Bellísimo video sobre la cosmovisión andina a través del tejido


  Publicado el 03/05/2017 por ciseiargentina

Video acerca de los tejidos andinos, creado por Mariana Tschudi, inspirado en las enseñanzas de Mario Osorio Olazábal, para la muestra de Arte Pachatopías del PUCP en el Museo Amano, Abril 2017.

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  Categoría: ArtesEspiritualidadPueblos Originarios 

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PISTAS CLAVES BUSCANDO A DIOS. Olga Lucia Álvarez Benjumea ARCWP*


Qué rico hablar de un Dios, que nos ama, nos protege, acompaña, está cerca, no nos falla, no nos olvida, no nos margina. Decía Sor Isabel de la Trinidad, (OCD): “He hallado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi”. Este pensamiento de Sor Isabel, me lo dio a conocer mamá.

Cuando era niña, en la Novena de Navidad, nos escondía una imagen de Jesús Niño, y salíamos a buscarlo, por el camino íbamos encontrando algunas pistas hasta encontrarlo. Pues bien, en la actualidad creo todavía seguimos buscándole.

Desafortunadamente, hemos perdido mucho tiempo siguiendo pistas falsificadas y enredadas.

No podemos seguir buscándole tan alto, tan alto, que no los podemos alcanzar y menos encerrado y escondido, que no nos permite ni verlo, ni tocar.

Primera pista: Recuperemos a Aquel Dios, que se encarnó y se hizo humano, dejando su Cielo, para estar entre nosotras/os, (Lc 1,26-38).

Segunda pista: En ningún momento Dios ha dicho que solo los varones son la imagen de El, ¡ver Génisis 1:26 y menos cuando alguien dijo que no teníamos alma las mujeres!  “Argumentos” infundados, que la Iglesia, hasta la fecha, no ha corregido ni descartado. Es su argumento principal, para negar la ordenación a las mujeres, en la Iglesia Católica, Canon 1024.

Tercera pista: No esperemos a que nos estén aplaudiendo o alabando y dando “like” pretendiendo hacer protagonismo. “Es preciso que El crezca y yo disminuya” Juan 3.30

Cuarta pista: Las devociones acostumbradas, no son ni para comprar el cielo, ni pedir milagros, han de ser para buscar, conocer a Dios y darlo a conocer. “Misericordia quiero y no sacrificios” Oseas 6:6-7,Mateo 9:10-13,Mateo 12:1-8 .

“Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios”. Salmo 40:6.

Quinta pista: Los discípulos de Jesús, tampoco habían entendido las pistas claves que el Maestro les dio, para conocer a nuestro Padre, por eso la respuesta que Jesús le dio a Felipe: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? Juan 14:8:10.

Sexta pista: No podemos seguir anunciado un Cristo crucificado, Cristo ha resucitado, si no hubiera resucitado vana es nuestra fe nos dice San Pablo:1 Corintios 15:14

Séptima pista: Dios no es un dios, que deja morir a sus hijos/s de hambre, que los abandona a su suerte, que no escucha. Dios no necesita intermedios para comunicarse y estar pendiente de nosotras/os sus hijos/as, Cristo vino al mundo para tener vida y vida en abundancia, “Yo soy la luz del mundo, Yo soy el pan de vida, Yo soy la resurrección, Yo soy el camino la verdad y la vida”: Juan 10:10b.

Octava pista: Respiramos el aliento de Dios. Dios siempre ha estado activo en la Creación, su presencia se ve y se siente, en cada detalle de la Creación: En el principio creó Dios los cielos y la tierra.Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” Génesis 1:1-2.

Novena pista: Creo al ser humano infundiéndole su Espíritu, su aliento de vida, la comparte sin objeciones discriminatorias, ¿acaso quedan dudas de la inclusividad de Dios?, nombró al ser humano administrador para cuidar de la Creación. Génesis 1:26 y sopló en su nariz el aliento de vida, Génesis 2:7

Decima pista: No se refiere Jesús a templos, ni sitios exclusivos de adoración, como vemos hoy, y la aclaración y mensaje se lo está dando a una mujer…“Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”. Juan 4:21

No son estas pistas las únicas. Espero que las hayan disfrutado tanto como yo, cada pista me abrió más y más el horizonte para llegar a Dios.

*Presbitera católica

No la religión para la demostración (Show)


San Benito

La fiesta de San Benito se celebra el 11 de julio. 

Los antiguos Diálogos de Gregorio, la única fuente de material biográfico que tenemos en cualquiera de Benedict o de su hermana Escolástica, nos dicen plantas del estilo metafórica del tiempo que dan una idea de las cualidades y el carácter de los dos en lugar de simples detalles históricos . El trabajo de Gregory describe los siete milagros de Benito, y es en ellos que tomamos la medida del hombre. Cada una de estas historias tiene que ver con el cuidado de otro, no con las experiencias místicas o esotéricas visiones o éxtasis trascendentes. Benito, Gregorio nos dice, repara un plato roto de manera que no será castigado una criada para ser descuidado; revive un monje joven que había sido aplastado por una pared que cae durante el trabajo; rescata a un discípulo de ahogarse; se recupera del fondo del mar el mango del hacha de un trabajador itinerante, una herramienta valiosa, sin la cual el hombre estaría condenado al desempleo; que hace el signo más de una taza llena de veneno y rompe su poder; Totila se detiene el gótico a las puertas de la ciudad y trae paz a la región. 

Claramente, es siempre la condición humana que capta su interés, siempre necesidad humana en la que Benedicto concentra su fuerza espiritual. No es la religión para mostrar que la participación Benedict. Para Benedicto la vida espiritual no es una forma de escapar de los caprichos de la vida; es una manera de vivir la vida, en su forma más brutal, en su forma más simple, hasta la médula. 

