¿BUSCAS EL CIELO? : Olga Lucia Álvarez Benjumea ARCWP*


 

 

 

En la casa, en la Escuela, en el Colegio, aprendimos aquel canto de alabanza, del cantautor español Joaquín Díaz, el, con que las mamás arrullaban a los hijos, las abuelas a los nietos, las tías a los sobrinos:

 

“Si, al Cielo quieres ir, a recibir la palma

A Dios en cuerpo y alma, has de amar y servir”

 

Hoy, todavía se escucha, en algunas capillas, en las montañas, en medio de las noches campesinas.

 

Desde el momento en que nacemos, el grito y el llorar del recién nacido, es su canto de añoranza del Cielo, ya que dejarlo le ha dolido.

 

Nos pasamos la vida, buscando el camino de regreso. Por dónde quedará? ¿Dónde será? Allá, arriba o abajo? Dónde conseguir los tiquetes? Para cuál transporte: caminando, a caballo, lancha, bus, o avión?

 

Me estas tomando del pelo. Acaso, el Cielo es un sitio, donde volveré a ver mis ancestros, mis seres queridos, mis vecinos, mis amigos, mis mascotas, el jardín, el chirimoyo, el limonar, los naranjos, los mangos, el lago…el “ojo de agua” que brotaba en la vega…

 

¿Por qué nadie nos dice qué es el Cielo? Acaso no te han dicho, que quien se va para allá, no vuelve? Por, eso Julián, (el vecinito) aquel niño, sabiendo que mamá, estaba enferma dijo: “no quiero que se muera, porque los que se han ido para el cielo no vuelven”.

 

Un momento, cómo así, que nadie nos ha dicho qué es el Cielo? En el libro de la Apocalipsis está bien descrito por Juan…no lo has leído? Además, para ir al Cielo debes morir.

 

Qué pena contigo!. Al Cielo no quiero ir. Esas son imágenes y símbolos.(Apoc. 21-22) No sería que Juan se equivocó? Seria efecto de la fumada de algún porro con marihuana y hortensias? Lo que describe Juan, bien puede parecerse a la Hacienda Nápoles, de Pablo, o las otras casas que han confiscado a los narcos como las del Chapo.

 

La Divinidad, no es un “señor”, tampoco “el patrón”, menos “el jefe”, armado de poder, revestido de imperio…Su poder y su reino, no es temporal, es ETERNO.  No tiene palacios, ni templos. Su sitio de encuentro sigue siendo Galilea…(Mateo 28:10).

 

Les dejo, creo que me voy a la casa de Marta y Maria, a la de Febe, Priscila, Aquila, Lidia. Allá están reunidas, ellxs, disfrutando de un café, al encuentro con la Divinidad que todxs llevamos dentro.

 

El Cielo, está Aquí y Ahora, no le busquemos, ni le soñemos afuera, ni lejos.

*Presbitera católica.

“Cristo no fue un populista” // Diario de Armando Rojas Guardia


Ésta es la tercera entrega del Diario de Armando Rojas Guardia. Si desea leer la primera, haga click acá y, para leer la segunda, acá.
Por Armando Rojas Guardia | 12 de junio, 2016

Cristo no fue un populista. No fue un demagogo Diario de Armando Rojas Guardia 640

Cristo, dejando la sala del tribunal (1867-1872) de Gustave Doré.

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Desde hace unos meses vivo ganado por la convicción de que, psíquica y espiritualmente, piso un terreno sagrado. Todavía no sé por qué, ni de qué manera, pero es un hecho que vivo con cotidiana asiduidad la atracción numinosa de un centro interior (experimento a diario su insólita cercanía). ¿Es la proximidad de ese eje axial la que me concede la certeza, incluso sensorial, de estar viviendo una especie de ritualidad existencial, de ceremonia sacra a lo largo y ancho de las horas, los días, las semanas y los meses?

