Sin vuestro “Amén”, no puede haber Corpus Christi: Juan Masia


16.06.17 | 15:38.

Sin el “Amén” de la ofrenda, la fe y la praxis de la comunidad, no se realiza la transformación eucarística de la vida.

En las reuniones con los niños y niñas que se preparan para la Primera Comunión, dedicamos siempre los primeros diez minutos a repasar la lección primera: ¿Qué quiere decir “Amén”? ¿Qué estamos haciendo cuando contestamos diciendo “Amén” al sacerdote que nos muestra en alto la Eucaristía y dice: “Corpus Christi”?

Amén significa: dos cosas 1) “Así es”. 2) “Así sea”

Al contestar: “Así es” estamos haciendo un acto de fe, estamos reconociendo que “así es, como usted dice, que lo que voy a recibir es la vida de Cristo, para que esté El dentro de mí y yo dentro de Él, que Él viva en mí y yo en Él. Amén es la fórmula más corta del Credo, es el resumen, en una sola palabra, de nuestra fe.

Además, al contestar; “Amén”, estamos haciendo una oración, estamos expresando el deseo de “que así sea”, es decir, que yo me convierta en lo que recibo, que me convierta en Cristo y viva como Cristo para dar vida a otras personas. Eso es evangelizar, dice el Papa Francisco, dar vida.

Cuando esos niños y niñas presentan en la procesión de las ofrendas el pan y el vino, les recordamos: “Esto que traéis no es solo pan y vino, el pan y vino representan la vida diaria de vuestras familias, eso es lo que traéis a la misa para que le pidamos a Dios que envíe su Espíritu y lo consagre y transforme y convierta en vida de Cristo para la vida del mundo.

Cuando el sacerdote pronuncie las palabras de Jesús en la última cena, no dirá “Este pan es mi cuerpo”, sino que dirá en nombre de Cristoi: “Esto es mi cuerpo”.

¿Por qué dice “esto”, y no solo “este pan”? Porque lo que consagra no es solamente este pan y este vino, sino todo lo que ese pan y ese vino representan, lo que habéis traído a la misa: vuestra vida (Venís a la misa, dice el Papa Francisco con vuestra vida a cuestas)…

La consagración es la consagración y transformación del pan, del vino, de la comunidad reunida, de sus vidas y trabajos, de sus penas y alegrías etc… Si no venís a misa trayendo y presentando todo eso para que el Espíritu lo consagre y transforme, no hay manera de celebrar efectivamente la Eucaristía (aunque haya pan y vino y sacerdote que pronuncie las palabras de Jesús).

Y si no decís de veras y con toda vuestra vida el “Amén” de la Comunión (Así es, así lo creo y pido que así sea, que me convierta en lo que recibo y que yo viva para dar vida), entonces la Eucaristía queda incompleta. Sin vuestra ofrenda y sin vuestro amén no hay Corpus Christi (porqe las palabras de la consagración no son magia de abracadabra).

Como tampoco hay Corpus Christi efectivo, sin el amén de una comunidad comprometida para transformar el mundo, desarraigar la corrupción, liberar a los oprimidos, acoger a los excluidos y trabajar por la justicia, la paz y el cuidado de toda vida. Sin ese amén no hay Corpus Christi, aunque haya procesiones barrocas, custodias lujosas escandalizantes y políticos de nombre creyentes presidiéndolas con traje de gala.

 

http://blogs.periodistadigital.com/convivencia-de-religiones.php/2017/06/16/sin-vuestro-amen-no-puede-haber-corpus-c

BOLETIN DE JUAN CEJUDO, LOS ARTICULOS MAS DESTACADOS. Junio 18/17


Estimados compañeros/as : Os envío una selección de los artículos publicados esta última semana, que me parecieron más interesantes.

 

Saludos cordiales: Juan Cejudo
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FRANCOIS HOUTART, LA EMANCIPACIÓN DE LOS PUEBLOS OPRIMIDOS. Juan José Tamayo
 
LA FUERZA POLÍTICA DE LA ESPERANZA ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL. Leonardo Boff


OBISPOS Y EDUCACIÓN. José Arregui
http://www.redescristianas.net/obispos-y-educacion-jose-arregi/


RELIGIÓN Y CORRUPCIÓN. José Mª Castillo, teólogo
http://www.redescristianas.net/religion-y-corrupcionjose-m-castillo-teologo/

JOSÉ Mº CASTILLO: ” LA RELIGIÓN NO ES UNA EXHIBICIÓN”
http://www.redescristianas.net/jose-maria-castillo-la-religion-no-es-una-exhibicion/


TONY MIFSUD S. J. : SOBRE LOS SACERDOTES CASADOS, CREO QUE SERÍAN UN DON PARA LA IGLESIA. Cameron Doody
http://www.redescristianas.net/tony-mifsud-sj-sobre-los-sacerdotes-casados-creo-que-serian-un-don-para-la-iglesiacameron-doody/


BIENAVENTURADOS LOS ATEOS PORQUE ENCONTRARÁN A DIOS. María López Vigil
http://www.redescristianas.net/bienaventurados-los-ateos-porque-encontraran-a-diosmaria-lopez-vigil-2/

EMERGENCIA EN EL MEDITERRÁNEO
http://www.redescristianas.net/emergencia-en-el-mediterraneo/

Xabier Pikaza. Corpus: Al atardecer nace la Vida


“La forma primordial de la oración humana”

Xabier Pikaza Ibarrondo, 18 de junio de 2017 a las 17:27
Pikaza, columnista

Pikaza, columnista

Al atardecer de su entrega por el Reino, desde el borde del fracaso, confiando en el Dios de la Vida, Jesús ofreció a los suyos su señal de vida: el pan y el vino, su mismo Cuerpo de amor y de entrega por todos. Buena fiesta de CorpusPan y vino/>

Pan y vino

(Xabier Pikaza).- Jesús no ha sido profeta de ayunos, sino de pan y vino compartido con los marginados de su pueblo, de pan y de peces ofrecidos en el campo abierto a todos los que van y vienen, como han destacado los evangelios en los diversos relatos de las “multiplicaciones”, que debemos entender como comidas mesiánicas de Jesús, a cielo abierto, con todos los que vienen (cf. Mc 6,30-44; (, 1-10 par).

