El Vaticano y la Teología de la Liberación: una relación conflictiva


Ramon Alcoberro
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Este 15 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento del símbolo de la teología de la liberación latinoamericana, Óscar Arnulfo Romero , el arzobispo de San Salvador asesinado mientras decía misa en un hospital el 24 de marzo de 1980. Paradójicamente, el obispo mártir, conocido en América Latina como “San Romero de América”, está más vivo que nunca, y la teología de la liberación ha llegado a Roma con el Francisco. Los anglicanos han incorporado Romero a su santoral y es uno de los diez mártires del siglo XX representados en las estatuas de la abadía de Westminster, en Londres junto a Martin Luther King.

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Estatua de Romero a la portada de los mártires de la abadía de Westminster

En 1968 pasaron muchas cosas en el mundo y algunas resultaron decisivas. Fue el momento del mayo francés y del movimiento hippie, pero también de la revuelta de los estudiantes en la Universidad de México, reprimida con cientos de muertos en la Plaza de las tres culturas el 2 de octubre. En Lima, en agosto de ese mismo año, un dominico dedicado a la pastoral universitaria, Gustavo Gutiérrez, empleó por primera vez la expresión “Teología de la liberación”, para designar un movimiento que pretendía cambiar de raíz la relación entre la Iglesia católica y el poder político. También en septiembre de 1968 se reunía en Medellín (Colombia) la II conferencia del CELAM (Consejo Episcopal latinoamericano) para reflexionar sobre “La Iglesia en la transformación de América Latina a la luz del Vaticano II”. En la Declaración final de aquel encuentro histórica los obispos afirmaron que: “Estamos en el umbral de una nueva época en la historia de nuestro continente, época clave del deseo ardiente de emancipación total, de la liberación total de todo tipo de servidumbres “. Medellín provocó un terremoto en el mundo católico tradicional. Hoy se sabe, porque lo explicó el obispo Hélder Camara, que el texto estaba gestando desde el 16 de noviembre de 1965, días antes de la clausura del Concilio Vaticano II, donde algunos obispos latinoamericanos se encontraron en secreto en las catacumbas romanas de Santa Domitila en una misa y se conjuraron a aplicar las directrices del Concilio, a toda costa.

¿Qué es la Teología de la Liberación?

El fundamento de la teología de la liberación hay que buscarlo en la miseria cotidiana de millones de latinoamericanos. Gutiérrez escribió que: ” el pobre es, por el Evangelio, el prójimo por excelencia. Esta opción (preferencial) constituye por ello el eje alrededor del cual se sitúa hoy una nueva manera de ser hombre y de ser cristiano en América latina. El pobre es un subproducto de un sistema en el que vivimos y del que somos responsables. Aún más, el pobre es el oprimido, el explotado, el despojado del fruto de su trabajo, el expoliado de su ser-hombre “. Este es el axioma básico de una lectura del Evangelio que ve en Jesús la promesa de la liberación integral (no sólo económico) y en María no una virgen de altar sino una mujer fuerte que conoce el exilio y la muerte de su hijo. Una mujer como tantas en el subcontinente americano en unos años de violencia extrema, cuando la CIA quería impedir que el ejemplo cubano (Cuba entonces era un ejemplo!) Extendiera en un ámbito que los americanos consideraban sólo el patio trasero de la imperio.

Nacía en América de tradición católica que buscaba su adaptación a la modernidad en unas condiciones de subordinación económica muy marcadas

La teología de la liberación tuvo el mérito de situar al hombre concreto – vale decir el hombre que sufre y no una abstracción intelectual “humanista” – en el centro mismo de la preocupación evangélica. Nacía en un terreno particularmente abonado, en América de tradición católica que buscaba su adaptación a la modernidad en unas condiciones de subordinación económica muy marcadas. El período 1960-1970 fue en Latinoamérica un momento de crecimiento económico, pero con una distribución absolutamente desigual de la riqueza, un proceso de urbanización galopante y una pauperización brutal. Regímenes autoritarios (Guatemala, Brasil, Argentina, Chile), guerras civiles (Nicaragua, Honduras …) y una represión implacable de la sociedad civil (Argentina, Uruguay …) marcaron la época. En este contexto muchas iglesias reaccionaron creando comunidades de base, llevadas por laicos que en absoluto se sentían en deuda con las oligarquías locales. Conviene no olvidar, además, que en toda América había desplazados en aquellos años miles de misioneros de origen español, jóvenes e idealistas, que conocían bien la dictadura franquista y que, además de tener una buena preparación teológica, veían América del sur como un lugar donde llevar a la práctica un catolicismo ingenuamente radical, que en la España nacional-católica era impensable. Fueron en buena parte misioneros españoles quienes extendieron las tesis de la Teología de la liberación en barrios de chabolas (las famosas “Villas Miseria”) y en comunidades abandonadas por la iglesia tradicional, aliada con la oligarquía criolla.