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Cristo no fue un populista. No fue un demagogo. Su opción religiosa y ética por el “óchlos”, por los últimos, no lo llevó a propugnar una oclocracia, un gobierno político de la muchedumbre. Nos propuso esa opción como una elección compasiva y misericordiosa porque los “nadies” son las principales víctimas de una organización específica de la sociedad que los oprime, excluyéndolos. Ellos son los más crasos exponentes del sufrimiento humano. Y era el sufrimiento humano lo que lo angustiaba, lo que lo sublevaba y lo que deseaba transformar en alegría y plenitud. Pero nunca cedió a la seducción de actuar y hablar complaciendo tácticamente las expectativas de las masas populares cuando estas eran ilusorias y engañosas. En una ocasión, después del prodigio de la multiplicación de los panes, la multitud, entusiasmada, quiso proclamarlo rey (Jn 6, 4). Jesús, entonces, se retira al monte, él solo (Jn 6, 15). Los discípulos, identificados con el entusiasmo popular, no desearon perder la ocasión de que Cristo fuera proclamado jefe político, rey. Por eso, tanto Mateo como Marcos señalan que él tuvo que obligarlos (“anagkáso”) a montar en la barca para irse de allí (Mt 14, 22; Mc 6, 45). A pesar de su ascendencia dentro del pueblo, de ninguna manera quiso ser un caudillo, instrumentalizándolo en función de un apetito de poder (aunque se tratara de un poder político para “hacer el bien”). Por el contrario, les planteó a las masas sin ningún tipo de rodeos ni subterfugios, de modo frontal y directo, altísimas exigencias éticas: seguirle significaba, para él, no atender a lo que ellas deseaban sin más escuchar sino nada menos que “entrar por la puerta estrecha” (Mt 7, 13-14) de una decisión existencial que abría una forma-otra de vivir y de ser hombre. Esa otra forma de vivir y de ser hombre se encuentra resumida en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de Mateo: desde la voluntaria limpieza de corazón hasta el amor a los que nos persiguen y dañan; desde el rechazo de todo regodeo vanidoso con la imagen mental que cada uno tiene de sí mismo hasta la vivencia de una confianza tan radical en la paternidad de Dios que uno se asemeje al lirio del campo y al pájaro en el cielo, abandonando preocupaciones compulsivas por la propia autoafirmación; desde el rechazo a toda especie de violencia, incluso la verbal, hacia el prójimo, hasta la aceptación jubilosa del vilipendio ajeno cuando este es consecuencia del hambre y la sed de justicia. Hay que dejarlo todo por ese modo supremo de vivir: propiedades y bienes, lazos familiares, la tranquilidad de una existencia sin conflictos (“No he venido a traer paz, sino espada”, Mt 10, 32), el inmovilismo de una cómoda instalación en las convenciones y estereotipos sociales (“deja que los muertos entierren a sus muertos”, Mt 8, 22). Se trata de inaugurar un tipo de existencia signado por el nomadismo mental, impulsado por el Espíritu, que “sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene y adónde va” (Jn 3, 8) y, por eso mismo, abierto a la aventura itinerante de la novedad siempre actualizada y marcado a fuego por el riesgo continuo y la inminencia del peligro (hay que saber sortearla con la inocencia de la paloma y la astucia de la serpiente, Mt 10, 16-17). Todo ello implica, ciertamente, un místico “abandono del yo”. No al modo budista, para el cual el yo es una ficción ilusoria de la que debemos desprendernos a fin de acceder a un informe vacío en el que no existen sujetos, sino que consiste en un desasimiento del egocentrismo que nos persigue tenazmente como nuestra misma sombra: “El que quiera venirse conmigo que reniegue de sí mismo”: Mc 8, 34, Mt 16, 24 y Lc 9, 23. Esa exigencia de “renegarse a sí mismo” está formulada con el verbo griego “áparneiszai” que expresa la idea de desconocerse uno a sí mismo, no tener nada que ver con uno mismo. Pero no por autodesprecio o autoodio, o porque se deba menospreciar el ser propio o avergonzarse de él; no se trata de que no se pueda descansar en la conciencia placentera de sí. Lo que Jesús propone es una soberana libertad ante el apego esclavizante hacia el amor propio. Este trascenderse a sí mismo brota precisamente cuando uno ama al otro, cuando se está centrado en él y se procura atenderlo, cuidarlo y servirlo: cuando a uno lo moviliza ante todo el amor como don de sí, sobre todo a los que más sufren (Mt 25, 30 y ss.)