En ese fondo se sitúa su manera de asumir la muerte, conforme a la tradición antigua de la iglesia. Sintiéndose amenazado, Jesús quiso beber con sus amigos el vino de fiesta final, prometiendo que la próxima vez lo bebería con ellos en el Reino. De esa forma quiso despedirse de amigos y de amigas, con el fino de la promesa del Reino en la mano.

Por eso, es normal que las iglesias de Jerusalén y Antioquía (representadas por los textos de la institución eucarística) y luego todas las iglesias hayan recreado litúrgicamente las palabras de la última cena sobre el pan y el vino como expresión radical de la entrega y esperanza de Jesús (uniéndolas a la palabra sobre el pan), como seguiremos indicando.

Al atardecer de su entrega por el Reino, desde el borde del fracaso, confiando en el Dios de la Vida, Jesús ofreció a los suyos su señal de vida: el pan y el vino, su mismo Cuerpo de amor y de entrega por todos. Buena fiesta de Corpus.

Elementos eucarísticos

a. Mc 14, 25a par. Voto de abstinencia: «En verdad os digo, que ya no volveré a beber del fruto de la vid…». Este pasaje vincula dos elementos:

(1) Voto de renuncia: Jesús recompromete a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual.

(2) Promesa de abundancia: Jesús anuncia a sus amigos el vino del Reino.

El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación (no, no, no: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…». En el momento más solemne de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el Reino que él ha prometido e iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30). Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazareo del reino, renunciando al vino. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas, pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino.

Para leer el artículo completo, pinche aquí.

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/06/18/corpus-al-atardecer-nace-la-vida-religion-iglesia-dios-jesus-papa-francisco-fe-pan-vino-cuerpo-sangre-fiesta-compartir-espiritu-santo-dones-eucaristia.shtml

Corpus Christi: pan partido para el mundo: Olga Vélez


 

Las fiestas religiosas van recordando los misterios de nuestra fe de manera que podamos profundizar en ellos, alimenten nuestra vida cristiana, la proyecten hacia un mayor compromiso cada día. En este tiempo hemos estado celebrando la Pascua, la Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad y ahora, en este mes, la celebración del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús. Es decir, motivos para avivar nuestra fe no nos faltan. El desafío es recrear toda esa vida de gracia que se nos entrega y hacerla significativa para nuestro presente.

En concreto, la fiesta de Corpus hace unas décadas era una gran celebración pública donde se hacían altares y procesiones y la gente se convocaba alrededor de la Eucaristía. Esta fiesta sigue siendo visible en algunos lugares pero en otros no parece tener más la acogida y reconocimiento del pasado. Sin embargo, el significado de esta celebración sigue siendo central y definitivo para quien la vive, para quien no deja que lo esencial se pierda, por falta de lo accidental. Pero ¿qué es lo esencial de esta festividad? La presencia real del Señor en la Eucaristía, su presencia que convoca, sostiene y compromete. En efecto, la eucaristía no es simplemente el trozo de pan que vemos expuesto en la custodia. Es la presencia del Dios vivo que continua llamando, atrayendo, despertando corazones para un servicio y una entrega desinteresada. Contrario a lo que a veces pareciera verse, cuando se explica este Jesús que se hace pan y se compromete con los más débiles, muchos corazones, especialmente de los jóvenes, se sienten interpelados por su llamada y se disponen a seguirle. Unos desde diversos grupos que surgen alrededor de la parroquia y otros desde la vida consagrada, vida en la que muchos seguirían si no encontraran, algunas veces, estructuras caducas que ahogan el espíritu y hacen demasiado escarpado el camino de madurez humana y espiritual que todo joven necesita

.

La eucaristía también es ese “pan para el camino” que sostiene en los momentos difíciles y alegra en las situaciones de gracia y bienestar que también nos alcanzan. A semejanza de los discípulos de Emaús, ese pan partido abre los ojos en medio de las dificultades y fortalece cuando aprieta el cansancio. Pero sobretodo permite reconocer al Señor cuando todo parece ocultarlo y hace arder el corazón cuando se reconoce ese amor divino que ha tejido nuestra vida y acompañado todos nuestros pasos.

Y lo más importante, la Eucaristía compromete la vida porque Jesús no está como presencia solitaria o como una divinidad que reclama un culto y una reverencia sagrada. Jesús eucaristía es el que se parte y se reparte por amor a todos. Es la vida entregada voluntariamente que nos invita a compartir el pan de su presencia y el don de su amor fraterno y sororal sin límites, ni medida. La imagen de la mesa común, de la cena festiva, del banquete mesiánico, nos incorpora ya en la esperanza definitiva que buscamos alcanzar. Una mesa donde caben todos y, especialmente, los más pobres, los últimos de cada momento presente. Esa mesa donde nadie pasa necesidad y no existen los vanos honores que tantas divisiones y distancias crean entre los seres humanos.

Celebrar, por tanto, la festividad de Corpus Christi, es ir más allá de la celebración litúrgica y dejarnos interpelar por el significado que nos transmite. Es agradecer la presencia real del Señor en la Eucaristía. Pero es también dejarnos llevar desde allí a la presencia real de Jesús en cada persona. En otras palabras que el sagrario nos lleve a los hermanos y estos nos remitan a Jesús. Sin esta relación intrínseca la eucaristía se convierte en un rito vacío que desdice del misterio de la encarnación.

Y, más aún, que contemplar a Jesús eucaristía nos vaya transformando en ese mismo pan que se reparte para el mundo con una vida dispuesta al servicio y a la entrega. Jesús no quiere estar en el sagrario. Quiere llegar al mundo y depende de nosotros el hacerlo posible. Que nuestro amor a la Eucaristía se haga visible en todos nuestros actos y a través de ellos muchos puedan descubrir ese Jesús que definitivamente se ha quedado en medio de su pueblo.

Foto tomada de: http://imagenes.catholic.net/imagenes_db/dadc60_20521.jpg

ESPIRITUALIDAD Y VIDA – Olga Vélez.

BOLETIN CON LOS ARTÍCULOS MAS DESTACADOS DE FE ADULTA. (CORPUS CHRISTI, CICLO “A” Junio 18/17.


Amigas y amigos:

Os informo que hemos sufrido un ataque informático que está provocando accesos muy lentos a la web. Estamos buscando una solución técnica lo antes posible y os ruego paciencia si la web no funciona bien.

