LENGUAJE, SÍMBOLOS Y AUTOCOMPRENSIÓN: PADRE RON ROLHEISER


Pixabay / Dominio Público

Miércoles 15 De Mayo De 2019 Espiritualidad.

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El lenguaje que utilizamos para entender una experiencia define lo que la experiencia significa para nosotros.

Un reportero una vez preguntó a dos hombres en el sitio de construcción donde se estaba construyendo una iglesia qué se ganaba la vida cada uno. El primer hombre respondió: “Soy albañil”. El segundo dijo: “¡Estoy construyendo una catedral!” Cómo nombramos una experiencia determina en gran medida su significado. 

Hay varios idiomas dentro de un idioma, y ​​algunos hablan más profundamente que otros. 

Hace treinta años, el educador estadounidense, Allan Bloom, escribió un libro titulado “El cierre de la mente estadounidense”. Esta fue su tesis: nuestro lenguaje actual se está volviendo cada vez más empírico, unidimensional y sin profundidad. Esto, afirma, está cerrando nuestras mentes al trivializar nuestras experiencias.

Veinte años antes, en un ensayo bastante provocativo, “El triunfo de la terapéutica”, Philip Rieff ya había sugerido lo mismo. Para Rieff, vivimos nuestras vidas bajo una cierta “cobertura simbólica”, es decir, dentro de un lenguaje y conjunto de conceptos mediante los cuales interpretamos nuestra experiencia. Y ese seto puede ser alto o bajo. Podemos entender nuestra experiencia dentro de un lenguaje y un conjunto de conceptos que nos hacen creer que las cosas son muy significativas o que son bastante superficiales y no muy significativas en absoluto. La experiencia es rica o superficial, dependiendo del lenguaje en el que la interpretamos.



Por ejemplo: imagina a un hombre con dolor de espalda que ve a su médico. El médico le dice que está sufriendo de artritis. Esto trae algo de calma. Ahora sabe lo que le aflige. Pero no está satisfecho y ve a un psicólogo. El psicólogo le dice que sus síntomas no son solo físicos, sino que también sufre una crisis de la mediana edad. Esto le proporciona una mejor comprensión de su dolor. Pero todavía está insatisfecho y ve a un director espiritual. El director espiritual, aunque no le niega la artritis y la crisis de la mediana edad, le dice que este dolor es realmente su Getsemaní, su cruz para soportar. Observe que los tres diagnósticos hablan del mismo dolor, pero que cada uno lo coloca bajo un seto simbólico diferente.

El trabajo de personas como Carl Jung, James Hillman y Thomas Moore nos ha ayudado a entender más explícitamente cómo hay un lenguaje que toca más profundamente el alma.

Por ejemplo: vemos el lenguaje del alma, entre otros lugares, en algunos de nuestros grandes mitos y cuentos de hadas, muchos de ellos de siglos de antigüedad. Su aparente simplicidad enmascara una profundidad desarmadora. Para ofrecer solo un ejemplo, tome la historia de “Cenicienta”. Lo primero que hay que notar es que el nombre, Cenicienta, no es un nombre real sino un compuesto de dos palabras: “Cinder”, que significa cenizas; y “Puella”, que significa niña. Este no es un simple cuento de hadas sobre una joven solitaria y abatida. Es un mito que destaca una dinámica universal, paradójica y pascual, que experimentamos en nuestras vidas, donde, antes de estar listo para usar la zapatilla de cristal, ser la belleza de la bola, casarse con el príncipe y vivir felices para siempre. Primero debe pasar algún tiempo de requisito previo sentado en las cenizas, sufriendo humillación,

Observe cómo esta historia habla a su manera de lo que en la espiritualidad cristiana llamamos “prestados”, una época de penitencia, en la que nos marcamos con cenizas para entrar en un espacio ascético con el fin de prepararnos para el tipo de alegría que ( por razones que solo conocemos intuitivamente) solo se puede tener después de un tiempo de renuncia y sublimación. “Cenicienta” es una historia que ilumina una cierta luz en la profundidad de nuestras almas. Muchos de nuestros famosos mitos hacen eso. 

Sin embargo, ningún mito ilumina una luz en el alma más profundamente que las escrituras. Su lenguaje y sus símbolos nombran nuestra experiencia de una manera que nos ayuda a captar la verdadera profundidad de nuestras propias experiencias.

Por lo tanto, hay dos formas de entendernos a nosotros mismos: podemos estar confundidos o podemos estar dentro del vientre de la ballena. Podemos estar indefensos ante una adicción o podemos ser poseídos por un demonio. Podemos vacilar entre la alegría y la depresión o podemos alternar entre estar con Jesús ‘en Galilea’ o con él ‘en Jerusalén’. Podemos estar paralizados como estamos ante la globalización o podemos estar de pie con Jesús en las fronteras de Samaria en una nueva conversación con una mujer pagana. Podemos estar luchando con fidelidad para cumplir con nuestros compromisos o podemos estar de pie con Josué ante Dios, recibiendo instrucciones para matar a los cananeos a fin de sostenernos en la Tierra Prometida. Podemos estar sufriendo de artritis o podemos estar sudando sangre en el jardín de Getsemaní.

Al final, podemos tener un trabajo o podemos tener una vocación; podemos perdernos o podemos pasar nuestros 40 días en el desierto; podemos estar muy frustrados o podemos estar reflexionando con María; o podemos ser esclavos por un cheque de pago o podemos estar construyendo una catedral. El significado depende mucho del lenguaje.

El padre oblato Ron Rolheiser, teólogo, maestro y autor premiado, es presidente de la Escuela de Teología Oblata en San Antonio, TX. Puede ser contactado a través de su sitio web http://www.ronrolheiser.com. Ahora en Facebook http://www.facebook.com/ronrolheiser

https://www.thebostonpilot.com/opinion/article.asp?ID=185046

El Dios (o Diosa) en quien creo: Deme Orte


, 25-abril-2019

Deme es cura obrero y casado, es la encarnación misma del Espiritu de servicio,animador de comunidades, con sonrisa y disponibilidad total a los demás, a pesar delcamino de cruz que durante años tuvo que recorrer con su querida Carmelina. Hoy nos descubre algo de la espiritualidad que sostiene su vida de entrega. AD. 

No me entretendré demasiado en explicar la imagen del Dios-teísta en que no creo. Ese Dios patriarcal, Ser Supremo que está en el cielo, que todo lo sabe, todo lo puede, todo lo controla y que premia a los buenos y castiga a los malos… Lo siento por las personas que “todavía” andan ancladas en ese teísmo que las ata a una religión del temor, es más: del miedo, de la culpa, del pecado, del deber religioso, de las creencias absolutas. Si son felices con esa creencia, adelante. Pero ojalá pudieran liberarse y superarla. Yo no las culpabilizo. Las respeto y comprendo, pero lo siento.

La misma religión cristiana ha creado imágenes de Dios inaceptables hoy día. Por eso ha producido ateísmo en muchas personas. Personas ateas de esos dioses: patriarcales, irracionales, culpabilizadores, poderosos, ricos, atemorizadores, clericales, deshumanizadores… De esos “dioses” yo también soy ateo, gracias a Dios.

El Dios en quien creo (o Diosa, da igual), o en quien quiero creer, es el Dios que creo descubrir con Jesús de Nazaret. El Dios Padre-Madre, que él llamaba “Abbá” (Papá y mamá), por llamarle de algún modo humano. De Dios creo que no cabe “definición” porque sería “delimitarlo” cuando creo que es inabarcable como Misterio que se nos escapa a la inteligencia. Creo que todo lenguaje sobre Dios es inadecuado, y sin embargo sentimos como la necesidad de intentar siquiera “balbucir” lo que significa para nosotros. Desde ese relativismo del lenguaje humano sobre Dios relativizo también todo lo que digo como inexacto e inadecuado. Pero que intenta expresar lo que pienso o siento.

La expresión bíblica que me parece más breve, clara y aproximada es la de “Dios es Amor” (1Jn 4,8). La palabra “Dios” viene a identificarse con la palabra “Amor” con la que volvemos a inmergirnos de nuevo en el Misterio de la palabra Amor. Pero al menos la palabra Amor, con toda su ambigüedad y la tergiversación que se ha hecho al banalizar lo que significa…, al menos es una referencia humana universal, más allá de lo religioso. Amor, amar y ser amado y amada es una experiencia humana universal. Todas las personas podemos entender lo que significa amar y ser amada, aunque sea en casos extremos por la “falta de amor”, por el amor que quisiéramos sentir y experimentar y a veces podemos echar en falta.

