IRLANDA: Una  llamada  para suspender las ordenaciones de diáconos obtiene una recepción fría


Sep 19, 2017

CNS-Deacon ordain c.jpg

El obispo John Barres y el diácono Ralph Colón

El obispo John Barres pone las manos sobre el diácono Ralph Colón durante la ordenación de los diáconos permanentes el 3 de junio en la catedral de St. Agnes en el centro de Rockville, Nueva York. (CNS / Gregory A. Shemitz)

Un llamamiento de un líder de una organización de sacerdotes irlandeses de que las diócesis se abstuvieran de ordenar nuevos diáconos permanentes recibió una respuesta escarchada en este lado del estanque de diáconos y líderes de sacerdotes contactados por NCR.

La propuesta fue hecha por el P. Roy Donovan de la Asociación de Sacerdotes Católicos en Irlanda. Dijo que ordenar a los diáconos agrega “otra capa clerical masculina al ministerio” y es una forma de “extender el patriarcado” en una nación católica que siente el impacto de la escasez de nuevos sacerdotes.

Donovan argumentó en un comunicado este verano que la iglesia espera ordenar a los diáconos hasta que una comisión establecida por el Papa Francisco para estudiar el papel de las mujeres en el diaconado libere sus hallazgos.

Pero la idea de Donovan es injusta para los diáconos que ya están en el camino de la ordenación y malinterpreta su papel, dijeron los clérigos estadounidenses y un diácono canadiense.

Él “no entiende el propósito del diaconado permanente”, dijo Thomas DuBois, un diácono con sede en Columbus, Ohio, que es director ejecutivo de la Asociación Nacional de Diaconados Directores. Los obispos que tienen un programa de diaconados “no son sólo los clérigos de formación”, dijo.

El papel de los diáconos no es el de un mini-sacerdote, disponible para presidir las bodas y los bautismos durante la predicación en la Misa. El orden antiguo, que tiene sus raíces en la iglesia primitiva, se dedica a satisfacer las necesidades de las viudas, huérfanos y los pobres de la comunidad cristiana, subrayó DuBois.

DuBois rechazó la idea de que los diáconos pueden servir como un reemplazo para la disminución en el número de sacerdotes, ya sea en los Estados Unidos o Irlanda. El diaconado fue reintroducido en la iglesia después del Vaticano II. Actualmente hay alrededor de 45.000 diáconos permanentes en todo el mundo, con 18.000 en los Estados Unidos.

“Nunca fue la intención de la iglesia para usar diáconos como reemplazos para los sacerdotes”, dijo DuBois.

Dijo que hay una necesidad de ministerio de diaconado por su cuenta, y que los católicos laicos en los EE.UU. necesitan lo que los diáconos pueden ofrecer. Dijo que suspender las ordenaciones sería injusto para los que estudian para el diaconado, que puede ser un proceso de cinco o seis años.

El diácono Henry Verschuren de la Arquidiócesis de Toronto estuvo de acuerdo en que Donovan tiene una visión distorsionada del diaconado, aunque está de acuerdo con el sacerdote irlandés en que las mujeres deben ser ordenadas como diáconos.

Verschuren, ordenado en 1980, sirve en el ministerio en un complejo de ancianos donde ahora vive.

“Estoy totalmente asombrado por ese concepto del diaconado, aunque estamos involucrados en la liturgia, nuestra primera razón para ser diácono es servir a las personas fuera de la sociedad regular, en los hospitales, las cárceles y las ciudades calles “, escribió. La propuesta de Donovan, dijo, es indicativa de un nuevo tipo de clericalismo, viendo el diaconado como parte de capas de jerarquía.

El Diácono Mark Leonard, de la Diócesis de Albany, Nueva York, dijo que Donovan, para ser coherente, debería ser más explícito en sus críticas a un clero de todos los hombres, incluyendo sacerdotes y diáconos.

“Si va a decirlo, salga a decirlo, y no utilice el diaconado masculino como una herramienta.” “Estamos lo suficientemente usados”, dijo Leonard.

Si la comisión se pronunciara contra la ordenación de mujeres como diáconos, el resultado sería que ningún nuevo diácono estaría listo para ser ordenado, dijo Leonard.

Fr. Anthony Cutcher, presidente de la Federación Nacional de Concilios de Sacerdotes y pastor de la parroquia de San Pedro en Huber Heights, Ohio, dijo que estaba de acuerdo con el Papa Francis en que las mujeres necesitan ser desempeñadas en papeles más completos en la toma de decisiones de la iglesia.

Pero la suspensión de las ordenaciones al diaconado no aumenta el objetivo de hacer avanzar a las mujeres en la iglesia, dijo.

Cutcher tiene experiencia trabajando con diáconos. Hay siete en su parroquia, que sirven en visitas al hospital y funerales, entre otros ministerios.

Esa acción resultaría en menos diáconos y, dijo, ya “el pueblo de Dios está siendo negado los sacramentos” que los diáconos pueden presidir. La suspensión de las ordenaciones diaconales “haría un poco más difícil el acceso a los sacramentos en el ínterin”.

CNS-Nonviolence c.jpg

Diáconos Negros de Chicago

Con el horizonte de Chicago al fondo, los diáconos oran mientras los participantes se reúnen para poner fin a la violencia y promover la paz durante el octavo servicio anual de oración del amanecer y la misa el 26 de agosto en Chicago, un evento auspiciado por los diáconos negros de Chicago. (CNS / Karen Callaway, Católica de Chicago)

Sobre estos temas, dijo, “la iglesia se mueve lentamente y deliberadamente”. Si las diócesis suspendieran el entrenamiento con diaconados, sería más difícil reiniciarlo una vez suspendido. Incluso si la iglesia permitiera ordenar a las mujeres como diáconos, podría tardar de 15 a 20 años para que el cambio aparezca en las parroquias.