La web ya tiene el material para preparar las Eucaristías del domingo, pero como veis, no hemos querido mandar la carta con los enlaces. Al menos de momento. No sería prudente que, con la página tan precaria que tenemos, llegara un aluvión de visitas esta tarde.

Un poco más abajo, en esta misma carta, tenéis los cuatro comentarios a los evangelios de esta semana y el editorial. Y también la clase de la Escuela y el material multimedia que llevan enlaces a YouTube, y funcionan bien. Y un artículo seleccionado por su estrecha relación con el tema de la semana. No podemos ponerlos todos, porque esta carta quedaría larguísima.

Os pediría que sólo se meta en la web quien tenga verdadera urgencia por acceder a los contenidos. Y un consejo práctico mientras no consigamos arreglarlo: hay que dar las órdenes de una en una, y esperar unos 30 segundos a que la web nos muestre el contenido. Si en un minuto no ha contestado, habría que volver a realizar la petición de acceso al artículo en cuestión. Si hay muchas peticiones a la vez, es posible que salga algún mensaje de error. En ese caso es mejor acceder unos minutos más tarde.

Hemos tenido que recurrir a unos programadores externos que limpiarán la web y la protegerán de futuros ataques, pero necesitan cerca de una semana de trabajo.

Por último, esperamos encontrar una solución provisional aunque sea solo para esta semana. De momento podéis leer el contenido que hemos copiado en la carta.

Gracias por vuestra comprensión,

Un abrazo,

Inma Calvo.

 

El maná y el pan de vida

Fiesta del Corpus Christi. Ciclo A – José Luis Sicre

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».

Sobrevivir y vivir eternamente

El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.

Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.

Para expresar el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna” las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día». Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.

Inmortalidad y vida eterna

Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.

Unión con Jesús y unión con los hermanos

La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».

CORPUS (A) – Fray Marcos

(Dt 8,2-3.14-16) para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de…

(1 cor 10,16-17) El pan que partimos, ¿no nos une en el cuerpo de Cristo?

(Jn 6,51-59) El que come de este pan vivirá para siempre.

Ágape, sacramento de unidad, signo de amor. Reducirlo a la comunión o a la adoración del pan consagrado es devaluarlo absolutamente.

La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más compleja y difícil de comprender y de explicar. Podíamos considerarla como acción de gracias (eucaristía), Sacrificio, Presencia, Recuerdo (anamnesis), alimento, fiesta, unidad. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos en una homilía. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza. Lo que vamos a hacer es intentar superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras “mágicas”, obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material. Cuando se piensa que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.

2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es solo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, es un autoengaño. Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos y Jn en el discurso del pan de vida. Jn hace referencia al alimento, pero alimentarse lo identifica con, “el que cree en mí, el que viene a mí”.

3º.- En las palabras de la consagración, “cuerpo” no significa cuerpo; “sangre” no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo. En la antropología judía, el hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hombre-cuerpo era el ser humano en cuanto sujeto de relaciones. Al decir: esto es mi cuerpo, está diciendo: esto soy yo,esto es mi persona. Para los judíos la sangre era la vida. No era solo símbolo de la vida. Era la vida misma. Cuando Jesús dice: “esto es mi sangre, que se derrama”, está diciendo que toda su vida está entregada a los demás.

4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. El clericalismo que otorga a los sacerdotes un poder divino para hacer un milagro, no tiene ningún apoyo en la Escritura.

5º.- La comunión no es un premio para los buenos “que están en gracia”, sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento. Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.

6º.- La realidad significada en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el significado que yo tengo que descubrir. La eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades. Podemos oír misa sin que nos obligue a nada, pero no podemos celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.

7º.- Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Entregad la propia vida a los demás como he hecho yo.

8ª.- Los signos de la eucaristía no son el pan y el vino, sino el pan partido y el vino derramado.Durante siglos, se llamó a la eucaristía “la fracción del pan”. No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esta es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Nuestra vida solo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás.

Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.

La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se produce un sacramento cuando el signo (algo que entra por los sentidos) nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar. La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.

El ser humano no tiene que liberar o salvar su “ego”, a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del “ego”, que es precisamente lo contrario. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente. Estamos hablando del sacramento del amor, del sacramento de la unidad. Si la celebración de la eucaristía no nos lleva a esa unidad, significa que es falsa.

Meditación

No se trata solo de comer, sino de asimilar lo comido.

Si como sin asimilar, se producirá indigestión.

Si comulgo y no me identifico con lo que fue Jesús, me engaño.

Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.

Realizado el signo, que entra por los sentidos,

queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.

La verdadera comunión no está en el signo

sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.

ESTANCADOS – J. A. Pagola

El papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia… pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación La alegría del Evangelio llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en «espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia».

Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas o seguimos instalados en ese «estancamiento infecundo» del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?

Una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II fue impulsar el paso desde la «misa», entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, a la «eucaristía» vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Jesucristo resucitado.

Sin duda, a lo largo de estos años hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote «decía» la misa y el pueblo cristiano venía a «oír» la misa o a «asistir» a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?

Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical, porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.

Sin duda, todos, presbíteros y laicos, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, «centro y cumbre de toda la vida cristiana». ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

El problema es grave. ¿Hemos de seguir «estancados» en un modo de celebración eucarística tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

El que coma de este pan, vivirá para siempre…

Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba “hacer una comunión espiritual”: consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica “comer de este pan”, se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras “disposiciones eucarísticas”: consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: “El que quiera ser el mayor entre vosotros que sea vuestro servidor” (Mt 23,12); “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22); “Me dan compasión estas gen­tes, dadles vosotros de comer”(Mc 6,34.37 ); “No atesoréis tesoros en la tierra”(Mt 6,19); “Las prostitutas os precederán”(Mt 21,31) “Prestad sin esperar nada a cam­bio”(Lc 6,35)…, hacer el gesto interior de “tragarnos” eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo “parte con él” (cf.Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el “Primogé­nito de una multitud de hermanos…”

Esto de “tragar” es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: “no trago a tal persona”, “ese disgusto aún no me lo he tragado…”, “todavía lo tengo aquí “(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión “comulgar” por la de “tragarnos a Jesús” para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría “tragarnos” su mentalidad (es el “cambiad de mentalidad” de Mc 1,15, o el “tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús de Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio de hoy expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: “partirse la vida”, “vaciarse hasta la muerte”, según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se “reconoce a Jesús al partir el Pan” cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.

