Cinco mujeres nos hablan de libertad sexual y de su lucha contra el patriarcado en el documental #Placer Femenino


Se estrena un documental que explora el papel de la mujer en la historia y por qué, en pleno siglo XXI, la sociedad, la política y la religión siguen permitiendo actos tan inhumanos como la ablación y siguen censurando y condenando la libertad de expresión y la libertad sexual de la mujer.

#Placer Femenino
#Placer Femenino | Mons Veneris

PEDRO MATEO

  Madrid | 21/05/2019

Sin duda es uno de los documentales más esperados de la temporada. Un documental, como se suele decir, y ahora más que nunca, necesario. El propio título sintetiza la esencia de lo que pretende explorar con bastante acierto, el placer femenino sexual y cómo este ha sido motivo de rechazo y represión a lo largo de la historia.

Un documental avalado por su éxito en festivales como Locarno, el del Cine Suizo o en los Romy Adwards. Su directora, Barbara Miller, a través de cinco mujeres, explora los motivos que han provocado tanta censura, persecución, condena y violencia contra las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres.

La psicoterapeuta somalí Leyla Hussein sufrió mutilación genital femenina o ablación. Con tan sólo siete años, un grupo de mujeres de su círculo más cercano, en un ritual festivo al que los hombres no asisten, la abrieron de piernas y le practicaron varios cortes hasta que destrozaron sus genitales y eliminaron cualquier tipo de posibilidad de futuro placer sexual. Un acto inhumano, inexplicable y salvaje con más de 200 millones de víctimas alrededor de 30 países de África, Asia y Oriente Medio. Leyla vive en constante amenaza por muchos de los miembros de su comunidad.

En 2014 la artista japonesa Rokudenashiko fue arrestada por infringir la ley japonesa relativa a la obscenidad por haber esculpido moldes de su propia vulva. Llegó incluso a diseñar un kayak con la forma de su vagina y fue condenada a 2 años de cárcel y 20.000 dólares de multa. Pero Rokudenashiko no se retractó y reivindicó aún más su libertad de expresión publicando un manga sobre su encarcelación con el que pretendía romper los tabúes que impiden la representación del sexo femenino en la sociedad japonesa.

Una sociedad patriarcal y cosificadora que, paradójicamente, celebra la Kanamara Matsuri o Fiesta del Pene. Miles de personas abarrotan las calles y rinden culto al dios de la virilidad, es decir, al pene. De hecho, las calles de Japón son invadidas por penes de todos los tamaños, colores y sabores, puesto que también se consumen golosinas y helados con todo tipo de formas fálicas.

“Mi superior entró en mi habitación y me desnudó, y, a pesar de que le dije que no tenía permiso para hacer esto, me tocó y finalmente me penetró”. Estas son las duras palabras de la joven ex-monja alemana Doris Wagner, que, a través de ‘Voice of Faith’, el #MeToo de las religiosas, Wagner lucha contra los abusos sexuales de la Iglesia Católica. Y pese a que hace unos días el Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica absolvió al sacerdote denunciado por la ex-monja, ésta ha conseguido que incluso el propio Papa Francisco ponga voz a dichos abusos.

En una sociedad en la que la violación y el abuso sexual se consideran delitos provocados por mujeres, donde los hombres nunca pueden ser objeto de agresión sexual, y donde la homosexualidad es considerada una enfermedad, es donde focaliza todo su esfuerzo la activista por los derechos humanos Vithika Yadav.

Yadav es la fundadora de Love Matters, la primera plataforma multimedia que ofrece información sobre salud y derechos sexuales y reproductivos en la India. Las relaciones sexuales son un derecho, una elección y un placer, este es el mensaje de Yadav, que las mujeres puedan hablar sobre amor, sexo y relaciones sexuales sin prejuicios y en total libertad.

Deborah Feldman es una escritora americana que creció en una comunidad judía de Brooklyn. En 2012 publicó “UnOrthodox”, una autobiografía que relata la experiencia de su huida de la comunidad ultra-ortodoxa de Satmar.

Actualmente, vive en Berlín. Gracias a su libro y a sus conferencias, Deborah habla, por ejemplo, de cómo fue educada en la sumisión al hombre y en la vergüenza hacia su propio cuerpo. De su matrimonio concertado a los 17 años. De cómo las mujeres no pueden tocar a los hombres durante la menstruación y de los baños post-regla a los que son sometidas para dejar de ser dejar de ser impuras. Y esto es sólo la punta del iceberg.

Estas cinco mujeres no son sólo unas valientes y unas luchadoras sino también una inspiración para cualquiera de nosotros. Le han plantado cara a muchos de los grupos sociales, culturales y religiosos que desde hace siglos persiguen, castigan y ejecutan a las mujeres. En pleno siglo XXI es una auténtica locura y una aberración tener que estar reivindicando el derecho y la libertad de la mujer a disfrutar del sexo. Pero todavía hay hombres, y por desgracia mujeres, que si pudieran prohibirían o directamente quemarían el cuadro de Gustave Voubert “El origen del mundo”.

https://www.lasexta.com/tribus-ocultas/cine-series/cinco-mujeres-nos-hablan-libertad-sexual-lucha-patriarcado-documental-placer-femenino_201905215ce460cc0cf2edf73882f4fc.html

Patriarcado, religión universal



REDACCIÓN21/05/2019 14:07

Magdalena Tsanis

Madrid, 21 may (EFE).- Las diferencias religiosas han sido y siguen siendo fuente de conflictos pero hay un aspecto en el que todas se ponen de acuerdo: la demonización de la sexualidad femenina. La directora suiza Bárbara Miller partió de esa constatación para rodar el documental “Placer femenino”, que se estrena este viernes.

Una judía ortodoxa, una terapeuta sexual de Somalia, una artista japonesa condenada por obscenidad, una monja que sufrió abusos y una activista por los derechos sexuales en India cuentan sus experiencias en el filme, que explora textos sagrados desde el islam al judaísmo, pasando por el budismo, el cristianismo y el sintoísmo.

Miller empezó con el proyecto hace cinco años, antes de la explosión del #Metoo y la nueva oleada feminista. “Fue difícil de financiar, tratándose de un filme que hablaba de mujeres, religión y sexualidad, tres tabúes, olvídate, pero por suerte hoy las cosas están cambiando”, ha dicho a Efe.

Desde que se estrenó en Locarno el año pasado, no ha parado de viajar por todo el mundo presentándolo. “Son mujeres que han tenido el coraje de romper tabúes y que han dado el paso al espacio público, y aunque algunas historias puedan parecer extremas, no lo son, son casos que están sucediendo hoy en las principales ciudades del mundo moderno”, subraya.

La película arranca con la historia de Deborah Feldman, una mujer judía que creció en la comunidad jasídica de Brooklyn, educada en la vergüenza hacia el propio cuerpo y la sumisión.

Feldman explica cómo durante la menstruación no pueden tocar a su marido porque se les considera impuras. Cuando finalizan el periodo deben someterse a un baño de purificación y, en ocasiones, explica Miller, tienen que mostrar sus bragas al rabino para que éste decida si ya están listas para ese baño.

