Hijo de Dios, ha expresado la riqueza y plenitud del ser divino en su misma vida humana. (b Por otro es sacerdote universal, pues en su camino quedamos integrados todos los creyentes, como portadores de su ofrenda de vida.

Sacerdocio de Cristo, sacerdocio de toda la Iglesia El sacerdocio de Cristo sólo puede aplicarse a los cristianos por identificación cristológica y vital: todos participan de la ofrenda de Jesús, integrándose en su vida. Por eso, los dirigentes de la comunidad no son sacerdotes sino guías o dirigentes (hêgoumenoi):

Acordaos de vuestros guías, que os hablaron la palabra de Dios, y considerando su conducta… Obedeced y someteos a vuestros guías, pues ellos velan por vosotros, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría (Hebr 13, 7. 17)[7].

               El simbolismo sacerdotal de Cristo se aplica pues al conjunto de la comunidad, no solamente a guías, que realizan una función importante, pero no en línea sacerdotal: no son sacerdotes separados en sentido antiguo (como Aarón), sino creyentes que ofrecen a los otros su palabra y les ayudan a vivir en comunión y a comprender el fundamento y hondura de la fe (cf. 6, 1-2). El sacerdocio de Cristo queda así asumido y actualizado en la misma vida de los creyentes. Todo intento de aplicarlo a la función sacral de unos jerarcas (obispos o presbíteros), que se llamarían por eso sacerdotes (negando así el carácter sacerdotal de los restantes fieles en la iglesia), carece de sentido, pues se opone a la letra y espíritu de Hebr.

            El sacerdocio no es algo o alguien separado, sino la vida entera de Jesús y de sus fieles, que se expresa en la latría del conjunto de la iglesia (12, 28) y en la thysia u ofrenda de una liturgia que incluye la alabanza de los labios, las buenas obras y la kôinonia o comunión de bienes, que pudiera estar relacionada con la Cena del Señor, que, sin embargo, no se cita (cf. 13, 15-16). Evidentemente, la tradición posterior podrá resaltar los signos sacerdotales de Jesús en la celebración eucarística de la comunidad, pero no podrá separarla de la vida del conjunto de la iglesia, y deberá recordar que el sacerdocio cristiano no es el Aarón (templo de Jerusalén), sino el de Melquisedec, es decir, el de Jesús, que es el de la ofrenda de la vida[8].

            Hebreos identifica el sacerdocio con Cristo y lo aplica a todos los cristianos, que comparten y ofrecen su vida ante Dios (en comunión de fe y amor), caminando con el único Cristo-Sacerdote al Tabernáculo celeste. La eucaristía puede ser (y es) un momento privilegiado de esa vida sacerdotal del conjunto de la iglesia; pero el sacrificio de Cristo no se cierra en ella, sino que se expande y celebra en toda la vida cristiana.

Se puede discutir y se ha discutido el carácter victimista de Hebr, se puede rechazar quizá su forma de recuperar en Cristo el ritual sagrado de los sacrificios y del templo, en línea de heterodoxia judía. Lo que ya no puede hacerse es aplicar a los ministros cristianos las categorías sacerdotales de Aarón y de su culto, superadas de manera radical en Cristo. Hebreos ha borrado y negado para siempre un tipo de sacralidad sacrificial hecha de ritos y sangre exterior, para identificar el sacerdocio-sacrificio con la vida de Jesús. Eso tiene dos consecuencias. (1) Sólo Cristo es Sacerdote. (2) Y en Cristo todos los creyentes son sacerdotes.

            En esa línea, Pablo podría añadir: “Ya no hay griego ni judío, esclavo ni libre, macho ni hembra, sacerdote ni laico, pues todos sois uno en Cristo” (cf. Gal 3, 28), añadiendo: “Estoy crucificado con Cristo; ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 19-20).Cristo vive en Pablo (y en todos los creyentes), de forma que en Cristo todos ellos pueden ser “sacerdotes”, pues Cristo es el único sacerdote-sacrificio, de forma que en él ha cesado la rueda inmensa de las purificaciones sacrales de la historia, la violencia impotente de las víctimas humanas o animales, elevadas ante el misterio de Dos. Pero, al mismo tiempo, la misma vida humana, abierta en amor generoso a todos los hombres, se ha revelado al fin en Dios como verdadero sacerdocio.