De modo, pues, que el “ethos” jesuánico, su apuesta moral, está en las antípodas de la complacencia populista. Cristo sabía, y mejor que nadie, que las masas populares no solamente fueron y son víctimas de la opresión de los poderosos; ellas a veces desearon y desean esa opresión: la eligen. “El miedo a la libertad”, como lo llamaba Erich Fromm, el secreto anhelo de esclavitud es una de las más antiguas y temibles necesidades humanas, inscrito en la pulsión de muerte que permea zonas atávicas de nuestro deseo. De allí que nos invitara –él, Jesús– a la fiesta de la pulsión de vida, al banquete de la libertad

Tan antidemagógica y lúcida es esta propuesta ética que ella no confunde el amor con un sentimentalismo telenovelesco. Para Cristo, el amor genuino, si no quiere ser banal, bobalicón e ingenuo, conoce, dentro de su dialéctica interna, e instante del desprecio: “…No arrojen perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos” (Mt 7, 6). De manera que hay perlas y hay cerdos. Y hay perlas que los cerdos no merecen y no merecerán jamás.

http://prodavinci.com/2016/06/12/artes/cristo-no-fue-un-populista-diario-de-armando-rojas-guardia/

LIBRO: Mujeres, mística y política. La experiencia de Dios que implica y complica


Mi libro recomendado en este 23 de Abril

Posted: 23 Apr 2017 11:10 AM PDT
El libro que recomiendo en este 23 de Abril es Silvia Bara  Bancel (ed.) Mujeres, mística y política. La experiencia de Dios que implica y complica,  publicado por Verbo Divino en el 2016 y editado por  Silvia Bara Bancel.

Es un libro de autoría compartida que recoge las ponencias presentadas en la  XIII Jornada de las Teólogas españolas celebradas en  el año 2015, con el mismo nombre.

Una lectura que invita a gozar, a experimentar el misterio de la hondura que porta la realidad y el corazón humano. Un libro que aviva el deseo de adentrarnos en la fuente de la genealogía femenina que constituyen las mujeres místicas en la historia, entre ellas Jlas beguinas, Teresa de Jesús o Madelene Dellbrel con un intención: la de “ recuperar la voz, ejercitar la expresión y liberar la pasión por Dios”.

Sus autora y autores: Juan Martín Velasco, Silvia Bara  Bancel, Edith González Bernal, Giselle Gómez Guillén, Fernanda Villanueva Lavín, Mariola López Villanueva, Roser Solé Besteiro, Silvia Martínez Cano y Carmen Bernabé Nieto, con rigor y pasión  nos revelan una vez más quela experiencia mística cristiana implica y complica, es fuente de resiliencia y transgresión.

Una lectura para experimentar   

FUENTE:  El Blog de Pepa Torres Pérez

¿Adiós al alma?


Alma

“¿Un saber de creencia, no de evidencia?”

“Su permanente presencia en la historia se debe al afán por ‘durar'”

Manuel Fraijó, 18 de abril de 2017 a las 09:16

El alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar…

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A vueltas con el alma

La imaginación desborda mi alma./>

La imaginación desborda mi alma.

(Manuel Fraijó).- Solemos identificar el término “alma” con palabras como aliento, soplo, respiración, vida. A veces, el alma también es concebida como una especie de fuego, fuego que se apaga con la muerte.

Por lo general, todas las culturas se han familiarizado con el concepto de alma. Se habla del alma de las personas, de los pueblos, de los animales, de los ríos, de las montañas, de las obras de arte. Todo lo que tiene vida tiene alma. Sin embargo, hay excepciones: en el pensamiento chino arcaico se partía de que no todos los individuos tienen alma: se pensaba que el alma era una especie de espíritu, de dios menor, que descendía del cielo, se instalaba en el interior de las personas y, si se sentía “a gusto”, se quedaba para siempre; pero también podía “emigrar”.

Se ha sido, pues, muy generoso con el término “alma” asignándole una amplia gama de significados. Henri Bergson murió clamando por un “suplemento de alma” que detuviese la Segunda Guerra Mundial. Estaba convencido de que, si la humanidad no da una oportunidad al alma, al espíritu, quedará aplastada por el peso de su propio progreso tecnológico. Tener alma significaba para él vivir en profundidad, no pasar de puntillas por la vida. Quien no tiene alma, sentenció Søren Kierkegaard, vive en “el sótano de su propio edificio”.