Vithika Yadav cuenta lo que significa ser mujer en la India. “Es nacer condenada a ser acosada y manoseada, lo que hace que se cree un sentimiento de odio hacia el propio cuerpo”, dice Yadav, que ha creado una plataforma para hablar de sexo en su país.

El caso de Doris Wagner es conocido, ya que fue seguido en los medios de comunicación, una exmonja alemana que denunció por abusos al sacerdote austríaco Hermann Geissler. La sentencia del tribunal Supremo de la Signatura Apostólica se conoció hace sólo unos días: fue absuelto.

Leyla Hussein, una activista somalí contra la mutilación genital que imparte talleres en Londres y en África, explica que en su país de origen, el arraigo de esta práctica llega a tal punto que las propias niñas discriminan en el patio del colegio a quien no haya pasado por ella.

Y por último el caso de la artista japonesa de manga Rokudenashiko, procesada por hacer moldes con su vulva y exhibirlos. Su imagen remando en una canoa con uno de esos moldes dio la vuelta al mundo. En este caso el proceso aún está abierto, piden para ella dos años de prisión o una multa que no puede afrontar.

La historia resulta especialmente sorprendente en un país que celebra un festival de la fertilidad en el que se veneran en desfiles callejeros figuras de penes de dos metros y los niños lamen helados con formas de pene, tal y como muestra el documental.

“Si lo piensas, el cuerpo de la mujer y su sexualidad ha sido mirado como algo negativo en los últimos dos mil años, es mucho tiempo luchando contra viejas estructuras que siguen influyendo en nuestra vida”, dice Miller, autora también de un documental sobre el clítoris y otro sobre el impacto del porno en la educación sexual de los jóvenes.

EFE

mt/aam

https://www.lavanguardia.com/politica/20190521/462391447392/patriarcado-religion-universal.html

La crueldad del patriarcado


El desprestigio sistemático de todo lo femenino desde la ideología machista se esconde también tras el pensamiento capitalista, las tradiciones, las culturas y las religionesPor Juan Miguel Garrido – 19/05/2019 0Compartir en FacebookCompartir en Twitter

El patriarcado no entiende de fronteras, edad, ni culturas, en su objetivo supremo de control de las mujeres. Lo hace de miles de formas, muchas de ellas normalizadas y aceptadas socialmente, vinculándolas a tradiciones, y a la cultura de pueblos y países. Pero todas ellas con unos denominadores comunes, como son la crueldad, y el desprecio absoluto de la dignidad de la mujer.

El patriarcado es un sistema que oprime y explota a la mujer y al hombre sin distinción, si bien no con la misma intensidad ni dureza. Criticar y batallar contra él, no debe entenderse nunca como una crítica y una guerra dirigida contra el hombre, sino contra un modelo opresor que se sustenta en una idea de masculinidad hegemónica construida social y culturalmente con el único fin de obtener el poder y sus beneficios, sometiendo a la mujer.

El desprestigio sistemático de todo lo femenino, que fundamenta su ideología machista, se esconde también tras el pensamiento capitalista, las tradiciones, las culturas, y las religiones. El control y la explotación de la mujer, su cosificación, esclavización, y la mercantilización de su cuerpo como mano de obra barata, son y han sido utilizados históricamente en este sentido.

Una de las formas más inhumanas de este poder, del dominio total sobre la mujer, es la mutilación de los órganos genitales de cientos de millones de niñas y adolescentes, que se practica en países de todo el mundo, en nuestro país, y en una treintena de países de África, y ello a pesar de las condenas y recomendaciones de organismos y organizaciones internacionales, y de la prohibición formal que en muchos de ellos existe.

EL PATRIARCADO ES UN SISTEMA QUE OPRIME Y EXPLOTA A LA MUJER Y AL HOMBRE SIN DISTINCIÓN, SI BIEN NO CON LA MISMA INTENSIDAD NI DUREZA

Si en occidente el dominio de la vida y el cuerpo de la mujer lo efectúa el liberalismo económico a través de la prostitución, la pornografía, la trata, los vientres de alquiler, y la negación del derecho a decidir sobre el propio cuerpo, en otros países se traspasan todas las líneas posibles, con tradiciones bárbaras y criminales, normalizadas bajo el paraguas de la cultura y la religión. Según informes internacionales, 200 millones de niñas y adolecentes han sufrido algún tipo de mutilación genital.

Existen diferentes tipos de mutilación genital, que van desde la circuncisión, a la eliminación completa de los genitales femeninos externos, mediante el uso a veces de sustancias corrosivas. En la mayoría de los casos esta práctica se basa en creencias, que sostienen que de esta forma las jóvenes se mantienen vírgenes hasta el matrimonio, evitando comportamientos que el sistema, bajo la trampa de la cultura, la tradición, y la religión, considera inmoral, pero que paradójicamente no son prohibidos, e incluso bien vistos y alentados, en los varones. Sin embargo la verdadera razón no es otra que el permanente deseo del patriarcado de someter a la mujer, mediante el dominio de su cuerpo y su sexualidad.

Esta atrocidad se pone de manifiesto en las formas en las que se realizan estas operaciones, sin las mínimas condiciones higiénicas, con cuchillas u otros instrumentos cortantes sin esterilizar, sin ningún tipo de anestesia o sólo con pastillas para paliar el dolor. Las consecuencias en ellas, suelen ser tremendas, como hemorragias, infecciones, dificultades a la hora de orinar, infecciones crónicas, infertilidad, fuertes dolores durante relaciones sexuales, el embarazo y el parto, siendo una experiencia traumática para toda la vida.

Pero nada de esto parece alterar la imperturbable tranquilidad y conciencia de un sistema, que sigue sin reflexionar ni eliminar estas actuaciones salvajes e inhumanas, bajo la conformidad de unas reglas sociales que siguen privilegiando un modelo de que le garantiza el poder y sus privilegios.

La mutilación genital es una violación de los derechos de la mujer, que vulnera su salud, la seguridad y su integridad física, a no ser sometida a torturas y tratos crueles, inhumanos o degradantes, y el derecho a la vida, pues en muchos casos acaba produciendo la muerte. Responde a un concepto de feminidad dócil y sumiso al servicio del hombre, portador de una idea supremacista que entiende que la niña es inferior al niño, y para ello no dudan en eliminar de su cuerpo aquellas partes que considera impuras.

La mutilación genital femenina, es una de las expresiones más claras y manifiestas de la crueldad de un sistema social, económico, y cultural basado en el poder, las jerarquías, la violencia, y la vulneración de derechos fundamentales. Es una de las ignominias del patriarcado, y de su desprecio de la mujer, ante el cual la sociedad, mujeres y hombres estamos obligados a reaccionar, si no queremos seguir sintiendo esta tremenda vergüenza, ni soportando la indignidad que supone ser capaces de vivir bajo la normalización de las desigualdades, discriminaciones, crímenes y delitos de lesa humanidad cometidos con la mujer.

https//diario16.com

La cruzada de Trump contra las mujeres se vuelve global.