“Comprendí su punto de vista”, dijo Cutcher sobre la propuesta de Donovan. “Sin embargo, no quiero hacerlo a expensas del pueblo de Dios”.

Deborah Rose-Milavec, directora ejecutiva de FutureChurch, un grupo de reforma de la iglesia con sede en Lakewood, Ohio, que apoya la ordenación de mujeres como diáconos, dijo que apoya los sentimientos de Donovan pero no su propuesta.

“Creo que necesitamos mujeres diáconos”, dijo. “Pero soy siempre cauteloso sobre poner un grupo contra otro.”

Fr. Bob Bonnot, sacerdote de la diócesis de Youngstown, Ohio, y presidente del equipo de liderazgo de la Asociación de Sacerdotes Católicos de Estados Unidos, el homólogo estadounidense de la asociación de sacerdotes irlandeses, dijo que su organización apoya la ordenación de mujeres como diáconos.

Pero, hablando por sí mismo, dijo que la idea de suspender las ordenaciones al diaconado es mala.

En Estados Unidos, dijo, “el diaconado está entrando en su propio” y ha demostrado ser un recurso pastoral vital. La suspensión de las ordenaciones en este momento cortaría el trabajo vital del ministerio que los diáconos realizan, dijo Bonnot.

[Peter Feuerherd es corresponsal del proyecto de reportaje de la vida parroquial de NCR, The Field Hospital . Llegue a pfeuerherd@ncronline.org.]

https://www.ncronline.org/news/people/irish-call-suspend-deacon-ordinations-gets-cool-reception

Anuncios

MONSEÑOR ROMERO: SÍMBOLO DE UN CRISTIANISMO LIBERADO


Diario EL PAÍS, 19 de marzo de 2005

JUAN JOSÉ TAMAYO

 

El 24 de marzo se cumplió el 25 aniversario del asesinato de monseñor Oscar A. Romero, arzobispo de San Salvador (El Salvador), mientras celebraba la misa en la capilla de un hospital salvadoreño. Desde el primer momento todos los indicios apuntaron al Mayor Roberto D’ Abuisson, creador de de los escuadrones de la muerte, como responsable del asesinato. ¿Por qué mataron a un arzobispo en un país tan católico como El Salvador? Es la pregunta que muchas personas nos hicimos al enterarnos de tal vil e inmisericorde asesinato.

Durante muchos años de trabajo pastoral Monseñor Romero había sido un sacerdote y un obispo conservador, espiritualista, obediente a Roma y apenas sensible a las situaciones de injusticia de ese  pequeño país centroamericano controlado por 14 familias. Precisamente por su sumisión al Vaticano fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977. Pero muy pronto, al entrar en contacto con la realidad, se fue produciendo en él un cambio profundo, radical, lo que en lenguaje cristiano se llama “conversión”, como ha sucedido en el caso de otros muchos sacerdotes y obispos latinoamericanos.

El desencadenante de su transformación fue el asesinato de Rutilio Grande, jesuita comprometido en la defensa y la concientización de los pobres en la aldea campesina de Aguilares. “Si le han asesinado por lo que hizo, yo tengo que seguir el mismo camino. Rutilio me ha abierto los ojos”, fue su comentario ante el cadáver del jesuita asesinado. A partir de ese momento decidió no participar en ningún acto del gobierno mientras no se investigase el crimen y no dejó de levantar su voz profética en clave de denuncia contra el gobierno y contra la clase dominante, que quiso comprarlo sin conseguirlo.

Después vinieron los asesinatos de otros sacerdotes, la represión generalizada contra la Iglesia católica, la sistemática transgresión de los derechos humanos y las masacres contra poblaciones civiles indefensas. Denunció los abusos del gobierno, que legitimaba la violencia y se había convertido en la encarnación del mal. Violencia institucional, estructural, sistemática, represiva, injustificada. Condenó la violencia del Ejército contra los líderes políticos, religiosos y sindicales defensores de los derechos humanos y críticos del sistema represivo. Denunció las estructuras injustas del país. Defendió el cambio de estructuras, y no sólo la reforma. Y todo ello sin violencia, ni de pensamiento, ni de palabra ni de obra, sólo  a través de la palabra en sus homilías pronunciadas cada domingo en la catedral y de la radio de la diócesis, que, según avanzaba la represión, se hacían cada vez más críticas y proféticas e iluminaban la mente de muchos compatriotas.

Papel fundamental jugaron en el cambio de monseñor Romero los teólogos de la liberación Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) asesinado en 1989, y Jon Sobrino, actualmente director del Centro Teológico Monseñor Romero. Ellacuría le facilitaba los datos sociológicos para un mejor conocimiento de la realidad sociopolítica y el ulterior análisis. “Con monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”, acostumbraba a decir Ellacuría. Sobrino le proporcionaba las claves para una interpretación teológica de la realidad y para una praxis liberadora en el infierno de la muerte en que se había convertido el país.