Es un privilegio de la filosofía y de la teología plantear preguntas que carecen de respuesta empírica. El alma es, sin duda, una de ellas. Su permanente presencia en la historia del pensamiento humano se debe, como sentenció Spinoza, al afán por “durar”. Ante la evidencia de que el cuerpo se descompone y desaparece, apelamos a un principio espiritual, no empírico, que nos garantice la duración eterna, la inmortalidad. Es el gran servicio que desde siempre nos viene prestando el alma. Ya Platón la declaró “inmortal”. Solo el cuerpo, al constar de partes, se corrompe; pero el alma, al ser una realidad simple, es inmortal. Además, si las ideas que capta el alma son eternas, también esta lo será.

Salta a la vista que la teoría de Platón presupone la separación entre alma y cuerpo, es dualista. Se suponía incluso que el cuerpo era la cárcel del alma; una convicción que fue llevada al extremo por Aristóteles en un diálogo de juventud, el Protréptico. Cuenta allí Aristóteles que los piratas marinos etruscos torturaban a sus prisioneros atándolos vivos a cadáveres, “rostro con rostro”, hasta que morían. Es, pensaba el Aristóteles joven, la situación del alma: está atada al cuerpo como los prisioneros a los cadáveres.

Es obvio que la antropología actual no acepta esta separación entre alma y cuerpo. Tampoco la antropología bíblica conocía el binomio alma-cuerpo. El ser humano era concebido como una unidad psicosomática. En la actualidad, la posible vida más allá de la muerte no se expresa en forma de inmortalidad del alma. Y ello a pesar de que Karl Rahner reconocía que la separación alma-cuerpo se convirtió en la “clásica descripción teológica de la muerte”, es decir, la muerte acontecía cuando el alma abandonaba su pobre morada terrenal.

En nuestros días continúa siendo de especial trascendencia la impronta que Kant asignó a la inmortalidad del alma. La postuló desde el convencimiento de que los seres humanos, al actuar moralmente, se hacen dignos de una felicidad que este mundo nunca ofrece. Según Adorno, a Kant le movía “el ansia de salvar”; postuló la inmortalidad del alma para no tener que “pensar la desesperación”.

Y, en la misma línea, tal vez proyectando su propia ansia de inmortalidad, escribió Unamuno: “El hombre Kant no se resignaba a morir del todo”. En realidad, la afirmación kantiana de Dios y la inmortalidad es indirecta: Kant pone el acento en el sombrío panorama que se seguiría si Dios y la inmortalidad fuesen una quimera. En ese caso, la esperanza en un final benévolo para el peregrinar humano quedaría muy ensombrecida, y las posibilidades de encontrar un sentido último a la vida se verían muy mermadas.

Hasta el siglo XVIII, la inmortalidad del alma no pasó grandes apuros. Pero, por aquellas fechas, haciendo gala de un empirismo insobornable, David Hume vinculó indisolublemente el destino del alma con el del cuerpo. Observó que las peripecias del segundo afectan a la primera. Así, en la infancia, la debilidad del cuerpo y la del alma corren paralelas; de la misma forma, el vigor corporal de la edad adulta corre paralelo con el vigor del alma; y, cuando en la vejez declinan las fuerzas corporales, se debilita también el alma. Hume concluyó: cuando muere el cuerpo, muere también el alma.

La filosofía tradicional acusó el golpe. Veníamos de aceptar, con notable placidez que, tras la aniquilación de nuestro cuerpo, el alma corría mejor suerte y alcanzaba el estatuto de “forma separada” del cuerpo. En ese estado permanecía hasta que la resurrección le permitía volver a tomar las riendas del cuerpo resucitado. Pero hace tiempo que ni la filosofía ni la teología saben qué hacer con el “alma separada”.

Xavier Zubiri afirma que “quien sobrevive y es inmortal no es el alma, sino el hombre entero”. Algo que recordó Ignacio Ellacuría en su presentación del libro póstumo de Zubiri, Sobre el hombre. Ellacuría dejó claro que, según Zubiri, “con la muerte acaba todo el hombre o acaba el hombre del todo”.