Amy Goodman y Denis Moynihan

Antes de ser presidente, Donald Trump afirmaba estar a favor de la libertad de elegir abortar. Actualmente, no para de tomar medidas para negarles a las mujeres el control sobre sus propios cuerpos. Siguiéndoles el paso al vicepresidente Mike Pence y a algunos de los miembros de su coalición de derecha con mayor oposición al aborto, Trump ha vuelto global su cruzada. Esta semana, EE.UU. presionó para que se apruebe una versión lavada de una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dirigida a poner fin a las violaciones y la violencia sexual en la guerra. El embajador interino de Estados Unidos ante la ONU amenazó con vetar cualquier resolución que contenga referencias a la “salud reproductiva”. El objetivo de la exigencia, según la mayoría de los observadores, es garantizar que las mujeres que sean violadas en el marco de una guerra no reciban ninguna ayuda para poner fin a los posibles embarazos resultantes. Este episodio es apenas el más reciente en la acelerada y cada vez más exitosa campaña para penalizar el aborto, llevada a cabo por una minoría fuerte y acaudalada en Estados Unidos.

Durante casi medio siglo, el derecho al aborto seguro y legal en el país ha sido garantizado por el histórico fallo de la Corte Suprema conocido como Roe contra Wade. Durante muchos años, la corte ha reafirmado sistemáticamente este fallo, en el marco de un equilibrio entre jueces progresistas y conservadores. Sin embargo, con el sorpresivo retiro del magistrado Anthony Kennedy y su reemplazo por el magistrado Brett Kavanaugh, tan conservador como polémico, el equilibrio en la corte se ha desplazado notablemente hacia la derecha, y el futuro del fallo Roe contra Wade es totalmente incierto.

Confiados en que la actual Corte Suprema, de tener oportunidad, anularía esta jurisprudencia, los activistas en contra de la opción del derecho al aborto y sus aliados en las legislaturas estatales de mayoría republicana están impulsando una nueva ola de proyectos de ley antiaborto. Ellos esperan que esto pueda sentar las bases para un fallo de la Corte Suprema que elimine el derecho de la mujer a la privacidad y a tomar sus propias decisiones de salud, consagradas en el fallo Roe contra Wade.

El Instituto Guttmacher, que apoya el derecho al aborto, señaló recientemente en un informe: “La naturaleza extrema de los proyectos de ley de este año no tiene precedentes. […] La legislación que se está considerando en 28 estados prohibiría el aborto de varias maneras”. Entre las diversas estrategias empleadas se encuentran las “cláusulas gatillo”, que harían que el aborto fuera completamente ilegal en determinados estados en caso de que la jurisprudencia de Roe fuera revocada; las prohibiciones de edad gestacional, que consideran ilegal el aborto después de que un feto se haya gestado seis, 12 o 18 semanas, o algún otro período (a menudo, estas prohibiciones son conocidas como leyes de “latido fetal”); las prohibiciones de motivo, que prohíben los abortos por razones de sexo, raza o discapacidad del feto; y las prohibiciones de método, que prohíben ciertos tipos de procedimientos abortivos.

A eso hay que sumarles las leyes específicas para los proveedores de servicios de aborto, que imponen reglamentaciones extraordinarias e incómodas, que la mayoría de las clínicas pequeñas no pueden cumplir. Estas leyes no mejoran la seguridad de las pacientes, sino que obligan a las instalaciones que brindan servicios de aborto a cumplir con una serie de condiciones onerosas, como poseer corredores de cierto ancho y salas de examen de un tamaño específico. Con frecuencia, los costos financieros de cumplir con estas regulaciones arbitrarias obligan a las clínicas a cerrar.

Si bien más de dos tercios de los estadounidenses están a favor del derecho al aborto, los activistas en su contra llevan la ventaja en los gobiernos estatales, con mayoría republicana en aproximadamente dos tercios de las cámaras de representantes estatales y 27 de las 50 gobernaciones del país. Pero, en varios estados, legisladores progresistas están impulsando proyectos de ley para proteger el acceso a un aborto seguro y legal, mejorar la disponibilidad de anticonceptivos y ampliar la educación sexual. Del mismo modo, los tribunales federales continúan rechazando los esfuerzos más atroces e inconstitucionales para controlar las decisiones de salud reproductiva de las mujeres.

Recientemente, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Trump emitió lo que los defensores del derecho al aborto llaman “regla mordaza del Título X”, que prohíbe a los médicos brindar a sus pacientes la gama completa de opciones al considerar la salud reproductiva. El martes, en Oregon, el juez federal de distrito Michael J. McShane emitió un recurso judicial preliminar contra la regla mordaza, a la que calificó de “enfoque equivocado en torno a la política de salud pública”.

La Dra. Leana Wen, presidenta de la organización Planned Parenthood Federation of America, declaró sobre el fallo de McShane: “Si bien esta es una victoria para médicos y pacientes, este alivio es preliminar. Seguiremos luchando contra el gobierno de Trump-Pence en los tribunales y en el Congreso para garantizar que la salud y los derechos de nuestros pacientes están protegidos”.

Volviendo a la Organización de las Naciones Unidas, el gobierno de Trump-Pence ha expandido al terreno internacional su agenda contra el derecho al aborto al eliminar toda referencia a la “salud sexual y reproductiva” de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la violencia sexual relacionada con los conflictos bélicos. Indignado por la postura de Estados Unidos, el embajador francés ante laONU expresó: “Es intolerable e incomprensible que el Consejo de Seguridad sea incapaz de reconocer que las mujeres y niñas que sufrieron violencia sexual en conflictos, y que obviamente no eligieron quedar embarazadas, deberían tener derecho a interrumpir su embarazo”. El gobierno estadounidense también eliminó la palabra “género” de la resolución y diluyó las referencias a la Corte Penal Internacional, lo que dificulta que mujeres y niñas procuren justicia.

El propio Donald Trump ha sido acusado de acoso sexual y agresión sexual por no menos de 16 mujeres. ¿Realmente se lo puede considerar un líder mundial digno de modelar la política global sobre violencia sexual?

https://www.democracynow.org/es/2019/4/26/la_cruzada_de_trump_contra_las

El patriarcado ‘extremoduro’ de las religiones


En todas las religiones se están desarrollando movimientos contestatarios, protagonizados por mujeres, contra las leyes, las prácticas, los discursos y los ritos machistas y homófobos

OtrosConéctateEnviar por correoImprimirJUAN JOSÉ TAMAYO10 ABR 2019 – 01:27 COT

El papa Francisco en la Iglesia de San Giulio en Roma, el pasado 7 de abril.
El papa Francisco en la Iglesia de San Giulio en Roma, el pasado 7 de abril. RICCARDO ANTIMIANI EFE

El patriarcado es un sistema de dominación estructural y permanente contra las mujeres, las niñas, los niños y los sectores más vulnerables de la sociedad, basado en la masculinidad hegemónica, que se considera el fundamento del poder de los varones, de la sumisión de las mujeres, de la legitimación de la discriminación e incluso des. Utili la violencia de género. Considera al varón como referente de lo humano y de los valores moraleza el concepto “hombre” para referirse a los varones y a las mujeres y niega que dicho uso sea excluyente porque se entiende que es genérico.