Los primeros alarmados ante el cambio de actitud de Romero fueron el propio Nuncio del Vaticano y la clase pudiente, quienes coincidieron en el diagnóstico: nos hemos equivocado nombrándolo arzobispo; se ha convertido a los pobres, y no le habíamos nombrado para eso, sino para que mantuviera la Iglesia de El Salvador fiel a Roma

A medida que iba comprometiéndose en la defensa de los derechos humanos y en la denuncia del gobierno y del ejército, el Vaticano se distanciaba más y más de él, le daba la espalda e incluso tendía a deslegitimar, o al menos a cuestionar, su actuación profética. En sólo 18 meses tuvo que recibir a tres visitadores apostólicos que, con actitud detectivesca, buscaban testimonios contrarios a monseñor Romero para justificar su destitución como arzobispo. En los informes de los visitadores pesaban los informes negativos que los testimonios favorables a monseñor.

Tras ser elegido papa Juan Pablo II,  solicitó una “audiencia” en Roma para informar de la dramática situación de El Salvador y de su trabajo por la reconciliación. La burocracia vaticana le hizo esperar varias semanas hasta ser recibido por el papa. El encuentro no pudo ser más decepcionante, según el teólogo alemán Martin Maier -gran conocedor de El Salvador, donde hizo su tesis doctoral en teología con Jon Sobrino- en su libro Oscar Romero. Mística y lucha por la justicia (Herder, Barcelona, 2005).

Juan Pablo II, que había recibido previamente informes muy negativos sobre Romero, le despidió con un mensaje descorazonador y muy poco acorde con el evangelio: “Trate de estar de acuerdo con el gobierno”. Lo que el papa le estaba pidiendo era la renuncia a la denuncia profética, la alianza con el político represor del pueblo. Nada que ver con la actitud crítica de Jesús contra las autoridades religiosas y políticas de su tiempo.

El arzobispo de San Salvador salió llorando de la audiencia y comentó: “El papa no me ha entendido, no puede entender, porque El Salvador no es Polonia”. Era verdad, Juan Pablo II nunca entendió a Romero, a diferencia de Pablo VI, que le alentó en su trabajo de evangelización liberadora y pacificadora. Como tampoco entendió a las comunidades eclesiales de base ni a los teólogos y teólogas de la liberación.

En enero de 1980, poco antes de su asesinato, tuvo lugar un nuevo encuentro entre Romero y el Papa, que bien puede calificarse de agridulce. Le invitó a seguir defendiendo la justicia social y a optar de manera preferencial por los pobres, pero alertándole sobre los peligros de que se infiltrara el marxismo en la Iglesia y socavara la fe del pueblo cristiano. A lo que Romero respondió que también había un anticomunismo, el de derechas, que defendía el capitalismo y perseguía a la Iglesia, y muy especialmente a los sacerdotes.

Sin el apoyo del Vaticano, en el punto de mira del gobierno salvadoreño y bajo la amenaza permanente del Ejército, lo que vino después no fue otra cosa que la crónica de una muerte anunciada. La gota que colmó el vaso fue la homilía pronunciada en la catedral el domingo 23 de marzo de 1980. Tras la lectura de una larga lista de los nombres de las víctimas de la violencia de la semana anterior, se dirigió al gobierno, al ejército y a los soldados en términos verdaderamente angustiosos y de súplica pidiéndoles que dejaran de matar a sus conciudadanos: “Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas de tanta sangre”. Y terminó con esta llamada entre dramática y desesperada: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”.

Los jefes militares interpretaron estas palabras como una llamada a los soldados a la insumisión, a la desobediencia. Al día siguiente un oficial calificó de delito la homilía del arzobispo. Ese mismo día, en el momento de acercarse al alta para el ofrecimiento del pan y del vino, los asistentes a la ceremonia religiosa vieron cómo se desplomaba detrás del altar tras recibir un disparo. Mientras esto sucedía, los Estados Unidos del cristiano Reagan apoyaba con ingentes sumas de dólares al gobierno salvadoreño para atentar contra la ciudadanía indefensa y legitimaba con asesores militares la orden del Ejército de asesinar a sacerdotes.

La muerte de Romero no fue la de un héroe, sino la de un testigo, la de un profeta, la de un creyente en la resurrección: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”, le declaraba a un periodista unos días antes de ser asesinado.  Desde aquel 24 de marzo en que las balas terminaron con su vida, no cesaron de ponerse trabas a su beatificación y canonización, tanto por parte de un sector de la jerarquía salvadoreña como del Vaticano y de los políticos de entonces. Lo que no dejaba de sorprender a la vista de otras “turbo-canonizaciones”, como la de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

Pero el pueblo salvadoreño, América Latina, los teólogos y las teólogas de la liberación, las comunidades eclesiales de base, las comunidades campesinas…. lo reconocieron como profeta y mártir y lo declararon san Romero de América. Un reconocimiento que fue ratificado por el papa Francisco con la beatificación en mayo de 2015.

37 años después de su asesinato, la figura de monseñor Romero no ha hecho más que crecer en el Salvador, en América Latina y en todo el mundo hasta convertirse, junto con Rutilio Grande, los jesuitas de la UCA, Elba y Celia, sacerdotes, religiosas y religiosos asesinados, en el símbolo de un cristianismo liberador y crítico del Imperio estadounidense que apoyó militar y económicamente al Gobierno y al Ejército en una guerra que costó cerca de cien mil muertos. Pedro Casaldáliga, otro obispo profeta y al borde del martirio muchas veces, inmortalizado la figura de Romero con este impactante poema: “Como Jesús, por orden del Imperio. ¡Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…! Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo… San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía”.