Las historias son de fantasía a los oídos modernos, tal vez, pero lógicos para el corazón. Estas son las cosas de las que se hace la humanidad: la vida espiritual y comunidad humana. Como resultado, Benedict no brilla en la constelación humana de estrellas debido a que él es como un individuo. No, Benito y Escolástica se destacan en la historia no por una vida propia sino por lo que sus vidas hicieron por los siglos que los siguen. 

La Regla de San Benito no requiere gran ascetismo individual. La Regla de Benito requiere que las personas viven bien juntos en una cultura que utiliza un grupo por el bien de otro, que le dio el privilegio romanos y no romanos lugar más bajo. Las comunidades monásticas de Benito y Escolástica vivieron un tipo completamente diferente de la vida. “Servir unos a otros,” la Regla de Benito dice. “Escucha,” dice la Regla. “Que cada uno tome su lugar en la comunidad de acuerdo con el momento en que entró”, dice la Regla. Los principios son claros. comunidad humana debe basarse en el servicio mutuo, el respeto, la amabilidad, y la igualdad. La dominación de un sector de la sociedad por otro, el hecho de no examinar todos los aspectos de cada pregunta, la idea de que la violencia puede ser resuelto por la violencia, del intento de usar un grupo de la sociedad para la comodidad y conveniencia de otra destruir una sociedad en su raíces. 

No se sabe mucho acerca de Benito y Escolástica como individuos históricos, es cierto. Pero lo que sí sabemos es que se puso en medio de una sociedad en descomposición y se negaron a entrar en decadencia con él. Son iconos de la presente rostro de Dios. 

-Desde pasión por la vida (Orbis Books), de Joan Chittister

http://www.benetvision.org

Por una religiosidad laica. José M. Castillo, teólogo


espiritualidadjul032019 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Castillo1

Las declaraciones, que ha hecho el Nuncio de la Santa Sede, al despedirse de la Nunciatura de Madrid, están dando que hablar por un motivo comprensible. El representante oficial del Papa en España se ha despedido haciendo alusiones o dando su opinión sobre un problema, el enterramiento del dictador Franco, ante el que muchos españoles no son indiferentes.
Al hablar de este asunto, mi intención no es pronunciarme a favor o en contra del Nuncio cesante. Lo que pretendo es indicar el problema de fondo que se oculta en todo este asunto. Un problema que mucha gente no se imagina, pero que tiene más actualidad y envergadura de lo que normalmente se suele pensar o decir en estos casos.

¿A qué me refiero? El centro y eje del cristianismo, como bien sabemos, es el Evangelio. Y en el Evangelio, todo se centra en torno al personaje capital, que es Jesús. Pues bien, si la Iglesia tiene su origen en el Evangelio y su razón de ser es hacer presente ese mismo Evangelio, resulta evidente que los representantes oficiales de la Iglesia no pueden ir por el mundo haciendo y diciendo exactamente lo contrario de lo que, según los evangelios, Jesús hizo y dijo mientras estuvo en la tierra.

Esto supuesto, si algo hay claro en los evangelios es que Jesús fue un hombre profundamente religioso, que hablaba constantemente de su relación (y de nuestra relación) con el Padre del cielo. Y se pasaba las noches enteras en oración a Dios. Pero siempre hizo esas cosas de tal forma, que la vida de Jesús transcurrió, no sólo al margen de la “religión oficial”, la religión del templo y de los sacerdotes, sino que – sobre todo y como bien sabemos – Jesús “se enfrentó directamente” al templo y sus funcionarios, a muchos de sus rituales y ceremonias y al “yugo” (Mt 11, 29) de normas que los clérigos aquéllos le imponían a la gente.

De tal forma que Jesús entendió y practicó la religión de tal manera, que aquello terminó en un conflicto mortal. Porque, como es bien sabido, fue el Sanedrín (el Consejo Supremo de la Religión) el que condenó a muerte a Jesús (Jn 11, 47-53). Y el que forzó a las autoridades civiles y militares para que ejecutaran la sentencia de la forma más cruel que había entonces.

Esto es lo que ocurrió. Pero ¿por qué se produjo aquel crimen? No fue por defender la religión, que estaba bien defendida. Ni fue por proteger a los Sacerdotes y sus ganancias. El templo y sus hombres eran la gran fuente de riqueza que tenía Jerusalén en aquel tiempo, como bien han demostrado los mejores estudiosos de esta historia (cf. J. Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Madrid, Cristiandad, 1977).

Entonces, ¿por qué persiguieron y mataron a Jesús? Sencillamente porque Jesús vio, con claridad meridiana, que lo más urgente y apremiante, en este mundo, no es el sometimiento a los que tienen el poder, aunque sea el poder sagrado de la religión. Lo más importante, que no admite espera, es remediar el sufrimiento de los que no pueden seguir, hundidos como están en sus carencias y miserias. Por eso Jesús curaba a los enfermos, acogía a pecadores y extranjeros, defendía a las mujeres, se ponía de parte de niños, mendigos y gente desamparada.

Sin duda alguna, todo esto es lo que irritaba a los hombres de la religión. Sobre todo, cuando Jesús les dijo en su cara que habían hecho del templo “una cueva de bandidos”. ¿No se daban cuenta los “profesionales de lo sagrado” – los de entonces y los de ahora – que la religión o es “laica” (del pueblo, de todos por igual) o no es religión, es decir, no nos lleva a Dios, porque a donde nos lleva derechos es a la tranquilidad de la conciencia y al “señorío del disparate”, como ha dejado patente el Nuncio que se va?