El sistema de dominación patriarcal no actúa en solitario y aisladamente, sino que lo hace en complicidad y alianza con otros modelos de dominación: el capitalismo, el colonialismo, el racismo, el imperialismo, el fundamentalismo, la depredación de la naturaleza, la homofobia, la xenofobia y el racismo, que apoya, refuerza y genera múltiples formas de desigualdad y discriminación dando lugar a la interseccionalidad de género, etnia, cultura, clase, sexualidad, religión…

Como afirma le pensadora feminista Mary Daly: “Si Dios es varón, el varón es Dios”

La profesora Alicia Puleo distingue dos tipos de patriarcado: el duro o de coerción y el blando o de consentimiento. El primero parte de la idea o mejor de la ideología de que las mujeres son inferiores: las leyes defienden la desigualdad de género y el proceso de socialización establece diferentes roles en función del sexo. Este patriarcado está muy lejos de haber desaparecido. Sigue vivo y activo a todos los niveles, laboral, institucional, familiar, educativo, político, económico, etcétera. Un ejemplo de su pervivencia son las declaraciones de un eurodiputado polaco que llegó a afirmar en sede parlamentaria sin sonrojarse que las mujeres debían ganar menos que los hombres porque son más débiles y menos inteligentes.

El patriarcado de consentimiento defiende la igualdad entre hombres y mujeres que tiene su reflejo en las leyes y en la socialización, pero en la práctica las mujeres hacen lo mismo que en el patriarcado de coacción, si bien, se dice, libremente. Estamos ante lo que Ana de Miguel llama “el mito de la libre elección”, porque continúan, entre otros asuntos, la desigualdad y la discriminación en la representación política, la distribución de los recursos económicos, los salarios, la conciliación y el reparto de las tareas domésticas.

Las religiones son hoy uno de los últimos, más resistentes e influyentes bastiones en el mantenimiento de un tercer tipo de patriarcado, que yo defino con el nombre de un grupo musical español de rock: extremoduro. Se trata de un sistema de dominación múltiplemente discriminatorio de las mujeres, las niñas y los niños, homófobo, basado en la masculinidad sagrada como fundamento de la inferioridad de las mujeres y de su dominio por parte de los hombres. Y ello por voluntad divina y conforme al orden natural. Como afirma le pensadora feminista Mary Daly: “Si Dios es varón, el varón es Dios”. El patriarcado religioso legitima, refuerza y prolonga el patriarcado social, político y económico.

Las religiones no suelen reconocer a las mujeres como sujetos religiosos, morales y teológicos, las reducen a objetos

Los dirigentes religiosos critican la teoría de género con descalificaciones gruesas. No la reconocen carácter científico y la llaman “ideología de género”. Incluso llegan a hablar de “las zarandajas de la ideología de género”. La califican de bomba atómica, que socava y destruye el orden natural y el orden divino de la creación. El cardenal Cañizares ha osado definirla como la ideología más perversa de la historia de la humanidad. A ella la hacen responsable incluso de la violencia contra las mujeres. Condenan los movimientos de emancipación de las mujeres y sus reivindicaciones. Se oponen a los derechos sexuales y reproductivos. Son contrarios a la educación afectivo-sexual en las escuelas. Quien mejor ejemplifica esta actitud es el Papa Francisco con su afirmación insultante: “Todo feminismo es un machismo con faldas”. Sobran comentarios.

Las religiones no suelen reconocer a las mujeres como sujetos religiosos, morales y teológicos, las reducen a objetos, colonizan sus cuerpos y sus mentes, ejercen todo tipo de violencia contra ellas: física, psicológica, religiosa, simbólica. Sin embargo, no pocas mujeres suelen ser las más fieles seguidoras de los preceptos religiosos, las mejores educadoras en las diferentes creencias religiosas y las que a veces mejor reproducen la estructura patriarcal de las religiones.

¿Puede darse todo por perdido el espacio religioso en la lucha contra el patriarcado? Creo que no. En todas las religiones se están desarrollando movimientos contestatarios, muchos de ellos protagonizados por mujeres, contra las leyes, las prácticas, los discursos y los ritos machistas y homófobos. De dichos movimientos está surgiendo un discurso igualitario, la teología feminista, que aplica las categorías de la teoría de género y la hermenéutica de la sospecha al discurso teológico y la convierte en aliada de los movimientos y discursos feministas.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la universidad Carlos III de Madrid, director y coautor de Religión, género y violencia (Dykinson, 2019).

https://elpais.com/elpais/2019/04/09/opinion/1554827755_747922.html

En el principio era la madre. Religión del matriarcado



15.03.2019

LA GRAN MADRE. MATRIARCADO.

La madre es la primera diferencia, el signo más antiguo que emerge del uróboros o espacio de sacralidad indiferenciada (de la que hablan muchos antropologos) . Ella aparece de algún modo como clave de sentido de la humanidad, por lo menos en un plano religioso.

 La historia que nosotros conocemos ha tenido y tiene una estructura patriarcal y en ella adquieren precedencia los varones. Pero antes parece adivinarse en muchos lugares una especie de prehistoria (permítase la palabra) o suprahistoria de tipo igualitario y no violento. Esta sería la fase matriarcal, un tiempo en que las madres (simbolizadas por la Gran Diosa) ofrecían sentido y marcaban un camino para el conjunto de la humanidad, como dice R. Eisler, El cáliz y la espada, Cuatro Vientos, Santiago 1989.

 En esa fase matriarcal el ser humano se hallaría en contacto más profundo con la naturaleza (de natura, nascere = nacer), interpretada como materia o mater (=madre). La madre sería la gran diosa: el signo del poder originario expresado como donación de vida. ella estaría vinculada a los poderes pacíficos e igualitarios del cosmos, expresados por la agricultura.

 Esta sería la gran aportación del neolítico cuando los humanos empezaron a labrar la tierra concebida en forma generante, femenina, materna; de ella viven, en ella se realizan.. La tierra es la más antigua madre, vista como fuente de fecundidad y vida; ella sería el símbolo primero, el arquetipo de toda realidad. A su lado el varón vendría a mostrarse como un ser derivado. Evidentemente, la divinidad vendría a estar simbolizada por la madre.

           (De todas fomas, ésta es una tesis que puede y debe matizarse con muchísimo cuidado, porque no está tan claro que el matriarcado fuera tiempo de paz)

Nuestra humanidad actualtiene estructura patriarcal: está dirigida y dominada por varones. Ellos han sido los originantes de eso que llamamos actualmente la historia: orden político expresado en formas de poder, despliegue estructurado de acontecimientos que se cuentan de una forma progresiva. Pero antes de esa historia parece adivinarse en muchas partes una especie de prehistoria (¿o suprahistoria?) dirigida y fecundada por mujeres (madres). Es lo que solemos llamar el matriarcado. Sus aspectos más significativos parecen los siguientes:

– En plano cósmico se acentúa la importancia de la tierra interpretada como principio de vegetación (o como generadora). Empieza a ser fundamental la agricultura, vinculada al don fecundo de esa tierra que aparece así como fuente de la vida.

– En perspectiva humana el equivalente de la tierra es la madre, como portadora (engendradora) de la vida. Ella aparece así como símbolo primero y arquetipo de toda realidad. A su lado, el varón sólo realiza funciones secundarias (en plano vital).