 

Juan José Tamayo-Acosta es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría” y director y coautor de San Romero de América, mártir de la justicia (Tirant lo Blanch, València, 2015)

remitido al e-mail

La misa en latín, ¿qué representa? : José M. Castillo, teólogo


sep182017

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Castillo2Es bien sabido que en la Iglesia hay gente, seguramente más de la que imaginamos, que añora la misa en latín. Y conste que, entre los añorantes del latín eclesiástico, no faltan numerosos obispos e incluso importantes cardenales. Según parece, así muestran estos “latinistas” su fidelidad a la tradición cristiana. Y, de paso, parece que pretenden situarse de frente – o en contra – del papa Francisco.
No estoy hablando de un tema intranscendente. La cosa tiene más enjundia de lo que seguramente imaginamos. Por lo menos, así pensaba san Pablo, ya desde los primeros años en que los cristianos empezaron a reunirse en sus incipientes reuniones litúrgicas. Mucha gente, que se considera culta, no sabe que, en la Antigüedad, concretamente en el s. I, en no pocas regiones del Imperio (en Roma, por ejemplo), se hablaban dos lenguas, el griego y el latín. En Rom 1, 14, Pablo se dirige a “ellenes kai bárbaroi”, los que entendían el griego y los que no lo entendían, lo que significaba “los que eran cultos y los que no lo eran”. Por eso el término “bárbaros” se aplicaba a quienes hablaban una lengua que no se entendía. Era el tipo extraño, con el que no había modo de comunicarse.

Pues bien, así las cosas, san Pablo no duda en hacer afirmaciones muy duras contra los que, en las reuniones litúrgicas, se ponen a hablar contra los que, cuando la comunidad está reunida, ellos utilizan una lengua que no entiende nadie. Pablo es claro y tajante: “Por tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en lenguas (extrañas), y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos?” (1 Cor 14, 23).

Sabemos que finalmente y después de tres siglos, terminó por imponerse el latín como lengua común de la Iglesia, ya que era la lengua común en el “tardo-Imperio”. Pero, con el paso del tiempo, ocurrió “lo que tenía que ocurrir”. Y fue sencillamente que, a medida que el clero fue creciendo y se fue imponiendo, el “clero” terminó por equipararse con la Iglesia. En el siglo nueve, autores como Amalario y Floro no tuvieron reparo en afirmar que “la Iglesia designa principalmente al clero”. O bien, “la Iglesia que consiste sobre todo en los sacerdotes”.

Las consecuencias, que se siguieron de una Iglesia así pensada y sobre todo organizada con una presencia clerical tan avasalladora y totalizante, fueron de enorme importancia: el desarrollo creciente de las lenguas vernáculas no pudo impedir que la misa se siguiera diciendo en latín. Es más, a partir de aquellos tiempos, los sacerdotes empezaron a decir la misa de espaldas al pueblo, rezando en voz baja, se difundieron las misas solitarias, es decir, misas que decía el sacerdote solo y sin asistencia de fieles o, a lo más, un acólito. Además, el pueblo ya no aportaba las ofrendas al altar, sino que se pasaba el “cepillo” de las limosnas, etc.

Y así han estado las cosas en la Iglesia hasta el concilio Vaticano II. Pero la fuerza de aquellas tradiciones ha sido tan resistente, que ya estamos viendo lo que tenemos. Es evidente que el empeño por mantener el latín en la misa no es cuestión de fidelidad a la tradición, sino que lo que está en juego es la pasión por el mantener el poder del clero. En una Iglesia en la que el Papa se acerca más al pueblo sencillo que el clero, es inevitable que tengamos que ver a importantes cardenales defendiendo los privilegios de los clérigos. En ello se juegan su poder, su prestigio y su futuro, por más que eso aleje más a la gente de la Iglesia. O incluso sea. para no pocos, motivo de risa y burla.

http://www.redescristianas.net/la-misa-en-altin-que-representajose-m-castillo-teologo/#more-83894

‘En Colombia hay mucho odio todavía’: Provincial de los Jesuitas


Dice que el próximo gobernante debe estar comprometido con los logros de las negociaciones.
Carlos Eduardo Correa, sacerdote jesuita

El sacerdote Carlos Eduardo Correa, S. J. comenta que las Farc realmente están comprometidas con la paz.

Foto:

Néstor Gómez / EL TIEMPO

Por: Yamid Amat
09 de septiembre 2017 , 09:09 p.m.

Durante la visita al país que culmina este domingo, el papa Francisco dedicó su mensaje a desarrollar tres palabras: ‘paz’, ‘perdón’ y ‘reconciliación’. Para el provincial de la Compañía de Jesús en Colombia, el sacerdote Carlos Eduardo Correa, el mensaje pontificio supuso una expresión de apoyo al proceso de paz que firmaron el presidente Santos y las Farc, aun cuando no los haya mencionado expresamente. El prelado consideró, además, que el próximo gobierno debe estar comprometido con la continuación del proceso de paz.

El padre Correa, jesuita como el Papa, asumió como provincial de esa comunidad religiosa hace tres años. Conoció la guerra y la pobreza, pues, durante sus primeros siete años como sacerdote, trabajó como párroco en un barrio de invasión en Barrancabermeja. Fue superior de la residencia San Pedro Claver, en Cartagena, donde trabajó con comunidades afrocolombianas y luego, en Bogotá, fue rector del colegio San Bartolomé La Merced.

¿Por qué cree que el Papa reiteró, una y otra vez, su llamado a la reconciliación?

Porque el Papa, a mi manera de ver, considera que Dios no está atento a hundir ni a castigar, sino a dar la mano, a levantar al otro. Se trata de que veamos cómo podemos generar procesos para retejer las relaciones entre los colombianos y cómo podemos avanzar en ponernos de acuerdo para sacar adelante este país, pero no con las armas. El Papa considera que con reconciliación, este país será maravilloso en garantizar vida digna y equidad. Creo que ese es el sueño del Papa.

