MENSAJES PARA NIÑOS/AS. Dando excusas Tema: Jesús dijo: “Sígueme”. ¿Cuál es tu excusa? Propio 8


Objeto: Copie las excusas dadas en esta lectura y dóblelas como si fueran notas hechas recientemente por los padres. (Esto le permitirá leer las notas en lugar de tratar de recordarlas).
Escritura: “Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:57-62 NVI).Estoy seguro que todos ustedes han estado ausentes de su escuela en algún momento. Como saben, cuando un niño está ausente de la escuela, sus padres tienen que enviar una excusa para que la escuela sepa porqué el niño se ha ausentado. Algunas de las excusas son muy difíciles de creer y algunas otras son muy cómicas. En esta mañana tengo conmigo alguna de las escusas que son un buen ejemplo de las dadas por los padres.”Por favor excuse a José por haberse ausentado. Me olvidé levantarlo y no lo encontré hasta que comencé a arreglar la cama. Para entonces ya era muy tarde para ir a la escuela”.”Juan no pudo ir a la escuela ayer porque se sentía como que iba a estar enfermo. ¡Gracias a Dios, no estaba!”Por favor excuse la ausencia de Janet. Era el ‘Día de traer a tu hija al trabajo’. Como no trabajo fuera de la casa, hice que se quedara conmigo e hiciera labores del hogar”.”Por favor excuse a Ricardo por haber faltado ayer. Le cayó gasolina en su barriga y tenía miedo de que explotara”.¡Y ésta es la que más me gusta!”

Por favor excuse a María por haber perdido clases ayer. Nos olvidamos de recoger el periódico del domingo de nuestro balcón y cuando lo encontramos el lunes, creímos que era domingo”.El crear excusas no es algo nuevo. Las personas hacían excusas aun en el tiempo de Jesús. Un día Jesús estaba caminando con un grupo de personas. Jesús se viró y le dijo a uno de los hombres: “Sígueme”.El hombre le contestó: ” Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre”.Parece ser una buena excusa, pero no sabemos con certeza que el padre hubiese muerto. Pudiera haber sido que él quería esperar hasta que su padre muriera antes de él seguir a Jesús.Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios”.Entonces Jesús le dijo otro hombre: “Sígueme”.Él le contestó: “Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa”.A Jesús no le gustó esta excusa tampoco.

Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.Jesús estaba llamando a aquellos que pudieran dejarlo todo, familia, amigos, su trabajo, para seguirle. Lo que recibió fueron excusas.Jesús aún está llamando hoy: “Sígueme”.
¿Le seguirás o le darás una excusa?Padre nuestro, permite que cuando Jesús nos llama a seguirle no le demos excusas. En lugar de esto, permite que estemos deseosos de dejar todo y seguirle. En el nombre de Jesús oramos, amén.
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IMPRIMIR Y MENSAJES ALTERNATIVOS Impresión amistosa:. “Dando excusas”Un otro sermón basado en Lucas 9:51-62:. “Lo primero, primero”
Esperamos que este sermón y actividades les ayuden a ministrar a sus hijos. Oramos por ustedes para enseñar a sus hijos acerca de Jesús y su amor.Saludos cordiales,  
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SOLTAR PARA DESPERTAR


23-JUNIO-2019ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Domingo XIII del Tiempo Ordinario 

30 junio 2019

Lc 9, 51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, y envió mensajeros por delante. De camino entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento, pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: “Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y que acabe con ellos?”. Él se volvió y los regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: “Te seguiré adonde vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. A otro le dijo: “Sígueme”. Él respondió: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Le contestó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. Otro le dijo: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”.

SOLTAR PARA DESPERTAR

          “La paz, si aspiramos a ella sinceramente, nos pedirá el certificado de defunción de nuestra persona”, escribe el poeta Vicente Gallego. Es imposible despertar y comprender lo que somos si no estamos dispuestos a soltar todo lo que no somos.

          En tanto en cuanto estamos identificados con el yo y erróneamente creemos que la persona es nuestra identidad, soltar resultará imposible, porque el yo vive justamente gracias a la actitud opuesta: la apropiación.

          Al ser vacío –apenas un pensamiento, aunque sea el primero de ellos–, el yo solo puede tener la sensación de existir gracias a aquello de lo que se apropia. Como todo parásito, necesita “chupar” energía en todo lo que considera capaz de abastecerlo: bienes, títulos, profesión, relaciones, imagen… La apropiación le otorga una sensación de existir e incluso de autoafirmarse frente a los demás.