Zubiri abandonó, pues, la hipótesis del “alma separada” y se adhirió a la solución de la “muerte total”. Es también la hipótesis aceptada por grandes exponentes de la teología cristiana más reciente. Moriremos, pues, por completo; y resucitará “la persona entera”. A la pregunta “¿cómo sucederá todo eso?”, la teología remite con humildad al insondable carácter misterioso del tema. Estaríamos, en feliz expresión de Laín Entralgo, ante “un saber de creencia, no de evidencia”.

La pregunta es obligada: ¿qué hacer, entonces, con la palabra “alma”? Reina bastante unanimidad: el alma continuará siendo siempre el término de referencia de todo lo que somos y hacemos: sentir, pensar, querer, recordar, olvidar, crear, amar… Joseph Ratzinger lo expresa teológicamente: “alma es la capacidad de referencia del hombre a la verdad y al amor eterno”.

Toda nueva creencia, antes de ser generalmente aceptada, va conquistando su espacio de forma imperceptible. Podría ser el destino del binomio alma-cuerpo. Es posible que estemos ante una creencia desgastada. Ya se sabe que la variada plasmación de las ayudas filosóficas y teológicas es cambiante y suele tener fecha de caducidad.

El tema alma-cuerpo no es una excepción. En todo caso, si el desgaste de los siglos se empeñase en jubilar tan ancestral creencia, habría que agradecerle los inmensos servicios prestados. Siglo tras siglo mantuvo la esperanza de que, a pesar de la evidente desaparición del cuerpo, permanecía lo más importante de nosotros, lo más nuestro, el núcleo de nuestra identidad, nuestra alma. Hay palabras “que tiemblan”, reconocía Antonio Machado. Tal vez el alma sea una de ellas. Pero el poeta le echó un conmovedor cable: “quisiera traerte muerta mi alma vieja”.

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/04/18/religion-iglesia-opinion-manuel-fraijo-adios-al-alma-un-saber-de-creencia-no-de-evidencia.shtml

Es la hora de la vida nueva: Florentino Ulibarri


hace 4 horas

Es hora de entrar en la noche sin miedo,
de atravesar ciudades y pueblos,
de quemar lo viejo y comprar vino nuevo,
de quedarse en el corazón del mundo,
de creer en medio de la oscuridad y los truenos.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es hora de levantarse del sueño,
de salir al balcón de la vida,
de mirar los rincones y el horizonte,
de asomarse al infinito aunque nos dé vértigo,
de anunciar, cantar y proclamar.
¡Es hora de la vida nueva!

Es hora de romper los esquemas de siempre,
de escuchar las palabras del silencio,
de cerrar los ojos para ver mejor,
de gustar su presencia callada,
de andar por los desiertos.
¡Es hora de la vida nueva!

Es hora de despertar al alba,
de descubrir su presencia entre nosotros,
de iniciar caminos nuevos,
de andar en confianza,
de pasar a la otra orilla.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es la hora de confesar la vida,
de hablar poco y vivir mucho,
de arriesgarlo todo apostando por Él,
de sentarse a la mesa y calentar el corazón,
de esperar contra toda esperanza.
¡Es la hora de la vida nueva!

Es la hora del paso de Dios por nuestro mundo
lavando los pies y las heridas más íntimas,
acercándose a nuestras miserias y sembrando esperanza,
levantando la vida que se cae o es derribada
llenando de semillas nuestras alforjas vacías.
¡Es la hora de la vida nueva!

http://pazybien.es/es-la-hora-de-la-vida-nueva/?utm_campaign=Boletín+Pazybien.es&utm_content=%5B%5Brssitem_title%5D%5D&utm_medium=email&utm_source=getresponse&utm_term=%5B%5Brssi

LA RESURRECCIÓN: ANDRES TORRES QUEIRUGA


 https://www.youtube.com/watch?v=EIEYcdkGrbk
A Raíz de las Preguntas Que formulan los asistentes, Andrés Tiene La Oportunidad de aclarar y Completar la Exposición of this tema Amplio bronceado. ¿QUÉ SENTIDO t …
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MESA REDONDA ESPIRITUALIDAD Y POLÍTICA.


Redonda espiritualidad y Política.Mesa

Publicado: 17 Abr 2017 12:28a.m. PDT

Muchas  y muchos me habéis pedido el enlace de la  mesa redonda del Círculo de espiritualidad de Podemos

https://www.youtube.com/watch?v=mXEOcHnO4Zk

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