En su discurso ante los jóvenes en la plaza de Bolívar, el Papa dijo que ellos “son capaces de algo muy difícil en la vida: perdonar. Perdonar a quienes nos han herido”. ¿Ese es un claro mensaje sobre la situación actual que vive el país?

Sí, pero yo quiero aclarar que el perdón es una invitación que se hace, pero no se impone. El perdón tiene que surgir de una experiencia muy profunda de que si yo no perdono, mi manera de estar en el mundo siempre va a estar movida por el rencor, por la rabia o por el deseo de venganza, de acabar con el que me hizo daño. Y lo que dice el Papa es: “Si tú crees que el otro te hizo daño, pero conoces su historia, te pones en su sitio y reconoces qué lo condujo a hacer eso, más fácilmente podrás comprender y acabar con ese rencor y ese odio en tu corazón, y eso te dará tranquilidad y paz”. Pero eso no se puede imponer.

¿Le parece que es una invitación a perdonar a la guerrilla y a quienes fueron actores en uno u otro sector de la guerra?

Yo sí creo. Y es la mejor inversión que podemos hacer para el futuro del país, porque si no perdonamos nos radicalizamos, y usted mejor que yo conoce lo que ocurre con estas polarizaciones de la sociedad, que hoy le hacen tanto daño al país.

¿Tanto daño que merece la atención del Papa?

Sí, porque el problema de esta polarización es que no es cuál es el bien común de la ciudadanía, sino quién se toma el poder en las siguientes elecciones.

¿Qué quiere usted decir?

El problema de las polarizaciones es que empiezan a manejar a la gente a punta de miedo y rabia: miedo frente a lo diferente, miedo frente al guerrillero que se amnistió y está ahora trabajando, miedo frente a un paramilitar que se reinsertó y rabia frente a cualquier cosa. A mí me ha impresionado mucho ver cómo llegan mensajes diciendo frente al presidente Santos: “¡Miren al guerrillero con el Papa!”, simplemente porque logró acuerdos de paz con las Farc. Eso es aterrador.

Dijo el Papa que hay que mirar sin el lastre del odio… ¿hoy hay odio en Colombia?

Mucho. Mire: trabajé en una zona de conflicto como Barrancabermeja y siento que los que han sufrido más la guerra no tienen tanto odio, son capaces de entender, y por eso ha sido bellísimo ver a las víctimas participando en el proceso… Conmovieron en la negociación. Yo creo que mucha gente que no ha vivido realmente el conflicto se mueve más desde una ideología del odio, pero no son las víctimas; eso me llama mucho la atención a mí, porque el que ha sufrido reconoce que no vale la pena que eso lo sufra otra persona; a él le tocó muy difícil.

¿Cómo vamos a garantizar que no nos vamos a seguir matando?

Fue usted testigo presencial de una zona despedazada por la violencia…

Me tocaron masacres en Barrancabermeja; mataron a mi mejor amigo, que era el mejor catequista que teníamos en la parroquia, y cuando uno ha vivido eso comprende que eso no puede seguir, que es una atrocidad frente a la humanidad. Por eso, el que más ha sufrido tiene más capacidad de perdón. Ante el deseo de venganza, la única cura es el perdón, y es la única salida humana, o sea: no es ni siquiera una experiencia religiosa, es humana. Si ahora no nos perdonamos, si ahora no nos reconciliamos, ¿cómo vamos a proyectar un país distinto? ¿Cómo vamos a garantizar que no nos vamos a seguir matando?

¿Y usted cree que la gente que hoy no perdona está dispuesta a hacerlo?

Yo creo que lo que dijo el Papa tocó el corazón de la gente, pero tenemos que hacer un ejercicio mucho más prolongado de acompañamiento.

Pero ¿es posible que el mensaje del Papa se olvide mañana?

No, yo creo que mucha gente quedó tocada profundamente con el mensaje; pero de ahí a que haya una real transformación es difícil; esto de transformar una manera de ver no es fácil, no se logra de un día para otro.

¿Entonces teme que la polarización que existe hoy en Colombia persista?

Yo creo que sí. Las palabras del Papa no son lo único que va a garantizar el cambio. Todos tenemos que trabajar más constante y permanentemente.

Usted mencionó antes el proceso electoral que vamos a vivir. ¿La persona a la que el país escoja, sea quien sea, debe estar comprometida con la paz?

Yo espero que sea una persona comprometida con la paz porque el esfuerzo que se ha hecho en estas negociaciones, con todas las dificultades que se conocen, necesita más tiempo; no se trata solamente de que dejaron las armas los guerrilleros. Hay que hacer programas de desarrollo con enfoque territorial. Los acuerdos pueden ser criticados, y una de las críticas más de fondo es que se sacrificó la justicia por la paz. Yo creo que sí, pero por la vida y el futuro.

En su opinión, ¿cuál cree usted que fue el mensaje general del Papa?

La reconciliación, la paz y el perdón. Yo quiero ser claro: el Papa dio su apoyo a un proceso de paz que todavía es incipiente. Él conoce muy bien que el proceso de paz está en un punto en donde si lo detenemos, podemos retornar nuevamente a una violencia tremenda en este país; yo creo que el afán del Papa es decir ‘esto hay que continuarlo’, y por eso dice que ese deseo de venganza no puede ser nuestra opción de vida. Yo creo que dio su apoyo al proceso paz.

¿Si en las próximas elecciones no gana el proceso de paz, estaremos condenados a volver a la guerra?