Vicente Martínez: Corpus Christi

Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida (Tagore)

18 de junio. Festividad del Corpus Christi

Jn 6, 51-58

Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (6, 56)

En el Zoroastrismo se cuenta un relato similar al que se narra en el evangelio de Juan. Dice así: “El Maestro invita a sus discípulos a una cena, en la que se bendice el pan y el vino y se los da a comer y beber para que participen en ella y sean con él uno”. San Pablo insiste en 1 Corintios 10, 16-17 que el pan es uno y que nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo:“Uno es el pan y uno es el cuerpo que todos formamos, pues todos compartimos el único pan”. Juan subraya en 11, 3, el amor de Jesús a cada uno de los miembros de la comunidad cristiana. La primera de ellas, presidida por el propio Jesús, el Colegio Apostólico.

Los Hechos de los Apóstoles y algunas de las Cartas de San Pablo, hacen referencia a las comunidades del cristianismo primitivo: Jerusalén, Antioquía, Tesalónica…etc. Los discípulos del desaparecido Maestro sintieron la necesidad de unirse para apoyarse y defender su fe frente a quienes les perseguían. En Hch 2, 42-47 se describe su modo de vivir: la vida comunitaria era uno de los aspectos más destacados.

Jesús es parte de la Comunidad, y sin él el Cristianismo carecería de sentido. De ahí la eucaristía, el ágape, la concelebración. No olvidemos que los términos “comunidad”, “comunión”, -“común-unión”- encierran el significado profundo de “pertenencia a todos”. Los primeros cristianos se llamaban hermanos y, como tales, compartían bienes materiales y espirituales. Un sentido que también se ha dado en otros grupos: los shangas(monjes) en el budismo, las tariqas del sufismo.

Tertuliano, Padre de la Iglesia nacido en Cartago en la segunda mitad del silgo segundo, se refería al culto de Mitra cuando mencionaba el rito de la oblación del pan como ofrenda muy difundida en los tiempos antiguos:“Si se la considera aquí característica del culto de Mitra y testimonio del más estrecho parecido con el cristianismo, es porque esta oblación afecta la misma forma en el culto de Mitra y en la Iglesia. Y no es una simple oblación, sino que constituye la cena mitríaca, en condiciones sumamente parecidas a la fe de la cena cristiana”. ¿Ocurrió o no ocurrió? ¿Pasó fuera o adentro? Es antiguo el castillo, y también es antigua la leyenda, pero lo importante es, como propone el Bardo, “oirla en silencio”.

Los textos de Ugarit, ya citados en mi artículo del pasado Domingo de Ramos, El templo vacío, nos muestran la influencia que tuvieron en la Biblia. Un ejemplo lo encontramos en Proverbios 9, 5, cuyo texto es similar a uno ugarítico que dice: “Venid a comer de mis manjares y a beber del vino que he mezclado. También aquí el parecido con el relato de Juan en 6, 56 –“Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”- parece evidente, como lo es este otro literal de las tablillas: “Aprestándose escanció y le dio de beber. Puso una copa en su mano, un cáliz en sus dos manos, el copón de un héroe celeste, una copa sagrada”.

Con relatos como éstos –zoroástrico, mítrico, evangélico, eclesial- de indiscutible origen común, sean ciertos o no, lo importante es lo que nos quieren transmitir. En la ópera El castillo del conde Barbazul, del compositor rumano Bela Bartók (1881-1945), el Bardo canta en el Prólogo los siguientes versos: “Oh, historia antigua, / cómo, cómo la esconderé… / La historia es antigua, / pero ¿ocurrió?, ¿no ocurrió? /¿Pasó fuera, dentro? / ¿cuál será su significado?”

Rabindranath Tagore cantó en Gitanjali. Poemas en prosa: “Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida”

UNIDAD

La Unidad es como el cielo azul.

Todo surge, se desarrolla y desaparece

en su amor de ilimitada compasión.

Todo es un aspecto de la Unidad.

Y nuestra búsqueda para descubrirlo

procede de la Unidad”

Abhivagupta (Jeff Foster La vida sin centro)

Tema de la semana: ¿Palabra de Dios?

Además de meditar sobre el sacramento de la Eucaristía, con ocasión de la fiesta del Corpus, esta semana os invitamos a reflexionar sobre la Revelación. El artículo de Gonzalo Haya nos hace ver la incoherencia de considerar como Palabra de Diostantos textos de la Biblia o del Magisterio que sonincompatibles con la ética actual más elemental.

Y para profundizar aún más, contamos con una nueva clase magistral de Andrés Torres Queiruga: La Revelación.

La Biblia no es “Palabra de Dios”

Gonzalo Haya

 

La Biblia no es Palabra de Dios; los evangelios no son Palabra de Dios, las Encíclicas de Juan Pablo II o de Francisco no son Palabra de Dios; el Credo no es Palabra de Dios.

Dios inspira su espíritu en la conciencia del cristiano, del judío, del musulmán, del budista, y del ateo; otra cosa es que le escuchemos, o no. Como dijo Pedro:

“Realmente, voy comprendiendo que Dios no discrimina a nadie, sino que acepta al que lo respeta y obra rectamente, sea de la nación que sea” (Hechos 10,34-35).

 

Interpretar el mensaje de Dios

 

La dificultad está al traducir el mensaje de Dios en conceptos y en comportamientos humanos. Jesús había anunciado que les transmitiría su espíritu a los discípulos; ¿cuándo y cómo lo cumplió? Para expresar la importancia de tal acontecimiento, Lucas compone la escenografía de Pentecostés, con estruendo, lenguas de fuego y glosolalia. Juan, que escribe después de Lucas, lo expresa en forma menos aparatosa pero más íntima, con una aparición y un soplo semejante al de la creación del primer hombre. Los discípulos no entenderían muy bien lo que les enseñaba el espíritu porque tuvieron que discutir mucho para ponerse de acuerdo sobre continuar con la circuncisión o prescindir de ella.

El espíritu de Dios estaba, y está, en todos los humanos desde nuestro nacimiento; lo que nos falta es dejar que esta presencia se vaya manifestando en las personas y en la sociedad.