 Los jesuitas … y más

Al día siguiente del Vaticano II, la teología de la liberación contaba con tres triunfos intelectuales en la mano. Por un lado era la expresión de una iglesia joven que asumía las conclusiones del concilio con una visión de diálogo ecuménico (una palabra muy de la época). Por otro poseía una obvia legitimidad bíblica porque resulta inobjetable que Jesús fue pobre y fue víctima del poder imperial a su tiempo. La liberación es el tema del libro del Éxodo en el Antiguo Testamento y Jesús fue taxativo en las Bienaventuranzas :: “Bienaventurados los pobres porque vuestro es el Reino del Cielo” (Lucas 6,20). Además, organizativamente, la nueva teología se apoyaba en las comunidades eclesiales de base, pequeños grupos de 10 a 40 personas que se multiplicaron desde 1975 y que conectaban teología y vida cotidiana … a menudo en conflicto con la iglesia oficial. No hay que olvidar como pesaba en la época el mito del Che , que había afirmado que el revolucionario verdadero se movía por ideales de amor, frase que resuena más a San Pablo que a Marx.

Poseía una obvia legitimidad bíblica porque resulta inobjetable que Jesús fue pobre y fue víctima del poder imperial a su tiempo

El papel de los jesuitas en la difusión del movimiento resultó decisivo por dos motivos: por un lado al día siguiente del Concilio, Pablo VI había encomendado a Compañía de Jesús la misión de luchar contra el marxismo y de defender la doctrina social de la Iglesia . La teología de la liberación les pareció una herramienta útil para que recogía la bandera de la justicia social injertando con el cristianismo. Fueron los años del diálogo cristiano-marxista y de pensadores como el ideólogo comunista francés Roger Garaudy o de Giulio Girardi, autor de un libro que hizo época: ” Che Guevara visto por un cristiano ” (2005). Este diálogo también resultó decisivo en las postrimerías del franquismo en Cataluña, con personalidades como Alfonso-Carlos Comín (1932-80). Autor de un libro hoy olvidado, ” Cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia ” (1977), Comín, ingeniero industrial, fue el eje de los “Cristianos por el socialismo”, editor, profesor de los estudios nocturnos en la escuela de jesuitas del Clot en Barcelona, y un personaje profundamente carismático para toda una generación.

Arrupe fue desautorizado de mala manera en 1981 por Juan Pablo II y buena parte de los impulsores del diálogo cristianomarxista abandonaron la barca

Por otra parte, en aquellos años los jesuitas eran comandados por Pedro Arrupe (1907-1991), todo un tipo de carácter. Arrupe era vasco, había sido estudiante de medicina y, como misionero en Japón, fue el primero sanitario alcanzar Hiroshima el día siguiente del estallido de la bomba atómica. Por experiencia propia tenía bien claro que con la era atómica el mundo había entrado en una nueva fase histórica y, sin defender nunca la Teología de la liberación (ni ninguna otra), dejó que los jóvenes jesuitas se asociaran. El final de la historia es conocido. Arrupe fue desautorizado de mala manera en 1981 por Juan Pablo II; los jesuitas fracasaron en su combate intelectual con el comunismo y buena de los impulsores del diálogo cristianomarxista abandonaron la barca. Incluso el filósofo comunista francés Roger Garaudy tras su paso, breve pero ruidoso, por la iglesia católica se convirtió … al Islam suní.

Todo vale 

La desautorización vaticana de la teología de la liberación llegó con Juan Pablo II (1920 a 2005). Para detenerla se crearon en América Latina nuevas organizaciones como el Sodalicio de Vida Cristiana (1971), en Perú, fundado por Luís Fernando Figari, autor de unos “Aportes para una teología de la reconciliación” (1985). El papa polaco no haberse de puñetas en la defensa de lo que él entendía por “tradición”. El comunismo había sido solemnemente condenado por el santo oficio romano en 1942 y Juan Pablo II fue inflexible con la renovación teológica. Para luchar contra lo que veía como la peligrosa infiltración del comunismo en la Iglesia se apoyó incluso en pederastas, como el sacerdote mexicano Marcial Maciel (1920-2008), fundador de los Legionarios de Cristo, a pesar de que había sido informado de las actividades delictivas del personaje por el mismo cardenal Ratzinger (el futuro Benedicto XVI). Maciel, todo un virtuoso del mal, fue finalmente desenmascarado por Ratzinger y murió desautorizado y entre el escándalo. Figari también terminó mal y, por causa de los abusos sexuales, más que documentados, que había cometido hasta 1990, la Santa sede le ha prohibido recientemente (febrero 2017) continuar en frente de su organización.

