LUCIO GERA, IN MEMORIAM (1924-2012)


08.08.12 | 00:02.

Lucio Gera, uno de los últimos grandes símbolos de la teología de la liberación y del pensamiento teológico en lengua castellana, acaba de morir en Buenos Aires, Argentina (hoy, 7 de agosto de 2012). Pasé con él una mañana y una tarde, hace ya mucho tiempo (el año 1978), en conversación entrañable, de humanidad, de amor al pueblo, de servicio al evangelio. Después nos hemos mantenido en contacto. Hoy le recuerdo emocionado, al conocer su muerte, acompañándole en mi oración.

Había nacido en Údine (Italia), pero su familia se trasladó a los cinco años (creo, así me dijo) a la Argentina, donde creció y maduró como persona, al servicio de la Iglesia y de la teología. No quiero evocar hoy su figura intelectual, sino sólo recordar su talla humana, su inmensa cercanía, su gran piedad, su fidelidad a la tradición católica, desde las nuevas circunstancias de América Latina

 

Vida y obra


Ha destacado como persona y como guía (amigo) de una generación de teólogos y pastores de Argentina, al servicio de la liberación humana y de la reconciliación de la Iglesia. Participó en los comienzos de la Teología de la Liberación
, desde una perspectiva más espiritual que política, aunque abierta al compromiso social. Ha sido profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Buenos Aires y miembro de la Comisión Teológica Internacional, uniendo su investigación teológica con la docencia y, sobre todo, con el cultivo de una religiosidad popular, atenta al pensamiento de las comunidades autóctonas.

Ha vinculado su fidelidad a la Iglesia con una intensa vinculación a los signos y valores de la cristiandad latino-americana (centrada en los cristos sangrantes y en las gloriosas de la Virgen María, que son signo de Pascua cristiana, como él mismo me decía) y con un fuerte compromiso al servicio de la libertad y promoción del pueblo marginado.

— Sus amigos de Argentina le han dedicados tres libros de homenaje, que tengo el honor de conservar en mi biblioteca:

1) Uno más testimonial: Juntos en Su memoria. 50 años de sacerdocio con Lucio Gera (1947-1997) [Victoria, Santa Escolástica, 1997]

2) Otro más teológico: R. Ferrara y C. Mª. Galli (ed.), Presente y futuro de la teología en Argentina. Homenaje a Lucio Gera [Buenos Aires, Paulinas, 1997]

3) Y un número especial de la revista Nuevo Mundo que intercala textos, estudios, reportajes y testimonios de su obrra: Ministerio peregrino y mendicante. Lucio Gera, 50 años de sacerdocio. Introducción. I. Retrato. II. Su palabra. III. Recepción y fecundidad. IV. Vinculaciones(Nuevo Mundo 55 [1998], pp. 5-154).

— Se ha comenzado también la publicación de sus textos selectos:
a. V. R. Azcuy, C. Mª. Galli y M. González (ed.), Escritos teológicos pastorales de Lucio Gera. 1. Del Preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956-1981) [Buenos Aires, Ágape Libros y Publicaciones de la Facultad de Teología, 2006].
b. Id., De la conferencia de Puebla a nuestros días (1982-2007) (Buenos Aires, Ágape 2007)

La noticia de su muerte me la ha comunicado Gaciela Moranchen:

Termino de recibir esta noticia del fallecimiento del padre Lucio Gera, uno de los más grandes “maestros” de la teología argentina, pero sobre todo un hombre “santo” y “amigo” de quienes nos consideramos sus “humildes discípulos”. Quería compartirte esta noticia, porque seguramente lo conocés.

Ella añade, citando un pasaje esencial de la vida de Lucio Gera:

En este dia tan especial para todos los teólogos argentinos, en que celebramos la configuración definitiva del padre Lucio Gera con Cristo, quiero regalarte uno de sus escritos que siempre me ha impactado. Es un texto simple. Es como un “testamento”. Es más bien una pregunta, un interrogante que tal vez todo cristiano espiritualmente “inquieto” debería formularse cada día. Un texto “místico”, si se quiere, nacido de quien albergaba grandes anhelos de encuentro y comunión con quien era el “Centro” absoluto de su existencia:Cristo.