Todo es sagrado y sacerdotal en Cristo y en aquellos que asumen su camino. Pero todo es, al mismo tiempo, profano y laical, porque el sacerdocio-sacrificio básico de todos los fieles se identifica con la vida en gratuidad, con el amor mutuo y la apertura generosa hacia el Dios, que nos ayuda y nos espera en su propio Tabernáculo, donde el Cristo ha entrado ya, como pioner

             La carta llamada 1 Pedro se apoya, como Mateo, en la autoridad de Pedro para dirigirse a las iglesias “de la diáspora de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia” (1 Ped 1, 1), que conservan la memoria del antiguo apóstol. Está escrita desde Roma (=Babilonia: 5, 13), donde (como sabe 1 Clem) se han unido las tradiciones de Pedro y Pablo.

            Por eso, siendo petrina, esta carta asume y desarrolla también elementos paulinos, en la línea de las Cartas de la Cautividad, como muestra la tabla de deberes domésticos que ratifica el nuevo patriarcalismo de la iglesia (cf. 1 Ped 2, 11-25; 3, 1-7; 5, 1-11), distinguiéndose así de la visión escatológica del Apocalipsis, que aboga por la resistencia martirial (frontal) frente a Roma, entendida como Bestia que destruye a los creyentes. Para 1 Ped, Roma no es la Bestia que debe ser destruida, sino el sistema económico-social donde los cristianos se descubren exilados, expulsados, pero pueden crear su propio “pueblo”, dando así testimonio de Cristo.

De esa forma, desde el margen del sistema establecido, la iglesia de Jesús ha de ofrecer una resistencia testimonial, presentándose como sacerdocio regio (1Ped 2, 4,9; cf. Ex 19, 6)y recuperando así (desde otra perspectiva) la misma experiencia del Éxodo, que se hallaba también al fondo de Hebreos. En esa línea, tomando el nombre y memoria de Pedro (no de la iglesia entera, como hace en ese mismo tiempo 1 Clemente), asumiendo la tradición apostólica, un cristiano de Roma envía su saludo y aliento a unas comunidades amenazadas por la persecución, como en el Apocalipsis. Pero la propuesta de 1 Ped no es apocalíptico-martirial, sino de fidelidad creadora, desde el mismo exilio, a partir de la experiencia del bautismo, que vincula a los creyentes con Cristo, que es su pastor y obispo.

Cristo, pastor y obispo de nuestras almas (1 Ped 2, 25). Los destinatarios son “exilados y huéspedes” en tierra ajena, amenazados, sin derechos civiles, ni religiosos reconocidos. Pero, en vez de exigirles resistencia y rechazo (como Ap), el autor de 1 Ped les pide sumisión, como una forma de dar testimonio de Cristo en el mundo. Así entiende la obediencia y fe en contexto de paz romana.

Siervos (=domésticos), someteos con todo temor a vuestros amos (=despotais), no sólo a los buenos y afables, sino también a los insoportables… pues Cristo, que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca, padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas. Cuando le ultrajaban no ultrajaba, ni amenazaba cuando padecía, pues confiaba en el justo Juez. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, pues por sus heridas fuisteis sanados. Porque andabais errantes como ovejas, pero habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas (2, 18-25).

              Cristo es Pastor y Obispo (poimêna kai episkopon) porque ha sido rechazado por su pueblo y ha sufrido sin vengarse, como el Siervo de Isaías. El tema estaba esbozado en Flp 2, 6-11 y en Hebr, pero nuestro texto aporta dos novedades significativas. (1) El sufrimiento de Jesús se vincula con un tipo de sumisión social, pero no para encerrarse en ella, sino para transformarla desde dentro. (2) El Jesús sufriente aparece como Pastor y Obispo de los fieles más que como Kyrios supremo (Flp) o Sumo Sacerdote en la línea de Melquisedec (Heb).

            Esa terminología tiene un carácter simbólico más que jurídico, pero es probable que, al decir que Cristo es Pastor-Obispo, 1 Ped esté criticando implícitamente a quienes intentan tomar un tipo de poder en la iglesia, pues sólo Cristo es autoridad, en línea más israelita (Pastor) o helenista (Obispo), en la línea de Mt 23, 8-12.