Bajo Juan Pablo II la Congregación para la doctrina de la fe se pronunció dos veces sobre la teología de la liberación. La primera instrucción, Libertatis nuntius (6 de agosto de 1984), la consideraba incompatible con la fe y criticaba las lecturas de la Biblia que reducían la vida de Jesús a la de un liberador social y político, a pesar de considerar “loable” el interés por los pobres. Como el documento se recibió con importantes protestas, la segunda instrucción (22 de marzo de 1986) resultó un poco más favorable e integraba esta teología en el magisterio romano; introduciendo, eso sí, la dimensión espiritual de una teología de la libertad. Pero la elección de obispos y de directores en los seminarios católicos se hicieron estrictamente, siguiendo la norma de desterrar el progresismo. Incluso el nombramiento del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, el actual papa Francisco, fue posible porque era la cabeza visible del conservadurismo en la iglesia argentina.

El Vaticano criticaba las lecturas de la Biblia que reducían la vida de Jesús a la de un liberador social y político, a pesar de considerar “loable” el interés por los pobres

Si la teología de la liberación decayó no fue, sin embargo, por presiones vaticanas sino por el apoyo encendido, algo naif, que algunos de sus principales pensadores dieron a la guerrilla sandinista. En Nicaragua la utopía -y la ingenuidad política- entran en quiebra total. La derrota moral del sandinismo en el poder, con personajes tan siniestros como Daniel Ortega, y la crisis de la teología progresista fueron de la mano. Tampoco se puede obviar el papel de la CIA financiando la implantación de nuevas comunidades evangelistas (y ultraderechistas) en América central, en una estrategia muy pensada y que ayudó a vaciar las parroquias de los barrios populares. En todo caso, el ciclo ya se había completado. Cuando el 16 de mayo de 2013, dos meses después de su elección, el Papa Francisco, ante el plenario de los embajadores acreditados ante la Santa Sede, condenó los mercados financieros calificándolos de “becerro de oro”, se hizo evidente que la praxis eclesial y transformadora de obispos como Casaladàliga, Hélder Camara o Romero -y las ideas de pensadores como Gutiérrez o Boff- habían triunfado finalmente, aunque fuera de una manera impensada. Esto a pesar de que muchas vidas fueron segadas por las balas en durísimos años de plomo. Resistentes como el alicantino de Xàbia Antoni Llidó, asesinado en Chile en 1974, simbolizan un tiempo.

Aquel capuchino insoportable

Romero fue uno más entre los muchos mártires que ha tenido la teología de la liberación, pero sin duda ha alcanzado una categoría de símbolo que ni buscó nunca, ni podía prever. El arzobispo Romero era un hombre del Vaticano II, vinculado a la doctrina de Pablo VI, que había sido profesor suyo en Roma, y ​​que le nombró obispo en 1970. Nada parecía indicar que aquel hombrecillo tímido, bonachón y piadoso pudiera terminar como el mártir por excelencia de la teología latinoamericana. Como en tantos otros casos, Romero fue un ejemplo vital de “conversión a los pobres” desde unos orígenes extremadamente conservadores. No fue el único. También el poeta Ernesto Cardenal había militado de joven a la Falange nicaragüense; y en ambos casos la influencia del marxismo en su formación era nula. Si llegaron a posiciones cercanas al socialismo (algo más que dudosa en el arzobispo Romero), fue por su preocupación por los pobres y por su implicación en el combate contra la exclusión de las mujeres y los indígenas.

Para él, simplemente, “es inconcebible que alguien se llame ‘cristiano’ y no tome, como Cristo, una opción preferencial por los pobres”, (homilía del 9 de septiembre de 1979). Su radicalización en un contexto de violencia y sangre no deriva de ninguna militancia política, sino del Evangelio. La defensa de una paz inseparable de la justicia, que Romero predicó siempre, forma parte de la más pura ortodoxia católica. El arzobispo Romero se enfrentó tanto a la guerrilla castrista como al Escuadrones de la Muerte, la siniestra entidad paramilitar ultraderechista del general Roberto d’Aubuisson, que fue quien ordenó el asesinato del arzobispo. D’Aubuisson (hay que recordarlo?) Murió en 1992 de un cáncer a la lengua y sin haber tenido que responder nunca por el crimen ante un juez.

Romero fue un ejemplo vital de “conversión a los pobres” desde unos orígenes extremadamente conservadores

No se puede decir que Romero fuera un avanzado en política. Tenía simpatía por el Opus Dei, se entrevistó con Escrivá de Balaguer al menos una vez, y nunca hizo ningún acto político explícito en favor de ningún partido político salvadoreño. Su fe se basaba al pie de la letra en el texto evangélico de Mateo (12, 36-40) que pide amar a Dios sobre todas las cosas ya nuestro prójimo como a nosotros mismos. Pero se tomaba la fe con radicalidad y hasta el final. Lo dejó dicho: “La persecución es algo necesario en la Iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida” (Homilía del 29 de mayo de 1977).

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Óscar Arnulfo Romero con Juan Pablo II, 1979

El momento decisivo en la vida de Oscar Arnulfo Romero debe situarse el 12 de marzo de 1977, cuando el jesuita Rutilio Grande, amigo personal del arzobispo, y miembro de una “buena familia” de la oligarquía salvadoreña, fue asesinado junto con dos campesinos de las comunidades eclesiales que promovía. El arzobispo, contra el parecer del nuncio y otros prelados, organizó una gran misa que fue también un acto masivo de protesta. La carta pública que escribió al presidente Carter pidiéndole que detuviera la ayuda miliar en El Salvador lo puso definitivamente en la lista negra. Gracias al trabajo realizado por la Universidad George Washington hoy se pueden consultar en Internet los informes de la embajada estadounidense en San Salvador y, resulta claro, que Romero les era incómodo y que entre 1979 y 1980 se hicieron desde el Departamento de Estado fuertes presiones diplomáticas en Roma para sacarse-el de encima. Juan Pablo II y el cardenal Casaroli llamaron el arzobispo a principios de 1980 y le trasladaron su inquietud, aunque no parece que el aviso hiciera mucho impacto en el arzobispo. Pero volviendo de aquel viaje, Romero era hombre muerto. Lo mataron cuando no hacía ni un mes que se había encontrado con Juan Pablo II en el Vaticano.

El 23 de marzo de 1980, un día antes de su asesinato, el arzobispo llamó al Ejército convocante a rebelarse. Es la conocida Homilía de Fuego, dirigida a los militares salvadoreños. “Ningún soldado -exclamó el arzobispo por la radio- está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla (…). Ya es hora de que recuperen su conciencia y que obedezcan su conciencia antes de que la ley del pecado “. La brevísima homilía aceleró su muerte y es un texto profético, imprescindible para entender la historia reciente de Latinoamérica. Lo mataron de madrugada pero, como proclamaron los indígenas salvadoreños en su entierro, Romero aún vivo. Su huella de hombre discreto se nota en el estilo de Francisco, el Papa jesuita. Y que por muchos años sea así.

LIBRO TEOLOGIA FEMINISTA.


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Nancy Cardoso

20 h · 

( livro completo) “la praxis como método de la teología latinoamericana de la liberación y de la teología feminista…
la praxis en un sentido metodológico: la reflexión teológica parte de las realidades políticas, sociales y económicas, luego se analiza con las herramientas de las ciencias sociales, filosofía y teología, y finalmente retorna a su punto de partida. Juan Luis Segundo lo denomina el círculo hermenéutico. Existe una influencia definitivamente marxista en la forma en que los teólogos de la liberación entienden por praxis y la relación entre la teoría y la praxis.
La definición de Gustavo Gutiérrez de que la teología de la liberación es “la reflexión crítica de la praxis a la luz de la Palabra de Dios”, es una definición clásica. “

José María Castillo: “En la Iglesia, en los seminarios, en los centros de estudios teológicos, hay miedo, mucho miedo”


El Cristo de la liberación de Cerezo

“No hay sucesión a la gran generación de teólogos del Vaticano II”

“¿Cómo hacemos presente el Evangelio en este tiempo que nos ha tocado vivir?”

José María Castillo , 15 de mayo de 2017 a las 08:20

¿Cómo es posible defender que la muerte de Cristo fue un “sacrificio ritual” que Dios necesitó para perdonarnos nuestras maldades y salvarnos para el cielo?

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II Congreso Continental de Teología

(José María Castillo, teólogo).- Por ley de vida, la gran generación de teólogos, que hicieron posible la renovación teológica que llevó a cabo el concilio Vaticano II, está a punto de extinguirse del todo. Y en las décadas siguientes, por desgracia, no ha surgido una generación nueva que haya podido continuar la labor que los grandes teólogos del s. XX iniciaron.

Los estudios bíblicos, algunos trabajos históricos y algo también en lo que se refiere a la espiritualidad, son ámbitos del quehacer teológico que se han mantenido dignamente. Pero incluso movimientos importantes, como ha ocurrido con la teología de la liberación, dan la impresión de que se están viniendo abajo. Ojalá me equivoque.

¿Qué ha sucedido en la Iglesia? ¿Qué nos está pasando? Lo primero, que deberíamos tener en cuenta, es que es muy grave lo que estamos viviendo en este orden de cosas. Los demás ámbitos del saber no paran de crecer: las ciencias, los estudios históricos y sociales, las más diversas tecnologías sobre todo, nos sorprenden cada día con nuevos descubrimientos.

Mientras que la teología (hablo en concreto de la católica) sigue firme, inasequible al desaliento, interesando cada día a menos gente, incapaz de dar respuesta a las preguntas que se hacen tantas personas y, sobre todo, empeñada en mantener, como intocables, presuntas “verdades” que yo no sé cómo se pueden seguir defendiendo a estas alturas.

Por poner algunos ejemplos: ¿Cómo podemos seguir hablando de Dios, con la seguridad con que decimos lo que piensa y lo que quiere, sabiendo que Dios es el Trascendente, que – por tanto – no está a nuestro alcance? ¿Cómo es posible hablar de Dios sin saber exactamente lo que decimos? ¿Cómo se puede asegurar que “por un hombre entró el pecado en el mundo”? ¿Es que vamos a presentar como verdades centrales de nuestra fe lo que en realidad son mitos que tienen más de cuatro mil años de antigüedad? ¿Con qué argumentos se puede asegurar que el pecado de Adán y la redención de ese pecado son verdades centrales de nuestra fe?

¿Cómo es posible defender que la muerte de Cristo fue un “sacrificio ritual” que Dios necesitó para perdonarnos nuestras maldades y salvarnos para el cielo? ¿Cómo se le puede decir a la gente que el sufrimiento, la desgracia, el dolor y la muerte son “bendiciones” que Dios nos manda? ¿Por qué seguimos manteniendo rituales litúrgicos que tienen más de 1.500 años de antigüedad y que ya nadie entiende, ni sabe por qué se le siguen imponiendo a la gente? ¿De verdad nos creemos lo que se nos dice en algunos sermones sobre la muerte, el purgatorio y el infierno?

En fin, la lista de preguntas extrañas, increíbles, contradictorias, se nos haría interminable. Y mientras tanto, las iglesias vacías o con algunas personas mayores, que acuden a la misa por inercia o por costumbre. Al tiempo que nuestros obispos ponen el grito en el cielo por asuntos de sexo, mientras que se callan (o hacen afirmaciones tan genéricas que equivalen a silencios cómplices) ante la cantidad de abusos de menores cometidos por clérigos, abusos de poder que hacen quienes manejan ese poder para abusar de unos, robarles a otros y humillar a los que tienen a su alcance.

Insisto en que, a mi modesta manera de ver, el problema está en la pobre, pobrísima, teología que tenemos. Una teología que no toma en serio lo más importante de la teología cristiana, que es la “encarnación” de Dios en Jesús. El llamamiento de Jesús a “seguirle”. La ejemplaridad de la vida y del proyecto de vida de Jesús. Y la gran pregunta que los creyentes tendríamos que afrontar: ¿Cómo hacemos presente el Evangelio de Jesús en este tiempo y en esta sociedad que nos ha tocado vivir?

Termino insistiendo en que el control de Roma sobre la teología ha sido muy fuerte, desde el final del pontificado de Pablo VI hasta la renuncia al papado de Benedicto XVI. El resultado ha sido tremendo: en la Iglesia, en los seminarios, en los centros de estudios teológicos, hay miedo, mucho miedo. Y bien sabemos que el miedo bloquea el pensamiento y paraliza la creatividad.

La organización de la Iglesia, en este orden de cosas, no puede seguir como ha estado tantos años. El papa Francisco quiere una “Iglesia en salida”, abierta, tolerante, creativa. Pero, ¿seguiremos adelante con este proyecto? Por desgracia, en la Iglesia hay muchos hombres, con bastones de mando, que no están dispuestos a soltar el poder, tal como ellos lo ejercen. Pues, si es así, ¡adelante! Que pronto habremos liquidado lo poco que nos queda.

http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2017/05/15/jose-maria-castillo-en-la-iglesia-en-los-seminarios-en-los-centros-de-estudios-teologicos-hay-miedo-mucho-miedo-iglesia-religion-dios-jesus.shtml

COLOMBIA: INICIAMOS LA CELEBRACIÓN DEL CENTENARIO NATALICIO DE MONSEÑOR GERARDO VALENCIA CANO mxy


 

Parte de la caravana que va en peregrinación hacia Santo Domingo (Antioquia) el pueblo, donde Gerardo,nació, a la celebración del Centenario  de su Natalicio.

En la Parroquia de Santo Domingo-Agosto 5/17
Celebrando el Centenario del Natalicio de Mons. Gerardo Valencia Cano

La comitiva ha llevado un magnolia (árbol nativo,  una especie en extinción, símbolo de Vida y de Paz,  para plantar, en la casa de campo donde crió con Monseñor con sus padres y hermanos.

Plantando el árbol de la Vida! Con ternura, con amor, las manos de mujeres y hombres: “Plantemos nuevos árboles, la tierra nos convida,/ plantando cantaremos/ los himnos de la vida,/ los cánticos que entonan las ramas y los nidos,/ los ritmos escondidos del alma universal./ Plantar es dar la vida al generoso amigo/ que nos defiende el aire;/ que nos ofrece abrigo;/ él crece con el niño, él guarda su memoria,/ en el laurel es gloria/ en el olvido es paz./ El árbol tiene un alma, que ríe entre sus flores,/ que piensa en sus perfumes,/ que alienta en sus rumores;/ él besa con la sombra de su frondosa rama, /él a los hombres ama, /él les reclama amor./ La tierra sin un árbol está desnuda y muerta,/ callado el horizonte,/ la soledad desierta;/ plantemos para darle palabras y armonías/ latidos y alegrías,/ sonrisas y calor./ El árbol pide al cielo la lluvia que nos vierte;/ absorbe en nuestros aires/ el germen de la muerte;/ por él sube a las flores la sangre de la tierra,/ y en el perfume encierra/ y eleva una oración./ Proteja Dios el árbol que planta nuestra mano;/ los pájaros aniden/ en su ramaje anciano;/ y canten y celebren en la tierra bendecida/ que les infunde vida/ que les prodiga amor.” Juan Zorrilla, Uruguayo.

Fotos: Cortesia de la MEP

 

 

EL OLOR DE OVEJA DE UN OBISPO: Javier Dario Restrepo


http://www.vidanuevadigital.com/blog/el-olor-de-oveja-de-un-obispo-javier-dario-restrepo/

COLOMBIA.MEDELLIN:La Teología de la Liberación siempre ha buscado ver al creyente en su realidad, alimentando la fe a través del cambio social


P.GABRIEL DIAZ Y P. FEDERICO CARRASQUILLA, AMBOS PROFETAS PARA NUESTRO TIEMPO!

GRACIAS POR SU TESTIMONIO Y ENTREGA.

Evangelizadoras de los Apóstoles.

 

. En Colombia, el movimiento “Golconda” reunió a varios sacerdotes que a inicios de los años 70 pusieron su mirada en el pobre para ver allí el rostro de Cristo. En Medellín, padres como Gabriel Díaz en el barrio Santo Domingo Savio y Federico Carrasquilla en el barrio Popular nº 1 no solo escucharon a la comunidad, sino que además crearon con ella lazos comunicacionales que alcanzaron la transformación social. 

Julián Correa y Henry Montana, quienes fueron mis alumnos hace años en la Universidad de Antioquia se interesaron por el caso de estos dos sacerdotes, y en esta página quieren compartir el resultado de su proceso de investigación. Vale la pena escuchar al padre Gabriel y al padre Federico, sus palabras son palabras llenas de amor que alimentan la fe. Invitados a conocer el resultado de este proyecto.

H O M E
TEOLOGIAPARAELCAMB.WIXSITE.COM

FRANCISCO SE COMPROMETE A REPARAR LA INJUSTICIA A BOFF


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