Pero la pregunta comenzó entonces a cobrar una hondura especial y venía acompañada de un cierto estremecimiento. Es comprensible. Yo había ya llegado a una edad en la que, mirando hacia atrás, y al ver mi vida ya casi completada, podía decirme que, por ser cristiano y sacerdote, había entregado toda mi vida a Cristo. Con todas mis pequeñas y grandes infidelidades; pero aun así, la había entregado y permanecía en mi entrega. Y no es de poca monta entregarle la propia vida a alguien. Si de joven estuvo cargada de inicial entusiasmo la entrega de una vida que aún era futura, de anciano, la conciencia viene penetrada de la sorpresa de haberla ya entregado.

Era obvio entonces que comenzara a ahondarse en mí la pregunta: ¿Quién es este Cristo a quien he entregado mi vida? Por otra parte, el hecho de que mi vida se acercara a su propio límite, llevaba a pensar que Cristo estaba más cercano aún cronológicamente, por así decirlo, que en cualquier otro momento de mi vida. Bastaría con dar un paso y cruzar el tenue velo que la separa del más allá, y encontrarme allí cara a cara con Cristo. Se me hacía que, como el viejo Simeón, era urgente reconocer al que había de venir con mayor profundidad e intimidad, antes de que cruzara esa barrera.
Y no era tan solo un pregunta, sino también una admiración, una sorpresa: ¡Quién es este Cristo, a quien he entregado mi vida y con quien he de encontrarme!…”.

(GERA, L., “Presentación” en PIRONIO, E., “¿Quién eres Tú?”, PPC, Madrid 2002, citado en AZCUY, V.-GALLI, C.M.-GONZÁLEZ, M., Escritos Teológico-Pastorales de Lucio Gera. 1. Del Preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956-1981), Bs. As. 2006, Tomo 1, 56-57).

Querido Lucio, un gran abrazo, desde este lado, en el que sigo compartiendo tu pasión por el evangelio.

ANEJO

“La Iglesia presenta el anhelo de los pueblos”
Reportaje a Lucio Gera
Autor: Oscar Campana

http://www.san-pablo.com.ar/vidapastoral/?seccion=articulos&id=12

Los desafíos e interrogantes que el presente y el futuro plantean a la pastoral de la Iglesia en Argentina, son desgranados en este reportaje por el padre Lucio Gera, padre de varias generaciones de teólogos argentinos y testigo de importantes momentos de la vida de la Iglesia, tanto a nivel internacional como latinoamericano y argentino.

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Vida Pastoral: En esta situación de crisis que vive la sociedad argentina, quizás por su presencia y su peso social, muchos ponen los ojos en la Iglesia. Desde este contexto, ¿cuáles son los principales desafíos que se le presentan a la pastoral de la Iglesia en Argentina?

Lucio Gera: Hoy en día los desafíos están muy unidos a una crisis de espiritualidad, a una búsqueda de espiritualidad y de formas de espiritualidad. Creo que también el cristianismo argentino padece eso. Si la convocatoria es a una evangelización nueva, el primer llamado es a una autoevangelización, o sea, a robustecer el propio ser cristiano en la Iglesia, en todos sus miembros. O sea, tener un cristianismo serio, decidido, lo cual significa un crecimiento en interioridad, no en el sentido “espiritualista” de que es algo sólo interior, sino de que las raíces son interiores. Crecer en el cristianismo es crecer en el amor, y saber que la vida se juega allí y que la historia del país se juega allí, si pasa o no por el amor, y que eso va a fundar la justicia. Si no hay amor, no va a haber justicia. Si no hay una base de amor social, de esa capacidad de vinculación y solidaridad, no va haber justicia. Creo que lo que digo es coherente con aquello del Papa que pide que la evangelización comience por un llamado a la santidad, recordando el capítulo VIº Lumen gentium que nos habla de la vocación de todos los cristianos a la santidad. “Santidad” es una palabra un poco rara, extraña. En el fondo es el amor: la capacidad de vinculación con Dios y con nosotros. Si no hay esa capacidad de vinculación básica, que se traduce en solidaridad y por lo tanto en justicia, no apuntamos al centro de las cosas, y correríamos el riesgo de apuntar a una mera exterioridad: llamar a una nueva evangelización a otros pasándonos por alto.

VP: En función de ese desafío, ¿qué potencialidades tiene la Iglesia en Argentina?