Traducir con nuestras palabras ese manifestarse de Dios no es como traducir del arameo o del griego al castellano; que ya es difícil: “traduttore traditore”. Sería algo así como traducir la música en el lenguaje jurídico. Rûmî y San Juan de la Cruz tradujeron la inspiración de Dios al lenguaje de la poesía; más decepcionante fue traducir esa inspiración a conceptos, como vemos al comparar la poesía de “El Cántico espiritual” con la explicación del mismo san Juan de la Cruz.

Nuestro cerebro está hecho para explicar el mundo en que vivimos y no podemos renunciar a esta tarea porque necesitamos un “Manual de instrucciones” que nos ayude a entender el mundo y la sociedad para manejarnos en ellos, tanto en la manipulación física, como en las relaciones sociales, o en la contemplación de la belleza.

La consideración de los libros sagrados como palabra de Dios ha sido útil para organizar la convivencia social y política de los pueblos, y para dar consistencia a sus gobiernos pero, en el desarrollo histórico, la mayor parte de esta misión ha ido pasando a la sociedad civil, que se ha fortalecido y ha tomado conciencia de esa misión, en su legislación, protección social, educación, y demás aspectos de nuestra convivencia.

Por otra parte, el auge de la cultura científica, y últimamente de la hermenéutica, nos obliga no sólo a matizar sino a reformular la creencia sobre el origen de esos libros sagrados. Algunos relatos bíblicos se contradicen con actuales descubrimientos arqueológicos y, lo que resulta más grave, se contradicen entre sí o se contradicen con la más elemental ética actual.

En una conferencia comencé leyendo este texto del Primer Libro de Samuel

Así dice el Señor de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos(1Sam 15,3).

¿Alguien se atreve a decir que esto es palabra de Dios? La orden de matar a los niños de pecho no es palabra de Dios; atribuirla hoy a Dios sería una blasfemia. Aniquilar a los enemigos actuales y futuros fue una táctica de un exaltado nacionalismo en una época muy atrasada en la evolución de la conciencia.

En el mismo sentido es conocida la carta que un oyente envió a la locutora Laura Schlessinger, que había reprobado la homosexualidad basándose en un texto del Levítico 18,22. En esta carta el oyente le pide la interpretación de diez textos del Antiguo Testamento, desde uno que le permite vender a su hija como esclava (Éxodo 21,7) hasta otro que le impide acercarse al altar si tiene un defecto en la vista (Levítico 21,18-20).

 

Importancia de los libros sagrados

 

El teólogo dominico Edward Schillebeeckx decía que “la Biblia es palabra humana sobre Dios”. La liturgia termina la lectura del evangelio reconociéndolo como “Palabra de Dios”; creo que debería cambiar esta expresión, porque esta afirmación, repetida y una otra vez en un ambiente sagrado, tiene una enorme eficacia de convicción subliminal. Y esta convicción mantiene a los participantes alejados, o enfrentados, a una cultura y a una fe adulta.

La Biblia no es palabra de Dios. La Biblia, como otros libros -sagrados, filosóficos, poéticos, o legislativos- nos transmite palabras humanas surgidas de la experiencia de personas con un avanzado nivel de conciencia que, en un determinado momento, han orientado a sus pueblos hacia mejores relaciones morales, sociales y espirituales. La Biblia, y todos los libros sagrados, son valiosas antologías de destacadas experiencias religiosas y éticas.

Dios, la Realidad inmanente y trascendente, no se manifiesta directamente en los libros sagrados; se ha manifestado en la conciencia humana, y esta experiencia ha sido traducida a los libros sagrados, inevitablemente mediante los conceptos culturales de su época, y con más o menos acierto. Igualmente la teoría de la relatividad o la teoría cuántica han llegado a los libros por medio de los descubrimientos realizados por los científicos.

¿Qué hacemos, pues, con la Biblia? Por lo pronto sacarla del rincón de la biblioteca -o de la vitrina en la que se mantiene respetuosamente encerrada- y leerla paulatinamente, porque los cristianos tenemos en ella las raíces de nuestra espiritualidad, con momentos éticos y místicos extraordinarios. Necesitaremos sin embargo alguna Introducción o Comentario, que nos ayude a situar su contexto histórico y su progresiva evolución ética y cultural.

El Nuevo Testamento es más breve y algo más comprensible para nuestra cultura. En él encontraremos las diversas tendencias que surgieron sobre la interpretación del mensaje de Jesús; tendencias que fueron poco a poco reajustadas – o suprimidas- para que encajaran en una teología común, para iglesias muy dispersas, con culturas y circunstancias sociopolíticas muy distintas. Una lectura atenta y bien documentada de estos escritos del Nuevo Testamento será el mejor camino para la vuelta a un pluralismo religioso, como exige nuestra conciencia actual.

Los evangelios son lectura imprescindible de todo cristiano para volver a Jesús; el riesgo que corremos es que, al leerlos, proyectamos sobre ellos las explicaciones que venimos oyendo desde nuestra primera comunión. Tenemos que leer el evangelio desde los signos de los tiempos y desde nuestra conciencia.

¿Qué nos dicen los evangelios sobre el papel de la mujer en el movimiento de Jesús? ¿Lo alteró Pablo al decir que el resucitado se apareció primero a Pedro? ¿Lo interpreta bien la teología actual al excluir a la mujer del sacerdocio? ¿Qué papel concedió Jesús al sacerdocio oficial y al culto en el templo? ¿Cómo consideraba Jesús la riqueza, el poder, y los signos de prestigio?

Tenemos que escuchar la palabra de Dios (mejor, el mensaje de Dios) en nuestra conciencia. Y para descifrar este mensaje será fundamental el ejemplo y las palabras de Jesús, y su resonancia en nuestra comunidad; también las palabras de otros expertos y sabios, antiguos o actuales, y el sentir del pueblo sencillo, de cualquier cultura o religión.

La mejor hermenéutica ya la nos la enseñó Jesús:¡Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios!

ENLACES MULTIMEDIA

MEDITACIÓN: “No trates de encajar en este mundo”: Por Sergi Torres

“¡¡¡Trata de encajar en ti mismo, en tu conciencia humana!!!”.Atrévete a ver este video, vívelo en este instante de tu vida…..TE CAMBIARÁ.