  • La vida misma es un misterio de amor.

Creer que “Dios es amor” es creer que el amor no es un invento nuestro, humano. “Podemos amar nosotros porque él nos amó primero” (1Jn 4,19). Esa es la primera experiencia básica, elemental, para entender el amor y comprender que “Dios es amor”: sentirse amado o amada. Esa es la experiencia básica de la fe no como creencia sino como confianza en que él (ella) nos ama. Dicho humanamente (toda expresión humana sobre Dios es metafórica): que estamos “en sus manos”. “En él nos movemos y existimos…”

La fe, antes que “creencia” es un sentimiento muy simple y profundo de “confianza”. El “sentimiento” o sensación que puede tener un bebé en brazos de su madre, antes de ser consciente o saber expresarlo. Por eso puede valer también en una creencia sincera de una fe religiosa con la formulación que sea…

Que “Dios es Amor” es para mí la fundamentación de todo amor humano: somos capaces de amar porque somos amados y amadas. “Donde hay amor ahí está Dios”. Todo amor, paternal, maternal, fraternal, sororal, amical, familiar, solidario, conyugal, comunitario, heterosexual, homosexual o queer… Incluso por equivocado que pueda parecer, si hay amor, ahí está Dios.

No sólo el “amor humano”. Creo que la creación entera, la existencia misma de todo es fruto del Amor. La explicación científica del Big-Bang como origen del universo tiene para mí una explicación teológica-metafórica de que ese punto infinitamente denso, caliente, energético… que causó la “gran explosión” que dio origen a un Universo tal vez infinito y aún en expansión… es el mismo “corazón” de Dios que de tanto amor explosionó sembrando amor en todo el universo (o universos). Todo es fruto del Amor y en todo hay amor o todo es amor. Somos “polvo de estrellas”. Somos Amor.

Como fruto del amor, todo es bello y todo es bueno. La inmensa asombrosa belleza del universo nos abre a la infinitud y transcendencia que algunas personas expresamos con la palabra Dios. Pero que otras personas niegan esa referencia “religiosa”. No importa demasiado. Pero creo que ese asombro por la belleza puede abrir el alma humana a la transcendencia del más allá de lo aparente.

Asimismo, la “bondad”, toda bondad es fruto y reflejo de quien es “bueno” (“sólo Dios es bueno”), y origen de toda bondad, también la de todo el Universo o Creación (“Y vio Dios que era bueno” (Gen 1,18).

Con el misterio de la “bondad” nos enfrentamos también al “misterio del mal”. Es un tema muy complejo y no pretendo explicarlo ni siquiera entenderlo. Pero está ahí como “misterio”. Entiendo que toda realidad es compleja y a veces la intentamos entender con dualismo como bien-mal, luz-tinieblas, blanco-negro, yin-yan… Un terremoto nos parece terrible, pero la actual belleza del planeta Tierra ha llegado a ser así después de millones de años en que la bola de fuego que fue y que guarda en sus entrañas, se enfriara, se llenara de agua, se solidificara su corteza terrestre, se separaran los continentes con terribles terremotos y tsunamis, se formaran las montañas con volcanes y movimientos sísmicos, se templara la temperatura, surgiera la vida, evolucionara con millones de especies vegetales y animales, surgiera la conciencia humana… interviniera la especie humana, para bien y para mal, en transformar el mundo…

Toda la historia humana hay quien opina que viene del azar y camina hacia el caos. Pero también podemos creer que todo es un misterio de amor, que viene del amor y camina hacia la plenitud de comunión cósmica en el amor. No hace falta llamarle Dios. Para mí no es un Dios “teísta”, como un Ser que interviene en la creación y en la historia humana. Pero de algún modo es un misterio de Amor. Y yo a eso, con todos los respetos y relativismo, lo llamo Dios.

A Dios nadie lo conoce. Pero si amamos al hermano, nos acercamos a Dios, o mejor, Dios está ya en ese amor, se llame como se llame. “Amémonos las personas unas a otras porque el amor viene de Dios y toda persona que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor” (1Jn 4, 7-8). “Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él o ella” (1Jn 4,16).

Del amor de Dios no debemos preocuparnos. Está garantizado y no nos va a fallar: “¿quién nos separará del amor de Dios?”. Del amor a Dios tampoco debemos preocuparnos mucho. Él o Ella no necesita que le amemos, ni nos va a pedir cuentas si le hemos amado o no. De lo que debemos ocuparnos es de amar a las demás personas. Pero no por obligación o por “ley de Dios”, sino porque sólo amando nos encontramos a nosotras mismas, sólo amando tiene sentido la vida. Y amando a las demás personas ya estamos amando a Dios, o Dios las está amando con nuestro amor.

A este Dios misterio de amor la tradición cristiana, recordando a Jesús, nos ha enseñado a invocarle como “Padre nuestro”. No deja de ser una metáfora humana. Hoy día algunas tendencias espirituales proponen referirse a la divinidad como “Realidad Profunda”, el “Todo·”, el “Uno”, y otras expresiones, algunas tan poéticas como “Corazón latiente del mundo”. Quieren superar la imagen teísta de un Dios “Señor”, Ser Supremo, Padre en los cielos, etc. Pueden valer. Para mí tienen la misma ambigüedad de que cualquier expresión sobre Dios es inadecuada. Con ese mismo relativismo prefiero quedarme con la imagen metafórica del Dios Padre-Madre por lo que significa de amor, de confianza, y por el ejemplo de Jesús que, aunque con la mentalidad se su tiempo y su cultura, nos enseñó a invocarle como Abba como expresión de confianza.

  • Una espiritualidad secular comunitaria

Esa misma actitud de confianza sustenta mi concepción de la oración y de la relación con Él-Ella. Dios no necesita nuestra oración ni de alabanza ni de petición, ni de acción de gracias, ni de petición de perdón, ni de invocación ni de ofrecimiento… Somos nosotros y nosotras quienes necesitamos expresarnos, dirigirnos a él, invocarle, bendecirle, confiarle nuestras penas, deseos e inquietudes, pedirle, darle gracias… Todo eso Él-Ella ya lo sabe. Es más, es su Espíritu quien nos anima y quien ora en nosotros. “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado”. La oración es abrirnos a Él, a su Amor, a su gracia, a su bendición, a su Espíritu que nos anima desde dentro y que siempre se nos está dando.

Necesitamos la oración como necesitamos el silencio, como necesitamos respirar, encontrarnos con nosotros mismos para centrar y armonizar nuestra vida siempre en peligro de banalizarse o alienarse en derroteros que deshumanizan. Pero no es una espiritualidad de ensimismamiento en que nosotros mismos seamos el centro de nosotros mismos. Tampoco es una relación con un Dios teísta que está en el cielo, fuera y lejos. Es el Dios que no “está” ni “es” sino en quien estamos y somos. “En Él nos movemos, existimos y somos”, en lo más íntimo de nosotros mismos y en lo más profundo de la realidad, en la comunión con la realidad, el cosmos y la humanidad.

Superando la imagen patriarcal de Dios, sentir el rostro materno de Dios, y el Dios-Diosa de la diversidad, más allá de connotaciones sexistas, ideológicas y religiosas. Es sobre todo en lo profundamente humano donde mejor podemos experimentar su presencia y amor liberador. Más allá de la religión hay una espiritualidad humanista profundamente cristiana. La “gloria” de Dios es la liberación humana. En la humanización se realiza el proyecto de Dios. No necesita un “añadido” religioso, no hay que “bautizar” lo humano. Lo humano es sagrado. Dios está en lo profano y hay que respetar la laicidad de lo humano y mundano.

Esta espiritualidad “secular” no es solamente individual sino esencialmente comunitaria. La fe es personal pero también comunitaria. Tal vez porque también Dios es y hace comunidad. Si es Amor no puede ser individualista. No sé si es eso lo que intentaba decir la teología tradicional con esa especie de galimatías que llamaba Santísima Trinidad. No lo sé. Pero sé que Jesús vivió e intentó esa comunión y comunidad con su Abbà, con el grupo de hombres y mujeres que le seguían y con las gentes que “andaban como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Quienes le seguimos lo hacemos en comunidad. “Somos un pueblo que camina”…. Aunque su comunidad se haya institucionalizado en una religión y en una iglesia jerárquica y clerical. Pero donde dos o tres nos reunimos en su nombre sentimos su presencia viva que nos hace comunidad cristiana. Ahí vivimos, alimentamos, celebramos y proclamamos nuestra fe. Experimentamos la fraternidad y sororidad como un don y una forma del amor de Dios: “creemos”, “oramos”, “vivimos” en comunidad. El seguimiento de Jesús se hace en comunidad y se encamina al proyecto humanizador que Jesús llamaba “El Reino de Dios”. La vida de Jesús estuvo enfocada a ese Reinado y la nuestra también ha de estarlo. El objetivo último no es “la salvación de nuestra alma” sino la implementación del proyecto liberador de las bienaventuranzas para toda la humanidad, como una utopía significada en el evangelio en un gran banquete de toda la gran familia humana, al que los primeros invitados son los últimos y últimas de este mundo. Esa utopía ilumina nuestras vidas y cada paso que damos en esa dirección: “Habrá un día en que todas veremos una Tierra que ponga libertad. Pero esa hermosa mañana habrá que empujarla para que pueda ser”.