– Por eso, religiosa o simbólicamente la mujer-madre aparece como principio clave de lo humano. En un sentido estricto, todavía no existe humanidad: no se ha elevado el varón frente a la mujer, ni el hijo frente a la madre. Pero ella, la mujer y madre, se encuentra ya presenta como la primera diferencia humana, el signo más antiguo que ha emergido del uróboros.

Algunos movimientos feministas (de tipo religioso y social) muestran una especie de nostalgia por el matriarcado: superando el patriarcalismo actual, donde las mujeres se encuentran dominadas por varones; se dice que las mujeres querrían recuperar su importancia en el conjunto de lo humano. No quiero entrar en la polémica social, pero pienso que esos movimientos tienen por lo menos un valor religioso muy grande: nos ayudan a entender el surgimiento de los símbolos sacrales dentro del conjunto de lo humano.

Recordemos la perspectiva previa de indistinción urobórica, donde no se podía hablar de ninguna diferencia.  Pues bien, ahora ha surgido ya la primera diferencia: la serpiente que se muerde la cola ha recibido forma de mujer o, mejor dicho, de madre.Ya no es puro retorno, totalidad indiferenciada. Ella se ha vuelto materia (=madre) sacral de la que todos procedemos y a la que todos retornamos. En el eterno retorno de la serpiente se ha introducido la primera distinción: un viente de mujer interpretado como potencia germinante.

Esta temprana distinción tiene un aspecto positivo que debemos recordar (y agradecer). Sobre el principio indecible del que nada puede asegurarse ni negarse (como caos sin diferenciaciones) emerge la suprema diferencia expresada simbólicamente como mujer-madre. El primer continente que los hombres han logrado descubrir, la primera experiencia que ha capatado es la experiencia de la fuerza germinante de vida de la madre. Ella es la primera percepción, la primera realidad concretizada que los hombres descubren y formulan con gozo sobre el mundo.

 La madre es el signo primero de lo humano y lo divino en cuanto tiene poder sobre la vida. Pero debemos recordar que ella se encuentra todavía (muchas veces) cerca de la serpiente que muerde su cola: por un lado se encuentra cerca de la naturaleza englobante de forma que aun no tiene aspectos precisos de personalidad individual; pero, al mismo tiempo, empieza a diferenciarse pues da a luz a los hijos y les ofrece un tipo de distinción humana. Ella es principio y fin, crea y destruye lo creado, engendra y desengendra, en una especie de inmersión sagrada donde todos los seres nacen y perecen (sin individualidad o sentido propio).

Ciertamente, en un sentido esta gran madre no debería llamarse aún mujer pues no es femenina, ni persona, en el sentido posterior (actual) de la palabra. Ella es por ahora el signo de la vida germinante y vivificadora (si se permite el término). En el gran caos sin distinciones ha surgido (o se ha encontrado) una primera distinción: los seres nacen y mueren y es sagrado el principio de engendramiento, la gran madre. Ella está cerca de la physis primigenia de los griegos (de la naturaleza, de natura/nascere, nacer); ella es la materia como mater, madre, de las cosas.

Debemos recordar que aquí tenemos una madre sin padre (sin pareja complementaria); esta es una materia donde la engendradora de la vida se presenta, al mismo tiempo, como potencial de muerte de los seres que ella misma ha suscitado. Lo divino es, según eso, fuerza germinante y pereciente de la vida: es principio y fin, lo que nos hace brotar y lo que, luego, nos recoge al terminar nuestro camino. Estrictamente hablando no vivimos (no somos realidad individual): la naturaleza nos vive y nos muere. Ella es madre más que mujer, fuerza natural más que persona. La primera religión (y filosofía) recoge esa experiencia[1].

Esto es lo que ha entrevisto y dicho de forma genial Gén 2-3 al sostener que en el principio, en la culminación original del ser humano se halla Javah,es decir Eva (%{(), aquella que es la madre de todos los vivientes (Gen 3,20). Estrictamente hablando, Eva sólo puede realizar esa función y ser ´em kol jai  = madre de todo lo que vive) siendo signo antropológico de Dios y expresión humana de su maternidad sagrada. El Adán precedente (humanidad sin diferencias de varón y mujer) carecía de individualidad. El primer individuo (agente) de la historia es Eva, la mujer, la madre de todos los vivientes.

            Quizá podamos añadir que en el principio el todo se hace madre: deja de ser campo indiferente en que vivimos sin darnos cuenta de ello (lugar de cambios inconsciente, mutaciones, nacimiento y muerte), para recibir rasgos maternos. Ella es la realidad como principio engendrador de vida.

En el principio era la madre

La madre es la primera realidad individual que troquela, diferencia y da sentido al ser humano. Por medio de ella el Uno filosófico en que todo se encontraba vinculado, reunido, confundido adquiere notas distintivas, formas propias. Ella es la primera de las diferencias, el origen de todas las posibles realidades.

 El evangelio indicará más tarde: en el principio era el Logos (Jn 1.1). Otros dirán como Goethe que al principio fue la acción o el pensamiento. Esas sentencias me parecen justas, al menos como expresiones generales. Pero en línea más profunda, en el lugar del surgimiento humano, tal como ha sido explicitado y formulado por las religiones, debemos afirma: en el principio era la madre. Ella se vuelve fuente de sentido para el ser humano.

 Quizá podamos añadir que la madre es la primera palabra (en camino que Jn 1 llevará a su culminación en Jesucristo). Sobre el silencio indecible del que nada puede afirmarse ni negarse ha emergido la primera diferencia, la fuente de la palabra, esto es, la madre. Ella no dice cosas externas, se dice a sí misma por y para el hijo. Por eso, lo primero que los seres humanos han descubierto y separado, su más honda experiencia es la experiencia de la madre.

En una perspectiva etnológica, debemos recordar que el ser humano nace “prematuro”: es un viviente que en sí mismo carece de futuro: es frágil, le hacen falta largos meses (años) de cuidado materno (alimento, calor, limpieza, aprendizaje en el plano del afecto y la palabra) para realizarse: le hace falta madre.

– La madre pertenece a la estructura biológica del surgimiento y maduración del ser humano: ella ha tenido que especializarse en funciones de cuidado y servicio (de alimento, palabra y afecto) para que la especie humana pueda perdurar y realizarse. Ella es quien ofrece al niño un troquelado intenso, duradero, haciéndole capaz de asumir su propia vida como ser inteligente. Así viene a presentarse como portadora de vida: es el primer signo diferenciante en el espacio nuevo de lo humano.

– Pero la madre es más que una estructura biológica: ella es sentido fundante de la vida, es hierofanía o manifestación del poder sagrado, principio y sentido de toda realidad para los hombres. Vendrán después otras manifestaciones de lo divino; se podrá ver como sagrado el bosque o la montaña, el mar o la llanura, los astros o los muchos animales. Pero ellos sólo han podido recibir rasgos sagrados y tomarse como manifestación de lo divino porque antes ha estado allí la madre.