Sacerdocio santo y regio… (1 Ped 2, 1-9). Siguiendo una línea de recuperación judía, 1 Ped interpreta a la iglesia como auténtico Israel. Los cristianos viven en diáspora y exilio, sin tierra ni derechos sociales. De esa forma son pueblo de Dios, Templo y sacerdotes:

             (Cristo Señor…) es Piedra viva, desechada por los humanos, pero escogida y preciosa ante Dios; y vosotros, como Piedras vivas, edificaos como Templo espiritual,para un Sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios, por medio de Jesucristo… Él es la Piedra que desecharon los constructores… Él se ha convertido en Piedra angular. Vosotros sois linaje escogido, Sacerdocio (hierateuma) regio, nación santa, pueblo de su posesión, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz… (2, 4-9)[11].

                          El judaísmo sinagogal se sabe también heredero de las promesas de Israel, en línea regia (reino) y sacral (sacerdotes), pero los cristianos creen que esas promesas se han cumplido por Jesús, a quien entienden como Piedra clave del Templo de Dios. Precisamente ellos, peregrinos y exilados, sin tierra o protección civil, sin autoridad de mundo, son presencia de Dios, vinculando dignidad social (reino) y sacral (sacerdocio).

Hebreos tomaba a Jesús como sacerdote en la línea de Melquisedec, rechazando el esquema nacional del templo de Jerusalén y de los sacerdotes de Aarón, situándose en perspectiva de heterodoxia judía. 1 Ped asume la ortodoxia nacional, aaronita, interpretando a los cristianos como templo y pueblo de Dios, en una línea avalada por Ex 19, 6, de manera que en esa línea él puede atribuir el sacerdocio (hierateuma) a la comunidad de creyentes exilados en el mundo, a la iglesia entera, santuario escatológico donde se han cumplido las promesas de Israel, desde las márgenes del mundo. El verdadero sacerdocio pertenece al pueblo entero, en su doble vertiente: sacral (sacerdocio santo) y social (sacerdocio regio). Por eso, los que ejercen funciones directivas en la iglesia no serán, en cuanto tales, sacerdotes sino simplemente ancianos o presbíteros, representantes del pueblo. 

 1 Pedro ha invertido de esa forma la visión de autoridad y poder del mundo. El verdadero sacerdocio y reino ya no pertenece a los jerarcas de Roma (representantes del sistema), sino a la iglesia de los fieles de Jesús, perseguidos y exilados, que aparecen así como Israel verdadero (conforme a la cita de Ex 19, 6). Ésta es la verdadera transformación mesiánica, de manera que emerge aquí la autoridad de los expulsados y excluidos. Jesús había ofrecido el Reino de Dios a los enfermos e impuros (marginados) de Israel. Destinatarios de ese reino y sacerdocio verdadero son ahora los cristianos “exilados” y oprimidos del imperio: ellos, los que nada pueden, son la verdadera autoridad sobre la tierra, signo de la gracia de Dios, portadores de su libertad sobre el sistema.

Eso significa que la Iglesia es libre (es reino-sacerdocio) precisamente porque acepta su exilio y porque no pacta con los poderes establecidos: no forma parte del sistema de poder del mundo. Sólo así puede elevarse y ofrecer una palabra diferente (de gracia y no poder, de diálogo y no imposición) frente al sistema. Difícilmente se podía haber proclamado de un modo más fuerte la libertad creadora de los seguidores de Jesús contra el sistema real y sacerdotal de Roma, que se eleva a sí mismo expulsando a disidentes y distintos.