          De hecho, el yo vive de la confrontación: necesita sentirse separado de los otros para sostener su creencia. Y puede incluso llegar a eliminar a los otros si los percibe como amenaza a su propia seguridad. Aunque sea religioso, el yo será capaz de pedir que “baje fuego del cielo” para “acabar con ellos”. El fanatismo es una seña de identidad del yo y no revela sino su propia inseguridad.

          Nos encontramos aquí en el centro de la paradoja: el yo, que cree que existe gracias a la apropiación, es incapaz de soltar. Pero, a su vez, hasta que no soltamos, no podemos comprender qué somos realmente, es decir, nos privamos de despertar a nuestra verdadera identidad. O por decirlo con mayor precisión: solo es posible despertar cuando soltamos todo, pero únicamente es posible soltar cuando comprendemos qué somos.

          Si me identifico como un yo separado, no podré sino vivir para sostenerlo. Solo cuando intuyo que soy Eso que es consciente –la consciencia una–, no necesitaré buscar “dónde reclinar la cabeza”, ni “enterrar a los muertos”, ni “despedirme de mi familia”. Todo ello será posible desde la libertad que nace de la comprensión de que somos uno con la totalidad. Por lo que, al soltar todo ello, no pierdo nada en absoluto.

          La “pérdida” únicamente es tal para el yo separado que, forzosamente, se percibe como carencia. Por lo que lee cualquier pérdida como amenaza de muerte. Pero –de nuevo la paradoja– es justamente su “muerte” –la comprensión de que no constituye nuestra identidad– la que nos saca de la ignorancia y nos permite despertar: ese es el final del sufrimiento.

¿Me ejercito en vivir el soltar desde la comprensión de lo que soy?

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Pentecostés de las mujeres


Mujeres bailando de Tom Cowsert

BRASIL-

Por Angélica Tostes-

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todas reunidas en un solo lugar. Y de repente un sonido, como de un viento venido de las faldas de las madres de santo cuando bailan, llenó toda la casa donde estaban juntas. Y vieron pequeñas flores de loto llameantes flotando y reposando sobre la cabeza de cada una de ellas. Y todas quedaron llenas de la Ruah Divina y comenzaron a expresarse en diversos lenguajes. Unas bailaban, otras cantaban hermosos cánticos, aún algunas comenzaron a dibujar y pintar sus visiones celestiales, y también aquellas escribían hermosos poemas, conforme la Ruah las capacitaba.

Muchos hombres estaban cerca de la casa, oyendo esa gran fiesta, se juntaron y quedaron perplejos porque todos comprendían el mensaje divino en los diversos lenguajes que estaban siendo transmitidos. Atónitos y maravillados, ellos preguntaban: ¿Acaso no son mujeres todas aquellas que están hablando, cantando y bailando? ¿Cómo nosotros, hombres, estamos recibiendo las maravillas de Dios por ellas? “.

También preguntaban: ¿Qué significa esto? “. Algunos, sin embargo, se burlaban de ellas y decían: “Ellas bebieron demasiados, son hechiceras, brujas. Es imposible que venga algo bueno de las mujeres”.

Entonces, todas las mujeres se levantaban juntas y dijeron, guiadas por la Ruah: “¡Hombres de este mundo, déjennos explicarles esto! Escuchen con atención: No estamos borrachas, como ustedes suponen. Por el contrario, esto es lo que fue predicho: “Vendrá tiempo en que la Ruah Divina bailará sobre todos los cuerpos, ya no siendo propiedad de la religión judeocristiana y no sólo de los hombres. Será  tiempo de que mis hijas profeticen, mis jóvenes tendrán visiones y mis queridas ancianas tendrán sueños y profetizarán palabras de Sofía. “Derramaré sobre ellas mi Espíritu y ellas profetizarán.”

¡Y así fue como el Soplo de la Vida inspiró a las mujeres a convertirse en artistas, poetas, escritoras, bailarinas, cantantes, teólogas, pastoras y les dio la fuerza para que se convirtieran en lo que quieran ser!