 Conforme a la visión antropológica freudiana, en el principio estaba siempre el padre, el macho fuerte de la horda de antropoides, imponiendo su dominio sexual sobre las hembras y ejerciendo su poder político (violencia social) sobre el resto de los machos. Estos se habrían reunido un día asesinando a ese padre y conquistando su propia autonomía como seres libres, aunque troquelados desde ahora por la ley oculta (religiosa) de aquel padre asesinado, a quien presentan simbolicamente como soporte y fuente de estructuración social (prohibición del asesinato/parricidio y del inceso/adulterio). En esa misma línea masculina y violenta se sitúan muchos antropólogos, psicólogos, sociólogos e incluso filósofos que ejercen mucho influjo en nuestro tiempo.

            Pues bien, en contra de esa perspectiva de dominio y lucha masculina se han alzado, a mi entender con más razón otros antropólogos que trazan y destacan la importancia de la madre como primera educadora, engendradora de lo humano. Quizá debamos afirmar con ellos que el ser humano ha podido surgir y se mantiene por gracia de la madre: sólo su cuidado físico y social (lactancia, educación) hace posible la emergencia de los individuos como seres que logran separarse del gran todo y realizarse de manera personal, consciente, en clave de lenguaje.

 Así lo muestran muchos signos religiosos antiguos a través de la figura de la Diosa-Madre, engañosamente llamada a Venus (signo de atracción erótica): la gran madre no es eros sino fuente de vida, una mujer de fuertes pechos y de vientre extenso. Ella es el signo de la maternidad, el don de vida que se expande (vientre) y el cuidado por aquella que ha nacido (pechos). Ella es la vida especializada en clave de maternidad humana: es madre porque cuida, acompaña, alimenta, ofrece la palabra. El ser humano ha descubierto su existencia peculiar por medio de la madre: ella es la diosa originaria, el símbolo fundante de eso que en palabra posterior pudiéramos llamar la gracia de lo humano.

Tanto los restos arqueológicos (estatuas o amuletos…) como la experiencia antropológica nos hacen descubrir (y postular) el influjo de la madre: el ser humano no se hace por violencia, como muchos dijeron y otros dicen todavía, al afirmar que nuestra cuna es la batalla. No nacemos de la guerra de los dioses (teomaquia) ni tampoco de la guerra interhumana (antropogonía como antropomaquia) sino de la ternura engendradora de la madre que nos hace crecer y realizarnos desde la debilidad primera[2].

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 Ciertamente, el símbolo madre reasume elementos de la tierra, interpretada ya como “materia” (de mater, madre) y fuente de existencia. Por eso, la religiosidad matriarcalista está profundamente vinculada a los cultos telúricos (de tellus, tierra o suelo). Ella está unida al proceso de la vegetación y también a los ciclos de las estaciones, tan ligados en su entraña con la tierra. En esta línea puede hablarse también de madre/physis (de phyein, brotar o germinar) o de madre/naturaleza (de nascere, nacer): la misma realidad del cosmos (totalidad armónica) se entiende así como proceso vital de surgimiento.

En un nivel humano, la madre ya no es simplemente el poder preconsciente de la generación animal. Quizá pudiéramos decir que la generación toma en ella conciencia,se vuelve persona: la physis/naturaleza se hace madre. Esto es lo que hemos indicado ya diciendo que Eva, mujer y madre original, es el principio de todos los vivientes (cf Gen 3,20). En esta perspectiva, el Adán/varón (que Gen 2 presentaba al parecer como importante) viene a presentarse en realidad como subordinado.

Sobre ese fondo viene a explicitarse ya la primera dualidad o diferencia: la madre con el hijo. Esta es una relación polar de carácter jerárquico. La madre tiene ahora sentido prioritario: ella se despliega y existe para suscitar al hijo. El hijo, en cambio, existe por la madre, como expresión de su fecundidad y resultado de su acción educadora. Antes que la relación varón/mujer, en las raices de lo humano, parece haberse desplegado la díada simbólica de la madre con el hijo. Este es uno de los signos fundantes de lo religioso.

La madre acoge, troquela y madura al indefenso niño en un proceso de creatividad que rompe el plano del instinto (equilibrio con los otros seres del medio) y le conduce al nivel de la autonomía personal, ofreciéndole símbolos, palabras, experiencias que le capacitan para realizarse como persona. De esa forma es lógico que ella aparezca como el primero de los grandes signos religiosos: educa al niño par que se vuelva independiente; así es matriz y contenido fundante de toda la cultura.

Muy posiblemente, toda religión tiene a este plano un principio y contenido materno. La maternidad es experiencia fundante de lo humano, de tal forma que en sentido simbólico ella puede expresarse por varones y mujeres (aunque lo hace en modo peculiar por las mujeres). Situada en esta línea, la madre no aparece ya como elemento regresivo, de retorno al útero materno, en virtud de un sentimiento de inmersión oceánica, como suponen algunos pensadores de la escuela freudiana. La madre no es ya el todo indiferente que hemos visto en el Uróboros: no es caos que no implica todavía distinciones. Ella viene a desvelarse aquí como principio educador y creativo: cuida al niño y le sitúa ante el camino de la vida.

Violencia y maternidad

La cultura, interpretada como expresión del cultivo de lo humano, tiene origen materno. Algunos antropólogos, siguiendo a Lorenz, N. Tinbergen y R. Ardrey, han supuesto y defendido que el origen de toda cultura es la violencia: de esa forma devalúan la gran innovación humana de la madre. Pues bien, otros antropólogos como A. Montang y J.Rof Carballo, han podido señalar con más hondura y razones que el hombre surge y ha triunfado dentro de la línea genética y del duro proceso de la vidda precisamente por su debilidad, por la exigencia que tiene del cuidado de la madre.

 El niño humano es el más débil de todos los vivientes; nace prematuro, biológicamente es inviable a no ser que le acojan y eduquen por un tiempo largo, en una especie de proceso de gestación extrauterina que requiere la presencia constnte de una madre. Pues bien, su misma fragilidad biológica, su menesterosidad, abierta al troquelado personal y aprendizaje, convierte al niño en el viviente más autónomo y creador, pues la madre le educa y le hace madurar en esa línea. Esta es, a mi juicio, la primer y más profunda paradoja antropológica. Así podemos afirmar que sólo la ternura creadora de la madre (y no la lucha o violencia entre los machos) es la que convierte al antropoide niño en ser humano (Cf. J. Rof Carballo, Violencia y ternura, Pensa Esp. , Madrid 1967).

            A este nivel, la religión puede entenderse como evocación materna: es recuerdo, memoria actualizada y permanente de esta intensa experiencia positiva en el origen de lo humano. Reconocer a la madre, eso es religión; proyectarla como símbolo primero en el origen y sentido de todo lo que existe, eso es experiencia de misterio para el ser humano.

Conforme a esto la primera demostración (o mostración) humana de Dios es la existencia de la madre. Ella es el punto de partida más significativo, el campo de inflexión y cambio más profundo en la experiencia de los hombres. Por medio de ella, la misma realidad originaria se explicita como fuerza creadora, ofrece rasgos maternales, como potencia cariñosa que nos hace realizarnos como humanos. En el principio de todo no se encuentra la lucha ni la angustia; en el principio está el cuidado fundante de la madre. Ella aparece así como signo original de lo divino: es clave que nos capacita para aceptar, comprender, asumir y recrear todo lo que existe.