Presbíteros. Todos los cristianos son nueva humanidad, culminación y despliegue de la obra que Dios ha realizado en Cristo: sacerdocio y reino, comunidad escatológica y santuario de Dios sobre la tierra. Por eso, carece de sentido hablar de sacerdotes especiales (jerárquicos) como aquellos que había en el sistema israelita antiguo, centrado en el “mesianismo de Aarón” y de sus hijos (cf. 1QS 9, 9-11; 1Qsa 2, 11-17; CD 18, 18-19). Según otra tradición, igualmente israelita, los servidores o ministros de la comunidad no serán sacerdotes, sino sencillamente presbíteros:

  A los presbíteros entre vosotros, les exhorto, yo, co-presbítero y testigo de los padecimientos de Cristo, y participante de la gloria que debe revelarse: pastoread (poimanete) el rebaño de Dios que hay en vosotros, vigilando (episkopountes) no a la fuerza, sino voluntariamente, según Dios; no por avaricia, sino de buen ánimo; no oprimiendo a quienes os caigan en suerte, sino siendo ejemplo del rebaño. Y cuando aparezca el Archi-pastor recibiréis la corona inmarcesible de gloria (5, 1-4)[12].

             1 Ped parece escrita en Roma, comunidad que, según 1 Clem y el Pastor de Hermas, se encuentra dirigida (a finales del I dC) por un grupo de presbíteros, no por un obispo monárquico. Entre ellos ha venido a situarse “Pedro” (el que escribe en su nombres) y así, de igual a iguales, él se dirige a los presbíteros de las comunidades de Galacia, Ponto…, encomendándoles la tarea de Jesús, a quien vimos ya como Pastor y Obispo (cf. 1Ped 2, 25).

            Estos presbíteros son pastores (guardan) y obispos (vigilan) el Rebaño de Jesús, Archi-pastor de todos los creyentes. Así presenta 1 Pedr la estructura ministerial de su iglesia y de las iglesias de los destinatarios de su carta, organizadas de forma presbiteral, como otros grupos judíos (y helenistas) de su tiempo. La experiencia mesiánica y sacral del grupo es nueva (los creyentes son templo y sacerdocio en Cristo); pero la organización de las comunidades responde a la de otros grupos del entorno.

  −El simbolismo sacerdotal se aplica a los cristianos como iglesia, grupo mesiánico. Ellos son templo de Dios y pueblo sagrado que ofrece a Dios el sacrificio (don y gozo) de su vida sobre el mundo. El sacerdocio es un don del pueblo entero, que es signo y presencia de Dios por mantener su amor en las persecuciones.

 −El simbolismo pastoral se aplica a los presbíteros o ancianos que dirigen la comunidad. Hay ministerios importantes, de presbíteros que actúan como pastores y supervisores (obispos) de la comunidad. Pero en cuanto tales no tienen carácter sagrado, ni son jerarquía, pues sólo es jerarquía Cristo y la comunidad entera.

 Estos planos (sacerdotal y ministerial) se distinguen, de forma que sólo el sacerdocio cristiano pertenece a la comunidad en cuanto Pueblo de Dios, culminación mesiánica. Más tarde, por una inversión que es lógica desde la perspectiva imperial de Roma pero que, en el fondo, es ajena al cristianismo la sacralidad pasa del plano comunitario (propio de todos) al ministerial y jerárquico (propio sólo de algunos), de manera que los servidores de la comunidad se elevan por encima de ella, volviéndose sacerdotes ministros, destinatarios de una revelación especial, de un magisterio de poder más alto, esto es, jerarquía (poder sagrado).

La nueva iglesia que surge desde aquí, como portadora de ministerios jerárquicos, no se concebirá como una “comunidad de peregrinos y exilados” (cf. 1 Ped 1, 1), portadores de libertad frente al sistema imperial, sino que vendrá a presentarse como grupo fieles dirigidos por un poder espiritual más alto, en línea de sacerdocio jerárquico cristiano. La espiritualidad y la práctica sacerdotal que ha surgido en este contexto ha podido tener sus valores, pero ha llegado el tiempo de que su experiencia básica y su tarea sea “devuelva” a todos los creyentes.

Apocalipsis: reino y sacerdocio de los mártires[13].

             Por situación eclesial (persecución) y entorno geográfico (las iglesias de Ap 2-3 y 1 Ped 1, 1 son en parte las mismas), el Apocalipsis continúa manteniendo la temática anterior de sacerdocio y reino. Sin embargo, sus respuestas son distintas: 1 Ped destacaba el sometimiento, Ap la resistencia en medio de la prueba.

Esa distinción viene dada por el tipo de comunidad que se expresa en cada texto: la de 1 Ped, dirigida por un cuerpo de presbíteros, ha optado por pactar con Roma; la de Ap, animada por profetas, se opone al pacto con la Bestia imperial que es perversa en su comida y ritos (idolocitos y porneia).