Hechos 2: 1-18

Traducción: Claudia Florentin Mayer

http://alc-noticias.net/es/2019/06/06

José A. Pagola: “El Espíritu de Dios es de todos, porque el Amor inmenso de Dios no puede olvidar ninguna lágrima”


“El Espíritu de Dios está siempre vivo en el corazón del ser humano”
Pentecostés
Pentecostés Cerezo Barredo
“Ha habido en ciertos sectores del cristianismo una tendencia a considerar esa presencia viva del Espíritu como algo reservado más bien a personas elegidas y selectas. Una experiencia propia de creyentes privilegiados”
“El Espíritu de Dios sigue trabajando silenciosamente en el corazón de la gente normal y sencilla, en contraste con el orgullo y las pretensiones de quienes se sienten en posesión del Espíritu”

03.06.2019 José Antonio Pagola

Nuestra vida está hecha de múltiples experiencias. Gozos y sinsabores, logros y fracasos, luces y sombras van entretejiendo nuestro vivir diario llenándonos de vida o agobiando nuestro corazón.

Pero con frecuencia no somos capaces de percibir todo lo que hay en nosotros mismos. Lo que captamos con nuestra conciencia es solo una pequeña isla en el mar mucho más amplio y profundo de nuestra vida. A veces, se nos escapa, incluso, lo más esencial y decisivo.

En su precioso libro Experiencia espiritual, K. Rahner nos ha recordado con vigor esa «experiencia» radicalmente diferente que se da siempre en nosotros, aunque pase muchas veces desapercibida: la presencia viva del Espíritu de Dios que trabaja desde dentro nuestro ser.

Una experiencia que queda, casi siempre, como encubierta por otras muchas que ocupan nuestro tiempo y nuestra atención. Una presencia que queda como reprimida y oculta bajo otras impresiones y preocupaciones que se apoderan de nuestro corazón.

Casi siempre nos parece que lo grande y gratuito tiene que ser siempre algo poco frecuente, pero, cuando se trata de Dios, no es así. Ha habido en ciertos sectores del cristianismo una tendencia a considerar esa presencia viva del Espíritu como algo reservado más bien a personas elegidas y selectas. Una experiencia propia de creyentes privilegiados.

Pentecostés

Rahner nos ha recordado que el Espíritu de Dios está siempre vivo en el corazón del ser humano pues el Espíritu es sencillamente la comunicación del mismo Dios en lo más íntimo de nuestra existencia. Ese Espíritu de Dios se comunica y regala, incluso, allí donde aparentemente no pasa nada. Allí donde se acepta la vida y se cumple con sencillez la obligación pesada de cada día.

El Espíritu de Dios sigue trabajando silenciosamente en el corazón de la gente normal y sencilla, en contraste con el orgullo y las pretensiones de quienes se sienten en posesión del Espíritu.

La fiesta de Pentecostés es una invitación a buscar esa presencia del Espíritu de Dios en todos nosotros, no para presentarla como un trofeo que poseemos frente a otros que no han sido elegidos, sino para acoger a ese Dios que está en la fuente de toda vida, por muy pequeña y pobre que nos pueda parecer a nosotros.

El Espíritu de Dios es de todos, porque el Amor inmenso de Dios no puede olvidar ninguna lágrima, ningún gemido ni anhelo que brota del corazón de sus hijos e hijas.

Pentecostés – C 
(Jn 20,19-23)
9 de junio 2019

José Antonio Pagola

Pentecostés

http://www.religiondigital.org/buenas_noticias/Jose-Pagola-Espiritu-Dios-Amor-iglesia-religion-domingo-evangelio-pentecostes_7_2127757214.html?utm_source=dlvr.it&utm_medium=facebook

“Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo?” (Hechos 1,11a): Luis Van de Velde, Comunidades Eclesiales de Base.


Esta pregunta me ha fascinado desde hace muchos años.  ¿Qué atracción hay de estar mirando al cielo?  Parece que Lucas, autor del libro de los Hechos, estaba consciente de una tremenda tentación en el movimiento que había surgido, en las primeras comunidades cristianas.   La frase de los dos hombres de blanco (siempre una referencia a la presencia divina), “¿qué hacen ahí mirando al cielo?”, nos obliga a vernos en el espejo para descubrir la verdad.

En realidad, a lo largo de la historia de la Iglesia (las iglesias), y también hoy, nos enfrentamos con la tentación de mirar permanentemente al cielo.  Y no pocas veces exclusivamente.  Nos referimos a la prioridad absoluta para toda la dimensión trascendente (lo litúrgico, la oración, los retiros, las procesiones, las devociones, las adoraciones, el templo, …) descuidando así la también necesaria dimensión inmanente: la realidad histórica de la vida.  