L.G.: Creo que en general Argentina tiene un buen clero. No es que no podría ser mejor, pero es un clero bueno, sencillo, cotidiano, que no busca lo extraordinario, más bien pobre, y dedicado a su tarea. Creo que el episcopado, en el término de veinte o treinta años, ha “mejorado”, ha madurado; encuentra más atinadamente sus caminos pastorales, y también, sobre todo, la manera de manejar su relación con el Estado, con los gobiernos. Se ha “destacado”, se ha separado. Tal vez en este momento el interrogante es si no debiera decir una palabra más recia con respecto a la situación. Es algo que yo me pregunto, porque no es fácil en este momento atinar a una palabra justa. Una palabra muy recia descompondría, arriesgaría quebrar un poco más. Pero una palabra demasiado distante, que llame a hacer pero que no se exponga un poco más, que no indique caminos más concretos, podría ser demasiado general, demasiado lejana de la situación. Creo que es difícil decir hoy una palabra. Así como el Papa es un poco más concreto cuando habla, por ejemplo, de la situación de Oriente, yo tendería a ser un poco más concreto. Esto no quiere ser una crítica, porque comprendo la dificultad de la situación y también comprendo que el episcopado opera sobre una historia de la Iglesia en Argentina donde en décadas pasadas se intervenía de una manera mucho más directa, concreta, empírica sobre las situaciones del país y eso no siempre trajo un equilibrio. Lo que me gustaría que fuera más fuerte en Argentina, en estos momentos, es el laicado. No digo que no haya laicos excelentes. Pero es el momento en que el país necesita la voz del laico, la propuesta del laico cristiano, que aunque no tenga “escudito” tenga inteligencia laica; el laico que está, como dice el Concilio, en la realidad secular, que está en el interior del mundo, donde no estamos los curas. Me gustaría escuchar una palabra del laicado argentino, una postura un poco más decidida, más fuerte. Es lo que en este momento más desearía. Está todo el tema de un laicado que entra a participar en ministerios, en operaciones dentro de la Iglesia (liturgia, catequesis, …). Todo eso me parece bien, hay que ampliarlo y asumirlo con generosidad. Pero en este momento de la historia pienso que sería interesante que el laico apareciera en su otro lado, en el lado típicamente secular: su palabra y su conducción en este mundo, en esta sociedad argentina, en esta crisis. No es que en nuestro país desconozcamos crisis. A lo largo de mi vida he vivido continuamente en crisis. Pero esta tiene algunos rasgos fuertes que se conjugan. En otras circunstancias fueron otro tipo de crisis. Mejores o peores, no sé. Las crisis del ’70 fueron muy serias, más crueles en cierto sentido, aunque ahora la crueldad va con menos violencia, si se quiere, pero con un avance sobre la pobreza que es muy fuerte, con desequilibrios en la justicia que son muy notables y que hay que salirles al paso. Como nunca en el país, el tema de la pobreza es el gran tema, con todo lo que ello tiene detrás. La crisis del ’30 ocurrió en tiempos muy distintos, donde el nivel de pobreza se medía con otros parámetros. Ahora, al haber aumentado la calidad de vida y los servicios, hace que la situación de pobreza hoy sea tan llamativa, con carencias muy fuertes.

Iglesia y diálogo social

VP: En los últimos tiempos ha habido muchos llamados a la concertación y al diálogo social. ¿Puede la Iglesia ubicarse en ese marco en una forma neutral y distante, por encima de los conflictos que llevan al país a la situación que impera en los últimos años?

L.G.: Creo que en un llamado a la concertación lo que la Iglesia debe hacer es tratar a toda costa de conseguir que concierten, no fijar ella los puntos de la concertación, pero sí que entre los otros concierten. Ella juega como mediadora. Puede hacer propuestas, pero los que deciden son los que conciertan. Pero puede sugerir caminos a la fantasía política y económica. El Papa no sólo llama a un diálogo sino que da ciertas sugerencias, ciertos puntos que deben quedar establecidos. En este momento no es fácil, porque si a todo el país le es difícil encontrar propuestas y caminos de concertación, tampoco la Iglesia los puede inventar de un día para otro. Pienso que eso puede estar en gestación, que tal vez ocurra. Quizás en las declaraciones pueda parecer que tome mucha distancia. ¿Cómo convoca la Iglesia a una concertación? ¿Tiene que ofrecer qué? ¿Sólo un lugar? Creo que más que eso. Es un poco la que dirige y alienta un diálogo, la que sintetiza y fija puntos de encuentro. Y para eso hay que reunirse. ¿Por qué fue más eficaz la intervención de la Iglesia en 1981 con Iglesia y comunidad nacional, a pesar de que no hubo actos de convocatoria? Porque fijó ciertos puntos dónde parecía que todo el país coincidía.

VP: Así como Iglesia y comunidad nacional marcó prioridades políticas, hoy las prioridades parecen imponerse por el lado de lo social. Y al pensar en la concertación recuerdo aquella frase del Documento de San Miguel de 1969: “La Iglesia ha de discernir acerca de su acción liberadora y salvífica desde la perspectiva del Pueblo y de sus intereses”. Quiero decir: la Iglesia, aún promoviendo, alentado, sintetizando e iluminando el diálogo con todos los sectores sociales, ¿puede ubicarse neutralmente?

L.G.: No. Se ubica en el lugar de los pobres, de los que padecen la injusticia. Me parece obvio. Y por lo tanto en la concertación pone, evidentemente, un elemento de crítica.

La expectativa del laicado

VP: La experiencia del pasado muestra que el laicado que en forma individual o institucional se comprometió fuertemente en lo sociopolítico, en algún momento llegó al conflicto con la Iglesia. ¿Queda alguna enseñanza de aquellos años? Esto por tu expectativa de un laicado comprometido en lo propiamente secular.

L.G.: Por empezar, a nivel de una cierta reflexión no se escucha la palabra del laico. El laico que piense el país se ve poco. ¿Quién aparece en nuestro periodismo? La Europa de la posguerra tiene laicos que representan un pensamiento político, con el cual se podía estar de acuerdo o no, pero que tuvo mucha importancia, fue creativo. Entre nosotros no vemos eso. Creo que esto es común con toda América latina.

VP: Hoy se encuentran muchos laicos, trabajando en infinidad de organizaciones intermedias, de organismos de derechos humanos. La consulta popular del Frente Nacional Contra la Pobreza parte de instituciones que tienen una presencia laical muy fuerte. Quizá lo que esté ocurriendo es que ese laico que llegó a un proceso de inserción y compromiso, se encuentra con una muy fuerte desvinculación con la Iglesia institución.

L.G.: No importaría tanto que se encuentre más o menos institucionalmente vinculado. La cuestión es que representara –junto a su característica de ser cristiano– sobre todo un pensamiento político. Lo que decís, veo que existe, pero no veo un pensamiento político. Me parece positivo que estén. Pero a veces son manotazos que uno no puede integrar en una cierta reflexión orgánica sobre la marcha de la historia del país.

El Concilio Vaticano II y el episcopado argentino

VP: Hace poco escuché a alguien que decía que hoy se encontraba con un episcopado mucho más cerca del Concilio Vaticano II. Este año se cumplen 40 años del inicio del Concilio. ¿En qué medida el Vaticano II sigue apareciendo como un programa y una tarea para nuestra Iglesia?

L.G.: El Vaticano II no acabó su propio ciclo de puesta en ejecución. Todavía falta, por ejemplo, en este campo de los laicos. Uno de los grandes temas del Vaticano II es el encuentro de la Iglesia con el mundo. Y en eso el laico es capital. Si no encontramos al laico allí donde mundo e Iglesia se encuentran, todavía no llegó del todo el Vaticano II, aunque en otros temas haya llegado en gran parte. Pero aún está en ejecución y seguirá un tiempo. Creo que sí, que nuestro episcopado está mucho más cerca del Vaticano II ahora de que lo que podía estarlo hace 15 o 20 años, sin duda. Se ha renovado. Es un episcopado mucho más simple, más accesible, más preocupado por el país, aunque no siempre encuentre al día la palabra justa, pero creo que acompaña. Ha crecido en el sentido de despegarse de los gobiernos, de cobrar una cierta independencia. La contrapartida es cómo en esa independencia estar presente. Eso es lo que hay que buscar ahora.

VP: En ese sentido se está ante un camino nuevo.

L.G.: Es un camino nuevo que hay que ir haciendo, y comprender que no se hace en un año o en dos. Y que estas circunstancias críticas irán haciendo entender cómo se hace. En este momento hay una serie de elementos profundamente “técnicos” en economía que no son fáciles de percibir y que los que no entienden tienen que tener cuidado de no meter allí palabras que no corresponden. El episcopado no es un perito en economía pero tiene que responder desde los intereses de un pueblo: lo que presenta ella es el anhelo de los pueblos. Cómo estructurar eso y darle cabida es otro problema.

Teología y pastoral

VP: Desde hace años te oí hablar, del temor a un cierto anti-intelectualismo que a veces cundía en los ambientes más directamente referidos a la pastoral, incluso en el clero. Ciertas ideas como que el pensamiento, el estudio y la reflexión nos alejan de la gente. Y que deriva en el doble drama de una pastoral sin pensamiento y de una teología poco vinculada a la acción pastoral. ¿Cómo ves hoy esta cuestión? ¿Qué vinculación sería deseable entre pensamiento teológico y pastoral en Argentina.

L.G.: Creo que en eso se ha avanzado mucho. Es una de las grandes características del andar de la teología y la pastoral desde el Vaticano II en adelante, en nuestro país y en América latina. Por algo en América latina han salido temas como la teología desde la praxis, desde el pueblo, etcétera. Se ha buscado unir la reflexión teológica con la práctica pastoral. Y es importante para que la práctica pastoral no sea puramente empírica, lo que sería como dar recetas a un enfermo y no comprender la enfermedad. Creo que en eso hemos ganado aunque siempre se puede avanzar más. tampoco puede intelectualizarse la realidad. Pensar la acción no es algo simple. Se corre el riesgo de querer planificar la acción, que tiene su propia libertad porque depende de factores que no son simplemente los planificadores. Al juntar teología y pastoral hay que cuidarse de no querer ser extremadamente puntilloso en programar todo, y dejar un juego a la improvisación, a la libertad. Creo que eso lo tiene el argentino, hasta en demasía a veces: prefiere dejar algo al juego de la improvisación. Es como en el fútbol: algunos no quieren tener directores técnico, y otros creen que todo está en el técnico. Hay que planificar el juego, pero también hay que dejar la iniciativa al que juega para crear en el momento.

VP: Mi preocupación es que el mundo contemporáneo requiere mayores niveles de complejidad para ser comprendido en sus procesos sociales, culturales, etcétera, y si bien no puede pretenderse que la formación teológica dé cuenta de toda la realidad, sí que pueda ofrecer mínimos elementos de comprensión y de aproximación de esos fenómenos tan complejos.

L.G.: Así como hay una globalización de la economía, de la información y de la cultura, hay también una globalización de las disciplinas del pensamiento. Ahora debe pensarse en la propia disciplina sin pensar en lo que es estrictamente teológico, sino accediendo a un conjunto de disciplinas distintas: la estética, la economía, la moral. Son campos muy vastos que exigen un particular esfuerzo.

VP: ¿Quisieras agregar algo más?

L.G.: Sí. Me parece importante todo lo que uno podría hacerse a nivel de vínculos. Por ejemplo a nivel familia: uno de los puntos críticos es las dificultades en los vínculos familiares; la familia presenta un interrogante fuerte, hoy en día, y en nuestro país todavía hay sentido de familia; en otros países eso se ha disgregado más. Pero también los vínculos sociales. En nuestro país el tejido social está roto. ¿Cómo recrear los vínculos sociales? De una lucha de clases pasamos de un dominio de un sector sobre el conjunto de la población. ¿Cómo crear ahí vínculos? Y sobre todo creo que en Argentina la Iglesia tiene que abrirse y plantearse con decisión el tema de las vinculaciones interculturales: ya tenemos islámicos, orientales, el aporte asiático probablemente se incremente. Sería el momento que la teología argentina entre en el diálogo con las religiones de Asia. Eso ya no se puede postergar mucho. Vivimos una civilización intercultural, que tal vez sea el fenómeno fundamental de la globalización, más que el económico. Hay que hacer un esfuerzo en ese sentido: cómo vincular culturas distintas, porque toda la amenaza es de lucha. Es muy riesgoso. A dónde va la historia universal en este sentido, es un interrogante muy serio. Y cómo se va a ubicar América latina frente a ese panorama es un interrogante ante el cual ya hay que empezar a abrir los ojos.

 

http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2012/08/08/lucio-gera-in-memoriam-1924-2012-

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