Reino y sacerdotes. En el Apocalipsis, que es un libro escrito en forma de drama y profecía sacral, que juegan un papel importante varios símbolos sacerdotales. Por un lado, el mismo Dios aparece como Gran Sacerdote que celebra la liturgia cósmica de la salvación cristiana, sobre el santuario de los cielos (cf. Ap 4-5). Por otro lado, Cristo, que es víctima inmolada, aparece al mismo tiempo en un contexto o camino sacerdotal, apareciendo al fin domo Esposo de las bodas de la iglesia (Ap 21-22).

De un modo significativo, el libro empieza en la liturgia de un Día del Señor (=domingo), con la manifestación del Hijo del hombre (=Cristo) entre los candelabros del culto celeste (1, 9-20) y culmina en la celebración esperanzada y gozosa de la iglesia que ruega ¡Ven, Señor Jesús! (22, 20). No hay más sacrificio ni víctima que Cristo, ni otro ritual que su muerte y su manifestación gozosa, como triunfador de la batalla escatológica y novio de las bodas de la humanidad. Pues bien, el mismo Cristo mártir y esposo, Cordero sacrificado, hace a sus fieles reino y sacerdotes para Dios, su Padre,como anuncia la liturgia introductoria (1, 6) y cantan los presbíteros del gran Salón del Trono, celebrando la victoria del Cordero:

    Digno eres de tomar el Libro y de abrir sus sellos, porque fuiste degollado, y con tu sangre compraste para Dios de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y los has hecho Reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra (Ap 5, 9-10).

Unidos a Jesús, los creyentes aparecen como reino sacerdotal, lo mismo que los creyentes de 1 Ped 2, 4-9, en la línea de la profecía de Ex 19, 6 (cf. Is 43, 21), por la que, superando el sacerdocio particular de algunos (hijos de Leví, de Aarón y/o de Sadoc), todos los creyentes de pueblo mesiánico (Israel) son sacerdotes, sin necesidad de templo o culto externo. De esa forma, este pasaje (lo mismo que 1 Ped 2, 4-9) nos sitúa ante un tipo de nuevo sacerdocio personal y martirial, de tipo escatológico (cf. también Ap 20, 4-6).

No es sacerdote quien ejerce un rito externo, sino el que da la vida con (como) Cristo por fidelidad a Dios. Contra el sacerdocio instituido de las grandes familias levíticas judías, frente al orden sacral jerarquizado de una iglesia posterior, emerge aquí el sacerdocio carismático de los mártires, es decir, de aquellos que ofrecen el testimonio de Jesús regalando la propia vida para recibir Vida plena en la Segunda Resurrección (cf. 20, 5; 21, 2).

El triunfo de este sacerdocio implica la derrota del sistema antiguo, donde dominaban los “sacrificadores”, expertos en violencia, poderosos en el arte de domar a los demás, conforme a los principios de la Gran Bestia del mundo (cf. Ap 13-14). Con este sacerdocio comienza el Milenio, la inversión mesiánica, el triunfo de los perdedores, es decir, de los sacerdotes mártires, fracasados, de la historia, que celebran la liturgia de la gran reconciliación: son Reino porque mueren sin matar a los demás, son sacerdotes porque han regalado la vida a los demás y elevan hasta Dios el culto del amor que se mantiene fiel hasta la muerte (cf. Ap 6, 9-11).

Por eso, Ap 20, 1-6 los presenta como protagonistas del Milenio. Todos los fieles son según eso sacerdotes, todos forman el Reino, abierto a la plenitud de la Nueva Humanidad hecha Novia, gozo y plenitud de la vida, en la Nueva Jerusalén donde no existe ya un Templo especial, pues el mismo Dios y su Cordero son el Templo (Ap 21, 22). Cesan los sustitutos (mediadores sagrados, administradores religiosos) y Dios se hace presente por medio de Cristo en todos los creyentes, que no necesitan ya más mediadores o sacrificios para encontrar a Dios, esto es, para vivir en Dios (cf. 22, 1-5).