Y es que, cuando un colectivo de hombres se cree que es superior a los demás, porque sabe más y puede más que los demás, ¿no se puede sospechar con fundamento que la experiencia religiosa que nos predica ese colectivo ya no es de fiar, porque nos remite a una falsa religión?
Cada día veo más claro que la religión del futuro es la “religión laica”. Que no es la religión que niega a Dios. Eso es una burda contradicción. La “religión laica” es la religión que nos iguala a todos. Y a todos nos concentra en la firme convicción que se centra en este criterio: una conducta ética tan honesta y tan transparente que no tenga más explicación que la existencia de un más allá y la experiencia de un Padre que es la clave que explica lo que nunca llegaremos a explicar.

http://www.redescristianas.net

El Cuerpo y la Sangre de Cristo – C (Lc 9,11-17)


Evangelio del 23 / Jun / 2019Publicado el 17/ Jun/ 2019por Coordinador – Mario González Jurado

EN MEDIO
DE LA CRISIS

Muchas personas siguen sufriendo de muchas maneras crisis económica. No nos hemos de engañar. No podemos mirar a otro lado. En nuestro entorno más o menos cercano nos iremos encontrando con familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas de desahucio, vecinos golpeados por el paro, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación.

Nadie sabe muy bien cómo irá reaccionando la sociedad. En algunas familias podrá ir creciendo la impotencia, la rabia y la desmoralización. Es previsible que aumenten los conflictos. Es fácil que crezca en algunos el egoísmo y la obsesión por la propia seguridad.

Pero también es posible que vaya creciendo la solidaridad. La crisis nos puede hacer más humanos. Nos puede enseñar a compartir más lo que tenemos y no necesitamos. Se pueden estrechar los lazos y la mutua ayuda dentro de las familias. Puede crecer nuestra sensibilidad hacia los más olvidados.

También nuestras comunidades cristianas pueden crecer en amor fraterno. Es el momento de descubrir que no es posible seguir a Jesús y colaborar en el proyecto humanizador del Padre sin trabajar por una sociedad más justa y menos corrupta, más solidaria y menos egoísta, más responsable y menos frívola y consumista.

Es también el momento de recuperar la fuerza humanizadora que se encierra en la eucaristía cuando es vivida como una experiencia de amor confesado y compartido. El encuentro de los cristianos, reunidos cada domingo en torno a Jesús, ha de convertirse en un lugar de concienciación y de impulso de solidaridad práctica.

Hemos de sacudir nuestra rutina y mediocridad. No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren. No podemos compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan y de justicia. Es una burla darnos la paz unos a otros olvidando a los que van quedando excluidos socialmente.

La celebración de la eucaristía nos ha de ayudar a abrir los ojos para descubrir a quienes hemos de defender, apoyar y ayudar en estos momentos. Nos ha de despertar de la «ilusión de inocencia» que nos permite vivir tranquilos, para movernos y luchar solo cuando vemos en peligro nuestros intereses. Vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús. Nos puede ayudar a vivir con lucidez cristiana, sin perder la dignidad ni la esperanza.

José Antonio Pagola

http://www.gruposdejesus.com/el-cuerpo-y-la-sangre-de-cristo-c-lc-911-17/

COLOMBIA: HACIENDO REAL LA PAZ. SAN JOSÉ DE APARTADÓ, COMUNIDAD DE PAZ.


Olga Lucia Álvarez Benjumea ARCWP

Hoy he conocido la Historia más hermosa, tejida en medio del dolor, bañada en hilos de lágrimas, unas veces de tristeza y otras de sueños y esperanza, hecha realidad.

Hemos creído que el solo hecho de pronunciar la palabra fraternidad, comunidad, no es sino sentarnos a esperar que todo lo que ellas nos significan aparezcan como por arte de magia. Muy fácilmente sentamos cátedra y hacemos homilías hermosas, dando lecciones para que otras/os las practiquen, Mat 23:4.

Esta experiencia tiene más de 20 años de estar trabajando, construyendo y haciendo realidad la PAZ en nuestro país.

Es una población que le ha tocado ser desplazada, compuesta por 80 familias campesinas de diferentes veredas y poblaciones, que se han organizado, que han aprendido a convivir unidas teniendo como principio el no participar en ningún grupo que genere guerra o violencia, no aceptando en su Comunidad miembros que apoyen o participen en cualquier grupo armado, llámese como se llame, -lejos de estigmatizar como discriminación-. Esto lo viven intensamente como una objeción de conciencia.

Laboran unidos, sobre todo se protegen mutuamente, en aquel sentir presente a Dios en cada ser humano: “Yo soy tu”. Se han propuesto erradicar todo aquello que divide la Paz en la Comunidad, como las bebidas embriagantes (alcohol), alucinógenas, es no a la participación en cultivos de carácter ilícito.

Buscando solidaridad, apoyo para las familias integrantes de dicha Comunidad de la No-violencia, acudieron a las instituciones previstas oficial y legalmente por la Constitución colombiana para protección y defensa ante la injusticia y violación de los Derechos Humanos, donde tuvieron la “grata sorpresa” de darse cuenta del humo de corrupción que las envuelve, viéndose en la necesidad de abstenerse de estar involucrados en un sistema que en nada les beneficia y protege, espacios donde se encuentran víctimas y victimarios haciendo “cola”, lo que les hace, renunciar totalmente de esperar cualquier apoyo que viole y ofenda la dignidad de la Comunidad a la que pertenecen.

Las revanchas del poder y la política, no se hicieron esperar el boleteo, amenazas, asesinatos y masacres…no es desconocida la actividad oscura y solapada que han hecho siguen haciendo, ya que a los medios de comunicación no trascienden estas situaciones que se viven no solo en esta Comunidad de la No-violencia, sino en otros sitios de nuestro país.