 En el principio no está el ser como han pensado algunos metafísicos. Tampoco está la nada o las ideas eternas, generales. Al principio, como signo fundador y garantía de toda realidad, viene a mostrarse ya la madre. Ella es el símbolo más alto, es la imagen (llave significadora) que nos capacita para situarnos ante el mundo como seres que pueden entender lo originario. Partiendo de ella (visto en su transfondo) Dios se viene a desvelar como la hondura y verdad, la garantía y sentido de aquello que encontramos en la madre.

 Esta experiencia se encuentra en el fondo de todo lo que sigue. Sin embargo, ella no es perfecta todavía, no se puede tomar como difnitiva. La primera madre es aún bastante impersonal: es principio y fuente de existencia más que persona concreta, realizada. Es principio cósmico de surgimiento humano más que individuo que dialoga en gratuidad con otros individuos.

            En esta visión de la “primera madre” falta todavía la dualidad personal estricta del hijo ya crecido que se pone frente a ella como independiente y capaz de responderle; falta igualmente la figura del varón esposo que dialoga con la esposa en gesto de relación personal. Y falta, sobre todo, la individualidad de la misma mujer/madre, como viviente con autonomía que aparece, se realiza, libremente en un proceso en el que ofrece personalidad y vida al niño (al hijo). Por eso ella, la mujer-madre, no llega a presentarse todavía como persona, en un sentido estricto. Así lo iremos viendo en los esquemas posteriores. Aquí nos bata con decir que la historia humana nace por medio de la madre. A partir de ella tenemos que recorrer el camino de las nuevas diferenciaciones personales[3].

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La madre, demostración de la existencia de Dios

 Los filósofos de línea cosmológica, apoyados por algunos pensadores helenistas (especialmente aristóteles), querían demostrar la existencia de Dios a partir del movimiento de las cosas o apoyándose en la unión y coherencia del cosmos. Así ha trazado después Santo Tomás sus cinco vías que conducen de las realidades prehumanas que vemos y sentimos (movimiento, causalidad, contingencia, grados de ser, orden del mundo) al mismo ser de los divino.

 Pues bien, conforme a la visión más exigente y humana que aquí desarrollamos, esta vías resultan deficientes, pues no llevan hasta un Dios personal sino que acaban (y nos dejan) ante los poderes primigenios de este mundo. Sólo partiendo de aquello que es ya especificamente humano (la madre con el niño) podemos descubrir al Dios persona, propio de los hombres (y no simplemente al ser que es causa o motor cósmico del mundo).

 Algunos teólogos católicos tan significativos como H.U von Balthasar y H.Küng, han situado aquí la fuente de toda comprensión de lo divino: esta primera experiencia de acogida y cariño materno, reflejada en la figura de las grandes diosas primordiales, viene a interpretarse como signo y prueba de existencia de Dios.

 Cf: H. U. von Balthasar, El camino de acceso a la realidad de Dios, en MS II, 1, Cristiandad, Madrid 1l969,41-64; H. Küng, )Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1979,587-616.

Bibliografía. Sigue siendo fundamental para el estudio del matriarcado E.Neumann, La grande madre, Astrolabio , Roma 1981. Se interesa por el tema en clave antropológica A.O.Osés, Mitología cultural y memorias antropológicas, Anthropos, Barcelona 1987.Visión filosófico/teológica en H.Küng, )Existe Dios?, Cristiandad, Madrid 1979,587-616 y H. U. von Balthasar, El problema de Dios en el mundo actual, Cristiandad, Madrid 1960. Para un estudio antropológico del posible influjo materno en el surgimiento de la cultura son importantes las obras de R. Girard, especialmente El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982 y La violencia de lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1983

[1] Algunas mujeres actuales parecen desear la vuelta a ese tipo de matriarcado. Pues bien, esa vuelta es ya imposible. Es más, sería indeseable, tanto para las mujeres como para los varones. Ciertamente, en el momento matriarcal las mujeres tenían más poder; pero se trataba sobre todo del poder del vientre que concibe y pare, de los pechos que amamantan. Estrictamente hablando, todavía no existía ni mujer ni varón; había solamente hembra divinizada en su función reproductora. Para que varones y mujeres emerjan como plenamente humanos (de manera personal) tendrán que surgir las diferencias de tipo intelectual (a través de la palabra).

[2] Así lo ha mostrado J.Rof Carballo, Violencia y ternura, Prensa Española., Madrid 1967

[3] En algunos movimientos feministas de tipo religioso y social parece latir una especie de nostalgia por el matriarcado: superando el patriarcalismo histórico, habría que trazar una especie de retorno hacia el origen matriarcal de la cultura y de la vida. Sólo de esa forma las mujeres podrían encontrarse a sí mismas , recuperando su importancia humana. Entonces volvería a surgir la verdadera religión de la mujer ,es decir, la divinización de los valores femeninos.

Pienso que ese tipo de vuelta al matriarcado resulta ya imposible, es más, acabaría siendo indeseable para varones y mujeres. Ciertamente, hubo elementos buenos en el matriarcado antiguo. Más aún, la protesta feminista de la actualidad es muy valiosa y debe tomarse con lucidez y valentía. Pero el retorno al antiguo pasado es inviable, pues entonces no existían todavía varones ni mujeres en el sentido personal de esas palabras. La mujer del antiguo matriarcado era más engendradoras que mujeres, más vientre/pechos que persona.

Ciertamente, postulamos con Gál 3, 28 un nuevo estadio de la humanidad en que no existan ya machos y hembras en el Cristo sino solo personas, iguales todas. Pero esa no será (no podrá ser) la igualdad de la indiferencia, la vuelta al poder del vientre y pechos. Esa será más bien la igualdad en la más grande diferencia. Varones y mujeres tendremos que hacer el camino de la diferenciación, para encontrarnos al fin en la igualdad radical de los valores personales.

Este camino de la diferenciación ha estado lleno de injusticias y ha sido especialmente doloroso para las mujeres. Pero al fin, desde la novedad que implica Cristo y desde la nueva creatividad que nuestro tiempo está ofreciendo a varones y mujeres, podemos llegar a la igualdad más grandes en la más profunda de las diferencias. Queda en el fondo la madre; es bueno que ella siga siendo uno de los grandes signos de identificación y plenitud del ser humano. Pero es preciso que ese signo se realice (llegue a su pleno desarrollo) en claves de despliegue personal, en suma libertad, y no a través de algún tipo de retorno a los poderes puramente biológicos de la naturaleza.

https://www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/principio-madre-Religion-matriarcado_7_2101959800.html

La masculinidad que viene


En los últimos veinte años han aparecido las ideas de “hombres fuertes” en política para combatir las crisis. Son los casos de Trump, Putin u Orbán, para quienes lo que importa son los resultados, no los medios

MONIKA ZGUSTOVA1 MAR 2019 – 18:00 COT

La masculinidad que viene
EVA VÁZQUEZ

“¡Espero que tendrás cojones!”, le soltó George Bush a Tony Blair; la última palabra la dijo en español. A continuación, el presidente norteamericano le aclaró al primer ministro británico su proyecto de bombardear Irak: “I’m gonna kick ass!” (La traducción aproximada “Les voy a meter caña” no resulta tan sabrosa como el original).