No puedo profetizar, pero habría un riesgo: ¿qué harán 10.000 hombres de las Farc que entregaron sus armas, que están tratando de rehacer su vida en el campo de muchas maneras, a quienes de un momento a otro se les dice que los acuerdos a los que se llegaron se frenan?

Pero ¿usted no cree que la paz ya es un hecho irreversible?

No, yo creo que es algo que tenemos que seguir cultivando. La visita del Papa significó dar un empujón para que esto que se ha logrado no se vaya a devolver.

¿Y el riesgo de que no lo hagamos?

Sería porque nos enceguecemos y buscamos lo que no nos conviene, y sería fatal.

El Papa criticó la riqueza de la Iglesia e invitó a la pobreza, ha dicho que no quiere príncipes sino pastores. ¿La Compañía de Jesús es una comunidad rica?

Yo creo que rica en instituciones; le voy a poner un ejemplo: la Universidad Javeriana tiene instalaciones extraordinarias, y cada vez con más nuevos edificios, pero eso no es propiamente de nosotros, la Universidad Javeriana es una fundación que no nos puede dar un peso de regalo. Los que trabajan en la universidad se ganan un sueldo, como cualquier profesor, y de eso vivimos; entonces, tenemos instituciones ricas, pero son instituciones al servicio de lo que nosotros queremos, que es la educación, la formación. En Colombia tenemos parroquias en zonas muy pobres y subsidiamos a esos sacerdotes para que puedan estar allá; trabajamos con los desplazados en Colombia.

¿Qué enseñanza le dejó su paso por Barrancabermeja?

Aprender a ver la vida de los pobres. Es increíble: en medio de la pobreza, del hambre, de no tener nada, son capaces de ser alegres, tienen una perspectiva de querer la vida, de luchar por la vida.

Usted vivió la violencia. ¿Cree en la vocación de paz de la guerrilla?

Por lo que ha ido ocurriendo en estos últimos meses, por la dejación de armas, se puede decir: ¡están en la perspectiva de la paz! Yo sí creo. Tenemos evidencias muy claras para decir que están realmente comprometidos.

Usted sufrió la violencia. ¿Perdonó?

Yo perdoné.

Es una cuestión de sensibilidad, no es de ideas

¿De dónde se saca valor para perdonar?

No fue mi valor, fue la gente pobre la que me enseñó a perdonar. Cuando mataron a mi mejor amigo catequista, su mamá me dijo: “Yo no tengo deseos de vengarme de los que mataron a mi hijo, yo ya estoy en paz”. Es una cuestión de sensibilidad, no es de ideas; eso no funciona. Por eso insisto en que el proceso de paz cambió mucho cuando las víctimas aparecieron de verdad y se visibilizaron. No olvide que el proceso de paz fue inspirado y apoyado por las víctimas.

¿En Colombia, la Iglesia es de príncipes o de pastores?

Yo creo que es muy difícil emitir un juicio tajante; creo que en cada uno de nosotros, los miembros de la Iglesia, puede haber de las dos cosas, pero yo sí creo que las palabras del Papa buscan que tomemos conciencia de lo que él llama el “carrerismo”, hacer carrera. Él dice: “Mire a Jesucristo, que se dedicó a servir, y el servicio produce vida; el carrerismo no produce sino poder”. Entonces, el Papa nos llama la atención, nos pide que tomemos conciencia de que tenemos tentaciones.

¿Algunos sectores de la Iglesia no deberían seguir el ejemplo de humildad del Papa?

Yo creo que sí. Él, con su ejemplo, nos está llamando a que sigamos ese camino.

¿Qué debe hacer de ahora en adelante la Compañía de Jesús en Colombia luego de conocer este mensaje del Papa? 

Que nos toca trabajar mucho más comprometidamente en este país: no desde el juicio a las personas, sino desde la seducción por una vida distinta. Debemos sensibilizar a todo el mundo para que no nos cerremos y terminemos en cosas que destruyen la vida y las relaciones.

¿Qué es la reconciliación?

Construir un país más equitativo y más justo, pero sin armas.

¿Qué es el perdón?

Es dejar a un lado el odio y el deseo de venganza y reconocer que con el adversario de ayer se puede construir algo bueno y nuevo.

¿Qué es la paz?

Poder vivir no solamente sin violencia, sino con las perspectivas de construir un país justo y equitativo.

YAMID AMAT
Especial para EL TIEMPO

http://www.eltiempo.com/vida/religion/entrevista-de-yamid-amat-a-carlos-eduardo-correa-sobre-visita-del-papa-129048

José María Pires, primer obispo negro de Brasil


Juan José Tamayo
sep052017

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Tamayo3El 27 de agosto falleció a los noventa y ocho años, setenta de sacerdocio y sesenta de episcopado, José María Pires, el primer obispo negro de Brasil que mantuvo una gran vitalidad intelectual y una intensa actividad teológica y pastoral hasta el final. Pertenecía a la generación de los grandes obispos latinoamericanos de la liberación: Helder Cámara, Paulo Evaristo Arns, Pedro Casaldáliga, Tomás Balduino, Aloisius Lorscheider, Antonio Fragoso, Manuel Larraín, Leónidas Proaño, Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Gerardo Oviedo Valencia, Oscar Arnulfo Romero, Enrique Angelelli, Juan José Gerardi y otros, a quienes José Comblín llama “los Santos Padres de América Latina”.