            De esa forma se llega al final: A la unión definitiva con Dios, en las bodas del Cordero. En el camino que lleva hacia esa meta resulta imposible (y contraproducente) hablar de un sacerdocio ministerial, exclusivo de algunos dirigentes de la iglesia, en la línea de los presbíteros y obispos posteriores, hechos jerarquía, pues todos los miembros de la comunidad, fieles al testimonio de Jesús y dispuestos a entregar la vida como Cristo, en el camino de la Vida, se vuelven y son sacerdotes.

Según eso, el sacerdocio cristiano se identifica con el don y regalo de la vida de los creyentes (y de un modo especial de los mártires). 1 Pedro hablaba ya de una iglesia sacerdotal, vinculada a la entrega de Jesús sobre la tierra. En esa misma línea, el Apocalipsis concibe a todos los creyentes como sacerdotes-mártires, en la medida en que confiesan a Cristo con su vida, compartiendo su entrega por el reino, en resistencia y amor hasta la muerte. No hay en la iglesia otra jerarquía sacerdotal, pues los verdaderos jerarcas sacerdotes son los mártires, esto es, los que no tienen ningún tipo de poder, los que dan la vida con Cristo y como Cristo por el reino.

En contra de la falsa profetisa, el sacerdocio de los mártires. Todos los cristianos, en cuantos testigos de Jesús en la persecución son sacerdotes, pero sólo algunos son profetas en un sentido más preciso, y entre ellos destaca Juan, vidente y autor del apocalipsis (cf. Ap 1, 4). Significativamente, el autor del Apocalipsis forma parte de una comunidad de profetas que se sienten inspirados por Dios a través de espíritus o ángeles (cf. 22, 6.9). Hombres y mujeres que han sufrido por mantener el testimonio de Jesús, siendo incluso asesinados (cf. 16, 6; 18, 24). Pues bien, el Apocalipsis añade que el lado de estor mártires-sacerdotes, animados por el profeta Juan, hay otros cristianos que siguen a una profetisa, a la que Juan llama Jezabel:

 −Jezabel. Tanto Mc 13, 6. 22 par como Did 16, 3 afirman que “en los últimos días se multiplicarán los falsos profetas”, entre los que Ap 2, 20 ha situado a una mujer a la que llama, Jezabel, como a la reina perversa, devota de Baal, que mataba a los profetas de Yahvé (cf. 1 Rey 16, 31). Esta mujer, que se presenta a sí misma como profetisa, ejerce autoridad en la iglesia de Tiatira, pero Juan la define como esposa y madre de aquellos que adulteran (=abandonan a Dios), contaminándose con idolocitos y porneia, es decir, comiendo carne idolátrica y prostituyéndose en manos de la diosa Roma (2, 18-29). Es muy posible que Jezabel tenga una visión más “espiritual” del evangelio, interpretando el mensaje de Jesús como experiencia interior y permitiendo así la participación de los fieles en la vida (comida, costumbres) del imperio, en una línea quizá más cercana a la 1Cor 8; Rom 14, 1-12. .

 −El profeta Juan defiende, por el contrario, una visión martirial del evangelio, afirmando que los auténticos creyentes deben rechazar la comida (idolocitos) del imperio y no pactar (porneia) con sus prostituciones. A juicio de Juan, los auténticos creyentes han de hallarse dispuestos a padecer la muerte o el exilio (cf. 13, 10), dentro de una situación marcada por las amenazas de persecución y sufrimiento. Según eso, los auténticos creyentes no pueden pactar con los que oprimen a otros, sino que han de estar dispuestos a dar el mismo testimonio de Jesús, como sacerdotes de la libertad interior y de la vida, en comunión con los perseguidos.

 Estas dos figuras (Jezabel y Juan) constituyen las dos caras o momentos de la interpretación profética del evangelio, a finales del siglo I, en tierras de Asia. Conocemos por el Apocalipsis la autoridad de Juan, pero ignoramos la de Jezabel de Tiatira, pues la iglesia no ha conservado su argumento, aunque todo nos lleva a pensar que ella se sitúa en la línea de algunos grupos gnósticos posteriores, que tienen grandes “experiencias” espirituales, de tipo intimista, pero están dispuestos a pactar con Roma. Posiblemente ambos, Juan y Jezabel tienen sus razones y sus partidarios en las comunidades. Quizá podamos decir que, la iglesia posterior, recibiendo en su canon el apocalipsis, ha seguido en gran parte las tesis de Jezabel, pactando con la cultura y vida del imperio romano, en vez de elevar su testimonio en contra de las injusticias del Imperio.

Sea como fuere, hoy, a principios del tercer milenio, seguimos enfrentados ante el mismo problema, comprendiendo quizá mejor que nunca las opresiones que fue capaz de descubrir y condenar el Apocalipsis, al enfrentarse con el poder destructor del Imperio militar de Roma (1ª Bestia: 13, 1-10), con su falsa ideología (2ª Bestia: 13, 11-18) y con su economía al servicio del esclavizamiento de los pobres de la muerte (Ciudad Prostituta: Ap 17). En ese contexto, a juicio del Apocalipsis, sólo pueden ser y son auténticos sacerdotes los que se oponen a las bestias de Ap 13, sufriendo el martirio por ello.

De esa forma emerge y se consolida según el Apocalipsis la autoridad sacerdotal de la Iglesia, que no es la de unos jerarcas administrativos (presbíteros y obispos instalados en un tipo de poder superior), sino la de los mártires, que son los verdaderos testigos de Jesús. En esta línea, no son sacerdotes los que presiden una liturgia de tipo eucarístico, separada de la vida y del martirio de los creyente, ni los que reciben un poder especial de perdonar a otros, a través de una celebración penitencial separada también de la vida real de los hombres, sino los que dan testimonio de (=como) Jesús con su propia entrega a favor de los demás.

Éste no es un sacerdocio administrativo, ni judicial, ni se expresa en forma de poder sobre otros, sino que se identifica con la propia vida, como el de Jesús, que ha sido testigo de Dios, al morir por el Reino. De esa manera, el Apocalipsis nos sitúa ante una Iglesia animada y dirigida por el testimonio de los mártires, en una línea profundamente eucarística, que se opone a la falsa eucaristía de los que “comen idolocitos”, es decir, de los que comparten y consumen los bienes de los pobres, en la línea del imperio.

  NOTAS             

[1] Significativamente, uno de los que más han insistido en el sacerdocio original de todos los cristianos ha sido J. Ratzinger, como muestras los trabajos que publicó en torno al Vaticano II, recogidos en Obras completas III, BAC, Madrid 2014.

[2] He desarrollado el tema en diversos trabajos, y especialmente en La novedad de Jesús Todos somos sacerdotes, Nueva Utopía, Madrid 2014.

[3] Cf. N. Casalini, Agli Ebrei, Franciscan Press, Jerusalem 1994; O. Michel, Hebräer, KEK, Göttingen 1960; J. Moffat, Hebrews, ICC, Edinburgh 1975; Roloff, Kirche 278-289; Ch. Parrot,”La epístola a los Hebreos”, en Delorme, MinisterioS, 114-131; C. Romaniuk, El sacerdocio en el NT, Sal Terrae; Santander 1969; Schlier, Eclesiología, 195-203; C. Spicq Hébreux, ÉB, Paris 1961; Vanhoye, Sacerdotes, 75-246.

[4] Cf. Brown, “Introduction”, Antioch, 1-9. Sobre el templo en la iglesia, Schenke, Comunidad, 237-282.

[5] Sólo Cristo recibe el título de sacerdote, porque ha entrado en el Santuario de Dios (=plenitud humana), cosa que no pudieron hacer los hijos de Aarón.El antiguo (construido por hombres: Mc 14, 58; Hech 7, 48) era en el fondo idolátrico. El nuevo se identifica con Dios, donde entra Jesús con su vida, en favor de los demás, como principio de perdón y comunión personal

[6] El ritual de violencia exterior es incapaz de superar la angustia del pecado.Sacerdocio y sacrificio se identifican ahora con el mismo despliegue personal (fidelidad y amor) de Jesús y los creyentes.

[7] La comunidad ha sido fundada por guías (hegoumenoi), cuyo servicio no parece de tipo diaconal ni episcopal, sino que está vinculado a la amonestación y enseñanza cristiana (cf. 12, 7; 13, 9).

[8] Esta es la paradoja de Hebr, texto que se opone al sacerdocio-sacrificio de Aarón (templo judío), para identificar el sacerdocio de Jesús con el de Melquisedec, que se identifica con el don de la vida. Algunos cristianos posteriores han olvidado esa novedad del evangelio, retomando algunos rasgos del sacerdocio de Aarón. Pienso que es bueno insistir en la novedad de la carta a los Hebreos, recordando que el sacerdocio de Jesús se expresa en el don de su vida a favor de los demás y se expande en la misma comunión gratuita, gozosa, transparente del conjunto de los fieles, que son eucaristía en su caminar comunitario, centrado en la fracción del pan y en el don de la vida, expresada en el vino.

[9] Valioso compendio del tema en Estrada, Cómo surgió, 82-99,con crítica pertinente a Vanhoye, Sacerdotes, en pág. 95, nota 59. R. Girard rechazó en otro tiempo el carácter “cristiano” de la teología sacrificial de Hebr en El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982, iniciando un fructuoso debate. He desarrollado el tema de los sacrificios en Fiesta del pan, 89-108,199-222, en Señor de los ejércitos, 197-228 y en muchas entradas de Diccionario. Visión cultural de los sacrificios en C. Grottanell, Il Sacrificio, Laterza, Bari 1999.

[10] N. Brox, La primera carta de Pedro, Sígueme, Salamanca 1994, 148-151; E. Cothénet, La primera epístola de Pedro”, en Delorme, Ministerio, 132-140;J. H. Elliot, Un hogar para los que no tienen patria ni hogar. Estudio crítico social de la Carta primera de Pedro, Verbo Divino, Estella 1995; Roloff, Kirche, 268-277; E. Lohse, “Paränese und Kerygma im 1 Petrusbrief”: ANW 45 (1954) 68-89; H. Millauer, Leiden als Gnade. Eine traditionsgeschichtliche Untersuchung zur Leidenstheologie des ersten Petrusbriefe, EHS 56, 1976; Schlier, Eclesiolgía, 203-209; W. Schrage, Ética del NT, Sígueme, Salamanca 1987, 325-340; E. Schüssler F., En memoria de ella, DDB, Bilbao 1989, 314-322; Vanhoye, Sacerdotes, 251-285.

[11] Cristo es la Piedra, y sobre su base se construye el Templo de Dios (cf. Hebr 9, 11-12; Mc 12, 10 par) que forman los cristianos (cf. 1Cor 3, 16-17; 6, 19; 2Cor 6, 16). Pues bien, 1 Pedro les hace también sacerdotes de ese Templo y pueblo santo, cumpliendo la palabra de Ex 19, 6 (cf. Is 43, 21)

[12] Pedro no se presenta como apóstol, profeta, obispo o servidor, sino como miembro del consejo dirigente de su iglesia (¿Roma?).. Cristo era pastor y obispo (2, 25). Los presbíteros asumen su misma tarea al servicio de la comunidad y la realizan por vocación y no como una forma de ganar dinero, pues al buen trabajo pastoral se le promete el mismo buen premio del Cristo Pastor

[13] Comentario básico en Apocalipsis, EVD, Estella 1999. Cf. F. Contreras, El Espíritu en el Libro del Apocalipsis, Koinonía 28, Sec. Trinitario 1987; E. Cothénet, “El Apocalipsis”, en Delorme, Ministerios, 246-260; K. P. Jörns, Das hymnische Evangelium. Untersuchungen zu Aufbau, Funktion und Herkunft der hymnischen Stücke in der Johannesoffenbarung, G. Mohn, Gütersloh 1971; Roloff, Kirche, 169-189; Schlier, Eclesiología, 209-216;E. Schüssler F., Priester für Gott. Studien zum Herrschafts- und Priestermotiv in der Apokalypse, NTA 7, München 1972; Vanhoye, Sacerdotes, 287-234; U. Vanni, Pocalipsis, EVD, Estella 1994; Vielhauer, Historia, 511-522; A. Yabro Collins, The Combat Myth in the Book of Revelation, HDR 9, Missoula MO 1976;Crisis and Catharsis: The Power of the Apocalypse, Westminster, Philadelphia 1984.

http://www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/Sacerdotes-cristianos-creyentes_7_2138256172.html

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