En las últimas dos décadas, una gran parte del mundo ha atestiguado una ola de masculinización. Ideas sobre hombres fuertes como un ideal para el futuro han conquistado muchas mentes. El movimiento #MeToo está bajo un serio ataque que surge del resentimiento y la agresividad de muchos hombres.

Los líderes autócratas y populistas de derechas son un ejemplo de esta nueva masculinidad desacomplejada. Donald Trump se burla de las personas discapacitadas, trata a las mujeres como muñecas sexuales, hace gala de toquetearlas. Vladímir Putin suele desnudarse hasta la cintura para exhibir sus músculos y hacerse fotografiar incluso en el hielo. En los últimos años, su Gobierno ha establecido que la violencia doméstica no es contraria a la ley y el Estado ruso alienta al ensañamiento contra los homosexuales y las personas de otras etnias. En Rusia se ha llegado al punto en que, para muchos, el asesinato de Politkovskaia y de decenas de otros intelectuales es un mal menor. Una gran parte de la sociedad rusa quedó harta de la democracia y da el visto bueno a los llamados silovikí, los forzudos. Muchos rusos apuestan por la fuerza como motor del Estado. Una de las canciones más populares del rock duro ruso está dedicada a Putin y sus forzudos: “Quiero a un hombre como Putin, lleno de fuerza”, cantan las adolescentes Larisa, Natasha e Ira. “Deja de ser un calzonazos, sé un hombre, un guerrero, ¿qué pasa contigo?”, escribió en su cuenta de Twitter el gran bailarín ruso Serguéi Polunin, que tiene a sus seguidores acostumbrados a comentarios en los que trompetea su resentimiento contra los homosexuales, los obesos y los indisciplinados, además de “las mujeres que intentan usurpar el papel de los hombres”. Polunin lleva un gran retrato de Putin tatuado en su pecho.

Después de Václav Havel, un presidente cuya postura ética, humanitaria y proeuropea representaba no solo a Chequia, sino a toda la Europa poscomunista, han llegado al poder unos políticos muy alejados de los valores del presidente-dramaturgo: los autócratas Orbán en Hungría y Duda en Polonia aúpan los valores ultranacionalistas, arcaicos y patriarcales. En el Gobierno húngaro solo hay una mujer: Andrea Bártfai-Mager es ministra sin cartera. En Polonia, donde el partido gobernante, PIS, y la Iglesia católica se retroalimentan, la mujer no cuenta más que como madre, esposa y feligresa. Milos Zeman, en Chequia, no pronuncia una frase sin incluir en ella varios tacos escatológicos.

Para ellos, la igualdad de género es “asesina”; creen que el caos es femenino y el orden es masculino

Pero no solo entre los políticos se encuentra la tendencia machista. En un periódico español descubrí que un periodista se refería a la exdirectora de la Reserva Federal como “abuelita Yellen”. Otro periodista declaró en su reciente columna que muchos cincuentones se dejan rejuvenecer por las jovencitas mientras que otros, como él, “van tirando” con lo que tienen, supongo que se refiere a su mujer. El escritor francés Yann Moix redujo a la mujer a su cuerpo y sus orígenes al declarar públicamente que el cuerpo de una mujer de cincuenta años no es nada extraordinario, en cambio, el de una de veinticinco sí lo es, sobre todo en las asiáticas que él frecuenta.

En un artículo sobre el auge del machismo, el ensayista indio Pankaj Mishra sitúa la corriente de la testosterona del establishment angloamericano en la fecha posterior al ataque a las Torres Gemelas; para ello cita a la columnista de The Wall Street Journal Peggy Noonan, que dijo que “de las cenizas del 11 de septiembre salieron las virtudes masculinas que saben llevar la batuta”. Peggy Noonan aboga por “héroes” como John Wayne porque “él tenía sus pistolas siempre cargadas y sabía utilizarlas. Pero acabaron matándolo: las feministas, los pacifistas, los izquierdistas, los intelectuales”. Peggy Noonan es una gran fan de Jordan Peterson, neurocientífico y autor de libros de autoayuda. El columnista de The New York Times David Brooks describió a Peterson como “el intelectual occidental más influyente en la actualidad”. Según Peterson, David Brooks clama que lo que importa es el resultado, no los medios, aunque esto signifique arrasar pueblos inocentes de la tierra: “Cuando hay un conflicto, las virtudes burguesas como compasión y tolerancia se valoran menos que las virtudes clásicas: coraje, constancia y un implacable deseo de vencer”.

Jordan Peterson es emblemático de la ansiedad de los hombres occidentales. Peterson se lamenta de que “Occidente ha perdido la fe en la masculinidad” y denuncia la doctrina de la igualdad de géneros como “asesina”. “El espíritu masculino está siendo atacado”, suele proclamar en sus discursos en YouTube, con casi un millón de reproducciones. En su opinión, las feministas tienen “un deseo inconsciente por una brutal dominación masculina”. Y afirma que el caos es femenino y el orden es masculino. Esa debe ser la razón de que, según la Asociación Americana de Psicología, el 90% de los asesinatos en EE UU los cometan hombres: el deseo de poner orden. Sus 560.000 seguidores en Twitter son básicamente hombres jóvenes.

El programa de Vox parece una transcripción de la charla de varios machistas sentados ante un carajillo

Sus fieles le consideran un portador de la razón contra “los guerreros a favor de la justicia social”. Al igual que el presidente Trump cuando habla de los refugiados mexicanos, Peterson inculca a sus partidarios la idea de que aquellos que se hallan al margen de la sociedad son agresores y asaltantes, enemigos de los cuales la sociedad debería deshacerse sin miramientos. Jordan Peterson guía a las personas que han perdido la orientación en una sociedad que encuentran incomprensible prometiéndoles que la ultraderecha será el refugio donde esconder su frustración.

También en España, el programa de Vox, llamado “partido de la testosterona”, parece una transcripción de la conversación de varios machistas sentados ante un carajillo: sus pilares son la lucha contra el feminismo y el aborto, además de la defensa de la caza y los toros. No es de extrañar que, según las encuestas, el 60% de sus votantes en España sean hombres (en Andalucía, en los últimos comicios, el 65% del voto a Vox fue masculino). Aunque en EE UU la mayoría de los votantes republicanos son hombres, mientras la mayoría de las mujeres vota a demócratas, el porcentaje de Vox no tiene precedentes. También Pablo Casado, líder del PP, causó furor en las redes con su frase “Si queremos pensiones, hay que pensar en tener más niños”. Al igual que en los regímenes ultranacionalistas y arcaicos de Hungría y Polonia, para esos dos partidos de derechas españoles, la mujer tiene un único papel en la sociedad: el de la reproducción, que es el que asegura el futuro de la nación.

De todas esas concepciones patriarcales a la exaltación de la guerra y a la glorificación del más fuerte solo hay un paso; esa fue la ideología del fascismo y ya sabemos adónde llevaron en los años treinta unas tendencias similares. Ese canto a la violencia y a la fuerza, que considera como debilidad cualquier intento de dialogar, menosprecia la democracia y representa un grave peligro para la sociedad.

Monika Zgustova es escritora.

https://elpais.com/elpais/2019/02/26/opinion/1551203159_080680.html

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