Ellos inauguraron un nuevo paradigma de Iglesia ubicada en la realidad latinoamericana: la Iglesia de los pobres, y una nueva manera de ser obispos más allá de la sola administración local y de la Iglesia local. Se caracterizaron por la libertad de pensamiento y de acción frente a los censores eclesiásticos, la denuncia profética de la opresión política y de la explotación económica, la persecución por parte de los poderes políticos, militares e incluso religiosos –El vaticano actuó con ellos como un verdadero detective-, la opción por las personas y los colectivos excluidos, el ecumenismo entendido como trabajo en común con otras iglesias y religiones en la lucha por la justicia, la defensa de los derechos humanos de las comunidades marginadas: negras, indígenas, campesinas, y la colaboración con los movimientos sociales.

José María Pires, llamado cariñosamente “Dom Pelé”, destacó por su lucha contra el racismo instalado en la sociedad y la Iglesia brasileñas, el reconocimiento de los derechos del campesinado y de las comunidades afrodescendientes de Brasil. Ejemplo de su compromiso con dichas comunidades es su libro La cultura religiosa afrobrasileña y su impacto en la cultura universitaria. Fue amigo de Helder Cámara, a quien consideraba maestro y con quien mantuvo una relación de complicidad en la lucha contra la injusticia, la denuncia de la dictadura militar y la afirmación de la dignidad de las mayorías populares. Eran llamados los “obispos rojos”.

Ordenado obispo en 1957, participó en el Concilio Vaticano II celebrado en Roma de 1962 a 1965 y puso en práctica la reforma conciliar en su diócesis de Paraiba, de donde fue arzobispo treinta años. Fue uno de los cuarenta obispos participantes en la reunión semi-clandestina que tuvo lugar en la Catacumba de Santa Domitila el 16 de noviembre de 1965. En dicho encuentro firmaron el “Pacto de las Catacumbas”, al que posteriormente de adhirieron más de quinientos obispos. En él se comprometían a renunciar a todo boato y a vivir pobremente, a renunciar a los símbolos de poder y a los privilegios y a utilizar signos evangélicos, a dar protagonismo a los laicos, a transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la justicia y a situar a los pobres en el centro de su actividad pastoral. Era la ejemplificación de la Iglesia de los pobres que defendió en Juan XXIII, pero no logró prosperar en el Concilio, el anticipo del cristianismo liberador que germinó en América Latina a través de las comunidades eclesiales de base con el apoyo del episcopado latinoamericano en la Asamblea de Medellín (Colombia) en 1968 y el germen de la teología de la liberación.

En 2013, ya nonagenario y con plena lucidez, firmó, junto con sus colegas los obispos brasileños Pedro Casaldáliga y Tomás Balduino, la Carta al Episcopado de Brasil en la que denuncian el secuestro del pueblo de Dios por el clericalismo, critican la estructura monárquica centralizada de la Iglesia, defienden la necesidad de des-occidentalizar el cristianismo como condición necesaria para que sea realmente universal, comparten la propuesta del papa Francisco de una Iglesia de salida a las periferias, se comprometen a hacer la caminada junto a los pobres, retoman la mística y la espiritualidad del Éxodo, apoyan la organización sinodal y participativa eclesial, reivindican los plenos derechos de las mujeres y apuestan por un nuevo Pacto de las Catacumbas. La firma de la Carta por monseñor Pires es su mejor Testamento.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Teologías del Sur. El giro descolonizador, que acaba de publicar la Editorial Trotta

http://www.redescristianas.net/jose-maria-pires-primer-obispo-negro-de-brasiljuan-jose-tamayo/#more-83627

 Juan Cabo Meana (1953-2016) y con él a miles de misioneros/as que han dado su vida en y por América


05.09.17 | 14:53.

Murió hace un año (27. 8. 216) y quiero “celebrar” su aniversario, con la gente de Gijón, su tierra, con sus feligreses de Ferrol, sus amigos de América, sus hermanos de sangre (¡un recuerdo, Carmen!), sus compañeros claretianos…

Le recuerdo de un modo especial ahora, tras bajas del avión de Argentina y montar de nuevo para México (4.9.17) con cansancio y nostalgia agradecida, por Juan y por miles de misioneros/as de España que a lo largo del siglo XX marcharon y han sido allí decenio tras decenios hermanos y amigos, compañeros y testigos de Jesús entre los más pobres.

La Iglesia hispana del siglo XX ha sido rica en contradicciones (ha estado demasiado de parte del sistema) y de martirios (decenas de miles fueron asesinados por cristianos)… ha creado instituciones como el Opus Dei y las Comunidades Neocatecumenales, con los Cursillos de Cristiandad, ha tenido obispos de líneas diferentes de Pla i Daniel a Tarancón, de Rouco a Inhiesta… Pero su mayor grandeza ha sido la entrega de miles y miles de misioneros y testigos hispanos, llenos de fe y humanidad cristiana, que han actuado en todo el mundo, y en especial en América Latina. Entre ellos recuerdo hoy admirado, agradecido a Juan Cabo Meana.

Así lo he sentido en Argentina y lo siento en México donde estoy. Me sigue llegando al alma el latido fresco de vida y el calor de su entrega, con el recuerdo de cientos de compañeros y amigos que en la segunda mitad del siglo XX cambiaron de tierra, y fueron allí, tras-terrados, los mejores testigos que he podido conocer de humanidad y cristianismo, desde el Rio Grande hasta la Tierra de Fuego, en México y Centroamérica, en Perú, Brasil, Bolivia etc. En esos y otros países les he visto y he convivido con ellos, en viajes y estancias diferentes por aquellas tierras.