Deme Orte.

https://www.atrio.org/2019/04/el-dios-o-diosa-en-quien-creo/

El octavo paso de la humildad de San Benito: crecer, no fosilizarse.


8 de mayo de 2019por Joan ChittisterOpiniónEspiritualidad

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(Dreamstime / Remus Rigo)

(Dreamstime / Remus Rigo)

Problema: El tiempo es despiadado. Sigue adelante sin tener en cuenta nuestro propio ritmo de cambio. Planta mañana y arranca de raíz hasta el punto de que, si vivimos en una ciudad toda nuestra vida, moriremos en la misma ciudad pero nunca la reconoceremos cuando vayamos. El antiguo mercado del barrio se ha oscurecido mucho. El centro de las grandes tiendas de departamentos ahora es un mostrador de comida rápida y una serie de extrañas oficinas.

El centro histórico de la ciudad está ubicado en la parte alta de la ciudad, no en el centro de la ciudad, una verdadera ciudad de tiendas pequeñas al lado de una salida de la autopista, en donde la gente ingresa desde tres estados adyacentes para comprar en megastores, encontrar ofertas y evitar los impuestos estatales. Nadie realmente vive al lado de ninguno de ellos. Nadie pasa por todos estos lugares mientras caminan al trabajo en estos días. De hecho, casi nadie camina para trabajar en absoluto.

Los que una vez fueron los principales negocios en la ciudad se han ido. Los almacenes, con sus ventanas cerradas, ahora ocupan lo que eran plantas y talleres de maquinaria en una época anterior. Los principales productos del país que se fabricaron allí, y que impulsaron la economía local para lo que pensamos que sería para siempre, ahora se fabrican en otros lugares y generalmente fuera de los Estados Unidos.

Diez iglesias de 10 denominaciones religiosas estaban a menos de 10 cuadras una de la otra en el centro de la ciudad, pero todas están cerradas ahora, también. Las denominaciones no han muerto pero sí sus congregaciones. El centro de la ciudad se ha convertido en “la ciudad interior”.

Entonces, la pregunta no formulada es clara: ¿realmente hay algo que queda en alguna parte? ¿O simplemente nos desprendemos de una era tras otra en cada vez menos tiempo que nunca en la historia? ¿Es realmente posible el cambio o es realmente un cambio hacia una pérdida no mitigada e incluso irreparable?

Bueno, todo depende de lo que quieras decir con “izquierda”. Allí es donde entra el octavo paso de la humildad. El octavo paso de la humildad, dice la Regla de Benedicto, es “que hagamos solo lo que está respaldado por la regla común del monasterio” (inserte, según sea necesario, el nombre de su propia comunidad: familia , cultura, generación, país). En medio del remolino, el cambio, la desaparición de una cultura tras otra, comienza la discusión de la diferencia entre tradición y tradicionalismo. Entre seguir y colgar.

Verás, la pregunta más importante de la vida moderna es decidir qué se debe mantener si queremos seguir siendo lo que somos (cristianos) y qué debemos dejar de lado si queremos ser lo que decimos que somos. 

El octavo paso de la humildad se trata de valores que nunca cambian. No se trata de las costumbres, las reglas, “la religión antigua”. De lo contrario. En la Regla de Benedicto, por ejemplo, dice acerca de la oración, la dimensión más importante de la vida monástica, después de exponer 20 capítulos en su orden diario, que “si algún monástico sabe una mejor manera”, deberían hacerlo.

La tradición claramente no se trata de mantener formas pasadas de ella. Se trata de aferrarnos a las raíces de un propósito común mientras podamos algunos de sus miembros muertos. Se trata de comprender por qué existimos y estar dispuestos a comenzar de nuevo, si es necesario, para mantener eso. Se trata de volver a escuchar la sabiduría ganada con tanto esfuerzo de las generaciones anteriores y hacerla realidad en nuestros tiempos. 

No se trata de convertir la vida en un museo de cera de rarezas exóticas pero inútiles. Se trata de sacar fuego nuevo a la luz de las viejas brasas en un momento tenue y triste.

Es el cambio que se lleva a cabo teniendo en cuenta la tradición que cuenta. Y para eso, el sentido de la historia se convierte en una especie de guía angélica a través de un tsunami de posibilidades. Cada comunidad espiritual necesita una memoria de la comunidad para ayudarla a rastrear los valores y el propósito que impulsaron los puntos altos y bajos de su desarrollo.

No es la forma real en que hicimos las cosas en el pasado lo que cuenta. Eso es simplemente el tradicionalismo. Es por eso que hacemos lo que hacemos que es de la esencia de la tradición 

Y ahí es donde la visión de Benedicto sobre el valor espiritual del octavo paso de la humildad nos da un camino iluminado a través del cambio: es la memoria de la comunidad, su recolección de oportunidades perdidas, su recuerdo de los riesgos que cambiaron la vida que catapultó a la comunidad en una Ciclo de vida totalmente nuevo de éxito, que hace del cambio un sacramento de esperanza.

El octavo paso de la humildad nos libera del compromiso servil con las costumbres del pasado. Nos libera para movernos hacia la luz del Espíritu con esperanza y con fe. Luego, respirando la libertad que trae la tradición, el siguiente período de nuestras vidas estará aún más en sintonía con nuestro lugar en el presente que en el pasado. Nos libera para aceptar la gracia del cambio. Nos estira para ir más allá de nosotros mismos a la mente de Dios para el mundo y convertirnos en parte viva de él.

Como el padre benedictino. Godfrey Diekmann, monje y liturgista lo expresó: “La tradición no es lo que transmitimos, es la transmisión”. Transmitir los valores y el propósito de la vida es lo que cuenta en lugar de aferrarse a sus formas pasadas. 

La humildad inherente al octavo paso de la humildad es el llamado a heredar el mundo de los demás.

Nuestras comunidades, nuestras iglesias, nuestras instituciones, nuestras ciudades, nuestro patrimonio nacional y nuestra visión, nos liberan de tener que reinventarnos todas las ruedas de la vida. En cada grupo está la sabiduría del universo. Es simplemente una cuestión de querer aprovecharla. En cada grupo está la respuesta a sí mismo.

No vamos a un grupo a perdernos. Vamos a grupos para convertirnos en nuestro mejor yo, mientras que también permitimos que todos los demás se conviertan en su mejor yo. Venimos a encontrar la perspicacia que nos falta a nosotros mismos y nos convertimos en parte de la iluminación, la tradición, que está en el corazón del propio grupo. En otras palabras, como dijo Aristóteles, el todo es mayor que la suma de sus partes. 

Desde donde estoy, nuestras comunidades son el mundo en microcosmos. Es allí donde podemos ver el valor de la tradición y la profundidad de la sabiduría comunitaria. Los grupos dinámicos sacuden las hojas secas del pasado. Podan el árbol de la tradición una y otra vez para que en cada época viva.

El símbolo benedictino de Monte Cassino, el monasterio de Benedicto, es un árbol. La inscripción en su base dice: ” Succisa virescit “, recortada, vuelve a crecer. Y así, el orden, la tradición, se mueve de generación en generación, fluyendo aquí, siendo podado allí, adaptándose siempre al suelo en el que se planta. Y nosotros también como personas.

Y todo el tiempo, el mensaje es claro: no hay lugar en un grupo para la rigidez, para la adoración del pasado, para el miedo al futuro. Es exactamente aquí donde podemos convertirnos en la tradición y sembrar el futuro con la sabiduría de su pasado porque los seres vivos están destinados a crecer; no fosilizarse.

[Joan Chittister es una hermana benedictina de Erie, Pensilvania.]

Nota del editor:  podemos enviarle una alerta por correo electrónico cada vez que la columna de Joan Chittister,  From Where I Stand , se publique en NCRonline.org. Vaya a esta página y siga las instrucciones: registro de alertas por correo electrónico .

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DE LA DUDA A LA FE: José Antonio Pagola


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Jn 20, 19-31

El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.

Por eso, sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: «Hemos visto al Señor». Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: «Si no lo veo… no lo creo».

Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.

Tomás ha podido expresar sus dudas dentro del grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.

Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.

Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Le muestra sus heridas.

No son «pruebas» de la resurrección, sino «signos» de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: «Señor mío y Dios mío».

Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, y estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios que constituye el núcleo de nuestra fe.

José Antonio Pagola

Remitido al e-mail

Espiritualidad femenina migrante


por Blogger
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Una espiritualidad alternativa
YOLANDA CHÁVEZ, yolachavez66@gmail.com
LOS ÁNGELES (USA).

ECLESALIA, 26/04/19.- Las relaciones íntimas con Dios tienen lugar en la realidad humana y trascienden toda certeza racional, social o política. En la experiencia de migrar se descubren atajos, shortcuts, puntos de encuentro escondidos donde una puede entregarse completa al indescriptible Misterio. Estos atajos pueden llegar a ser conocidos únicamente por quien ha migrado.

No es casualidad que hayan sido mujeres migrantes quienes con sus experiencias, tejieron el entramado que reveló a la humanidad un gran plan de salvación.

A Agar por ejemplo, una certeza racional, social y política la expulsó al desierto de la incertidumbre. Caminó sola con su hijo por ese desierto… quien haya cruzado las candentes moles arenosas con el espíritu herido por el dolor de no pertenecer, sabe lo que esto significa.

Hasta ese momento el destino de esta mujer lo habían decidido otros sin tomarla en cuenta, fue puesta en una situación donde las posibilidades de encontrar la muerte eran muy altas. De pronto se vio allí peregrinando con su hijo, sin agua y sin pan, expuestos a cualquier cosa. Ella sabía que en esa travesía se podía perder la vida. Pero ¿resistiría ver apagarse la vida que ella había dado a luz? la vida de su hijo, un niño frágil que lloraba asustado, cansado, sediento y hambriento, a punto de morir.

En esa realidad de hostilidad y muerte Agar tomó por primera vez en su vida una decisión: no iba a dejar que su hijo muriera sin cruzar las fronteras de la dubitación, del desierto de la incertidumbre. ¡Se resistió!

Fueron precisamente la incertidumbre, la aridez de la hostilidad, la soledad, la sed, el hambre y la desolación quienes le descubrieron el atajo escondido que la condujera al Dios con que tuviera un encuentro íntimo. Experiencia que culminó con una generosa promesa cumplida: “Haré tan numerosa tu descendencia, que no la podrás contar” (Gn 16, 10).

Y efectivamente; la relación profunda entre Dios y una mujer migrante dio lugar a una numerosa descendencia. Una mujer “indocumentada” es el primer personaje bíblico en ver a Dios y atribuirle un nuevo nombre. Le llamó El-Roi-Dios: veo al que me ve (Gn 16:13). A pesar de la vulnerabilidad de sus circunstancias por el contexto cultural y social que la había echado al desierto, no toleró el destino de muerte que los demás le habían impuesto a ella y a su hijo. La experiencia con Dios le dio a esa mujer una determinación que la llevó a realizar acciones bien concretas para cuidar la vida de su hijo.

El-Roi-Dios- Amor encuentra caminos alternativos cuando la intolerancia intenta detener su flujo. Establece puntos de encuentro para la intimidad que rompen el tiempo, los muros, las fronteras, los espacios racionales, sociales y políticos. De allí que la gran capacidad de amar que tienen las mujeres que cruzan desiertos se agudice en las inhóspitas circunstancias de los días oscuros donde todo parece imposible. Fue en esas mismas circunstancias que Agar encontró agua en el desierto para su hijo y evitó que muriera, de la misma forma las mujeres inmigrantes desarrollan la habilidad de optimizar los recursos durante los duros días sin trabajo por las redadas, los arrestos y las deportaciones, para preservar la existencia, para continuar con la procreación. Siguen amando para que el amor siga retoñando y floreciendo contra corriente, siguen sembrando fe, confiando; siguen generando esperanza, sonriendo; saben cómo encontrar esos caminos alternativos, esos atajos o shortcuts escondidos que las llevan al amante encuentro con el Misterio de Dios para seguir engendrando y gestando vida, a pesar de todos los obstáculos que a the huge evil mind se le puedan seguir ocurriendo

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Xabier Pikaza: “Murió Jesús, ha resucitado Magdalena”


“Magdalena no es una mujer caída, es la teóloga de la Pascua”
'Noli me tangere'
‘Noli me tangere’
“Magdalena es signo de una humanidad que busca amor, que quiere culminar camino de diálogo afectivo con el mismo Dios del cielo”

25.04.2019 Xabier PikazaMurió precisamente para que ella y otros muchos como ella pudiéramos resucitar, pues como dice Jn 12,24: “Si el grano de trigo no muere…”. Jesús era el grano de trigo, ella es el primer fruto. Por eso, más que la resurrección de Jesús, la pascua es la resurrección de María Magdalena y de millones de creyentes hasta el día de hoy.Conforme a la primera creación (Gen 2),  propia de la tierra, de la humanidad antigua (ADAM), nació ella, la mujer, la vida ya concreta (Eva), como primera persona de la historia. En esta nueva creación pascual, que es la definitiva (como dice Pablo en 1 Cor 15, 20-21.42-49), en el huerto donde han echado/enterrado a Jesús (como trigo inútil) nace/resucita Magdalena, primera creyente cristiana, como sigue diciendo Jn 20, 11-18, evangelio que vamos hoy a comentar.

Resultado de imagen de María Magdalena, iconos

Más que la resurrección de Jesús, este evangelio cuenta la de María Magdalena,  pues más que en sí mismo, Jesús resucita en los otros, en aquellos por quienes ha vivido, en aquellos por los que ha muerte.  Así lo ha comprendido Magdalena, que es una persona individual, siendo, al mismo tiempo, signo de todas las mujeres que han seguido a Jesús, de todos los resucitado, varones y mujeres.

Ella sigue siendo para la Iglesia, con el Discípulo Amado (con quien puede identificarse) y con la Madre de Jesús (con la que a veces parece confundirse), el signo más hondo de la humanidad pascual, esto es, de la Iglesia de los resucitados

Así la presentó el Papa francisco, al llamar apostola apostolorum (22.8.217),apóstol de los apóstoles, de manera que la iglesia,siendo apostólica (de los apóstoles) es magdalenita, es decir, de Magdalena. Así la recuerdo, esta semana de Pascua, como experiencia y esperanza de amor sobre la muerte.

Introducción

Cristo y María Magdalena,tras la Resurrección.

Empecemos leyendo todo el texto (Jn 20, 11-18) con cuidado, destacando cada uno de sus rasgos. Quizá podamos distinguir ya desde ahora dos aspectos en María:

(a) Ella es la humanidad fracasada por amor, al final de todos los caminos, perdida en un jardín sin más flor que la muerte, llorando por la ausencia de su amado. Destacando algunos de esos rasgos, las visiones posteriores de los gnósticos dirán que la humanidad en una pobre figura de mujer prostituida, caída sobre el suelo.

(b) Pero ella es al mismo tiempo la mujer del nuevo amor. No es simplemente una mujer caída, seducida, condenada al cautiverio, sino que representa a todas las mujeres y varones que buscan redención de amor sobre la tierra, apareciendo así como principio de nueva humanidad. Todos somos en esa perspectiva María Magdalena. Ella es nuestra voz y figura de Pascua.

Siendo una mujer derrotada e impotente, sobre el huerto de una vida que se vuelve sepultura, María es, al mismo tiempo, una mujer que que tiene y busca amor: signo de la humanidad que, ansiando al Cristo, quiere alcanzar la redención. No ha escapado como el resto de los discípulos varones, sino que permanece ante la cruz, con otras mujeres (cf. Mc 14, 27; 15, 40. 47). Ella permanece.

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Su amor a Jesús es mayor que la muerte y por eso queda, llorando y deseando más amor ante un sepulcro vacío.Interpretada así, la pascua será una respuesta de Dios a la búsqueda de amor de las mujers y los hombres. María es signo de una humanidad que busca amor, que quiere culminar su desposorio, es decir, su alianza y camino de diálogo afectivo con el mismo Dios del cielo, en una tierra convertida en jardín de muerte.

¿Qué hace? Busca apasionadamente a su amigo muerto. Ésta es la paradoja. Conforme a tradiciones espirituales que elaboran más tarde los gnósticos, ella (la mujer caída) debería encontrarse anhelando solo una fuente espiritual de sabiduría, para recibir así la gran revelación de Dios. Sólo entonces podrían celebrarse las bodas finales del varón celeste (Palabra superior) y la mujer caída (humanidad que sufre condenada sobre el mundo). Pues bien, en contra de eso, ella busca sabiduría de amor, pero un amor concreto, inseparable del cadáver (de la historia) de su amigo muerto.

Principio del texto

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Ésta es la paradoja: la Sabiduría y salvación de Dios parecen haberse escondido en un cadáver. Sobre el jardín del viejo mundo han enterrado a Jesús. María le busca apasionadamente, pues el amor verdadero resulta ineparable del cadáver, de la historia, del amogo muerto. Bien pensada, su acción puede llamarse una locura:

María estaba fuera del sepulcro, llorando.
Mientras lloraba, se inclinó para mirar el monumento
y vio a dos ángeles, vestidos de blanco,
uno junto a la cabeza y otro junto a los pies,
en el lugar donde había yacido el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: Mujer ¿por qué lloras?.
Ella les dijo: han llevado a mi señor y no sé dónde le han puesto.
Mientras decía esto se volvió hacia atrás
y vio a Jesús de pie, y no supo que era Jesús.
Le dijo Jesús: Mujer ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?.
Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:
Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré (Jn 20, 10-15).

Éste es el principio de una conversación prodigiosa donde influyen y culminan todos los motivos de la historia humana. Esta mujer no necesita una teoría de iluminación interior: quiere un cadáver, busca el cuerpo de su amigo asesinado. De esa forma rompe los esquemas de la gnosis espiritualizante. No quiere un mundo edificado sobre cadáveres que se ocultan. No se responde con teorías al misterio del amigo muerto.

Sobre el jardín de este mundo, que en el principio pudo haberse presentado como paraíso (cf. Gén 2), parece que sólo puede florecer el árbol de la muerte. El nuevo Adán hortelano sería en el fondo un custodio de cadáveres, un sepulturero. Ella, María, parece aceptar ese destino, pero quiere el cadáver de su amigo muerte. No quiere que lo manipulen, no quiere que lo escondan. Algunos han dicho que se encuentra loca, pero lo está en la forma de los grandes amantes de la historia: como Juana, reina de Castilla, que seguía llorando por los campos, y siguiendo en luto el cortejo del marido muerto; como tantos varones y mujeres que recuerdan a su amado y quedan fijados para siempre en actitud de llanto. Necesita el cadáver: no quiere que lo oculten, que lo tapen, para que todo siga como estaba.

Un mundo que oculta sus cadáveres

Estamos en un mundo que quiere ocultar sus cadáveres… Enterrarlos, apartarlos, negarlos: que nadie se acuerde de ellos, que nadie sepa que nosotros (los ricos, los favorecidos) vivimos sobre los cadáveres de miles y millones de “crucificados”,muertos y enterrados (sin que nadie recuerde su cadáver).

Necesitamos ocultar los cadáveres, echar sobre ellos más tierra, una piedra más grande, para así “lavar” nuestra manos y quedar tranquilos. Pues bien, en contra de eso, Magdalena necesita llorar por el amigo muerto,mantener el recuerdo de su cadáver. Éste es un amor que dura, un amor que mantiene el recuerdo, que no quiere olvidar a los amigos muertos.Humanamente hablando, el gesto de Magdalena parece una locura: no está permitido tomar un cadáver del sepulcro y llevarlo a la casa o ponerlo en la plaza, para que todos vean al que han matado; no es posible mantener de esa manera el recuerdo de un muerto… La historia de los vencedores avanza sobre el olvido de los asesinados (a los que se puede elevar un hermoso sepulcro para olvidarlos mejor).

No se puede detener la muerte, pero mucho han querido hacerlo, de diversas maneras, pero siempre para olvidar mejor, para convertir a los muertos en un recordatorio de nuestro propio poder. En esa línea, los faraones de Egipto y otros grandes magnates de la historia desearon guardar su cadáver o el cadáver de sus familiares, en inmensas pirámides, para así mostrarse superiores e imponerse al resto de los hombres. Sobre la tumba de los grandes héroes muertos se edifican los imperios…

Pero esta mujer no quiere construir una pirámide, no intenta mantener el control sobre los otros por medio de la muerte. Ella pretende algo más simple y más profundo: conservar el amor hacia su amigo muerto, mantener la memoria de su vida. Por eso necesita su cadáver, para llorar por él, para sentir el poder de la muerte y para continuar después su vida (la forma de vida del muerto). No quiere imponerse sobre nadie; le basta con amar, pero necesita el signo de su amado muerto, su cadáver.

Podemos decir que está loca María, pero loca de amor,loca a favor de la vida. Sólo allí donde alguien ama a Jesús se hace posible la experiencia de la pascua. Ciertamente, Jesús estaba vivo y verdadero al interior de esta mujer. Pero la verdad que ella tiene y desea guardar (un cadáver) va a revelarse como fuente y principio de revelación mucho más honda. Ella tendrá a Jesús de otra manera.

Diálogo de amor, resurrección

Ya se han encontrado de algún modo; el jardinero ha preguntado, ella le ha dicho su amor, en el jardín de la muerte, al lado de la tumba vacía. Pero el encuentro verdadero empieza cuando el jardinero, Señor del nuevo huerto de la Vida, toma la palabra y llama a la mujer, diciéndole su nombre:

– Jesús dijo: ¡María!
– Ella se volvió y dijo en hebreo
¡Rabboni! (¡mi maestro!)
– Jesús le dijo: No me toques más,
que todavía no he subido al Padre.
Vete a mis hermanos y diles:
subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.
– María Magdalena vino y anunció a los discípulos:
¡ He visto al Señor y me ha dicho estas cosas! (Jn 20, 16-20).

María buscaba el amigo en la muerte, es decir, al final de un camino que había empezado en el jardín del paraíso: no quedaba árbol de vida, sólo había un tronco seco de muerte. Buscaba allí el amor de un muerto, pero Jesús le ha respondido ofreciéndole la vida y el amor de Aquel que está vivo, llamándole por su nombre: María. De esta forma, en gesto de conversación personal, ha culminado la experiencia de la pascua.

Sólo quien escucha a Jesús cuando le llama de un modo personal sabe de verdad que existe vida, que hay resurrección. Todo lo demás es presupuesto o consecuencia. La resurrección es en el fondo encuentro personal de amor, descubrimiento de Jesús que se ha elevado de la muerte y que nos dice, llamándonos de un modo íntimo, por nuestro nombre: ¡vive, estoy contigo, sé tu mismo!

Pascua, un encuentro de vida

Esto es la pascua: encuentro con Jesús, encuentro para la vida. Eso significa que no estamos condenados a seguir amando a un muerto, buscando en el jardín nuestro cadáver (como buscaba antes María). El verdadero amor suscita vida, transformando el jardín del cadáver en huerto de gracia que dura por siempre. No se trata de negar el cadáver, sino todo lo contrario: de convertir el cadáver en principio de vida. No se trata de ocultar al muerto, para que sigan triunfando los que matan, sino de vivir desde aquel que ha muerto de amor, para vencer en amor a los asesinos de la historia.

Sigamos leyendo el texto. En gesto que se parece al de Mt 28, 10, María se agarra a los pies de Jesús, en encuentro afectuoso donde se vinculan adoración (echarse a los pies), confianza (tocarle) y amor hondo (acariciarle). Ella pretende eternizar esa actitud: estaría así toda la vida, en actitud de unión profunda, en donación de corazones. Nada busca, ya no necesita cosa alguna, tiene todo lo que quiere. La pascua se le hace encuentro permanente de unión con el amado.

No tiene miedo. Por eso, Jesús no tiene que animarle diciendo ¡no temas! (como en otras ocasiones: Mc 16, 6; Mt 28, 20). Como mujer que ha encontrado su dicha, como persona que al fin ha llegado a la meta del camino, María puede mantenerse para siempre en ese gesto de encuentro con su amado. Este es el tiempo de la dicha, de los ojos que se miran, de las voces que dialogan, de las manos que tocan.

En la línea de algunas formulaciones posteriores de la gnosis,pudiéramos afirmar que, María ha empezado a vincularse con Jesús resucitado en desposorio místico, intimista. Ellos representan al ser humano entero: son la díada (o pareja) inicial que simboliza ya la salvación de los humanos, en el nuevo paraíso de este mundo, sobre el huerto de la muerte convertido en manantial de vida. Esa perspectiva es buena, pero debe completarse, como ahora indicaremos.


Paradójicamente ha venido Jesús, se ha mostrado en persona, le ha dicho su amor… Es lógico que ella quiera mantener ese momento, mantenerse en gesto de intimidad por siempre. Pero Jesús responde:¡No me toques!.

Noli me tangere,no me sigas tocando de esta forma

Parece que esta palabra significa: no me toques más, no me sigas agarrando. De esa manera señalar que hay una unión de en este mundo que no puede cerrarse en sí misma. La experiencia pascual es un principio, una promesa que no puede separarse del camino de vida y de misión, es decir, de la tarea al servicio de los demás.

Esta palabra ¡no me toques! recuerda la fragilidad del tiempo, nos sitúa dentro del misterio de una pascua que no puede culminar sobre la tierra. No existe en este mundo amor perfecto, para siempre; todo lo que aquí vamos viviendo sigue abierto hacia la muerte. Por eso, el encuentro con Jesús ha sido un signo de esperanza en el camino, no es aún la realidad cumplida.
María ha descubierto por un breve momento el gran misterio: ha encontrado a Jesús, se ha llenado de su vida pascual y de su gloria. De ahora en adelante no será una pecadora: una mujer caída, estéril, fracasada. La experiencia pascual le ha convertido en portadora del misterio de Dios (Jesús) para los hombres.

Al decirle no me toques, Jesús le está diciendo que ella debe ocuparse de tareas importantes, de misiones nuevas sobre el mundo. La pascua no se puede interpretar como experiencia de escapismo, no es huída hacia un nivel interno, puramente espiritual, de la existencia. Jesús resucitado hace a María misionera de su pascua y de la gracia de Dios ante los hombres.
Conforme a la visión anterior, reflejada en Mc 16, 1-8 y Mt 28, 1-10, las mujeres de la pascua han de decir a los discípulos que vayan pronto a Galilea, para encontrarse allí con Cristo. Pues bien, nuestro pasaje muestra una experiencia pascual nueva. María es portadora de una forma de misión distinta; tiene que buscar a los discípulos para transmitirles el mensaje o misterio mas profundo de Jesús: ¡subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios!

María, mensajera de Pascua

María es, según eso, la primera teóloga de pascua: ha descubierto en su vida el camino de Jesús; sabe que ha triunfado y sube al Padre y así debe decirlo. Desde esta perspectiva se comprende ya mejor el ¡no me toques!. Ella es un signo viviente de la ausencia presente de Jesús; por eso puede decir que vive (ha resucitado) y que ha subido al misterio de Dios Padre.


Entre el Jesús que en un sentido le ha dejado (¡no me toques!) y los discípulos a los que debe buscar y evangelizar, en clave de pascua, se encuentra ahora María. Buscaba un cadáver en el huerto; Jesús le ha ofrecido una misión y camino apasionante de vida.

Ahora comprendemos que pascua es el ascenso final de Jesús que ha recorrido su camino sobre el mundo y viene a culminarlo en el seno de Dios Padre. Pero, al mismo tiempo, culminando su camino de subida y plenitud recreadora, Jesús abre un camino de seguimiento para sus discípulos, partiendo del mensaje de María.


Ella ha sido la primera: ha tocado a Jesús por un momento sobre el mundo como, en algún sentido, pueden tocarle o descubrirle todos los creyentes. Pero luego, María y los discípulos deben saber que Jesús ha subido ya al Padre. No se encuentra a la mano, de manera externa, sobre el mundo. Por eso no pueden agarrarle para siempre, no pueden detenerle en nuestra historia.

También aquí encontramos una perspectiva pascual que es contraria a la que ofrece en aquel tiempo la gnosis espiritualizante. El gnóstico es un hombre que piensa que ha encontrado plenamente a Jesús sobre la tierra; por eso puede afirmar que ha culminado su camino y ya no tiene que andar más. Por el contrario, María Magdalena ha descubierto que la pascua es experiencia de ascenso a lo más alto y de misión liberadora: es como una luz, un toque de presencia que nos hace capaces de entender buscar y caminar luego sobre el mundo.

Subir con Jesús, volver a la tareas de la vida
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Sólo se puede experimentar a Jesús cuando se asume su gesto de subida, al descubrir que no podemos tocarle al modo antiguo para siempre. Ha sido una experiencia breve, un consuelo de amor sobre el huerto. Después, la misma Magdalena que antes parecía loca tiene que volverse misionera, dando testimonio de aquello que ha visto y sentido, haciéndose iniciadora de misterio para los mismos apóstoles.

La pascua de Jesús responde a algunas de nuestras preguntas, abriéndonos luego (al mismo tiempo) al misterio más alto del Padre. Si sólo existe pascua dentro de la vida de este mundo es que no hay pascua. El triunfo de Jesús, que se ha expresado sobre el huerto como encuentro de amor con María, viene a abrirse luego a modo de camino de ascenso hacia el Padre.
Ella se había refugiado en el huerto de su propio llanto. Ahora debe dirigirse a los discípulos, hablarles, comenzando a realizar sobre la tierra la gran experiencia de la transformación que nos conduce hacia Dios Padre. De esa forma, la antes solitaria se convierte en mensajera de Dios sobre la tierra.

La experiencia y palabra de María vale también para nosotros. Ya no tenemos que volver a Galilea; no tenemos que cerrarnos en las cosas de este mundo. Con Jesús que sube al Padre, unidos a María Magdalena, en el centro de la iglesia, debemos iniciar un camino de ascenso salvador que nos conduce de verdad hasta el misterio de Dios. María es la primera de aquellos que han hecho esta experiencia pascual.

https://www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/pascua-Maria-Magdalena_7_2114858494.html

LOS JURODIVYIE. LOS LOCOS POR CRISTO – P. Tomás Spidlík S.J.


lunes, 2 de marzo de 2009

A finales del siglo XVI el Estado moscovita se separó decididamente del Occidente humanista y de la Grecia dominada por el pensamiento de tendencia platónica. Se alcanza el punto culminante hacia la mitad del siglo, que representa la clásica Edad Media rusa, y precisamente bajo el Zar Iván el Terrible y el metropolita Macario. De acuerdo con el espíritu de José de Volokolamsk, toda la vida civil se hallaba en aquel tiempo empapada de ejercicios religiosos de carácter monástico. La ley divina, representada por la Iglesia, imperaba sobre todos y cada uno de los actos del hombre. Piedad laical y piedad monástica venían a ser una misma cosa, de tal modo que toda la sociedad parecía un gran monasterio en el que el abad y Padre común (batiuska car) era el zar.

Los hechos históricos demuestran que este clericalismo estatal perjudicó el espíritu de la iglesia rusa. Por ello, disminuyen los santos en los monasterios y entre los obispos. Al contrario, aparecen en escena aquellos que surgieron como una especie de revolucionarios, de defensores de la libertad interior; en Rusia les llamaron jurodivyie, locos; pero muy pronto se les aplicó el término sin sombra alguna de sentido peyorativo. Constituyen, en cierto modo, una categoría especial de santos, como los strastoterpcy, los monjes, los obispos y los príncipes.

La Enciclopedia rusa de Brochaus (2) define esta manera de vivir como la actitud de aquellos que, impulsados por el amor a Dios y al prójimo, adoptan una forma ascética de piedad cristiana que se llama locura por amor a Cristo. Los que la practican renuncian voluntariamente, no sólo a las comodidades y a los bienes de la vida terrena, a las ventajas de la vida en comunidad, a las riquezas familiares, sino que aceptan, además que se les considere locos, gente que no se sujeta a las leyes de la convivencia y del pudor y se permiten realizar acciones escandalosas. Estos ascetas no temían decir la verdad a los poderosos de este mundo y acusar a cuantos habían olvidado la justicia de Dios. Y al contrario, consolaban a aquellos cuya piedad se fundaba en el temor de Dios.

Las palabras del Apóstol: “Hemos venido a ser necios por amor de Cristo” (1, Cor. 4, 10) sirvieron de fundamento y justificación a este estilo de vida. Un troparion litúrgico eslavo en honor de los jurodivyie hace su elogio en estos términos: “Después de escuchar las palabras de tu apóstol Pablo: Hemos venido a ser necios por Cristo, tu siervo N. se hizo loco para el mundo” (3). En la versión siríaca de este texto el término griego moros se traduce por sakla, y de ahí proviene la denominación salos, que en griego se aplica a este tipo de ascetas. También se usaba en ruso, sin traducirla, o se interpretaba con la palabra eslava pochab. Pero el término de uso más extendido es el de jurodivyi. La antigua forma urod, uroden, significa literalmente aborto, cosa monstruosa; pero este significado se olvidó totalmente. Ciertos autores devotos trataron de falsificar la etimología interpretando jurodivyi, esto es, “aquel a quien engendra (la patria celestial)”; demasiada nobleza para una voz de tan humildes orígenes; pero esta interpretación refleja la estima en que el pueblo tenía a estos santos o santones.

Pero la apariencia exterior de locura no es el primer fundamento espiritual en que se apoyan estos personajes. Este fundamento se halla constituido, más bien, por el deseo ardiente de libertad de espíritu. Cuando las leyes escritas predominaban en una sociedad eclesiástico-estatal, cuando la palabra de Dios a los hombres era monopolizada por la autoridad exterior, surgieron estas figuras que, más o menos conscientemente, comprendieron que la base primera de una acción verdaderamente buena es el libre arbitrio. En el corazón humano se escucha la voz de la conciencia, que es también una revelación. Las leyes exteriores se dan únicamente para curarla del ofuscamiento causado por el pecado. Pero un corazón verdaderamente puro no tendría ya necesidad de ninguna ley escrita. Así se afirma expresamente en la “vida” de San Simeón Salos, escrita en griego (4). Aunque exista en ello un grave riesgo de desviaciones, el principio es a todas luces comprensible en una sociedad en la que, bajo el patrocinio de las “leyes divinas”, se cometen graves injusticias. Cuando un jurodivyi, en Moscú, escupía al paso de un respetable burgués y se inclinaba hasta el suelo ante un bribón que era conducido al suplicio, no podía expresar su opinión de manera más espectacular.

Los jurodivyie denunciaban sin piedad todas las hipocresías de la gente considerada honesta. No exceptuaban a los monjes y las personas eclesiásticas, sobre todo a causa de su apego a los bienes terrenales, a los honores y a la veneración del pueblo. El “loco” quiere recordarles que el ideal de las personas espirituales debe ser la perfecta apatheia, el desprecio de todo aquello que el mundo busca y estima. Los santos sufrían con rostro alegre las calumnias y los insultos. Según la instrucción del abad Anub, el monje debería parecerse a una estatua, a una piedra que no siente ni los elogios ni los vituperios (5). Los jurodivyie tomaron esta enseñanza al pie de la letra. Queriendo mostrarse libres de toda concupiscencia carnal como Adán en el Paraíso, invitan también, en no pocas ocasiones, su manera de vestir. El clima duro de Rusia resulta ciertamente poco apropiado para estas prácticas ascéticas. La vida de Procopio de Ustiug nos habla del frío que soportaba. En lugar de procurarse abrigo, se fue a buscar calor entre los perros, pero estos salieron huyendo. Entonces, un ángel del cielo lo tocó con una ramita del paraíso, y desde entonces no sentía ya ni frío ni calor. Pero no le volvió insensible a las pedradas ni a los bastonazos. Difícilmente permitía la sociedad que estos extraños santos durmieran, como hubieran deseado, en los pórticos de las iglesias. Por ello, eran con frecuencia hostilizados y apaleados, pero ellos no se defendían ni se quejaban. Comprendían demasiado bien que se trataba de una reacción natural del ambiente y que un discípulo enamorado de Cristo paciente debe aceptar con alegría estas humillaciones.

En toda sociedad se tienen en gran estima la ciencia y la erudición. En aquella sociedad eclesiástica se apreciaba, en particular, la ciencia de los libros sagrados (6). Pero, por otra parte, conocemos bien con cuanta frecuencia los antiguos monjes alardeaban de su ignorancia, de su incompetencia en el campo de la erudición libresca (7). San Antonio Abad lo dijo con toda claridad: “Una mente sana no tiene necesidad de libros” (8). Los jurodivyie, cuyo programa de vida consistía en seguir la voz interior de la conciencia pura, rechazaban cualquier otra instrucción. Y para demostrar que era éste el camino acertado, Dios recompensó frecuentemente su renuncia a la sabiduría del mundo con una ciencia superior que El infundía en el corazón. En no pocas ocasiones se nos habla de sus dones proféticos. Predecían acontecimientos futuros y lejanos, y era cosa normal que leyeran en el corazón de los otros hombres.

Su apostolado se funda sobre este conocimiento íntimo de la gracia misteriosa operante en las almas. San Pablo dice que la profecía es don que se destina a la utilidad de los otros (1 Cor. 12). Un jurodivyi, que conocía por clarividencia sobrenatural la influencia de los ángeles y de los demonios en el mundo, sintióse obligado a combatir las fuerzas diabólicas donde quiera que se le presentase la ocasión. Los diablos fueron descubiertos en todas partes, en las iglesias, en las celdas de los monjes, entre las personas más respetables. Basilio el Beato, patrono de Moscú, destroza, no sin grave escándalo una venerable imagen de la Virgen porque descubre en un rincón del cuadro una pequeña figura del demonio. Pero, puesto que el diablo se esconde con preferencia en el corazón de los hombres, el apostolado específico de los jurodivyie consistía principalmente en la audacia de revelar públicamente la verdad a las personas influyentes. De ahí proviene la gran popularidad de que gozaban entre la gente sencilla. Y parece ser que los grandes temían más a estos “locos” que a los dignatarios de la Iglesia. Iván el Terrible hizo estrangular al metropolita porque le había hablado duramente, pero, por el contrario, luego de haber sido amonestado por un jurodivyi se habría limitado a murmurar, lleno de confusión: “¡Ruega por mí!”.

La locura fingida es, por último, un excelente método para preservar la soledad, aún en medio de la muchedumbre. Un jurodivyi no dejó de responder palabras incoherentes a las personas que le visitaban, hasta que todos se cansaron de molestarle y de estorbar su oración. Y si esto no era suficiente, se iban, sin pensarlo dos veces, a una tierra donde nadie les conocía y donde muchas veces ni siquiera entendían la lengua. En Grecia se llaman “Escitas”; en Rusia, al principio son “Alemanes”, peregrinos que van hacia “el Oriente” en busca de la verdadera patria.

En Occidente no faltan ciertamente personajes como estos. Citemos tan sólo un pasaje de las Florecillas de San Francisco: “San Francisco vestía todavía de seglar, si bien había ya roto con el mundo, y se presentaba con un aspecto despreciable y macilento por la penitencia; tanto que muchos lo tenían por fatuo y lo escarnecían como loco; sus propios parientes y los extraños lo ahuyentaban tirándole piedras y barro; pero él soportaba pacientemente toda clase de injurias y burlas como si fuera sordo y mudo” (9). Uno de los primeros compañeros del Santo, San Bernardo, fue enviado a Bolonia para predicar. Y he aquí lo que pasó: “Al verle los muchachos con el hábito raído y basto, se burlaban de él y le injuriaban, como se hace con un loco; y el hermano Bernardo todo lo soportaba con paciencia y alegría por amor de Cristo. Más aún, para recibir más escarnios, fue a colocarse de intento en la plaza de la ciudad; cuando se hubo sentado, se agolparon en derredor suyo muchos chicuelos y mayores; unos le tiraban del capucho para atrás, otros hacia adelante; quien le echaba polvo, quien le arrojaba piedras; éste lo empujaba de un lado, éste del otro”. El resultado fue tal que “un sabio doctor en leyes” se convirtió “viendo tanta constancia y virtud”… y el hermano Bernardo “comenzó a ser muy honrado de la gente por su vida santa en tal grado que se tenía por feliz quien podía tocarle o verle”. Pero un buen día se marchó (10).

En este relato pueden reconocerse los rasgos de un jurodivyi. Lo que resulta sorprendente en Rusia es el gran número que de ellos había precisamente en la época a que hemos hecho referencia. Fedotov (11) da cuenta de treinta y seis jurodivyie venerados como santos; pero debieron ser muchos más, puesto que en casi todas las ciudades se venera a uno de ellos entre los patronos locales. Los extranjeros que visitan el país en el siglo XVI hablan de “hombres extraños que caminan por las calles, con la cabellera suelta sobre las espaldas, una cadena de hierro al cuello y llevando por todo vestido un trozo de la tela ceñido a los lomos”. Así escribe el inglés Fletscher (12). El archidiácono Pablo de Aleppo, que acompañó en el siglo XVII al patriarca de Antioquía en su viaje a Moscú se llevó una sorpresa mayúscula cuando, en el banquete oficial que ofrecía el patriarca Nicono, vio aparecer a un hombre desnudo, que bebía tranquilamente de los jarros preparados para los huéspedes, y de que no sólo no fue expulsado, sino que el mismo patriarca se desvivía por servirle.

Pero la Iglesia y el Estado no tardaron en reaccionar ante posturas extremas. En una carta al sínodo eclesiástico el emperador Iván el Terrible se lamenta: “Los pseudo-profetas, hombres y mujeres, muchachas y ancianas, caminan de un pueblo a otro, desnudos, con los pies descalzos y desgreñados. Se agitan, se flagelan y van proclamando a gritos que les habla Santa Anastasia o el Espíritu Santo…” Pedro el Grande, como no podía ser menos, se mostró todavía menos complaciente con estos originales profetas populares, y ordenó que se les recluyera en monasterios o que “se les hiciera trabajar durante toda la vida”. El decreto de 1732 prohíbe “que se admita en la iglesia a los jurodivyie vestidos de forma estrafalaria y grotesca” o que se les deje gritar y hacer extravagancias para llamar la atención. En 1890 apareció en Odessa la Confesión, impresa por un jurodivyi; en ella admite el autor que su extraño comportamiento obedece al propósito de engañar al pueblo.

En cuanto al territorio, los jurodivyie aparecieron en su gran mayoría, en la provincia de Novgorod y Moscú. Fue precisamente a Novgorod a donde llegó el “alemán” Procopio de Ustiug (+ 1302), y distribuyó sus bienes a los pobres. La leyenda le atribuye haber profetizado una lluvia de piedras; esta leyenda se relaciona seguramente con el hecho de una caída de meteoritos que tuvo lugar a principios del siglo XVI. Debieron ser también “alemanes” Isidoro de Rostov (+ 1474) y Juan de Rostov, conocido por el sobrenombre de Melenudo (+ 1581). Entre sus reliquias se conserva también un Salterio latino. Pero los más populares en Novgorod fueron Nicolás y Teodoro en el siglo XIV. Vivían, frente por frente, en una y otra orilla del río Volchov que divide la ciudad. De cuando en cuando se encontraban en el puente, se insultaban, se enzarzaban a golpes, se echaban al agua y volvíanse luego a su lugar. Este comportamiento debía constituir una lección, en forma sarcástica, destinada a los ciudadanos de Novgorod, los cuales mantenían frecuentes altercados sobre el puente que dividía en dos partes la ciudad.

Moscú conserva las reliquias de su patrono local Basilio el Beato (+ 1550). Las tradiciones populares le hacen protagonista de numerosos relatos anecdóticos, que constituyen excentricidades llenas de simbolismo. Así, se cuenta que escupió sobre los muros de la iglesia, pues los diablos habían sido expulsados del interior del templo. Y, al contrario, besaba llorando las casas de impiedad, venerando así a los ángeles que se veían obligados a permanecer fuera, porque no había lugar para ellos en el interior. Después de una solemne celebración litúrgica en la catedral, dio al zar el saludo del Monte de los Pájaros, una colina cercana a la ciudad. Reíanse los circunstantes, pero el zar estaba avergonzado, porque durante la misa no había hecho otra cosa que pensar en construirse una casa precisamente en lo alto de aquella colina. Fue hasta tal punto venerado que la catedral de Moscú, donde recibió sepultura, lleva hoy su nombre. Su fiesta se celebraba casi como una conmemoración nacional, con la participación del zar en la celebración litúrgica. Junto a él yace el jurodivyi Juan el Melenudo, conocido por la ópera de Pushkin Boris Godunov, cuya música es de Musorgkii).

La ciudad de Pskov venera al jurodivyi Nicolás, de quien la leyenda cuenta que salvó a sus conciudadanos de la furia de Iván el Terrible en 1570. Una vez sometida la ciudad rebelde, el zar quiso tomar represalias. Pero cuando salió de la iglesia, en donde había participado en la liturgia (porque este extraño personaje fue, a su modo hombre muy devoto), el jurodivyi le ofreció carne cruda para comer. La respuesta del soberano fue: “Soy cristiano y no como carne en Cuaresma.” A lo que Nicolás respondió: “¡Pero sí te bebes la sangre de los cristianos!”.

En Petersburgo vivió en el siglo XVIII una mujer llamada Xenia, que, después de la muerte del marido, vistiose con ropas de hombre y se hizo llamar Andrés. Fue muy querida por la gente de los suburbios. Trabajaba en secreto para los demás, y, llegada la noche, oraba volviéndose a los cuatro puntos cardinales. Bendecía a los recién nacidos. Los comerciantes deseaban que tocase al menos sus mercancías, los cocheros querían llevarla, aunque no fuera más que un pequeño trecho. Se refieren sus predicciones; por ejemplo, la de la muerte de la emperatriz. Se dice también que el emperador Alejandro III curó gracias a su intervención cuando trajeron un poco de tierra de su tumba y la pusieron bajo la almohada del enfermo.

En el célebre monasterio de Zadonsk, meta de peregrinaciones a la tumba de San Tichon, vivía un jurodivyi llamado Antonio Alekseievich (+ 1851). Saludaba a los peregrinos que llegaban al monasterio y repartía regalos misteriosos o hacía atinadas advertencias, de manera que todo el mundo creía que adivinaba el pensamiento.

Los jurodivyie son también conocidos por la literatura rusa. En Los Hermanos Karamazov, de Dostoyevski, se descubre a un monje, Ferapont. En los Demonios, del mismo escritor, hay un jurodivyi, Semión Jakovlevich, para el cual sirvió de modelo un personaje histórico, un cierto Iván Jakovlevich Koreisa, internado en un manicomio, pero al que el pueblo tenía por santo. También Tolstoi, en los recuerdos de su juventud nos habla de un cierto Vasenka a quien su madre daba cobijo por la noche y que, en lugar de dormir, se entregaba a la oración.

Podemos decir, en conclusión , que en estos “locos por Cristo” encontramos los verdaderos rasgos de la ascética cristiana. Pero es difícil llevar a cabo una valoración ajustada a la realidad, puesto que no existen biografías críticas, y los relatos y leyendas populares desfiguran tal vez su verdadero rostro histórico. De acuerdo con los datos que poseemos, sin embargo, podemos afirmar que la santidad cristiana se encuentra en ellos oscurecida por falta de discreción. Ya San Juan Clímaco advertía (13) que, sin la prudencia, aún las grandes virtudes pueden convertirse en vicios. San Basilio el Grande, por su parte, pone en guardia, con toda severidad, contra los peligros de una vida singular (14), fuera del uso común, sobre todo si se desprecian los consejos de los demás. Si los jurodivyie reaccionaban, en nombre de la libertad interior, contra las leyes y la autoridad exterior, señalando sus abusos, la autoridad, por su parte, reaccionó también, en nombre de las leyes divinas y naturales, contra las extravagancias de una excesiva libertad interior. Es verdad que la Iglesia oriental se mostraba tal vez, en este punto, más tolerante que la de Occidente; pero también aquella supo tomar medidas para frenar los extremos de los ascetas demasiado celosos.

NOTAS

P. SPIDLIK S.J., T., “Fous pour le Christ” en Orient, en Dict. de spirit., V, cols. 752-761; KOLOGRIVOF, I., op. cit., pp. 272-290; BEHR – SIGEL, E., Les fous pour le Christ et la “sainteté laique dans l’ancienne Russie, en “Irenikon”, XV, 1938, pp. 554-565.

Vol. 41, San Petersburgo, 1904, p. 421.

Ed. del Patriarcado de Moscú, 1960, p. 171.

PG 93, col 1669 C.

Verba seniorum, en PL 83, cols. 955-956.

Cf. más adelante, pp. 187 ss.

Por ej., S. MÁXIMO EL CONFESOR, en PG 91, cols. 593 C; 229 B y 133 B.

Vitae Patrum, en PL 73, col. 158.

Fioretti, cap. 2 (Hay trad. española en la B.A.C.).

Ibíd., cap. 5.

Svityie drevnei Russi (Los santos de la antigua Rusia), París, 1931, p. 202.

G. FLEISCHER, Of The Russian Common Welth, Londres, 1591, cap 21.

Escala del Paraíso, 26 en PG 88 cols. 1013-1016.

Regulae Fusius tractatae, 7, en PG 31, cols 928-933.

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