Es más, el hecho de que la Corte Constitucional les haya reconocido el 23 de marzo de 1997 ha sido despertar toda la crueldad, sádica, contra esta Comunidad, que ha querido, quiere y lo es una Comunidad de Paz, así decidieron proclamarse en la celebración de la Eucaristía, como compromiso personal y comunitario, toda la Comunidad, ancianos, mujeres, hombres, jóvenes y niños. Todos unidos en aquella Eucaristía, celebraron e hicieron dar a conocer el significado de celebrar el Corpus Christi en vivo y en directo para que todo el mundo lo sepa, convocando de nuevo aquella invitación de Cristo: “Hagan esto en memoria Mía” Lucas 22:9, I Corintios 11:24-25.

Por ser una Comunidad de Paz, diferente, con estrategias para la producción colectiva, en terrenos colectivos, con una convivencia de fraternidad y apoyo, no ha faltado la amenaza y agresividad verbal, llevada a los hechos, para decirles: “por ser así diferentes, por no regirse por las normas del Estado, por no aceptar el desarrollo y el progreso, deben de ser desaparecidos, exterminados”.

Es una Comunidad de Paz, que, con hechos reales, nos está mostrando que el mensaje de Jesús es posible vivirlo: “amanse los unos a los otros” (Juan 15:12) y lo confirma Hechos de los Apóstoles, donde nos cuentan, acerca de un solo sentir, unidos todos/as en las primeras comunidades cristianas: Hechos 2:32-33.

Hoy, en medio de la situación de violencia en que vive nuestro país, embrutecida por el alcohol, la droga, la falta de empleo, salud, vivienda, educación, Esta Comunidad de Paz, se levanta con su mensaje y testimonio como una luz, anunciado el Evangelio para conocer, aprender de ellos/as: “Mirad cómo se aman” Juan 17:20-26, se ayudan y protegen mutuamente, ante la violencia de los poderosos y su imperio.

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Fiesta del Corpus Christi, Comunidad de Paz.

Gracias, Comunidad de Paz, San José de Apartadó, que cada vez se les conozca más, les apoyamos y protegemos.

Pentecostés: Espíritu de Dios, Iglesia de hombres


Una teología del Espíritu Santo

08.06.2019

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  En esta Vigilia de Pentecostés quiero reflexionar sobre el sentido el Espíritu Santo y su presencia en la Iglesia. En otras ocasiones, en este mismo blog, en las fiestas de Pentecostés, he presentado una visión más pastoral del Espíritu Santo. Este año he querido destacar el aspecto teológico del tema, desde la perspectiva de la biblia

Del mensaje de Jesús a Pentecostés

              La presencia pascual de Jesús resucitado como Espíritu de Dios se expande (visibiliza) en una iglesia o comunión escatológica de perdonados (liberados) que celebran su victoria sobre la muerte. De esa forma, la nueva Iglesia o comunión de los creyentes viene a presentarse como verdadero Israel, revelación y presencia de Dios en forma humana, como irán descubriendo los cristianos: 

− Los primeros cristianos (seguidores de Jesús, en Jerusalén), manteniéndose fieles a Jesús, tenían miedo de perder su identidad, pues al abrir el evangelio a los pecadores y gentiles podían destruir el tesoro de historia nacional israelita. Por eso, prefirieron esperar, como grupo de renovación escatológica, al interior del judaísmo, hasta que viniera Jesús de un modo glorioso, pues, a su juicio, no había llegado todavía el tiempo de la renovación universal por el Espíritu.

− Pero muy pronto, otros cristianos, partiendo de la misma fidelidad a Jesús,comprendieron que el Espíritu debordaba las barreras nacionales, fundando así una comunión escatológica, es decir, universal, de fieles liberados de la ley y abiertos por la fe y amor del Cristo a todas las naciones. Con ellos se iniciaba la nueva iglesia, tanto en la tradición de Pablo (cf. Ef 2, 14-22) como en la de Pedro (cf. Mt 16, 17-19) y la de Juan, desde el Dios‒Espíritu, que vincula en su verdad a judíos y samaritanos (con el mismo Pentateuco), y a todos los pueblos (cf. Jn 4, 24).

               Estos nuevos cristianos comprendieron que cerrados en un tipo de leyes particulares, por muy hondas y buenas que fueran, no podían abrirse a todos los pueblos de la creación (Gen 1). Ellos descubrieron así que, precisamente por haber sido (y ser) un buen israelita, Jesús debía abrir un camino de vida y salvación para todos los pueblos, no en forma de gran torre de Babel (cf. Gen 11), sino de comunión creyente:

− Jesús había superado con su vida y mensaje una estructura nacional de ley, convocando para su reino a los judíos perdidos-pecadores-expulsados, que se hallaban fuera de la alianza oficial y, de un modo indirecto, a los gentiles. Pues bien, en esa línea, los nuevos cristianos  descubren que, sin un acercamiento a los impuros y gentiles, trascendiendo un tipo de Ley nacional, pierde sentido el evangelio.

− Iglesia universal. Retomando el impulso de Jesús, tras un tiempo de “esperanza nacional judía”, los discípulos helenistas (representados ya por Hch 2, en el día de Pentecostés, antes de Hch 6‒7),convocan por la iglesia, para el Reino, a todos los hombres y mujeres. Así rompen la barrera israelita, para vincularles en una iglesia, sin más condición de entrada que la fe, sin más compromiso de vida que el amor en el Espíritu.  

Desde ese fondo, el libro de los Hechos cuenta la historia de la iglesia, como evangelio del Espíritu Santo, que se abre desde Jerusalén y Antioquía, por medio de Roma a todas las naciones. En principio, los primeros cristianos pascuales (y pentecostales), no habían querido crear una nueva religión, pero profundizando en su experiencia pascual, ellos crearon de hecho un espacio y camino de comunicación universal, como descubrimiento y despliegue de Pascua de Jesús[1].    

− Pascua, el Mesías crucificado. Jesús vivió y murió a favor de los excluidos, poniéndose así en manos Dios, que le recibió en su Vida (=Espíritu) de amor. Este había sido su milagro (es decir, su principio de identidad): un amor abierto en gratuidad a todos. Al principio, sus discípulos no lo comprendieron: escaparon, fracasados, y se escandalizaron ante el signo (realidad) del Cristo crucificado. Pero después volvieron a Jesús, en Dios, por el Espíritu, comprendiendo que la Pascua responde a la “lógica” de reino, como Amor universal que triunfa de la muerte.

− Pentecostés, el Espíritu. Los cristianos descubren y reciben por Cristo el amor pleno de Dios, que vincula a los hombres y mujeres, en gratuidad y comunión. La acción pascual de Jesús se expresa así en forma de Espíritu: el mismo Amor de comunión de Dios (del Padre y Jesús) se abre y ofrece a todos los hombres, como salvación y comunión universal. Jesús no ha recorrido su camino para sí, sino por todos (a partir de los excluidos). Por eso, su resurrección se expande y ofrece por pentecostés como Espíritu de vida universal.

             De esa forma se condensan y vinculan los diversos rasgos del misterio cristiano, como ha mostrado (descubierto) la tradición de la Iglesia que ha estructurado el mensaje y vida de Jesús en forma trinitaria (de Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu), desde Galilea (como hace Mt 28, 16‒20) o desde Jerusalén (como hace Hch 1‒2), manteniendo, retomando y expandiendo la historia y camino de la Biblia israelita[2].

− El foco central de Pentecostés (del Espíritu en la Iglesia) sigue siendo Jesús, pretendiente mesiánico crucificado a quien el Padre ha engendrado como Hijo (en Vida pascual), haciéndole principio y germen de comunión humana (=divina). Ciertamente, muchos judíos aguardaban la Resurrección para el fin del tiempo, como sabe Marta (Jn 11, 24), pero los seguidores de Jesús han descubierto y confesado que esa resurrección se expresa y anticipa en la pascua de Jesús, de forma que los cristianos ya no dejan su esperanza para el fin, sino que viven desde ahora en la gracia y presencia de Jesús resucitado.

− En la base de Pentecostés está Dios Padre, que ha resucitado a Jesús: le ha recibido por su Espíritu, ofreciéndole su Vida y haciéndolo principio de salvación universal, en este mismo tiempo, por encima de un judaísmo nacional. Por eso, la resurrección no es una experiencia del fin, sino expresión y principio de un camino abierto a todos los hombres. Así se manifiesta Dios por la resurrección como Padre verdadero de todos los hombres, en el tiempo actual (cf. Rom 4, 24), por Jesús resucitado. Dios es Padre porque ha recibido a Jesús en su Vida (Espíritu), al resucitarle de los muertos.

− Pentecostés es el don y la apertura del Espíritu de Cristo a todas las naciones, como experiencia y tarea de amor íntimo y universal que brota de la pascua y que se abre a todos los hombres y mujeres. Ese Dios‒Espíritu no es sólo del Padre, ni tampoco de Jesús, sino el Dios Todo‒en‒Todos (cf. 1 Cor 15, 28), Dios que se expresa en la pascua de Jesús y unifica en comunión de libertad a todos los hombres y mujeres. En esa línea podemos hablar no sólo de la “encarnación” del Hijo/Logos de Dios en Cristo sino también de la comunicación (encarnación comunitaria) del Dios‒Espíritu en la Iglesia, como saben y dicen Lc 24 y Hech 1-2, con Jn 20, 19-23 y las Cartas de la Cautividad (Col-Ef)[3].

El Espíritu es Amor, testimonio de Pablo

                        Como he venido diciendo (cf. cap. 18 y 25), Pablo ha colocado en el principio de la confesión cristiana la muerte de Jesús como mesías (hijo) de David según la carne y  su resurrección como hijo de Dios en poder, “según el Espíritu de Santidad” (Rom 1, 3‒4). Sólo a través de ese “fracaso” en un plano de carne (cf. Flp 2, 6-11), por su entrega en amor liberador hasta la muerte, él ha venido a mostrarse Hijo de Dios por el Espíritu, abriendo para todos (no sólo para los israelitas) un camino de libertad y de gracia, en clave de resurrección[4].

 Si el Espíritu de aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en vosotros,  el que ha resucitado al Cristo de entre los muertos . vivificará también vuestros cuerpos mortales, . en virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8, 11).

           El mismo Dios, que ha resucitado a Jesús, nos resucitará por su Espíritude forma que podrá surgir así en nosotros la nueva humanidad, conforme al principio de la filiación, que hemos destacado en el capítulo anterior (cf. Gal 4,1‒7). La vida en el mundo resultaba servidumbre (douleia): la Ley nos mantenía esclavizados, vivíamos divididos, varones y mujeres, judíos y griegos, esclavos y libres (Gal 3, 28). Para superar esa situación y liberar a los hombres, ha enviado Dios a su Hijo, dándole su Espíritu, para que los hombres puedan superar en él superar la esclavitud interior, la violencia mutua:

       No habéis recibido un Espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que habéis recibido un Espíritu de filiación, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos con Cristo… (Rom 8, 15-17)

        En plano externo, los cristianos siguen viviendo en un nivel de carne: sometidos al temor de la muerte. Pero, en su nivel más hondo, ellos han recibido por Cristo al mismo Dios‒Espíritu, para ser hijos, ciudadanos de dos mundo: (a) Inmersos en la vanidad del tiempos (cf. Rom 8, 20). (b) Habitando en el Dios‒Espíritu:

 ‒ Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu... gemimos por dentro, aguardando ansiosamente la filiación, la redención de nuestro cuerpo…

‒ Pero… el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues no sabemos orar como debiéramos, y el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles (Rom 8, 23-27).

        Entre la creación cautiva y la libertad-filiación de Dios habitamos los creyentes, animados por el Dios‒Espíritu, que Pablo ha interpretado como Presencia esperanzada de Jesús. El mismo Dios‒Espíritu que ha resucitado a Jesús, Hijo de Dios, se manifiesta como Espíritu filial, presencia del Padre en nuestra vida. De esa forma, la experiencia de pascua (Dios ha resucitado a Jesús) es principio de nuevo nacimiento y esperanza trinitaria, de forma que  podemos distinguir dos hombres (a) Adán fue alma viviente, en un nivel de tierra (cf. Gen 2-3). (b) Jesús, segundo Adán, es Espíritu vivificante y pertenece al cielo por la resurrección, siendo así dador de vida (1 Cor 15, 45-47).

El primer Adán era hombre de tierra, que vuelve a la tierra en fragilidad. El segundo Adán es Cristo, Hijo de Dios resucitado, que ha vencido a la muerte y actúa como Espíritu vivificador en los creyentes. En esa línea podemos decir con 2 Cor 3, 17 que la letra de la Ley (una Biblia interpretado de modo carnal/legal), escrita en tablas de piedra, encierra al hombre en un nivel de muerte (dureza, oscuridad, mentira), mientras que el Dios‒Espíritu de Cristo, inscrito en los corazones, nos introduce en la Vida, rasgando el velo de Ley que Moisés había puesto ante su rostro: “Porque el Señor (=Jesús resucitado) es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor allí está la libertad” (cf. 2 Cor 3, 17).

            Este ha sido para Pablo el gran descubrimiento: Dios nos había hecho libres, pero hemos sido esclavizados bajo los elementos del mundo (sistema cósmico) y las leyes y normas que nacen del miedo de la muerte que es base y contenido de toda esclavitud (Gal 3; Hbr 2, 14-15; cf. bien-mal: Gen 2-3). Pero, muriendo por nosotros, Cristo nos ha liberado de esa muerte no sólo para el fin del tiempo, sino en el tiempo actual, de forma que  en él superamos el miedo a la muerte y podemos vivir en libertad de amor, pues allí donde está el Espíritu del Señor está la libertad (cf. 2 Cor 3), y eso no sólo para el tiempo futuro, sino para el mismo tiempo actual[5].

Nueva creación, mensaje de Juan

       Como he puesto de relieve en cap. 22, el evangelio de Juan es una catequesis del Espíritu, que culmina en la experiencia del Paráclito. Desde ese fondo se puede evocar el texto clave de Jn 2, 5, donde Jesús dice a Nicodemo: “En verdad te digo, si alguien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn 3, 5). Nicodemo, maestro judío, tiene interés por Jesús, pero se ve con él de noche (Jn 3, 1), por miedo a los judíos (es decir, a un grupo de poder establecido). Pues bien, en este contexto, Jesús le responde apelando al Dios‒Espíritu, que se expresa en forma de “nacimiento superior”, del agua y del Espíritu (cf. cap. 24)[6].

En el contexto anterior se sitúa un pasaje donde, en vez del maestro judío en la noche (Nicodemo) aparece a pleno día la mujer samaritana, junto al pozo de Jacob, donde Jesús le pide agua, para ofrecerle después un agua superior de vida (cf. Jn 4, 4‒10). Este pasaje, lleno de resonancias bíblicas, recoge la historia de los samaritanos, que siguen “bebiendo del pozo de Jacob” (comparten el mismo Pentateuco de los judíos) pero, según la tradición de los judíos, ellos se han prostituido con varios maridos (pueblos o dioses) paganos. En este contexto, cuando la mujer le pregunta dónde se debe adorar a Dios, Jesús responde:

       Créeme, mujer: viene la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Pero llega la hora y es esta en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en Verdad; estos son los adoradores que Dios busca: Dios es Espíritu, y quienes le adoran deben adorarle en Espíritu y Verdad (Jn 4, 21-24)

          Judíos y samaritanos estaban divididos por sacralidades de montes y templos sagrados, por etnias y grupos sociales (siendo israelitas, con un mismo Pentateuco). Pues bien, ahora todos pueden y deben unirse en el mismo Dios Espíritu y Verdad de Jesucristo. Eso lo sabían los judíos helenistas (Filón alejandrino, el libro de la Sabiduría), pero no habían podido concretarlo en forma de comunión personal y religiosa. En contra de eso, por encima de las sacralidades particulares, Jesús ofrece a esta mujer (y a los samaritanos), junto al pozo de Jacob, lo que él ha ofrecido en Jerusalén a Nicodemo: el nuevo nacimiento en el Dios‒Espíritu y Verdad.

Desde ese fondo quiero citar otro pasaje, el más misterioso y profundo, situado en el templo de Jerusalén, donde los judíos celebraban el despliegue de la vida (agua) de Dios y la esperanza de culminación final en la fiesta de los Tabernáculos, cuando Jesús ofrece el agua (Espíritu) de vida, que brota de su seno (y del de los  creyentes):

 El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, en pie, gritaba: Si alguien tiene sed que venga a mí y que beba. Quien cree en mí (como dice la Escritura), de su seno brotarán ríos de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7, 37‒38)

             La fiesta de los Tabernáculos era (y sigue siendo) para muchos judíos la más importante, porque recuerda el camino de los hebreos por el desierto y anticipa la entrada en la tierra prometida. En ese contexto sitúa Juan un discurso muy significativo de Jesús (Jn 7, 37-53) que comienza con la evocación de las aguas sagradas, que marcarán la llegada del tiempo escatológico (Jn 7, 3-38), aguas de Siloé que brotan bajo el templo, visibles y vivas todavía, en un sentido externo, como signo de la protección de Dios, que los judíos antiguos habían despreciado, buscando alianzas militares con los ríos de Egipto o Mesopotamia, en la guerra siro-Efraimita (siglo VIII a.C.; cf. Is 8, 6).

Tras la caída de Jerusalén, destruida por los babilonios, proclamó el profeta Ezequiel su más alta profecía del agua: El mismo templo se convertirá en manantial de vida hacia el oriente… El agua irá bajando desde el interior del santuario… y crecerá hasta convertirse en un gran río (Ez 47, 1ss), corriente de vida mesiánica, presencia de Dios y trasformación de la tierra desierta, bajando de Jerusalén al Mar Muerto. En esa línea sigue Zacarías, diciendo que aquel día brotará un manantial de Jerusalén; la mitad fluirá hacia el mar oriental, la otra mitad hacia el occidental, lo mismo en verano que en invierno (Zac 14, 8-9; cf. Ap 22, 1-2).

En ese contexto se sitúa la palabra de Jesús (Jn 7, 37‒38), que se eleva y habla, como templo verdadero y fiesta definitiva de Dios (cf. cap. 9), poniéndose en pie y proclamando una palabra radical (“si alguien tiene sed que venga a mí y que beba; quien cree en mí, como dice la Escritura, de su seno brotarán ríos de agua viva”), que puede interpretarse de dos maneras (como es normal en otros textos de Juan):

 ‒ 1ª interpretación: “Si alguien tiene sed que venga a mí, y que beba el que cree en mí (=en Jesús), (pues) como dice la Escritura de su seno (de Jesús Mesías) brotarán corrientes de agua viva”. El mismo Jesús aparece así como seno o cavidad profunda de la que brotan ríos de agua viva. Esta versión, que nos pone ante la imagen del “mesías fuente” del Espíritu de Dios (del agua viva; cf. Sal 21), concibe al creyente como “sediento de Dios”, y, en nuestro caso, “de Cristo”, enviado de Dios, pues él es la fuente de Dios, manantial del Espíritu: De Jesús brota la vida‒agua de Dios.

‒ 2ª interpretación. Resulta filológicamente más probable, por el testimonio de los lectores antiguos, y por la forma de colocar la expresión “el que cree” (ho pisteuôn), que suele hallarse casi siempre al comienzo de una nueva frase. Dice así: “Si alguien tiene sed que venga a mí y que beba. Quien crea en mí, como dice la Escritura, de él (es decir, del creyente) brotarán ríos de agua viva”. Esta lectura responde mejor a la construcción del texto griego, y a la dinámica del paralelismo poético semita, que divide el texto en dos frases: (a) Cristo es la fuente de vida, manantial del Espíritu de Dios. (b) Quien crea en Cristo vendrá a convertirse también en manantial del Espíritu divino.

             Ciertamente, la fuente del agua de Vida (vinculada según Is 43, 9; Ez 47, 1‒12; Zac 14, 8 y Joel 4,16 por el templo de Jerusalén) es Cristo que dice: “quien tenga sed que venga a mí y que beba”. Pero, al mismo tiempo, al recibir el agua de Jesús, los creyentes se convierten ellos mismos en manantiales de agua viva (esto es, del Espíritu Santo), conforme a la imagen de Gen 2, 9‒14, donde se evoca el manantial convertido en cuatro ríos/torrentes que riegan y dan vida al Edén de Dios.

            Eso significa que, naciendo del Espíritu de Dios por Cristo (en la línea de Jn 1, 12‒13), los creyentes son también “fuente de Dios”, “como dice la Escritura”[7], en un contexto cristológico muy preciso, paralelo al de Jn 1 18: “Nadie ha visto a Dios, sólo el Hijo/Dios unigénito que estaba en el seno de Dios nos lo ha revelado”. En esa línea se añade aquí que “antes/fuera de la pascua de Jesús no hay espíritu”:

             Esto lo dijo refiriéndose al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él.  pues todavía no había Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado (Jn 7, 39).

        Esa interpretación ha de entenderse en la línea del radicalismo cristológico de Juan que aplica a Jesús todo el AT (ratificando de esa forma su valor), para expresar así su más hondo sentido. En esa línea, este pasaje afirma que no había Espíritu (no actuaba: oupô ên), pues Jesús no había sido aún glorificado, como supone todo el evangelio de Juan y como ratifica la escena del “costado/pulmón abierto” (pleura, cf. 19, 34‒35), del que brotó sangre y agua (es decir, su vida, su Espíritu).        

        Jesús resucitado es manantial del Agua/Dios/Espíritu, que se abre y corre para todos (como las del paraíso: Gen 2, 10-14; Ap 22, 1-2), pero de tal forma que se hacen (son) manantial de Espíritu y vida para todos los creyentes, convertidos en templo de Dios, de manera que del interior de ellos (habitado por Dios) brota el agua para todos, pues cada uno puede y debe decir, en este contexto, como Cristo: “Si alguien tiene sed que venga a mí y que beba”.

Aquellos que beben del agua de Jesús vienen a convertirse en manantial o manadero de Dios, pues cada creyente es Cristo, templo de Dios, y de su mismo seno (convertido en manantial de Dios) brota el Agua/Espíritu de vida. Jesús quiere, según eso, que todos los creyentes se vinculen por medio del Espíritu, que brota como río de su seno (del de todos), de forma que cada uno sea también manantial de Dios[8].