No puedo recordar a todos, pero en nombre ellos (en especial de mis compañeros mercedarios) elevo mi canto a Juan, al año de su muerte. No me gusta llamarle “santo”, pero lo era, y con él han sido santos cientos y cientos de “misioneros y misioneras”, que fueron a dar gratis lo que eran y tenían, empezando por su vida.

Ésta es una página para recordar y celebrar, ahora que lamentamos la escasez de un tipo de vocaciones religioas, ahora que pensamos que se cierra un ciclo de vida misionera de la Iglesia. La segunda mitad del siglo XX (quizá todo el siglo XX) ha sido la gran era de la misión evangelizadora y de colaboración social de miles de “misioneros” hispanos, que han escrito una de las páginas más gloriosas de la iglesia y de la vida hispana.

En nombre de todos, te saludo hoy, Juan.

Juan había nacido en Nació en Castiello, Bernueces de Asturias (1951). Fue misionero en Perú de costa a selva, en cuerpo y alma, durante 22 años (1982-2004). Allí aprendió teología, allí se ordenó presbítero, allí entregó su vida al servicio de la vida de los demás, de los más pobres, de los perseguidos y amenazados, muchas veces en medio la gran guerrilla, siendo siempre para todos, es decir, cristiano.

Volvió a España el 2004, y ha sido en estos últimos años superior de la comunidad claretiana de Ferrol, párroco de pueblos y aldeas, siempre al servicio de la vida de los demás, como un niño sorprendido por el don de la vida que es de Dios, es decir, que es nuestra y que nosotros muchas veces malgastamos.

Así le describe un amigo

Juan tenía la disposición para escuchar al prójimo y aprender de él, de creer en las personas hasta el exceso, por eso nos acompañó a los amigos, y fue capaz de ofrecernos su mejor palabra, porque siempre estaba dispuesto a escuchar, como había escuchado en los caminos de la selva de Perú a todos los iban y venían en medio del gran riesgo.

Nunca le tentó el poder, ni en América ni en España, a pesar de que al final de su vida tuvo en Ferrol como obispo a un amigo claretiano. Sabía que la vida es un riesgo, y así se arriesgó hasta el exceso por los caminos de América, volviendo con la salud “tocada” tras 20 años de entrega sin límites, sin horarios, siempre para todos.

Era de corazón grande y generoso, como cientos y cientos de misioneros hispanos, hombres y mujeres (sobre todo mujeres), misioneros claretianos o mercedarios, franciscanos, dominicos…, testigos de Jesús, sin más autoridad que el amor y la palabra, por los caminos y calles de América. Nunca buscó el poder, y sin poder vivió y ha muerto, entregado en oración y vida al Dios que vive en los pobres, al Dios de todos los hombres y mujeres, es decir, a los hombres y mujeres en Dios.

Tuve el honor de que me quisiera (y quisiera a Mabel), porque le pareció que era un poco como él, aunque yo había seguido en una pequeña universidad burguesita de España mientras él pateaba los caminos de América. Había leído varios de mis libros, y por ellos también me buscaba.

Así me ponía de vez en cuando un correo, preguntándome sobre temas muy concretos del infierno de este mundo y de los cambios de la Iglesia, del futuro del cristianismo y de nuestro testimonio de creyentes, con la vida en sus ojos, con su estilo fuerte, su vocabulario intenso (¡lleno de expresiones claras y castizas!), con su inmenso mar de amor de fondo, mar abierto para todos, verde de esperanza.

Era amigo de los pobres a los que dedicó su vida, incluso estando enfermo, en los últimos meses, sin querer reconocerlo, sin tiempo para sí, con todo su tiempo para los demás, cientos que llamaban a la puerta de su vida para recibir consejo, para escuchar siempre una voz de ánimo y ayuda.

No le vi demasiado, pero le vi y traté con intensidad, en la plaza de Amboage de Ferrol, en una casita de comidas de la costa de la ría, donde nos invitó a comer (¡era siempre rápido en lo bueno, intenso en la generosidad…). Murió hace un año, y siento el hueco y presencia de su muy profunda.

En los quince días de Argentina le he recordado mucho… y pienso seguirle recordando aún más en las próximas semanas de México, pues van quedando cada vez menos testigos directos de Jesús como era él, testigos de vida y humanidad, entre la gente, con la gente, a pecho descubierto, con el alma siempre por delante.

Juan, un canto a la vida

Juan, tu presencia se agranda y purifica con el tiempo, tus ojos se vuelven más limpios (¡siempre lo fueron!), tus palabras sobre el evangelio, la teología y la iglesia se vuelven cada vez más vivas…Has sido una bendición, y contigo han sido bendición cientos y miles de misioneros hispanos, varones y mujeres, de la OCSHA y de diversas órdenes y congregaciones, seglares y presbíteros, hombres y mujeres de Dios, que han dado lo mejor por las tierras de América.

Bendito tú, Juan, por haber sido quien eras… y por serlo todavía al año de tu muerte, esto es, de tu nueva vida. No hace falta que te “canonicen”, ni que pongan tu nombre en las televisiones, porque está escrito en el Libro de la vida de Dios y del Cordero, en nuestros corazones.

http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2017/09/05/a-juan-cabo-meana-1953-2916-desde-americ

 

COLOMBIA. CALI: DIALOGO ENTRE FRANCISCO DE ASIS Y MONCHO (GERARDO VALENCIA CANO)


Diàlogo entre Francisco de Asís y Moncho (Gerardo Valencia Cano) en Aguablanca-Cali. 2, 3 y 4 de octubre 2017.
Invita Fundación Paz y Bien y Comunidades Negras del Oriente de Cali.
Favor compartir

Anteriores Entradas antiguas

A %d blogueros les gusta esto: