José María Castillo: “Jesús vivía con la gente; ésa es la cristología que aprendieron los apóstoles”


Libros

José María Castillo, en Religión Digital

El teólogo español, citado por el Papa, publica “La Humanidad de Jesús” (Trotta)

“En la Iglesia ha habido más dificultad para aceptar la humanidad de Jesús que su divinidad”

Jesús Bastante, 21 de mayo de 2016 a las 12:08

Los apóstoles no aprendieron cristología leyendo libros sobre el tema ni escuchando conferencias, ni Jesús se dedicó a dar charlas de Teología. Se dedicó a vivir de una manera. Y seguirle era vivir de esa manera cuanto era posible

José María Castillo publica 'La humanidad de Jesús' (Trotta)

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José María Castillo publica “La humanidad de Jesús” (Trotta)

(Jesús Bastante).- Es uno de los mejores teólogos españoles. Tanto, que el propio Papa Francisco está tomando “prestados” algunos de sus conceptos, ligados a la Teología Popular. Ardoroso defensor de la libertad,José María Castillo presenta su último libro, “La Humanidad de Jesús” (Trotta), donde defiende una fe frente a los que, hoy como ayer, prefieren lo artificioso y lo ritual. “Nos sobra religión y nos falta humanidad”.

¿Qué quieres decir con esta frase?

Cuando se estudia en Teología la figura de Jesús, resulta que históricamente, en la Iglesia ha habido más dificultad para aceptar la humanidad de Jesús que la divinidad de Jesús. Lo cual quiere decir, que si entendemos por lo divino todo aquello que se encarna en lo sagrado, en la Iglesia manda más lo sagrado que lo profano. Que, traducido al problema que yo planteo aquí, quiere decir que lo sagrado manda más que lo humano y se superpone a lo humano.

Nos encontramos con la dificultad que estamos experimentando con tanta frecuencia y en asuntos enormemente importantes. Por ejemplo, cómo en nombre de un presunto derecho divino se limitan o sencillamente se eliminan los derechos humanos.

En nombre de lo divino o sagrado, se limita la libertad para pensar, hablar, escribir… Cosas tan elementales como es amar. Y aprovecho para recordar un artículo que me impresionó mucho de Karl Rahner en el que se preguntó por qué para amar más a Dios, tenemos que amar menos a un ser humano. O tenemos que renunciar al amor humano.

Eso es muy extraño. Porque una de las cosas que más cautivan del Cristianismo es, precisamente que Dios se hace hombre para asumir todo el pecado de la humanidad y ofrecer una nueva puerta de salvación. Y sin embargo, la figura de Jesús que debería de ser el más humano de los hombres, se ha trasladado a una excesiva divinización de su figura, como planteas en el libro. Como si no fuera importante que Dios se hubiera hecho hombre, que es el germen del Cristianismo. Sin este hecho, es imposible que suceda la salvación.

Es la clave. No podemos olvidar que nosotros no somos de condición divina. Sino que somo seres humanos. Y desde lo humano tenemos que comprender lo transcendente. Lo divino. Y no nos es posible, porque Dios no está a nuestro alcance. Si lo estuviera, sería un ser todopoderoso, pero no Dios. Ni siquiera el concepto de infinito, porque esto significa lo humano, pero sin límites. Y Dios no es ni eso, es una realidad que está en un ámbito al cual no tenemos acceso. Es incomunicable en ese sentido.

El Cristianismo, ¿qué solución le ha dado a ese problema?, pues sencillamente, el “Misterio de la Encarnación”, donde el transcendente se ha hecho visible, tangible y cercano, humanizándose. Y se humanizó en Jesús que, sin dejar de ser divino, se hizo plenamente humano. De tal manera que en la medida en que conocemos la humanidad de Jesús, es el único camino que tenemos para conocer qué es Dios, cómo es y lo quiere.

Y sin embargo, durante siglos se ha ido sepultando esa figura humana en una serie de normas, ritos, judicaturas, misterios, dogmas de fe, etc., que han convertido la figura de Jesús en algo distinto. Hasta el punto en el que la Iglesia de hoy no se parece a lo que Jesús quería, o se parece a lo que fueron promoviendo otros. Tú te centras mucho en la figura de Pablo.

Aquí hay varias cosas.

Primera: Jesús fue plenamente humano y el hecho es que los evangelios, tal como han llegado a nosotros, así lo presentan. Lo primero con lo que se tenía que enfrentar, fue con lo religioso y lo sagrado, tal como en aquél tiempo se entendía. Y por eso, Jesús se enfrentó al templo, a los sacerdotes y los rituales, a las normas religiosas. Y el enfrentamiento fue tan duro, que llegó un momento en el que la institución religiosa se dio cuenta de que, o acababan con él o él acababa con ellos. El final del capítulo XI del Evangelio de San Juan, después de la resurrección de Lázaro, es clave. El Sanedrín se reunió de urgencia y plantearon: o él, o nosotros.

Es interesante eso que dices porque Lázaro es una figura muy relevante y muy olvidada.

Además, cada día va ganando terreno relacionar el Lázaro de Juan, hermano de Marta y María, con el Lázaro del que habla Lucas en la parábola, el epulón, el comilón. Aquél se murió y fue al paraíso, y este ricachón se murió sin importarle la gente que se moría de hambre delante de él. Exactamente lo que se está conociendo y viendo ahora mismo en España. Ricachones que se hinchan de dinero y como ya no les cabe en los bancos de España, lo guardan en los paraísos fiscales del mundo.

Ya verás cuando salga algún obispo en los famosos papeles de Panamá.

Yo estoy temiendo que pueda suceder.

Vamos a dejarlo ahí.

Y mientras, estamos viendo familias sin trabajo, chiquillos sin escuela, enfermos sin remedio ni curación…, el desastre. Esto es el Lázaro del evangelio de Lucas. También el rico se muere, como todos estos que tienen los paraísos fiscales a sus pies van a morir. El epulón aquél que vestía de púrpura y oro y con comida banqueteada todos los días. Que pidió desde el Hades que Lázaro volviera de entre los muertos a avisar a sus hermanos, que debían ser tan sinvergüenzas como él.Pero Abraham le dijo: “A Moisés y a los Profetas tienen; ¡que los oigan a ellos!”. Y eso es lo que toma el evangelio de Juan y conecta con la resurrección de Lázaro. Ahí está el muerto que resucita. ¿Qué decidieron los sumos sacerdotes?: matar de nuevo a Lázaro. Lo dice el evangelio de Juan, y por supuesto, a Jesús. Se reúne el Sanedrín de urgencia y allí se dieron cuenta de que el proyecto de Jesús era un conflicto imposible de conciliar. Y nosotros nos hemos apañado para hacerlo conciliable, que ni los sacerdotes del templo de Jerusalén ni Jesús lo hicieron. Nosotros lo hemos conciliado y así tenemos esta Iglesia. ¿Qué ha pasado? Que entre la muerte de Jesús y los evangelios aparece en el Nuevo Testamento la figura de Pablo.

Pero, si Jesús viene a modificar ese sistema, pues ese sistema le mata, y al final, con el paso del tiempo, conciliándolo, es ese sistema el que está venciendo en la Institución, ¿no estamos traicionando la nueva alianza que Jesús vino a traer entre Dios y los hombres?

La estamos traicionando y de ahí el conflicto, la tensión y los problemas que está sufriendo el papa Francisco. Porque el Papa es un hombre que por formación, su educación jesuita tuvo que ser más bien conservadora. Pero su humanidad es tan honda, tan sensible a todo lo que es el dolor humano, la injusticia contra los débiles, los niños, los enfermos…, que no puede callarse, ni aguanta el estar por encima de los demás, ni quiere tener privilegios. Hay teólogos que se preguntan por qué no toma decisiones más terminantes. Yo pondría a esos teólogos allí a que tomen las decisiones.

Además, yo tengo la opinión de que si este Papa u otro, quiere cambiar las cosas por medio de un golpe en la mesa, le estaría dando la razón a los que piensan que la Iglesia no tiene camino sinodal, dialogado. Pienso que está intentando repartir el juego y que todos nos sintamos responsables. Y los cambios que se están dando son porque el pueblo empuja. El concepto del pontificado de Francisco y el de Teología de José María del Castillo, son muy parecidos.

Bueno, es que cada día lo veo con más claridad, la cosa tiene que ir por ahí. Porque no se trata de cambiar cargos, ni en tomar decisiones en esto y lo otro. Lo importante es cambiar la manera de hacer Teología. La manera de gobernar. La manera de vivir cerca de la gente. Saber lo que demanda el pueblo.

Conversando ayer con Reyes Mate, gran pensador, sobre todo este asunto, él decía una gran verdad: las dos grandes cabezas pensantes que ha habido en el cristianismo en el siglo pasado fueron, primero, Bonhoeffer a quien mató el nazismo al final de la 2ª Guerra Mundial. Y el otro, Juan Bautista Metz, que dice una cosa impresionante: la cristología, es decir, el saber sobre Jesús y el poder hablar sobre él es constitutivo el seguimiento de Jesús. Los apóstoles no aprendieron cristología leyendo libros sobre el tema ni escuchando conferencias, ni Jesús se dedicó a dar charlas de Teología. Se dedicó a vivir de una manera. Y seguirle era vivir de esa manera cuanto era posible. Jesús vivía con la gente. Estaba cerca de los enfermos y los niños. De los pobres y los excluidos. Y esa es la cristología que aprendieron.

La novedad de este libro es explicar que entre Jesús y su muerte, y su nacimiento y los Evangelios, que son posteriores al año 70, están las cartas de Pablo. Que ni conoció al Jesús terreno de la historia, ni dio muestras de interesarse mucho por conocerlo.

Y tuvo sus conflictos con Pedro y con otros.

Y sobretodo, que sin conocer a Jesús ni los evangelios se puso a organizar las primeras iglesias. Las primeras comunidades eran iglesias domésticas. Como tenía la formación de un buen judío y su experiencia de Jesús era la del resucitado, eso fue lo que transmitió.

Más espiritual.

Más espiritual y más religioso. Más ritualista y normativo. Es verdad que Pablo explicó que todos somos iguales para la salvación, que no es la ley lo que nos salva. Pero todo mirando lo transcendente. En lo inmanente, lo que hizo fue organizar iglesias domésticas. Y si eran domésticas, debían de ser en casas. Y si se reunían en casas, tenían que ser de gente con dinero. Entonces lo que ocurría, era que los líderes de las iglesias eran gente con dinero.

Para hacerle justicia a Pablo, sin haberse arrimado a estos conversos ricos, la Iglesia no hubiera podido hacer todo el proceso de evangelización y toda la creación de una cultura y de una sociedad nueva a lo largo de todo este tiempo.

Efectivamente. Estoy completamente de acuerdo y me alegro de que saques el tema. Porque Pablo, como bien notó Hans Küng, hizo dos grandísimas y geniales aportaciones. Primera: extendió el cristianismo por todo el imperio. Por tanto convirtió el pequeño movimiento de Jesús en un movimiento universal, en lo que entonces era el mundo conocido. Y, en segundo lugar, socializó aquél movimiento en las costumbres de la sociedad. Pero aquello tuvo un precio, y eso lo explico yo en el libro.

Hay cuatro problemas en los que Pablo se atascó. Leyendo a Pablo saltan a la vista cuatro cuestiones que se relacionan muy directamente con la moral, que hoy nos preocupa y nos interesa.

Primero, el tema del sexo. Por qué el sexo masculino ha de ser más dominante, con más derechos y poder que el femenino. En definitiva, la desigualdad. La gente no cae en la cuenta de esto. No es lo mismo hablar de desigualdad que de diferencia. Porque la diferencia es un hecho, pero la igualdad es un derecho.

Segundo: el modelo de familia. El modelo patriarcal. Para mí lo más genial que ha escrito el Papa actual, es decir que el amor conyugal es un amor de amistad. Y lo argumenta y lo repite. Decir esto, es revolucionar la familia.

O entenderla.

Claro. La tercera cuestión es la de la esclavitud. La esclavitud es la clave de la economía. Comprendo que esto es una lectura marxista. Pero es que en esto Marx dio en el clavo. Y esto explica por qué los ricos han podido acumular la riqueza que tienen: a costa de miles de millones de esclavos que han trabajado para ellos. Y sigue pasando hoy. Pero lo que ocurre, es que hoy sucede sin el estigma de la esclavitud. A primera vista todos somos iguales en dignidad y derechos, cuando en realidad no lo somos. Además, pasa otra cosa, antiguamente el que compraba un esclavo tenía que darle de comer todos los días. Hoy, el que tiene esclavos que trabajan par él, les da lo que considera. Y ya está. Los otros que se apañen y yo tengo una cuenta en Panamá.

Y la cuarta. Es el sometimiento a la autoridad constituida. No olvidemos, que cuando Pablo escribió esto era el tiempo de Nerón. Que no era precisamente un modelo ejemplar de gobernante. Al comienzo del capítulo XIII de la carta a los romanos, Pablo dice que la autoridad la establece Dios. Y por tanto, lo que manda la autoridad es voluntad de Dios. Y hay que someterse a Dios sometiéndose a la autoridad. Eso, lo predico yo hoy en cualquier esquina de Venezuela, o de Rusia, o de Francia, y me corren a gorrazos, con toda la razón.

Jesús no se metió en estos líos, sino que sencillamente vivió.

En realidad dijo que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Está diciendo que seamos ciudadanos, y buenos creyentes. Poner a cada uno en su sitio.

¿Qué imagen de Jesús tienes tú hoy? Después de tantos años de estudiarlo y de vivirlo.

Primero voy a decir cómo no me lo imagino. No me lo imagino como un cura. No sería obispo, por supuesto. No tendría ningún cargo. Sería un profeta itinerante que defiende con una vida intachable, y que podría ir diciendo: “si no creéis en lo que digo, por lo menos mirad lo que hago”. Que es lo que Jesús no paraba de decir. O, con otra imagen: el árbol se conoce por los frutos que produce. Sería un profeta itinerante, cercano a todo lo que es sufrimiento, dolor, miseria humana. No porque hubiera hecho un voto de pobreza. Porque el voto que hacen hoy los religiosos de pobreza es una de la fuentes de seguridad más grandes que hay. Seguridad económica.

No te entiendo.

El que pertenece a una comunidad religiosa, tiene la vida asegurada. No le va a faltar nunca nada. Esto lo aprecia el que lo ha tenido y de pronto un día se encuentra en la calle. Es mi caso. La incertidumbre te plantea muchas preguntas que los que tienen voto de pobreza no se hacen.

Jesús estaría ocupado y preocupado por los pobres, pero no desde un voto de pobreza.

Claro, sería una persona que comparte la habilidad con esta gente, la condición, la suerte. Y sería un hombre enormemente libre, para hablar, para actuar. No andaría entremezclándose en partidos políticos, sino que andaría preocupándose de las necesidades de la gente.

Tenemos que terminar. Ese Jesús se parecería un poquito a ti.

No, en absoluto. Si quieres otro día dedicamos un tiempo a ese tema. Pero no me importaría. Yo no tengo nada que ocultar. Además, si llega el día de decir cosas, voy a decirlas.

No, se parecería a muchas personas buenas y desconocidas. Jesús, cuando se puso a reunir un grupo y dijo que era de Nazaret…, yo soy de la Puebla de don Fadrique, un pueblo perdido en el último rincón de la provincia de Granada. Soy un pobre que intento, busco, quiero, pero llego adonde llego. Que no es muy lejos.

Llegas mucho y llegas bien. Un placer, Jose María. Siempre lo es cuando vienes a presentarnos libros como este. “La humanidad de Jesús” editado por Trota. Cómprenlo y léanlo.

VIDEO:

Gracias a vosotros y adelante con RD. Que es un elemento muy importante en todo el mundo hispanoparlante sobretodo.

http://www.periodistadigital.com/religion/libros/2016/05/21/jose-maria-castillo-religion-iglesia-humanidad-jesus-libro-trotta-papa-francisco-teologia.shtml?fbclid=IwAR1Gjj83nAXV

La Iglesia desplazó el Evangelio de Jesús a la religión de los sacerdotes: José Maria Castillo


Este artículo fue exportado desde – Teología Hoy – http://www.teologiahoy.com En fecha: 14/05/2019 22:21:54 2019 / +0000 GMT

Autor: Jose Maria Castillo La Iglesia desplazó el Evangelio de Jesús a la religión de los sacerdotes Se suele decir (y es verdad) que la Religión Cristiana tiene su origen en Jesús de Nazaret.

Como también suele decir (y también es verdad) que la Iglesia tuvo sus comienzos en la vida y las enseñanzas de Jesús. Pero tan cierto, como lo que acabo de decir, es que ni Jesús fundó (o instituyó) una Religión, ni fundó (o instituyó) una Iglesia. ¿Cómo iba a fundar una religión un hombre que provocó un conflicto mortal con los dirigentes de la religión, con el templo, con los sacerdotes, los rituales y normas que la religión imponía a la gente, de forma que todo aquello terminó en la condena de Jesús como un delincuente subversivo?

Y por lo que se refiere a la Iglesia, ni siquiera el concilio Vaticano II se atrevió a decir que Jesús fue su “fundador”, sino que se limitó a indicar que la Iglesia tuvo su origen en la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios (LG 5, 1). Por supuesto, san Pablo les puso el nombre de “iglesias” a las “asambleas” que él fue organizando en sus viajes apostólicos. Pero sabemos que Pablo fue un judío de cultura griega, en la que el término “ekklesía” designaba la asamblea de los ciudadanos libres, que se reunían para votar democráticamente las decisiones importantes. Entonces, ¿qué es lo que nos dejó Jesús a quienes creemos en él y, por tanto, pensamos que su legado es importante, incluso determinante y hasta decisivo? Leyendo y analizando a fondo los evangelios, lo que en ellos queda patente es que Jesús fue un profeta, que trasmitió a su posteridad un proyecto de vida, una forma de estar y de actuar en este mundo. Un proyecto de vida que se lleva a la práctica a partir de lo que fueron las tres preocupaciones fundamentales que vivió el propio Jesús:

1) La salud (relatos de “curaciones de enfermos”).

2) La alimentación (relatos de “comensalía”, la mesa compartida).

3) Las relaciones humanas (enseñanzas sobre la “felicidad, misericordia, justicia, perdón, amor…).

Este “proyecto de vida”, en el lenguaje y en la teología del Evangelio, se resume y se condensa en el “seguimiento” de Jesús. De forma que la cristología se constituye primordialmente, no desde determinados dogmas y saberes, sino a partir del seguimiento de Jesús.

Pues bien, si lo que acabo de indicar fue constitutivo y determinante en los orígenes del cristianismo, en seguida se comprende – y se comprende sin dificultad – cómo y por qué la Iglesia encontró acogida en la Antigüedad o, por el contrario, cómo y por qué la Iglesia encuentra indiferencia y hasta rechazo en la Modernidad. Quiero decir que, en los primeros siglos de su historia, cuando la Iglesia se fue organizando y se hizo presente en la sociedad de forma que lo central y determinante de su vida fue la lucha contra el sufrimiento y la acogida de toda clase de gentes marginadas, excluidas y despreciadas, fue entonces cuando la Iglesia se expandió por todo el Imperio, hasta llegar a ser la institución central y más valorada en aquellos tiempos. Como bien ha explicado el profesor E. R. Dodds, cuando el Imperio vivió una auténtica “época de angustia” (desde mediados del s. II hasta el s. IV), “la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida…”.

Y añade el mismo Dodds: “Debieron ser muchos los que se sintieron desamparados: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro”. Con el paso de los tiempos, el centro de las preocupaciones de la Iglesia se fue desplazando: de la lucha contra el sufrimiento de los pobres y excluidos, al establecimiento y potenciación de la propia autoridad. Lo que desembocó en el desplazamiento del Evangelio de Jesús a la religión de los sacerdotes.

Lo central en la Iglesia dejó de ser el “seguimiento” evangélico. Y lo fue, desde entonces, el “poder” eclesiástico, que antepone – en la práctica – la sumisión de los fieles a la solidaridad con los pobres, marginados y excluidos. Así las cosas, mientras la religión fue un componente central de la cultura y la sociedad, la Iglesia se vio a sí misma como fiel a la misión que tenía que cumplir en este mundo. Hasta que, en el s. XVIII, la Ilustración puso en evidencia las contradicciones que la Modernidad encuentra en el hecho religioso. Contradicciones que, en los siglos XIX y XX, han tomado fuerza y presencia en la mentalidad de los ciudadanos de la moderna “cultura secular”. Lo que nos ha traído a la desconcertante situación que estamos viviendo. Si nos empeñamos en seguir intentando armonizar – y hasta identificar – “religión” y “Evangelio”, ni la mayoría de los ciudadanos

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[ TeologíaHoy ] http://www.teologiahoy.com | Pág 1/2 | Este artículo fue exportado desde – Teología Hoy – http://www.teologiahoy.com En fecha: 14/05/2019 22:21:54 2019 / +0000 GMT Autor: Jose Maria Castillo pone en práctica la religión, ni la gente religiosa acaba de entender el Evangelio viviendo el seguimiento de Jesús.

Como es lógico e inevitable, en estas condiciones, el presente y el futuro de la Iglesia se nos hace cada día más problemático. ¿Seguiremos afincados en nuestra tradicional religiosidad o nos decidiremos por la fidelidad definitiva al seguimiento de Jesús?

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Paul Tillich: Teología existencial y diálogo con la cultura: Juan Esteban Londoño


A comienzos y mediados del siglo XX, el pensamiento occidental profundizó en la sospecha de que no hay un sentido para vivir. Filósofos como Martin Heidegger y Jean Paul Sartre, artistas plásticos como Edvard Munch, y literatos como Albert Camus y Emil Cioran, no hallaban valor trascendental en la existencia. Ante la pregunta de por qué es importante el ser, y no más bien la nada, muchos de ellos optaron por la nada. La teología se enfrentó a esta pregunta que dejaba al humano desnudo ante el vacío, y se dio a la tarea de pensar cuál es el mensaje cristiano para las personas que afirman esta conciencia desgarrada.

Una de las respuestas más contundentes es la de Paul Tillich —y lo es porque asume como verdad muchos de los postulados del existencialismo, del nihilismo, del socialismo y del psicoanálisis—.

Paul Tillich (1886-1965) nació en Starzeddel, Brandeburgo, Alemania. Estudió Teología y se doctoró en Filosofía, por lo que conocía hondamente el pensamiento y el arte europeos, en especial la filosofía de la religión, el idealismo alemán y el existencialismo. También era pastor luterano, lo cual le permitió acercarse a personas que vivían en graves condiciones de pobreza y vio la necesidad de cambios sociales y políticos radicales en el mundo. Fue profesor de Filosofía de la religión y Filosofía de la cultura en Dresden y Leipzig. Dio clases de Teología en la Universidad de Berlín y en la Universidad de Frankfurt, donde desarrolló un trabajo en conjunto y una respetuosa amistad con los filósofos Max Horkheimer y Theodor W. Adorno. Tillich, incluso, fue el supervisor de la tesis de habilitación para que Adorno llegara a convertirse en profesor universitario.

Dos aspectos de las guerras mundiales fueron determinantes en la vida de Tillich. El primero fue haber servido como capellán del ejército alemán en la Primera Guerra. Allí comprendió que el idealismo alemán  había llegado a su fin y que la cultura humana no había alcanzado el máximo nivel del espíritu, sino la total destrucción a través de la razón instrumental. El segundo aspecto fue la subida de los Nazis al poder. Estos consideraban el pensamiento socialista de Tillich una amenaza para los ideales de la nación y le quitaron la licencia para ser profesor universitario. Por esto se exilió en los Estados Unidos, convirtiéndose en profesor de Teología en el Union Theological Seminary de New York, y después en la Universidad de Chicago y en la Universidad de Harvard, trabajando muy de cerca con filósofos de la religión como Mircea Eliade y Paul Ricoeur.

Los últimos años han revelado algunos escándalos en  la vida personal de Tillich que lo hacen más lejano a los intérpretes fundamentalistas, y más cercano a creyentes que exploran otras formas de relaciones humanas. Como Barth, Tillich también experimentó una relación matrimonial abierta con su esposa Hannah. Hace poco se publicaron los diarios de su pareja, donde revela que tanto él como ella tenían experiencias eróticas con otras personas, bisexuales en el caso de ella, y de fetichismo sadomasoquista por parte él. Esto, como veremos, es un reflejo más del pensamiento de Tillich, el cual muestra que el ser humano habita en el desgarramiento, entre el viejo y el Nuevo Ser, y sólo puede hallar sentido en la gracia.

El pensamiento de Paul Tillich es un reflujo entre la Teología y la Filosofía. A diferencia de lo que piensan algunos teólogos judaizantes, quienes dicen que el cristianismo se corrompió cuando entró en contacto con el mundo griego y olvidó sus raíces judías, Tillich considera que no es justo que critiquemos a los teólogos cristianos de habla griega  por haber utilizado algunos conceptos filosóficos de su época, ya que ellos no disponían de otras expresiones manifestaran el encuentro del hombre con su mundo.

Para Tillich, las expresiones a través de las cuales el cristianismo se ha dado a entender, incluso las expresiones judías que están en la Biblia, son símbolos temporales, y nunca deben limitarse a un sentido literal ni mucho menos eterno.

A diferencia de la teología de Karl Barth, el pensamiento de Tillich se funda desde abajo, desde el ser humano en la situación de revelación, y no desde «arriba», desde desde una ley sagrada que se impone en contra de la cultura.

De la Teología desde abajo surge el método de Tillich, conocido como el método de correlación. Esta forma de trabajo establece una correlación entre las preguntas existenciales del ser humano y las respuestas que ofrece el mensaje cristiano, las cuales no están aisladas del contexto, sino que también hallan sus raíces en la cultura y la sociedad, aunque siempre más allá del propio entorno.

La pregunta desde la cual surge la Teología está anclada en lo que Tillich entiende como una preocupación existencial, la Preocupación última (The Ultimate Concern), que es el modo en que este pensador nombra a Dios.

En lenguaje místico, Dios es una forma de nombrar a la profundidad de la vida y su carácter inagotable. Otros lo han llamado Abismo. En el lenguaje filosófico, Dios es la forma, el elemento de significado y de estructura de la vida, el Logos. En el lenguaje religioso es llamado Espíritu. Todo lo que decimos de Dios es simbólico.

Que Dios sea personal no significa que sea una persona. Significa que Dios es el fondo de todo lo personal y que entraña el poder ontológico de la personalidad. Dios, entonces, es una relación, o el fondo de toda relación. En su vida están presentes todas las relaciones humanas y naturales, el Eros, que es el amor al conocimiento, y el Ágape, que es el amor a los humanos.Tweet

La Teología es una pregunta filosófica por la búsqueda humana del sentido o por la Preocupación última. Como disciplina cristiana, es la interpretación crítica de los contenidos de la fe. Mientras el filósofo de la religión investiga y analiza desde afuera el fenómeno religioso, el teólogo está comprometido con ese mensaje y de algún modo lo predica. Sin embargo, el teólogo no está en el mismo lugar que cualquier creyente, puesto que debe observar el mensaje cristiano con distancia. Por eso, escribe Tillich:

«Todo teólogo está comprometido y alienado; siempre está en la fe y en la duda; siempre está dentro y fuera del círculo teológico».

Al hacer Teología, se dialoga con cuatro fuentes principales: la Biblia, la Historia de la Iglesia, la Experiencia y la Historia de la religión y de la cultura.

La Biblia es la fuente primordial de la Teología. Es el documento original que nos relata los acontecimientos sobre los que se establece la Iglesia cristiana. Sin embargo, la palabra «documento» no debe entenderse en modo jurídico, como un libro lleno de leyes y estipulaciones. El carácter documental de la Biblia descansa en el hecho de que contiene el testimonio original de quienes participaron en el encuentro con el Cristo.

Pero Tillich piensa que la «palabra de Dios» no está limitada a las palabras de un libro, y que el «acto de revelación» no se identifica con la «inspiración» de un «libro de revelaciones». El mensaje cristiano abarca más (y también menos) que los libros bíblicos, y por lo tanto la fe no debe encerrarse en un manual. La Biblia es una antología de literatura religiosa, escrita, compilada y publicada a través de los siglos. Pero la palabra de Dios es el Cristo.

La Historia de la Iglesia es una fuente para la reflexión teológica, tanto en sus aspectos positivos (la historia de los mártires, por ejemplo), como en sus aspectos negativos (las cruzadas y la inquisición). Sin embargo, este pensador no le da a la tradición la importancia que le dan otras formas de cristianismo, como es el caso de los católicos y de los ortodoxos. Como buen protestante, Tillich argumenta que un teólogo debe poner en duda las tradiciones de su propia iglesia.

La Experiencia es fundamental en la Teología cristiana, puesto que la Teología es importante solo para quien participa de la fe en modo activo. Pero Tillich es cuidadoso ante las formas de religión que privilegian la experiencia como la fuente más importante de la Teología, tal como es el caso del pentecostalismo, porque nuestras experiencias también pueden ser engañosas.

Tillich añade al método teológico un aspecto nuevo: la Historia de la religión y de la cultura. La vida espiritual de una persona está modelada por su encuentro social e individual con la realidad. Tal encuentro se expresa en el lenguaje, la poesía, el arte y la filosofía de la tradición cultural en la que se ha crecido. De este modo la Teología siempre es un diálogo con la cultura y no una negación de ella.

Sin embargo, Tillich es fiel al principio protestante de la diferencia radical entre Dios y el ser humano, y nos recuerda que el ser humano está desgarrado de su relación con la Preocupación última. Por esto la Teología dialoga con la cultura pero no la considera una revelación final. Y no solamente sospecha de la cultura, sino incluso de la Iglesia y de los textos bíblicos, ya que ninguna de estas fuentes puede ser considerada como el mismo Dios, ni como la revelación en sí, sino como testimonio de la preocupación por la realidad última.

El ser humano está roto, separado de la plenitud que busca. Esto es lo que el cristianismo ha llamado tradicionalmente «pecado», y los protestantes han enfatizado como «naturaleza caída». El ser humano, piensa Tillich, está alienado de su verdadero ser. Para esto se apoya, además, en la filosofía de Søren Kierkegaard y de Martin Heidegger para mostrar que el ser está arrojado, y en este arrojamiento nada puede consolarlo ni suplantar su sensación de arrojo. Además, interpreta la simbología del pecado y del mal desde una perspectiva psicológica, al considerar que los ángeles y los demonios son nombres mitológicos con los que se designa a los poderes constructivos y destructivos del ser, poderes ambiguamente entretejidos y en mutua lucha en el seno de una misma persona, de un mismo grupo social y de una situación histórica. Los ángeles y los demonios no son seres sino poderes que pueden llegar a dominarnos.

Ante la alienación del ser humano de su fondo, de lo que llamamos Dios, Tillich ofrece la respuesta cristiana de la fe en Jesús como el Cristo. Pero no se trata de un mensaje de salvación trasmundano, que ocurra después de la muerte. La salvación consiste más bien en una metamorfosis personal (en medio de la paradoja) del ser humano en su individualidad y en su existencia histórica y social. No se trata de aniquilar al hombre y a la mujer y a su cultura, sino de encontrar sentido en medio del arrojamiento:

«El Mesías no salva a los hombres conduciéndolos fuera de la existencia histórica; el Mesías existe para transformar la existencia histórica. El hombre entra, pues, en una nueva realidad que incluye a la sociedad y a la naturaleza. Según el pensamiento mesiánico, el Nuevo Ser no exige el sacrificio del ser finito; muy al contrario, lleva a la plenitud la totalidad del ser finito al vencer su alienación existencial».

Paul Tillich Park, Indiana.

El Cristo es el símbolo del Nuevo Ser, del «poder ser», la imagen que vence a la alienación existencial. Por esto, para Tillich, experimentar el Nuevo Ser significa experimentar el poder que en Cristo ha vencido la angustia y la perturbación de la ruptura. El ser humano ya no es no es objeto de la voluntad de otros, ni de circunstancias, ni de instituciones, sino que habita en el reino de la gracia y del poder para decidir sobre aquello que lo dominaba previamente.

Sin embargo, la aceptación del Nuevo Ser no elimina la finitud y la congoja, la ambigüedad y la tragedia, pues asume las negatividades de la existencia como parte de la unidad de la vida. Esta es la fe, la cual se basa en la experiencia de sentirse embargado por el poder de ser, gracias al cual son vencidas las consecuencias destructoras de la alienación.

En este sentido, el creyente vive a la vez la cruz y la resurrección, y ambos símbolos afectan su modo de relacionarse con el mundo, no siendo solamente crucificado, sino también resucitado.

Salir del antiguo ser y situarse en el Nuevo Ser es la salvación. Y esta salvación se recibe por la fe, o lo que Tillich entiende como el «coraje de ser». Se trata de un arrojo que nos permita vencer la angustia de la finitud, encontrando un sentido de unidad, en la vida y en la muerte, en el individuo y en su entorno:

El coraje último se fundamenta en nuestra participación en el poder último del ser.Paul TillichTweet

En síntesis, podemos hablar del pensamiento existencial de Paul Tillich como una teología relevante para nuestra época. Contraria a la teología clásica protestante, que ve en la cultura principalmente manifestaciones del pecado, este filósofo abre la posibilidad de un diálogo ecuménico con lo que el catolicismo de la liberación ha llamado «los signos de los tiempos» y la filosofía comprende como la razón humana. En su modo de trabajo, cabe el encuentro con las ciencias sociales, las artes y la cultura, y abre un camino para ver a Dios también afuera de la Iglesia, a Dios afuera de Dios.


https://teounder.com/2019/04/28

Entre el principio esperanza y el principio resistencia: la utopía en la obra de Juan José Tamayo


El profesor Tamayo ha elegido el faro conceptual de la utopía porque es una voz que persevera en la crítica y la denuncia pero sin tratar de amargarnos la vidaEste libro concreto recoge el legado de todos los que se han organizado para ofrecer cambios reales y esperanza real a millones de personas prescindibles

Ana de Miguel Álvarezlosdiablosazules@infolibre.es@_infoLibrePublicada el 01/02/2019 a las 06:00Actualizada el 31/01/2019 a las 20:42

¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?
Juan José Tamayo
Biblioteca Nueva
Madrid
2018

¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?, de Juan José Tamayo.

Muchas veces he querido reseñar algún libro del profesor Juanjo Tamayo y al final siempre he retrocedido. Tal vez por pensar que la teología, aunque fuera la teología de la liberación  —una teología pluralista, una teología que mira hacia el sur y que sabe que todo norte tiene su sur— no formaba parte de mi área de investigación. Sin embargo, creo que la lectura de su última lección, una reflexión en torno a las utopías y las distopías, me abre una posibilidad de reflexionar sobre el conjunto de sus aportaciones. No sin antes aclarar que no es que este pensador de fondo haya pasado a otra dimensión, sino que después de muchos años de docencia universitaria ha sido nombrado profesor emérito.

Y este nombramiento se acompaña del ritual de una última clase, clase en que tus colegas y estudiantes te escuchan con más atención y cariño que de costumbre. Tal vez porque cada vez resuena más en nuestros oídos el run run de aquellos versos que aprendes en la infancia: “Despierte el alma dormida…”. O tal vez porque lo que está diciendo y escribiendo Tamayo interpela a nuestras inquietudes.

¿A qué inquietudes me refiero? En primer lugar habría que recordar que tras años de lucha por las 35 horas semanales no se sabe bien con qué tipo de entusiasmo —Zafra dixit— nos encontramos conectadas y trabajando a todas horas y, encima, sin llegar bien a todo. Todos tendemos a estar agotados por jornadas interminables, pero aún así leemos los periódicos y… parece que muchas de las noticias de los últimos años tienen que ser una pesadilla, no pueden ser verdad. Y tenemos ante nosotras un libro que se titula ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, 2018). Apenas lo abrimos nos dan ganas de responder afirmativamente. Sí, si esto era una lucha del bien contra el mal ya parece que apunta un ganador.

Pero la lectura de este libro nos va a ir situando en una respuesta muy distinta. Estas son algunas de las preguntas que cabe hacerse al hilo de su lectura: ¿Merece la pena luchar por un mundo mejor para todos? ¿Por dejar el mundo un poco mejor que lo encontramos? ¿Qué quiere decir eso y cuál es el camino? ¿Tiene sentido situar el concepto de utopía en el mismo centro de la filosofía política?

Estas preguntas siempre han tenido sentido, por ejemplo en aquel momento histórico en que se levantaron tantas voces en la teología a favor de cambios radicales en los países devastados por la desigualdad. El momento en que religión y revolución se dieron una cierta mano y se abrió una esperanza. Tenían sentido pero tal vez hoy no tanto. La teología de la liberación no está de moda o no está de moda en Europa. Las figuras carismáticas de aquella teología “dispuesta a echar su suerte por los pobres” y que fueron vilmente asesinados para que se callaran de una vez no tienen sus películas de éxito. Ni decenas de series como si las tienen los humanos, demasiado humanos narcotraficantes. Y sus conexiones con el poder en todas sus formas, sus asesinos.

Asesinos que hacen llegar muy bien al Estado y a las iglesias que el auténtico magisterio espiritual es el que enseña  que el único pecado real es el aborto. Que Dios puede comprender el sacrificio de aguantar la violación y el abuso por parte de tus familiares, de aguantar la violencia del esposo —ay, qué difíciles son los hombres, cuánto nos prueba Dios con ellos— pero el aborto, eso es pasaje al infierno. Y mira a las cárceles del Estado también.

La obra de Juanjo Tamayo no es de las que quedan afectadas por las modas intelectuales. Este libro concreto recoge el legado de todos los que han escrito, han clamado y se han organizado para ofrecer cambios reales y esperanza real a millones de personas prescindibles. De los que han optado por trabajar para hacer buena la demanda marxista de dejar de interpretar el mundo y luchar para transformarlo. Y para convencernos de que otra forma de sociedad es posible. La utopía como una de las mejores caminos para abordar las desigualdades y cuestionar el silencio que se quiere imponer sobre tantas y tantas maldades, dan ganas de decir.

Creo que el profesor Tamayo ha elegido el faro conceptual de la utopía porque es una voz que persevera en la crítica y la denuncia pero sin tratar de amargarnos la vida, porque el tono de la esperanza y de la perseverancia siempre tiene que destilar alegría. No tal vez esa  alegría optimista que dice “tranquilos, os he contado los desastres de mundo, pero con un poquito de buena voluntad esto lo arreglamos entre todas y todos”. No, no es esta alegría. Es otra. Tal vez la alegría y el optimismo de quien sabe que cuenta con un ejército para defender sus posiciones. Un ejército compuesto por tantas y tantas personas que se han plantado frente al poder. Y aquí es donde se hace fuerte el optimismo del profesor Tamayo. El libro puede entenderse como el rescate de muchas de las mejores mentes y acciones que nos han precedido. Y de sus ideas, claro. Dialogar con Pablo de Tarso, con Tomás Moro, Ernest Bloch, con Carlos París y Adela Cortina. Dialogar con un Desmond Tutu que sostiene: “Yo soy si tú también eres”.  Ojalá se enterasen todo tipo de abusones.

Recordar las ideas, actitudes y el trabajo de su padre. Leer y atender a  lo que han dicho y siguen diciendo aquéllos cuya mera existencia nos reconforta. Las personas que fueron coherentes, que sintieron que tenían que hacer algo, lo que fuera, cada uno lo que mejor se le dé. Y que si tal vez no se puede hablar de progreso lineal ni absoluto pero si se han ido superando muchos obstáculos. Este es el ejército que podemos decir capitanea en su obra Tamayo. Y por ello se siente optimista, porque es un ejército con las armas de la inteligencia y sobre todo que han optado por el bien. Para los más jóvenes: hay muchos héroes que por mucho que les hayan tentado no se han pasado al lado oscuro. Y se han dedicado a combatirlo. Tamayo se une a estos jedis, a la resistencia a un mundo que todo lo esconde bajo la alfombra del consumo, el placer y la libre elección y el consentimiento.
Hoy en día, como en cualquier tiempo pasado, hay que ser muy persistente para no darse a la propuesta moral epicúrea: alejarse de lo público y cultivar un jardín, un espacio propio abierto a pequeños placeres y grandes lecturas, grandes amistades. Tal vez se puedan conjugar lo público y el espacio propio invulnerable. La utopía que nos propone es una utopía no mitificada sino realista: la que es necesaria para dotar de sentido nuestro presente. La utopía es el horizonte regulador de la acción colectiva.

En el fondo casi todos luchamos por dejar el mundo mejor de lo que lo hemos encontrado, lo único intolerable es lo de quienes lo confunden con dejar su patrimonio mejor de lo que lo han encontrado. Y con esto termino, quien lea esta lección se dará cuenta de lo poco que abundan los reproches en los libros de Tamayo. Esta es parte de su luz. Para exponer tus argumentos no hace falta estar continuamente con el mantra de lo equivocados y lo mal que lo hacen los otros. En definitiva, si la esperanza es el motor, la persistencia es la gasolina. Igual ahora nos hace falta un buen mapa para el destino. El destino utopía.

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Teilhard digno de leer


Cómo no leer un gran pensador religioso.

John F. Haught 
30 de enero de 2019

Pierre Teilhard de Chardin (1955). (Fuente: Archives des jésuites de France)

¿Fue el sacerdote y científico jesuita Pierre Teilhard de Chardin realmente un oponente racista, fascista e incluso genocida de la dignidad humana?

Pensé que, al menos entre los católicos educados, esta pregunta estaba casi muerta, y que los focos de hostilidad podrían desaparecer para siempre, especialmente después de que varios papas recientes hayan citado con admiración la visión cósmica de Teilhard por su belleza teológica y su poder eucarístico.

Pero mi optimismo fue prematuro. En un artículo de diciembre de 2016 en Filosofía y Teología titulado “Tendencias peligrosas de la teología cósmica: El legado no contado de Teilhard de Chardin”, John Slattery escribe que “desde la década de 1920 hasta su muerte en 1955, Teilhard de Chardin apoyó inequívocamente las prácticas racistas eugénicas, elogiado las posibilidades de los experimentos nazis, y menospreciaba a aquellos que [sic] consideraba ‘imperfectos’ humanos “.

Slattery, un recién graduado del Departamento de Teología de Notre Dame, afirma que una atracción persistente por el racismo, el fascismo y las ideas genocidas “explícitamente sienta las bases de la famosa teología cosmológica de Teilhard”. Esto, nos informa, “es un vínculo que ha sido ampliamente ignorado en la investigación teilhardiana”.

Un artículo más reciente del mismo crítico en Religion Dispatches (mayo de 2018) se titula “El legado de la eugenesia y el racismo de Pierre Teilhard de Chardin no puede ser ignorado”. En él, Slattery cuelga su caso de ocho citas extraviadas de las cartas de Teilhard y otros escritos dispersos.

La mayoría de las citas presentan lo que eran preguntas especulativas por parte de Teilhard, preguntas que muchas otras personas reflexivas han hecho, incluidos muchos católicos, en lugar de tesis desarrolladas sistemáticamente para el consumo público.

Su estilo es provocativo e interrogatorio, no declarativo. Exactamente lo que Teilhard realmente quiso decir con ellos es, en cada caso, altamente discutible.

Y, sin embargo, Slattery nos presenta estos extractos como una evidencia innegable de que el verdadero “legado” de Teilhard es uno de hostilidad hacia la afirmación católica de la dignidad humana, la justicia racial y la preocupación por los desfavorecidos.

Aún más importante, sin embargo, es la afirmación de Slattery de que fue el compromiso de Teilhard con estos males lo que fundamenta y sustenta su “teología cosmológica”. Nada podría ser más absurdo.

Slattery no niega que la mayor parte de los escritos religiosos de Teilhard son indiscutiblemente cristianos y en sintonía con la enseñanza católica. Sin embargo, ignora este hecho al definir lo que él llama el “legado” de Teilhard.

Aunque seguramente sabe que la mayoría de los lectores no estarán familiarizados con el hombre y su pensamiento, ha decidido exponerlos primero a lo que considera el lado más siniestro de Teilhard.

En el proceso, toma algunas citas fuera de contexto, las publica en un fondo en blanco y no dice nada sustancial sobre el 99.9 por ciento restante del trabajo de Teilhard.

El no tener en cuenta la arquitectura general del pensamiento de Teilhard siempre conduce a los tipos de exageración y distorsión que Slattery comete.

Comienza recitando el más conocido de los atesorados comentarios de Teilhard: “Si la humanidad alguna vez captura la energía del amor, será la segunda vez en la historia que descubramos el fuego”.

Al notar que millones de personas que sintonizaron la boda del príncipe Harry y Meghan Markle escucharon estas frases recitadas en un emotivo sermón del obispo episcopal Michael Bruce Curry, Slattery comenta que los oyentes que se “desmayaron” sobre ellas desconocían las raíces venenosas de la cosmovisión religiosa de Teilhard.

Él procede a revelar la podredumbre que encuentra en un paquete de ocho pasajes seleccionados de las voluminosas cartas y escritos de Teilhard.

Condensaré la más ofensiva de estas a continuación, pero quiero comenzar mi respuesta a Slattery resumiendo lo que otros estudiantes de la obra de Teilhard consideran su verdadero legado. Solo después de conocer sus ideas centrales podemos interpretar correctamente lo que Slattery considera tan ofensivo en el trabajo de Teilhard.

Los estudiosos experimentados de Teilhard son conscientes de los comentarios cuestionables que señala; pero la ofensiva aparente de tales comentarios se desvanece en las sombras cuando los leemos en términos de los principios fundamentales que guían la visión científicamente informada de Teilhard del mundo y de Dios. Aquí hay cuatro de estos principios fundamentales:

El universo (como la ciencia ha demostrado) todavía está surgiendo . De ahí que el mundo aún no esté perfeccionado. Teológicamente, esto significa que la creación permanece “sin terminar” y que los humanos, que son parte de este universo, pueden contribuir significativamente a su creación.

La oportunidad de participar en “construir la tierra” es una piedra angular de la dignidad humana. (También es una enseñanza del Concilio Vaticano II). El hecho de que nuestra creatividad a veces nos lleve a resultados monstruosos no nos exime de la obligación de mejorar el mundo y a nosotros mismos.

Aprovechar esta oportunidad es a veces peligroso, pero también es esencial para mantener la esperanza y el “entusiasmo por vivir”, sostiene Teilhard.

Además, nada “corta las alas de la esperanza” más severamente que la idea teológica ahora obsoleta de que el universo se completó de una vez por todas al principio, y que hay poco o nada que podamos hacer para hacerlo nuevo.

Crear es unir. El mundo nace, y se vuelve nuevo, por un proceso de unificación. Científicamente entendido, el cosmos emergente se vuelve inteligible solo al traer gradualmente formas de coherencia cada vez más complejas fuera de su estado primordial de difusión y dispersión atómica.

A medida que el universo en el transcurso del tiempo se vuelve más complejo, también se vuelve más consciente.

Teológicamente, este principio está implícito en la esperanza cristiana, tal como se resume en la oración de Jesús de que “todos pueden ser uno” y en la expectativa paulina de que todo será “llevado a la cabeza” en Cristo, “en quien todas las cosas consisten”.

Teilhard declaró explícitamente que toda su teología de la naturaleza es consistente con las expectativas del apóstol Pablo y del Cuarto Evangelista: “El Señor nos hace uno”.

Su verdadero legado reside en su rico sentido cristiano de un universo que converge sobre Cristo y se lleva a la unión final en lo que él llamó Dios-Omega.

La verdadera unión diferencia. A medida que el amor creativo de Dios trae una unidad cada vez mayor al universo inacabado, es la voluntad de Dios que la diversidad de la creación también aumente, incluida la aparición de personas humanas libres y únicas.

En Cristo, Dios busca volverse cada vez más encarnado en el mundo no a través de un orden que se le impone, sino mediante una comunión diferenciadora, liberadora y personalizada con él. Muchas distorsiones de las intenciones de Teilhard, incluidas las de Slattery, se deben a la incapacidad de comprender lo que Teilhard entiende por verdadera unión.

Como veremos, perder el motivo profundamente cristiano de diferenciar la unión en sus escritos es hacerle una grave injusticia.

El mundo descansa sobre el futuro como su único apoyo . A medida que seguimos el curso de la historia cósmica desde su pasado remoto hacia el futuro, observa Teilhard, descubrimos una “ley de recurrencia” en la que algo nuevo, más complejo y (eventualmente) más consciente siempre ha estado tomando forma “más adelante”. “

Científicamente hablando, ahora sabemos que los elementos subatómicos se organizaron alrededor de núcleos atómicos; los átomos se reunieron en moléculas; moléculas en las células; y las células en organismos complejos, algunos de los cuales dieron el salto al pensamiento.

Sin embargo, los tipos más importantes de emergencia pueden ocurrir solo si los elementos se organizan en torno a un centro nuevo y superior , uno que los levante a una unidad más elaboradamente diferenciada .

Para experimentar la verdadera unión, el verdadero ser, la verdadera bondad y la verdadera belleza, por lo tanto, debemos permitirnos, como Abraham, los profetas y Jesús, ser captados por el Futuro.

Solo después de familiarizarnos con estos cuatro principios podemos decidir correctamente si Teilhard era un racista, un fascista, un enemigo de los discapacitados y un monstruo genocida. Déjame examinar estos cargos a su vez.

¿Teilhard era un racista? Slattery señala que en 1929, mientras trabajaba en China, Teilhard había preguntado: “¿Tienen [los chinos] el mismo valor humano que los blancos?” y continuó especulando que las “desigualdades” raciales podrían ser menos culturales que “naturales”.

Si estuviera aquí hoy para responder a la acusación de Slattery, creo que Teilhard señalaría que casi todos los evolucionistas son conscientes de la evidencia paleontológica de una variedad de líneas de ascendencia humana. Y se preguntarán comprensiblemente si y en qué medida las “desigualdades” genéticas pueden permanecer, tanto en los seres humanos como en otras especies.

Para Teilhard, al menos, el término “desigualdad” no implica un valor más bajo para algunos pueblos que otros a los ojos de Dios, sino que tiene más que ver con la “diferenciación” como se establece en el tercer principio que mencioné anteriormente.

Reconocer las diferencias entre las razas y entre nuestros antepasados ​​evolutivos no plantea ningún problema teológico, ya que la “verdadera unión se diferencia”.

De hecho, la comprensión de Teilhard de la unidad dominante del “fenómeno humano” es amorosa y expansiva; incluso incluye formas de homínidos extintos dentro de la categoría de “el humano”.

Finalmente, ubica la base metafísica de la unidad humana no tanto en nuestro oscuro pasado biológico como en la futura comunión de toda la creación con el Dios que viene.

Además, como él continúa diciendo en el mismo pasaje que Slattery cita, “el amor cristiano supera todas las desigualdades, pero no tiene que negarlas”. Seguramente estas no son ni las ideas ni los sentimientos de un racista.

¿Teilhard era un fascista? Mientras afirmaba su aversión por el nacionalismo, se declaró “muy interesado en la primacía que devuelve al colectivo”, y reflexionó aún más: “¿Podría una pasión por” la raza “representar un primer borrador del Espíritu de la Tierra?” Es importante entender adecuadamente tales reflexiones.

Cuando Teilhard expresa interés en los experimentos fascistas del siglo XX, lejos de aprobarlos, como lo sugiere Slattery de forma furtiva, simplemente observa que tales movimientos se alimentan de forma parasitaria de la tendencia cósmica generalizada hacia la unión como se establece anteriormente en el segundo principio.

El mal en el fascismo, entendió Teilhard, consiste en su falta de atención al tercer principio, a saber, que la verdadera unión diferencia. Si somos honestos, podemos reconocer el espíritu embriagador de la unificación incluso en sus formas más retorcidas; pero la verdadera unidad promueve las diferencias.

Contrariamente a la acusación de Slattery, Teilhard siempre consideró los experimentos fascistas y comunistas como malvados en la medida en que no pudieron ver más allá de la uniformidad, la homogeneidad y el conformismo ideológico a la verdadera unidad que diferencia, libera y personaliza .

¿Qué hay de la consideración de Teilhard, o del supuesto desprecio, por la dignidad de los discapacitados? Slattery lo cita:

¿Qué actitud fundamental … debería llevar el ala avanzada de la humanidad a grupos étnicos fijos o definitivamente no progresivos? La tierra es una superficie cerrada y limitada. ¿En qué medida debe tolerar, racial o nacionalmente, áreas de menor actividad?

Aún más en general, ¿cómo debemos juzgar los esfuerzos que realizamos en todo tipo de hospitales para salvar lo que a menudo no es más que uno de los rechazos de la vida? … ¿Hasta qué punto no debería el desarrollo de los fuertes … tener prioridad sobre … ¿La preservación de los débiles?

Slattery tensa tendenciosamente este pasaje como “una reflexión que sugiere fuertemente, a falta de una palabra mejor, prácticas genocidas por el bien de la eugenesia”. Sin embargo, note nuevamente que lo que Teilhard está planteando son preguntas en lugar de declaraciones.

En estas preguntas lo encontramos luchando por una visión moral coherente con los cuatro pilares de su cosmología religiosa, especialmente con el hecho de que el universo todavía está surgiendo.

En un universo inacabado, de alguna manera la vida moral humana debe incluir nuestro esfuerzo por intensificar la vitalidad, la complejidad, la conciencia y la belleza. Teilhard no está “derribando” a los discapacitados como afirma Slattery; y aquellos que han leído a Teilhard de manera más completa y justa saben que nunca compara los “rechazos de la vida” con los “rechazos de Dios”.

Lejos de ser indiferente al sufrimiento de los discapacitados, constantemente fomenta una visión de la vida que les ofrece esperanza y un sentido más profundo de dignidad. Teilhard muestra cómo nuestros sufrimientos pueden ser “divinizados” e insiste en que todas las ramas rotas en el árbol de la vida contribuyen de manera creativa a su riqueza.

Mientras reflexiona con silenciosa empatía sobre el sufrimiento incesante de su hermana inválida, por ejemplo, desarrolla una teología cristiana del sufrimiento que otorga a los discapacitados un lugar de suma importancia en el esquema más amplio de las cosas. Acusarlo de insensibilidad moral a los discapacitados es simplemente un error.

Finalmente, y partiendo de la acusación que los niveles de Slattery anteriores, debemos preguntar: ¿Fue Teilhard un eugenista? Él escribió que “nuestra generación todavía mira con desconfianza todos los esfuerzos propuestos por la ciencia para controlar la maquinaria de la herencia … como si el hombre tuviera el derecho y el poder de interferir con todos los canales del mundo, excepto los que lo hacen él mismo.

Y, sin embargo, es sobre esta base que debemos intentarlo todo, hasta su conclusión. “Al juzgar esta idea como moralmente imprudente, sin embargo, Slattery ignora el hecho de que para Teilhard es siempre, y solo, dentro de las limitaciones de una moral responsable. Visión arraigada en la esperanza cristiana, y en los principios mencionados anteriormente, de que debemos estar listos para “intentarlo todo”.

Teilhard está buscando en la era de la ciencia una vida moral más aventurera, que construya el mundo y que mejore la vida, de lo que podemos encontrar en los patrones religiosos clásicos de piedad.

Debido a que los seres humanos son parte de la naturaleza, y la naturaleza está lejos de estar terminada, es legítimo preguntarse hasta qué punto los humanos pueden participar moralmente en su propia creación y en la creación continua del mundo.

Al hacerlo, ¿podemos manipular justificadamente nuestra herencia genética así como la de otros seres vivos? Quizás Teilhard fue a veces incauto y demasiado optimista sobre el potencial humano en este dominio. Sin embargo, los esfuerzos de Slattery y otros para cargarlo con una cosmovisión contaminada deben ser resistidos.

Desearía que Teilhard se hubiera expresado más claramente a veces. También deseo que haya sido más sensible ecológicamente, menos eurocéntrico, un poco más darwiniano y menos lamarckiano, más consciente de las cuestiones de género, más en sintonía con las ambigüedades de la tecnología, etc.

Bueno, también deseo que John Chrysostom y Martin Luther hayan purgado su predicación y prosa de todo rastro de antisemitismo, y que Tomás de Aquino nos haya dado una comprensión más profunda de la sexualidad humana.

Mi punto, por supuesto, es que la mayoría de nosotros no tomamos las imperfecciones de nuestros clásicos religiosos como fundamentos o legados. Si somos justos, generalmente podemos encontrar en los principales escritos de santos y eruditos los principios que demuelen esos defectos. Seguramente podemos y debemos leer la gran cantidad de escritos de Teilhard, no menos indulgente.

Las reflexiones y los principios de Teilhard presentan un marco teológico y moralmente rico dentro del cual nosotros, y él, deberíamos poder al menos hacer las preguntas difíciles sin tener que ser acusado de monstruosidad ética.

John F. Haught es un distinguido profesor de investigación en la Universidad de Georgetown y autor de The New Cosmic Story: Inside Our Awakening Universe (Prensa de la Universidad de Yale, 2017).

Hans Küng: La teoría de los paradigmas aplicada al estudio de las religiones monoteístas (3)


16 de Enero de 2019

[Por: Juan José Tamayo]

Uno de los presupuestos del proyecto de ética mundial de Hans Küng, al que me referí en el artículo anterior, es que no puede haber diálogo religioso sin investigación sobre los fundamentos de las religiones. A partir de aquí ha desarrollado un gigantesco proyecto de investigación sobre la situación religiosa de nuestro tiempo centrándose en el judaísmo, el cristianismo y el islam. Son investigaciones hechas desde la honradez intelectual, el rigor científico, el compromiso por la paz, el buen entendimiento y, según confesión del propio autor, desde “una gran simpatía por las grandes religiones de la humanidad”. 

Küng recurre a la teoría de los paradigmas científicos del historiador de la ciencia Thomas Kuhn expuesta en su obra La estructura de las revoluciones científicas (1862), para el estudio de las tres religiones monoteístas, ya que lo considera un excelente instrumento para comprender los procesos evolutivos como los conflictos entre las religiones, tanto en sus grandes contextos históricos y sus rupturas epocales, como en la estructuración actual de contenidos. 

Th. Kuhn define los paradigmas como “realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica” o “una constelación global de convicciones, valores, modos de proceder, etc., compartidos por los miembros de una comunidad determinada”. Por cambio de paradigma entiende “aquellos episodios de desarrollo no acumulativo en que un antiguo paradigma es reemplazado completamente o en parte, por otro nuevo e incompatible”.

Con esta metodología Küng ha analizado la historia de las religiones monoteístas en tres obras de especial relevancia, que han tenido una excelente acogida en el mundo de los estudios históricos y un reconocimiento en el ámbito de las ciencias de las religiones: El judaísmo, Pasado, Presente, FuturoEl cristianismo. Esencia e historia El  Islam. Historia, Presente, Futuro, las tres publicadas en la editorial Trotta. 

La primera obra de la trilogía se centra en el judaísmo, la más antigua de las tres religiones proféticas. Los objetivos de esta investigación son: identificar la sustancia religiosa del judaísmo, cómo la comprenden las nuevas generaciones, cómo ha vivido y resuelto el judaísmo el conflicto básico entre tradición e innovación y cómo asume los desafíos de la nueva época mundial. Estructura la historia del judaísmo en torno a seis grandes paradigmas: tribus de la era pre-estatal; reino de la era monárquica; teocracia del judaísmo post-exílico; paradigma rabínico-sinagogal de la Edad Media; paradigma de asimilación a la modernidad; paradigma de la postmodernidad. 

La segunda es El cristianismo. Esencia e historia, donde establece una tipología nueva de la historia del cristianismo, atendiendo a sus diferencias culturales, en  torno a cinco grandes paradigmas: el judeo-apocalíptico del proto-cristianismo, el ecuménico-helenista de la Antigüedad cristiana, el católico-romano medieval, el evangélico-protestante de la Reforma y el racionalista-progresista de la Modernidad. 

Hay un sexto paradigma no desarrollado por Küng, que considero necesario incorporar dada su relevancia teológica y su significación sociopolítica a nivel mundial: el del cristianismo liberador desarrollado durante los últimos cincuenta años primero en América Latina y después en el Sur Global, cuya criterio ético-evangélico fundamental es la opción por las personas empobrecidas y por los pueblos oprimidos. El desarrollo teórico-práctico de dicho paradigma son las teologías de la liberación en sus diferentes manifestaciones: teología latinoamericana, negra africana, negra estadounidense y asiática, y en sus diferentes expresiones: teología feminista, del pluralismo religioso, económica, ecológica, campesina, etc.

La tercera obra de la trilogía es El Islam. Historia, Presente, Futuro, cuyo objetivo es capacitar a las personas para el diálogo en la fase actual de transición hacia una nueva relación entre etnias, tradiciones culturales, tradiciones religiosas, lenguas, pueblos, naciones y continentes. Küng se pregunta dónde radica la fuerza del islam, religión profesada hoy por más de mil trescientos millones de personas en el mundo.

Responde a esta interrogación con un recorrido por la historia del islam a lo largo de los catorce siglos de existencia, y por su realidad actual en una exposición objetiva que, con sus diferencias culturales, agrupa en una “gran familia religiosa” a colectivos geoculturales tan diferentes como “los nómadas bereberes, los árabes próximo-orientales y los africanos, ya occidentales, ya orientales…; turcos, bosnios y albaneses, persas, pakistaníes, indios, chinos y malayos, así como, en tiempos más recientes, a personas de casi todos los países de la Tierra”. 

Analiza las fuentes del islam, sus valores, sus símbolos, su mensaje, sus elementos constitutivos, la estructura de la cotidianidad musulmana, la política, la cultura y el arte islámico. Su estudio se desarrolla en dos dimensiones perfectamente trabadas: la histórica y la sistemática. Y todo no en clave apologética, sino con sentido crítico, planteando las debilidades y omisiones y sugiriendo las preguntas que, a su juicio, hablamos de plantearse los musulmanes de hoy.  

http://www.amerindiaenlared.org/contenido/13919/hans-kung-la-teoria-de-los-paradigmas-aplicado-al-estudio-de-las-religiones-monoteistas-3/?fbclid=IwAR1

EL NACIMIENTO DEL MESIAS. Juan Jose Tamayo


J

Publicado en blog de Juan José Tamayo en amerindiaenlared.org

            El 24 de diciembre de 1999 publiqué en el diario EL PAÍS el artículo “El nacimiento del Mesías”, que tuvo una excelente acogida y provocó un fuerte impacto tanto entre personas creyentes como no-creyentes. 19 años después he hecho consultas sobre la bibliografía reciente en torno al tema y he comprobado que existe una coincidencia básica con los datos expuestos en el artículo de entonces. Por eso he decidido publicarlo de nuevo actualizando algunos análisis e incorporando la siempre lúcida reflexión de Ernst Bloch, que acentúa aspectos sociales del nacimiento de Jesús de Nazaret hoy olvidados en las celebraciones religiosas, que se quedan en la formalidad litúrgica sin creatividad alguna, y en las celebraciones laicas, que con frecuencia no hacen otra que degenerar en consumismo. Como dice el viejo adagio latino: Corruptio optimi pessima.

El género literario de los evangelios de la infancia

            Las recientes investigaciones sobre el judaísmo de la época de Jesús, y muy especialmente las llevadas a cabo en torno al Nuevo Testamento, han hecho importantes aportaciones en torno al Jesús histórico. Los métodos histórico-críticos (historia de las formas, historia de la redacción) e histórico-sociológicos y antropológicos (antropología cultural, historia social y económica, sociología), aplicados al estudio de la literatura cristiana primitiva, han contribuido a cuestionar algunas de las tradiciones más arraigadas en el cristianismo ya bimilenario. Dos de ellas son la fecha y el lugar de nacimiento de Jesús; la primera se encuentra en la base del calendario de Occidente; la segunda constituye uno de los motivos principales de la Navidad.

            Apenas contamos con documentos históricamente fiables que nos informen sobre el nacimiento de Jesús. Por una parte, los historiadores romanos y judíos no nos han dejado ninguna referencia. Por otra, dentro de los escritos de la Biblia Cristiana, solo los evangelistas Mateo y Lucas hablan de él en dos textos independientes entre sí, que son conocidos como “relatos de la infancia”. Ellos han alimentado la piedad cristiana popular y el imaginario colectivo de Occidente, al tiempo que constituyen una importante fuente de inspiración de poetas, artistas y narradores. A su vez, han sido objeto de crítica -también de burla- en entornos culturales racionalistas y secularizados, ajenos al mundo de los símbolos y los mitos. Se trata, en realidad, de dos textos que pertenecen a un género literario peculiar, el de los relatos de nacimiento e infancia de los grandes héroes -tanto judíos como paganos-, que poseen una gran dosis de fantasía, aparecen envueltos en múltiples motivos legendarios y nos familiarizan con el mundo de lo sobrenatural y milagroso: apariciones de ángeles, concepción virginal, estrella que guía la ruta de los magos, precocidad del niño Jesús, escenas truculentas como el asesinato de los inocentes por el rey Herodes, etc.

            Entre ambos relatos se observan importantes divergencias, e incluso contradicciones, por ejemplo, en la información sobre los viajes de María y José, en los esquemas geográficos, que están en la bases de las narraciones sobre el nacimiento de Jesús, etc.-, que ponen seriamente en cuestión su historicidad. Su plan literario responde a una intención teológica bien concreta, que más adelante explicitaré. Son, además, textos aislados, a los que no vuelven a referirse ni los evangelios citados ni los de Marcos y Juan. Tampoco la primera predicación cristiana incorpora lo descrito en ellos.

            Con todo, hay algunos datos que los especialistas tienden a considerar históricos. Este es el caso de la fecha del nacimiento de Jesús. Mateo (2, 1) y Lucas (1, 5) coinciden en que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, que gobernó Judea, Idumea, Samaría, Galilea, Perea y otras regiones de Haurán, del año 37 al 4 antes de Cristo. Mateo sugiere que pudo nacer al final de dicho reinado. La fecha más verosímil está entre el 4 y el 6 antes de la era común. Ésa parece ser la más acorde con otros datos cronológicos de la vida de Jesús proporcionados por los Evangelios.

            Sin embargo, nuestro calendario no se atiene a esas fechas. El error se debe al cálculo incorrecto realizado por el monje del siglo VI Dionisio el Exiguo, que fue quien fijó la división de la historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Él propuso que los cristianos debían establecer la cuenta de los años partiendo del nacimiento de Cristo, y no desde el reinado de Diocleciano, emperador romano que había perseguido a los cristianos con especial severidad, como tampoco desde la fundación de Roma (ab Urbe condita). Pero se equivocó en cuatro o seis años a la hora de fijar la fecha de la muerte de Herodes el Grande y, en consecuencia, también la del nacimiento de Jesús. Si damos por buena la fecha del año 6 al 4 antes de la era común -y parece que hay que darla, porque el consenso entre los expertos es muy elevado-, el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús tuvo lugar ya lugar entre el 1994 y 1996.

            En cualquier caso, la fecha es solo aproximada. Lo que no debe de extrañar, ya que lo mismo sucede con otros personajes relevantes de la época grecorromana, por ejemplo: Nerva, Trajano, Herodes Antipa, Poncio Pilato. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jesús fue, según la certera observación de John P. Meier, “un judío marginal” en la historia grecorromana, esta aproximación cronológica me parece más que suficiente.

¿Belén o Nazaret?

            Mateo (2,1) y Lucas (2,4-7) coinciden también en señalar a Belén como lugar de nacimiento de Jesús. Sin embargo, este dato no parece histórico. Para esta valoración me atengo al cualificado criterio del prestigioso biblista católico Raymond E. Brown, autor de El nacimiento del Mesías (original: The Birth of the Messiah, Nueva York, 1979, vers. cast.: Cristiandad, Madrid, 1982),  para quien “las probabilidades están más frecuentemente en contra de la historicidad que en favor de ella”. Dicho criterio es ampliamente compartido, hoy, por los especialistas neotestamentarios.

            Conviene recordar a este respecto que, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, Belén no vuelve a ser citado en los Evangelios ni en Hechos de Apóstoles como lugar de nacimiento de Jesús. Sólo en el Evangelio de Juan encontramos un texto que recoge las discusiones de los judíos en torno a la procedencia del “Cristo” y muestra la desconfianza de quienes no aceptaban su origen galileo (7,41-42). Aun dentro de su ambigüedad, dicho texto viene a confirmar que Jesús no era oriundo de Belén, sino de Galilea, zona fronteriza considerada pagana (era llamada “Galilea de los gentiles”) por los judíos ortodoxos e, históricamente, ámbito de importantes movimientos revolucionarios contra la ocupación del Imperio Romano.

El lugar concreto de nacimiento de Jesús parece ser el pueblo de Nazaret, perteneciente a la Baja Galilea. En numerosas ocasiones, los Evangelios y el libro de Hechos de los Apóstoles presentan a Jesús como oriundo de ese pueblo y le llaman el Nazareno. Ahora bien, Nazaret no era una aldea de cuento, un pueblecito de fábula, un lugar de ensueño donde viviera apaciblemente la “sagrada familia”. Era una tierra conflictiva, rebelde, donde se tejieron esperanzas y sueños de liberación, en clave de resistencia frente al Imperio romano. Ahí nació Jesús y en ese clima creció y se educó.  

            Aun cuando no debemos excluir taxativamente a Belén como lugar de nacimiento de Jesús, creo puede afirmarse con John P. Meier, uno de los más cualificados investigadores en torno al Jesús histórico de nuestra época, que ese dato no debe entenderse como un acontecimiento histórico, sino como una afirmación teológica en la modalidad de un relato histórico -que sólo lo es en apariencia- cuya pretensión es mostrar la mesianidad y el origen davídico de Jesús (John P. Meier, Un judío marginal, tomo I, EVD, Estella, Navarra, 1998,  230). [EVD ha publicado los cinco volúmenes de esta magna obra, cuya lectura recomiendo no solo a las personas especialistas, sino también a cuantas estén interesadas por seguir las investigaciones sobre el Jesús histórico].El Mesías, según el profeta Miqueas, debía nacer en Belén de Judá, patria del rey David. Así respondían los evangelistas a los judíos que no podían creer en un mesías nacido en Galilea.  

            Mi intención con este artículo hes evitar la confusión entre lo histórico, lo legendario y lo mítico en el caso del nacimiento de Jesús de Nazaret, si bien debe reconocerse que los tres niveles se encuentran aquí entremezclados y cada uno ejerce su función no excluyente. No se olvide lo que decía con razón el filósofo de la esperanza Ernst Bloch (1885-1977): “También Prometeo es un mito” y como tal portador de utopía, que creo es aplicable a los relatos del nacimiento de Jesús. Además, aun reconociendo que “Jesús está rodeado por el mito”, afirma la existencia de material histórico en los relatos evangélicos de la infancia y lo comenta de esta guisa:  

“Se adora a un niño que ha nacido en un establo. De modo más próximo., más bajo, más secreto no puede hacerse refractar ninguna mirada hacia lo alto Y a la vez el establo es real, nos e ha inventado este origen tan mínimo del fundador. La leyenda no pinta la miseria, y desde luego, ninguna miseria que se prosigue a lo largo de toda una vida. El establo, el hijo del carpintero, el visionario entre la gente humilde, la ejecución del final, todo ello está tejido con material histórico, no con el material dorado que la leyenda prefiere”  (El principio esperanza, tomo 3, Trotta, Madrid, 2007, 376)[1].

            Juan-José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid. Sus libros más recientes son Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, 2016, 1ª ed., 1ª reimpresión); Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch (Tirant lo Blanch, 2015, 2ª ed.); Religión, género y violencia (Dykinson, 2ª ed., 2ª reimpresión, enero 2019); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017); La utopía, motor de la historia (Madrid, 2017); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018); Dom Paulo testimunhos e memorias sobre o Cardeal dos Pobres (editor y coautor con Agenor Brighenti), Paulinas, Sâo Paulo, 2018); Islam: sociedad, política y feminismo (Dykinson, Madrid, 2018, 1ª ed., 1ª reimpresión) (director y coautor); Iglesia, política, religión y Sociedad. Interacciones para el bien público desde Ignacio Ellacuría, Dykinson, Madrid, 2018 (editor y coautor con Juan luís Hernández); De la Iglesia colonial al cristianismo liberador en América Latina (Tirant lo Blanch, València, enero 2019).


[1] El texto citado se encuentra en el epígrafe “Fundador, surgido del espíritu de Moisés y del Éxodo, completamente coincidente con su buena noticia: Jesús, Apocalipsis, Reino”, del tomo III de El principio esperanza, que Bloch presenta con el siguiente texto de Thomas Müntzer, el teólogo anabautista de la Revolución de los Campesinos: “Muchas gentes les parece que es una poderosa y gran fantasía. Porque no pueden juzgar, sino que es imposible que pueda ponerse en marcha y ejercitarse en esta cosa, que los enemigos del sillón del juicio y los alzados a él lejos y toscos […]. Que es lo que nos ocurrirá y pasará a todos con la llegada de la fe, que nosotros, los hombres de la carne y los terrenos, nos convertiremos en los dioses por el hecho de que el hombre, la manera que somos con los discípulos de Dios, enseñados y deificados por Él mismo, más aún, convertidos total y plenamente en Él, para la vida terrena gire hacia el cielo ”(Filipenses, 3), Thomas Müntzer, “ Manifestación explícita ”, enTratados y sermones , introducción y traducción de Lluís Duch, Trotta, Madrid, 2001, 149ss  

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