Salomé: “No es lo mismo”

“Apareciste en mi vida, y ya nada es lo mismo, ya no puedo “ser” sin tu calor”. PRESENTACION LENIN VLADIMR CARDENAS

“Confía” CANCIÓN DE ÁLVARO FRAILE. “¿Qué va a ser de mí?”…. ¡¡¡Confía!!!

“Carta al ego” Por Jose Miguel Vale “Conseguí escucharte, sé que estás aquí conmigo tomados de las manos, acompañándome a afrontar mis miedos. Permitiéndome mirar a los demás con compasión, y mirar esta ilusión con belleza”.

Equipo Quiero Ver: “Pan que da vida”: Estamos hechos con delicadeza, cariño, de forma artesanal y personalizada. Y de esta manera, tal como Jesús se hace pan para nosotros, así hemos de ser nosotros “pan para los demás”.

Video de la semana: “Reflexiones”: Por Deepak Chopra

Para interiorizar…

Bienaventurados los ateos porque encontrarán a Dios: Maria López Vigil


jun122017

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Paper-Comunicación
Horizonte, Belo Horizonte, vol. 13, no. 37, p. 584-591, Enero/Marzo 2015 – ISSN 2175-5841 584
Blessed are the atheists for they will find God 
Los dogmas del Catolicismo, la religión en la que nací, ya no me dicen nada. Las tradiciones y creencias del Cristianismo, tal como las aprendí, me parecen cada vez más ajenas. Son respuestas. Y ante el misterio del mundo yo tengo cada vez más preguntas.
Sentimientos parecidos a los míos los descubro en mucha otra gente, sobre todo jóvenes, sobre todo mujeres, que no niegan a Dios, pero que buscan una espiritualidad que alimente de verdad el sentido de sus vidas. Y en busca de ese tesoro, donde poner su corazón, toman distancia, se apartan, revisan, hasta rechazan, la religión aprendida.

¿Qué nos pasa? ¿Qué me ha pasado? Que he crecido, que he leído, que he buscado, que vivimos en un mundo radicalmente diferente al mundo tribal, rural, pre-moderno, en el que se fraguaron los ritos, dogmas, creencias, jerarquías y tradiciones de mi religión. El sistema religioso que nos han enseñado habla de un concepto anticuado del mundo. Ya no podemos caminar con esos “zapatos”, ya no me sirven.
Paper-Comunicación recibido el 21 Agosto de 2014 y aprobado el 17 de marzo de 2015.
 Periodista y escritora. Redactora Jefa de la Revista Envío, de la Universidad Centroamericana (UCA). País de origen: Nicaragua.
E-mail: maria@untaljesus.net

Sabiendo, como sé, que el Cristianismo en todas sus versiones (católicos, protestantes, evangélicos, ortodoxos…) es una religión poderosa, pero una más entre tantas que existen y han existido en el planeta y en la historia, ya no puedo creer que la mía es la religión verdadera. Sería una insensatez tan mayúscula como creer que mi lengua materna, el español, es entre todas las lenguas, la mejor sólo porque nací en ella, es la que conozco y la que sé hablar.

Encuentro arrogantes los postulados religiosos que aprendí. Porque se presentan absolutos, rígidos, infalibles, incuestionables, inmutables e impenetrables al paso del tiempo. Y la humildad –que tiene la misma raíz, que humanidad, humus – me parece un caminito esencial ante el misterio del mundo, que ni la ciencia ni ninguna religión logra desentrañar cabalmente.
Sabiendo, como sé, las riquezas que encierran las variadísimas culturas humanas, los tantos mundos que hay en este mundo, no puedo creer que en mi religión y en la Biblia esté “la” revelación de esa Realidad Última que es Dios. Si así lo creyera, no podría evitar ser soberbia. Y no podría dialogar de igual a igual con los miles y miles y miles de hombres y mujeres que no lo creen así, que tienen otros libros sagrados, que van a Dios por otros caminos en donde no hay escrituras santas que venerar y seguir.

¿Cómo creer en ese galimatías dogmático, amalgamado con una filosofía superada, que afirma que en Dios hay tres personas distintas con una única naturaleza y que Jesús es la segunda persona de esas tres, pero con dos naturalezas? ¿Cómo creer lo que es absurdo y no entiendo si mi cerebro es la obra maestra de la Vida? ¿Cómo creer que María de Nazaret es Madre de Dios si Dios es Madre? ¿Cómo creer en la virginidad de María sin asumir lo que ese dogma expresa de rechazo a la sexualidad y a la sexualidad de las mujeres? ¿Cómo aceptar una religión tan masculinizada y, por tanto, tan separada de aquella primera intuición que presentía a Dios en femenino al ver el poder del cuerpo de la mujer que daba vida? ¿Cómo olvidarnos de que, por esa experiencia vital, Dios “nació mujer” en la mente de la humanidad?

¿Cómo creer en el infierno sin convertir a Dios en un tirano torturador como los Pinochet o los Somoza? ¿Cómo creer en el pecado original, que nunca nadie cometió en ningún lugar, que es solamente el mito con que el pueblo hebreo explicó el origen del mal en el mundo? ¿Cómo creer que Jesús nos salvó de ese pecado si esa doctrina no es de Jesús de Nazaret sino de Pablo de Tarso? ¿Cómo creer que Dios necesitaba de la muerte de Jesús para lavar ese pecado? Jesús el profeta, ¿un cordero propiciatorio que aplaca con sangre la cólera divina? ¿Cómo creer que Jesús nos salvó muriendo, cuando lo que nos puede “salvar” del sinsentido es que nos enseñó a vivir? ¿Cómo creer que como el cuerpo de Jesús y bebo su sangre, reduciendo así la Eucaristía a un rito materialista, mágico y evocador de sacrificios arcaicos y sangrientos que Jesús rechazó?
Sin embargo, dejando ya en mi camino tantas creencias de la religión aprendida, no dejo a Jesús de Nazaret. Porque, así como mi padre, mi madre y mis hermanos son mis referentes afectivos, y así como pienso, hablo y escribo en español y esa lengua es mi referente cultural, Jesús de Nazaret es mi referente religioso y espiritual, mi referente ético, el que me es más familiar para tantear el camino que me abre al misterio del mundo.

Hoy, sabiendo, como sé, de la majestad inabarcable del Universo en el que vivimos, con sus miles de millones de galaxias, no puedo creer que Jesús de Nazaret sea la única y definitiva encarnación de esa Energía Primera que es Dios. Eso no lo creyó Jesús. Esa elaboración dogmática, hecha posteriormente y en contextos de luchas de poder, escandalizaría a Jesús. Hoy, en vez de afirmar “creo que Jesús es Dios”, prefiero decirme y decir: “Quiero creer en Dios como creyó Jesús”.
¿Y en qué Dios creía Jesús, el Moreno de Nazaret? Nos enseñó que Dios es un padre, también una madre, que se preocupa por buscarnos, -el pastor que busca a su oveja, la mujer que busca su dracma-, que nos espera con ansia, que siempre acoge, que se indigna ante las injusticias y ante el poder que explota y oprime, que toma partido por los de abajo, que no quiere pobres ni ricos, que quiere que a nadie le sobre y a nadie le falte, que apuesta por la equidad y la dignidad de todos, que nos quiere hermanos, que nos quiere en comunidad, que no quiere señores ni siervos, tampoco siervas, que nos da siempre oportunidades, que se ríe y festeja, que celebra banquetes a los que invita a todos, que es alegre y es bueno, que es un abbá, una immá.

Todas las religiones del mundo, toditas, se parecen en algo: todas afirman que son las verdaderas y se ufanan de que sus divinidades son las más poderosas. Todas se sostienen en creencias, en ritos, en mandamientos y en mediadores. La mayoría de los mandamientos que imponen son prohibiciones: lo que no se puede hacer, lo que no se puede pensar, lo que no se puede decir… Y los mediadores que dominan las religiones son variadísimos: son libros, lugares, tiempos y objetos sagrados y, sobre todo, son personas sagradas a las que hay que creer, obedecer y reverenciar.

Cuando uno lee la buena noticia de los Evangelios, cuando capta su esencia, descubre que Jesús no fue un hombre religioso. Jesús fue un laico en contradicción permanente con los hombres piadosos y sagrados de su tiempo, fariseos y sacerdotes. Jesús no propuso creencias sino actitudes. No lo vemos nunca practicando ningún rito sino acercándose a la gente. Le dio la vuelta a varios mandamientos, tal como eran interpretados por los piadosos de su tiempo. Y no respetó ni los lugares sagrados (oraba en el monte) ni los tiempos sagrados (“El sábado es para la gente, no la gente para el sábado”).

Jesús fue un hombre espiritual y un maestro ético. Jesús no quiso fundar ninguna religión y, por eso, no es responsable de ninguno de los dogmas construidos desde el poder sobre la memoria apasionada de quienes lo conocieron. Jesús propuso una ética de relaciones humanas. Inspiró un movimiento espiritual y social de hombres y mujeres que buscando a Dios buscaran la justicia y construyeran su sueño, el Reino de Dios, que él concibió como una utopía contrapuesta a la realidad de opresión, injusticia, que le tocó vivir en su país y en su tiempo.

Cuando ninguna persona es sagrada todas las personas se vuelven sagradas. Cuando ningún objeto es sagrado todos los objetos merecen ser cuidados. Cuando ningún tiempo es sagrado todos los días que me es dado vivir se convierten en sagrados. Cuando ningún lugar es sagrado veo en la Naturaleza entera el sagrado templo de Dios. Esto también nos lo enseñó Jesús.
La irreverencia, la provocación, la gracia, el humor, la audacia y la novedad de la espiritualidad de Jesús de Nazaret han sido aprisionadas desde hace siglos en la dogmática cristológica. Esa dogmática nos hace prisioneros de un pensamiento único, nos encierra en una jaula. No nos deja volar porque no nos deja preguntar, sospechar, dudar… Los barrotes de esa cárcel provocan miedo. Miedo a desobedecer la palabra autorizada de quienes “saben de Dios”, las jerarquías de la religión. Miedo a ser castigados por pensar y por decir lo que pensamos.

Hoy, sabiendo que vivo “en torno a una estrella del montón, en una zona corriente de una galaxia vulgar, agrupada con otras igualmente anodinas en un cúmulo ordinario”, como describe este “barrio cósmico” que es la Tierra un prestigioso físico, no puedo dejar de sentir petulantes y esclerotizadas, irrelevantes para mi vida, las certezas y las normas de la religión organizada por una burocracia jerárquica que, además, en tantas cosas ha traicionado el mensaje de Jesús.

Me encuentro más cercana a la Vida que Jesús defendió y dignificó en esa religiosidad, en esa espiritualidad que es reverencia y asombro ante el misterio del mundo. Hallo más sentido espiritual en la “religiosidad cósmica” de la que habló el judío Einstein cuando dijo: “El misterio es lo más hermoso que nos es dado sentir”. Einstein reconoce que esa experiencia de lo misterioso “cuna del arte y de la ciencia ha generado también la religión”. Pero añade: “La verdadera religiosidad es saber de esa Existencia impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones de la Razón más profunda y de la Belleza más resplandeciente” que nunca nos son del todo asequibles. Y concluye: “A mí me basta con el misterio de la eternidad de la Vida, con el presentimiento y la conciencia de la construcción prodigiosa de lo existente”.

No sé si a mí me basta esa formulación, pero sí sé que me resulta significativa porque me abre a nuevas preguntas. Y la religión, el sistema religioso en el que me educaron, no me abrió. Me cerró llenándome de respuestas fijas, preestablecidas, muchas de ellas amenazantes, angustiantes, generadoras de miedo, de culpa y de infelicidad. Es tiempo de humanizarnos. Y el sistema religioso, obligándonos a pensar a Dios de una única manera, imponiéndonos normas morales severas y faltas de compasión y obligándonos a cultos y ritos rutinarios y rígidos, nos deshumaniza.

¿Creo en Dios? ¿Qué es la fe? “Es un amor”, me respondió hace ya muchos años un campesino analfabeto en la República Dominicana cuando yo se lo pregunté. Nunca lo olvido. Sentí una explicación tan sencilla como profunda.
Si Dios es, es quien me mueve siempre hacia el amor, hacia los demás, sean personas, animales, árboles… Ese movimiento, ese impulso es a compartir, a simpatizar, a cuidar, a hacerme responsable, a meterme en el agua que guarda en su fondo ese pozo de todo lo que está vivo. La amistad es la felicidad de no poder tocar nunca el fondo de ese pozo. Eso es amor: un pozo sin fondo en el que poder beber. Eso debe ser Dios. En el amor que tengo a quienes quiero yo siento a Dios.

Si Dios es, es belleza. El derroche de belleza de la Naturaleza -las estrellas del cielo, los ojos de los perros, la forma de las hojas, el vuelo de los pájaros, los colores y sus matices, el mar-, todo ese inconmensurable y siempre sorprendente listado de hermosuras, todas parecidas, todas diferentes, todas relacionadas, esa belleza que yo no puedo ni abarcar ni entender, que deslumbra mis ojos y mi mente, que la ciencia nos descubre y nos explica, siento que tiene “la firma” de Dios. En el fondo de toda la belleza que veo en todo lo que existe yo siento a Dios.
Si Dios es, es alegría. En la fiesta, en la música y el baile, en las formas indefinibles que adopta la alegría cuando es profunda, en la palabra, en la compañía, en la celebración, en los logros, en el esfuerzo de creatividad, y muy Paper-Comunicación: Bienaventurados los ateos porque encontrarán a Dios especialmente en las risas y en las sonrisas de la gente, yo siento que Dios es más cercano que nunca.

Si Dios es, es también justicia. Es la justicia que la historia que conozco y en la que vivo no le ha garantizado nunca a la gente buena. Que no le garantizó a aquel campesino pobre y analfabeto que me definió la fe como “un amor”.
Pero Dios siempre está más allá de todo amor, de toda belleza, de toda alegría, siempre inalcanzable, innombrable, indescifrable, siempre más allá de la idea que de Dios me hago, más allá de mi propio deseo y nostalgia. Maimónides, el gran pensador judío de la Edad Media, escribió un tratado teológico-filosófico con este fascinante título: “Guía para perplejos”. Dice él: “Describir a Dios mediante negaciones es la única manera de describirlo en un lenguaje apropiado”.

Ni una pizca de esa perplejidad la encuentro ya en el sistema religioso en el que nací. Y es con estos “ladrillos” de pensamiento y de sentimiento, con este pensar y este sentir, con los que he ido construyendo a tientas una espiritualidad, convencida, como decía el poeta León Felipe, que nadie va a Dios por el mismo camino por el que voy yo. La espiritualidad es un camino personal, la religión es un corsé colectivo. Un “yugo pesado”, en palabras de Jesús.

En su libro La ola es el mar, el monje benedictino Willigis Jäger comenta: “Una persona sagaz dijo: La religión es un truco de los genes”. Jäger se toma muy en serio esa afirmación. Y explica: “Cuando la especie humana alcanzó el nivel evolutivo adecuado para plantearse preguntas sobre su origen, su futuro y el sentido de su existencia, desarrolló la capacidad para dar respuesta a esas preguntas. El resultado de este proceso es la religión, que durante milenios ha desempeñado magníficamente su tarea y aún sigue haciéndolo hoy. La religión forma parte de la evolución humana. Y si hoy llegamos a un punto en que sus respuestas ya no satisfacen, es un indicio de que la evolución ha dado un paso hacia adelante y está surgiendo en la humanidad una nueva capacidad para comprendernos como seres humanos”.

A pesar de los caminos errados y de los tiempos perdidos, cuánto me alegro de que, antes de morirme, desarrollé esa capacidad y pude vivir en el tiempo de ese paso hacia adelante.

http://www.redescristianas.net/bienaventurados-los-ateos-porque-encontraran-a-diosmaria-lopez-vigil-2/

Pentecostés: Libres como el viento. JM CASTILLO


03.06.17 | 18:28.

Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta del Espíritu. Y, como es sabido, la palabra “espíritu” es la traducción del griego “pneuma” (de ahí, “neumático”), que significa, a la vez, “espíritu” y “viento” (R. E. Brown).

Por eso, sin duda, Jesús le dijo a Nicodemo: “El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5). ¿Qué significa “nacer del agua y del Espíritu”? Jesús lo explica enseguida: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a donde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3, 8).

El viento es libre. Y tiene tanta libertad, que nadie puede encadenarlo. Por eso dice Jesús que no se sabe ni de dónde viene, ni a dónde va. Es el símbolo perfecto de la libertad indomable. Una libertad que está allí donde está el Espíritu, el “pneuma”, o sea: el “espíritu”. Teniendo en cuenta que Jesús no destaca la “fuerza” del viento, que puede llegar a ser un huracán. Lo que Jesús destaca es la “libertad” del viento, que no se deja esclavizar, someter o dominar.

En esta sociedad en que vivimos, cuando nos imaginamos que somos más libres que nunca, ahora –precisamente ahora– es cuando estamos más controlados, más sumisos y además encantados con esta atractiva esclavitud que nos han impuesto.

La particular eficacia de este sistema consiste en que “no actúa a través de la prohibición y la sustracción, sino de complacer y colmar. En lugar de hacer a los hombres sumisos, intenta hacerlos dependientes” (Byung-Chul Han). Porque la fuerza, que nos somete, no es el “poder opresor”, sino el “poder seductor”. No le faltaba razón a El Roto cuando, no hace mucho, puso en una de sus mordaces viñetas la figura de un gran mandatario, que le estaba diciendo a la gente: Las dictaduras son innecesarias: ya nadie desobedece.

Por más que nos quejemos de los corruptos y los violentos, cuando veo en el autobús, por la calle o en la sala de espera, a la mayoría de la gente, sobre todo si es gente joven, enganchada al móvil, un móvil que está perfectamente controlado, no se sabe dónde, ni por quién, ni para qué, entonces pienso, con pena y rabia, que “el poder adquiere cada vez más una forma permisiva. Y su permisividad, incluso en su amabilidad, esconde su negatividad y se ofrece como libertad”.

El día que la fiesta de Pentecostés sea, de verdad, la fiesta de los hombres y mujeres libres como el viento, ese día habremos nacido de nuevo. Y en este mundo empezará a ser posible superar la contradicción que hoy nos parece insuperable: armonizar la libertad con la igualdad. ¿Una utopía? Sí. Por la fuerza del Espíritu.

http://blogs.periodistadigital.com/teologia-sin-censura.php/2017/06/03/pentecostes-libres-como-el-viento

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