Una de las primeras síntesis de la predicación de los apóstoles nos habla de tres aspectos:  (1) Ustedes renegaron del Santo y Justo, pidieron como una gracia la libertad de un asesino, mientras que al Señor de la Vida lo hicieron morir,  (2) Dios lo resucitó de entre los muertos  y (3)  Nosotros somos testigos de ellos. Por la fe en el Nombre de Jesús este Nombre ha sanado al tullido, restableciéndolo totalmente.  (Hec 3,14-16)

Creo que Lucas ya había experimentado que en las primeras comunidades existía la tentación de limitarse al (2): la proclamación que Dios había resucitado a Jesús.  La alabanza por esa grandeza de Dios se hizo profunda alegría y se tradujo en agradecimiento y motivaba para la oración y evangelización.  Sin embargo, no es por gusto que Lucas nos pone esa profesión de fe (la dimensión trascendental de la fe) entre dos dimensiones inmanentes: el asesinato de Jesús a un lado y el testimonio de los apóstoles restableciendo la vida en nombre de Cristo.

En las Iglesias estamos terminando el tiempo pascual.  Hemos cantado aleluya por el Cristo resucitado.  Muy bien.  Es importante y necesario celebrar cada año ese gran acontecimiento de Dios que resucita a Jesús.  Lo celebramos también en cada eucaristía.   Pero tenemos que preguntarnos. ¿qué hacemos en cuanto a los puntos (1) y (3) de la primera proclamación del Evangelio de parte de los apóstoles?

Corremos el riesgo de seguir viendo al cielo, celebrando la liturgia de la pascua, olvidando que se trata de un ejecutado, un asesinado.  Hoy reconocemos a Jesús, su pasión y muerte en el sufrimiento de las víctimas de la violencia de ayer (durante los años de represión y guerra) y de hoy.  Por eso, la proclamación de la buena Nueva debe iniciar – según el ejemplo de los apóstoles – con “Ustedes asesinaron a centenares de familias, mujeres, niños y niñas, ancianos/as en el Sumpul, en la Quesera, en El Mozote,… Ustedes asesinaron a Padre Walter y al Padre Ceciio,…. Y exigimos “verdad, justicia, restauración, curación,…”   Sin este lenguaje claro hacia los grandes responsables de esos crímenes de la guerra y de hoy, nuestra profesión de fe en el Resucitado queda muy corta y no estará a la altura de la predicación que dio origen a las primeras comunidades cristianas.  Por eso es tan importante que las iglesias alcen su voz profética junto con las organizaciones de víctimas y defensores de los derechos humanos, para que haya una nueva ley que dignifique a las víctimas y enjuicie a los victimarios.   Solo así habrá perdón y paz.

Pero el (3) tiene la misma importancia.   Los apóstoles dijeron que ellos eran los testigos tanto del asesinato de Jesús provocado por las autoridades religiosas y ejecutado por las autoridades político- militares, como de la acción divina de al resucitar a ese Jesús.

Como prueba de sus testimonios dijeron que en nombre de Cristo Resucitado había restablecido totalmente la vida de alguien que estaba paralizado.  Debemos entender esto mucho más allá de una curación milagrosa de una persona paralítica. Más bien Lucas nos da la pauto sobre como debe concretarse el testimonio de la resurrección en la práctica diaria e histórica.   Nuestros pueblos sufren parálisis a diferentes niveles: ante los cambios climatológicos, ante la escasez del agua, ante la destrucción del medio ambiente, ante el grito de las y los pobres, ante su decepción en las promesas de los partidos políticos, ante la injusticia en el sistema judicial que condena al pobre y libera al rico.   

Parálisis provocado por la atracción de las redes sociales, por la propaganda engañosa de los que manejan el poder, por las drogas, por la violencia,…..   Proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, nos exige el testimonio muy concreto de la curación de esas parálisis para restablecer y totalmente la vida.  

Es un eje fundamental de la Iglesia, de cada CEB. 