[1] Cf. G. Barth, El bautismo en el tiempo del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1986 M. A. Chevallier, L’ Esprit et les Messie dans Le Bas-Judaïsme et le Nouveau Testament, EHPR 49, París 1958; J. de Goitia, La fuerza del Espíritu. Pneuma-dynamis, Un. Deusto, Bilbao 1974; O. Knoch, El Espíritu de Dios y el hombre nuevo, S.Trin., Salamanca, 1977;   H. Mühlen, El Espíritu Santo en la Iglesia, Sec. Trinitario, Salamanca 1998; P. Pagano, El Espíritu Santo- Epíclesis- Iglesia, Sec. Trinitario, Salamanca 1994.

[2] En la línea de Mt 28, 16‒20, al extender el evangelio desde Galilea, se podía pensar que la Biblia y el judaísmo oficial habían perdido su sentido, se habían cumplido ya, y sólo quedaba la enseñanza de Jesús. Pues bien, a diferencia de Mateo, al situar el primer Pentecostés de la Iglesia en Jerusalén (no en Galilea), Lucas quiere retomar el camino más oficial (judío), aunque lo hace desde la perspectiva de Jesús.

[3] Los cristianos saben por un lado que todo se ha cumplido (pascua de Jesús) y por otro descubren que todo está empezando, por Pentecostés, como nueva creación, en comunión (salvación) para todos los hombres. La primera creación (Gen 1) fue obra del Espíritu de Dios (que se cernía sobre las aguas del abismo), haciéndose Palabra creadora que separa y vincula (coloca en su lugar) a cada uno de los elementos. La segunda (Hech 2) es obra del Espíritu de Cristo, que se posa como lenguas de fuego sobre los creyentes, abriéndose a todos los pueblo.

[4] Bibliografia sobre el Espíritu en Pablo en cap. 19. En espacial, cf. J. D. G. Dunn, El cristianismo en sus comienzos. Comenzando desde Jerusalén II, 1. Verbo Divino, Estella 2012,579‒759; L. W. Hurtado,Señor Jesucristo. La devoción a Jesús en el cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 2008; H. Räisänen, El nacimiento de las creencias cristianas, Sígueme, Salamanca 2011; G. Theissen, La Religión de los primeros cristianos, Sígueme, Salamanca 2002.

[5] Eso significa que el Dios‒Espíritu pascual de Jesús no es sólo esperanza de futuro, sino experiencia actual de vida, en libertad y amor universal (cf. Gal 3, 1-5). Desde ese fondo, superando la Ley nacional judía, Pablo apela al Espíritu de Cristo, recibido por fe (Gal 3, 1-3) y expresado en “amor, gozo, paz” (cf. Gal 5, 22). En esa línea, identifica el Espíritu Santo con el amor mutuo, como signo de resurrección en el amor, por encima de los “carismas particulares” de los creyentes (1 Cor 12-14.

            Algunos cristianos de Corinto habían preguntado a Pablo sobre los pneumatiká (dones espirituales) que se habían vuelto objeto de discordia en la comunidad. Pues bien, por encima de unos “dones” más particulares, de tipo extático, Pablo apela al amor en unidad, diciendo que los carismas individuales o grupales han de estar al servicio del “cuerpo” de la iglesia (cf. 1Cor 12, 12-26). No son valiosos en si, como separados, sino en cuanto vinculan en amor a los cristianos, entre quienes los más importantes son aquellos que parecen más pobres; por eso, la unidad del Espíritu (experiencia pascual) se expresa como servicio a los excluidos, en la misma Iglesia, entendida como cuerpo de Jesús resucitado, presencia y acción compartida del Dios Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12, 1-11.27-31; 14, 26-33).

            En esa línea, en el centro de la gran unidad sobre la Iglesia (1Cor 12-14), el mismo Pablo (o un posible recopilador posterior de su obra) identifica la presencia y acción del Espíritu con el Amor (1 Jn 4, 8) en el que todo se centra y culmina (1 Cor 13). Tanto el don de lenguas, como los milagros y profecías, lo mismo que la fidelidad creyente, son expresión del Amor, son Espíritu‒Dios, como presencia gratuita y comunión de vida, por encima de una ley impuesta desde fuera, pues el Dios‒Espíritu es el mismo Dios‒Amor en Cristo (cf. Jn 21, 15-19; Rom 12, 9‒21. 14, 8‒14).

[6] El Dios‒Espíritu es nuevo nacimiento, en interioridad y misterio: “sopla” cómo y dónde quiere, “de manera que no escuchas su voz externa, pero sabes que te impulsa”. De esa forma, Jesús dice a los judíos, a través de Nicodemo, que no tengan miedo del Espíritu, que acojan su voz, pero no de una manera puramente interna, pues su bautismo está vinculado con el agua exterior de la pertenencia común (eclesial) de los que nacen en Cristo.

[7] No es fácil concretar en qué lugar lo dice, y es muy posible que se trata de una cita‒interpreración genérica de Ez 47 o Zac 14. Pero esa cita puede referirse de un modo más extenso, a una serie de pasajes, de tipo básicamente sapiencial en los que el justo/creyente aparece como fuente de vida, desde Prov 18, 4 y Cant 4, 15 hasta Eclo 24, 30‒31, que identifica la fuente del templo con la Escritura, y, al mismo tiempo, con aquellos que la acogen y se convierten en fuente de vida de Dios para otros.

[8] Este tema, menos explorado por la teología, puede y debe vincularse con Jn 14, 12 (cf. cap. 22) donde Jesús dice a los creyentes realizarán obras aún mayores que las suyas, pues él va al Padre. El mismo Jesús resucitado ofrece a los creyentes el poder del Espíritu Santo, no sólo para realizar obras como (y aún mayores que) las suyas, sino para ser portadores/engendradores de Dios, fuente del Espíritu Santo.

http://www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/Pentecostes-Espiritu-Dios-Iglesia-hombres_7_2128057195.html

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