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS: Jesús se va sin dejarnos solos: Eduardo de la Serna





Lectura de los Hechos de los apóstoles     2, 1-11


Resumen: los apóstoles están juntos en Jerusalén, según Jesús les ha indicado, esperando “la promesa” de Dios, a fin de que habiéndolo recibido, puedan salir a anunciar a todos el Evangelio, la predicación de Jesús. El espíritu viene sobre ellos y se manifiesta en las lenguas que deben proclamar a todo el mundo y en la palabra única que deben anunciar, “la buena noticia del reino”. Al recibir el espíritu, la Iglesia recibe el impulso desde Dios para el desempeño de su misión evangelizadora “hasta los confines de la tierra”.

Comentando el comienzo de Hechos de los Apóstoles, el domingo pasado, de la Ascensión, mostramos (remitimos allí) las expresas semejanzas que Lucas pone entre el comienzo del ministerio de Jesús y el ministerio de la Iglesia. En este caso, por cierto, la presencia del Espíritu, que impulsó a Jesús, el descenso de ese espíritu de modo físico, o corporal, una voz o ruido del cielo… Si Lucas quiere señalar que comienza el “tiempo de la Iglesia”, va a destacar que el gran protagonista de todo esto es – precisamente – el Espíritu Santo.

Hay que recordar que los apóstoles, para Lucas, están en Jerusalén aguardando “la promesa” que Dios ha hecho con los suyos. Jerusalén, por otra parte, es la meta de las grandes peregrinaciones litúrgicas de los judíos, especialmente en las tres grandes fiestas: las tiendas (otoño), la pascua y ¡pentecostés! (éstas en primavera). Es por eso que se mencionan tantos judíos oriundos de tantos lugares (partos, medos, elamitas…).todos han ido, como es habitual, a la ciudad santa. Y allí están los discípulos de Jesús esperando el espíritu.

El texto tiene dos partes que parecen aparentemente contradictorias. Al derramarse el Espíritu, los apóstoles comienzan a hablar “en otras lenguas según el espíritu les concedía expresarse”. Por otro lado, a continuación el enfoque cambia y ya no se trata de que se hablan diferentes lenguas sino que al que habla “cada uno lo escucha en su propia lengua”, lo cual es evidentemente opuesto. Probablemente esto señale dos elementos teológicos diferentes que el autor quiere destacar. Ambos signos (y ambos en relación a la palabra) son la consecuencia visible del don del Espíritu Santo sobre la comunidad de discípulos.

Las así llamadas “lenguas” son una consecuencia de la presencia del Espíritu Santo en Hechos (ver también 10,46; 19,6). Del mismo modo que los “signos y prodigios” (2,19.22.43; 5,12; 6,8; 7,36; 14,3; 15,12) estamos ante manifestaciones del espíritu. Evidentemente Lucas quiere hacer patente en estos hechos que se trata de una intervención divina (precisamente la mala interpretación de que se trata de que están borrachos, v.13 requiere mostrar de un modo indudable que se trata del obrar de Dios. De todos modos, por tratarse, como es evidente, de un texto programático que alude al comienzo de la misión de la Iglesia, seguramente no hemos de descuidar que a “toda lengua” debe llegar la predicación de los apóstoles. Deben ir “hasta los confines de la tierra” y allí todos deben escuchar la palabra de Dios.

Pero por otro lado, nos encontramos ante una escena extraña, el texto dice que “cada uno lo escucha hablar en su propia lengua”. Esto es raro ya que por lo general todos entendían el griego. Es decir, no hacía falta ningún milagro para ser comprendidos, sin embargo algo quiere destacar Lucas aquí. Nuevamente el tema es la lengua, pero ahora hay una lengua que todos comprenden cada uno con su propiedad. Se ha pensado que Lucas quiere mostrar los efectos contrarios de la dispersión de lenguas ocurrida en Babel. Es posible (aunque el texto de Babel diga otra cosa, así parece haberse leído en este tiempo), pero si es el caso, no parece que debamos encontrar aquí el eje principal de interpretación del relato. El Evangelio es la palabra que deben anunciar, y debe ser comprensible para todos. Lo que todos entienden son “las maravillas de Dios”. Este término, “maravillas” (megaleia) es la única vez que se encuentra en el NT. En Dt 11,2 se refiere a la manifestación de Dios a los presentes (ver 2 Mac 3,34; 7,17), son manifestaciones que llegan “hasta el cielo” (Sal 70,19). Es un término habitual en el libro del Eclesiástico (17,8.10.13; 18,4; 36,7; 42,21; 43,15; 45,24). El término viene de “megas” (grande, que sí es frecuente). La construcción es semejante a la que María dice en el Magníficat: “ha hecho en mi favor maravillas (megála) el poderoso. Santo es su nombre” (Lc 1,49). Dios actúa en medio de la humanidad, se manifiesta. Y estamos invitados a reconocer esa intervención. Tal es el caso de los milagros (en ambos sentidos) que debemos mostrar a todas las naciones en todas las lenguas. El Evangelio debe ser conocido y aceptado, debe crecer.

Pero esta tarea misionera de llegar a “toda lengua” (cf. Fil 2,11) no es algo que podamos desplegar sin la intervención de Dios. La Iglesia no puede comenzar su ministerio sin el Espíritu que la empuja, la impulsa y la llena de vida. Gente de todos los pueblos puede escuchar la palabra de Dios y – a partir de su fe – recibir el bautismo, y comenzar a su vez ellos a dejar crecer el Evangelio.


Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 3b-7. 12-13


Resumen: El espíritu es el que anima y fortalece a la comunidad. El que hace que los diferentes miembros de la ekklesia estén al servicio los unos de los otros enriqueciendo el “cuerpo” y siendo gestores de unidad en la plena vivencia de la diversidad.

En 12,1 comienza un nuevo apartado de la carta a los corintios. Como los demás, empieza con la fórmula “con respecto a…” (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12) que parece ser – en cada caso – la respuesta que da Pablo a preguntas que los corintios le han formulado por carta (7,1). En la carta también hay enfrentamiento a temas que Pablo conoce por información oral (1,10; 5,1; 11,18; 15,12). En este caso, la pregunta es acerca de “los espirituales” y Pablo desarrolla el tema en tres grandes partes, concluyendo en 14,40. El capítulo 12, por su parte tiene también tres grandes partes donde Pablo presenta el planteo en general (vv.4-11), un análisis a partir de la metáfora del cuerpo (vv.12-27) y la conclusión (vv.28-31). Los vv.1-3 constituyen la introducción a toda la unidad. En este caso, el texto litúrgico mezcla, sin un criterio literario aparente, la última parte de la introducción y la primera parte de cada una de las dos primeras unidades (vv.4-10 y vv.11-12). No es fácil entender el criterio de los cortes, aunque la centralidad del tema del Espíritu, propio de la celebración, queda destacada. Veamos brevemente:

En la introducción, Pablo presenta un contraste entre el pasado y el presente de los destinatarios, el tiempo de la idolatría, tiempo “sin espíritu”  y el hoy, tiempo “con espíritu”, tiempo “en la fe”. El contraste llega al extremo de la máxima blasfemia por un lado y la máxima confesión de fe por el otro; por tanto aquel que dijera “Jesús es anatema”, es algo imposible de decir si ese tal tiene el espíritu, y la gran confesión de fe, “Jesús es Señor”, algo sólo posible de decir “en espíritu”. Esto, así dicho, pone la fe como el eje y el criterio de pertenencia. Pero esta fe está movida por el espíritu de Dios. Muchas cosas que antiguamente los corintios hacían son muy semejantes a lo que hacen ahora (por ejemplo hablar en aparentes lenguas extrañas), ¿cómo saber si a ello nos mueve el espíritu de Dios o un espíritu o un ídolo? Pues la fe, la confesión de fe, es el criterio. Si uno confiesa a Jesús, tiene el espíritu de Dios.

Sin embargo – y esto es particularmente duro para aquellos que se creían más importantes que otros por tener manifestaciones del espíritu que son más espectaculares (como el don de lenguas) – lo primero que Pablo señala es que esos son “espirituales” por tener carismas. Es decir, dones de la gracia. Nadie puede, por tanto, jactarse, ya que todo es don de Dios, y no para el propio provecho, sino para el servicio de la comunidad. No es propio ni para sí. Esos dones son “distribuidos” (v.4), y tienen su origen en Dios. A cada uno Dios le da diversos “carismas” y todos son para el provecho de la comunidad (v.7). A continuación Pablo enumera algunos de esos carismas (lo que es omitido en el texto) y más adelante continuará mencionando otros. Es decir, no pretende dar una lista exhaustiva de los dones, sino mencionar algunos para destacar la pluralidad y variedad, pero en el sentido de la unidad.

El texto está cortado, como dijimos, y comienza la primera parte de la metáfora del cuerpo. Aquí se limita a la presentación de la figura y a presentar lo que es un aparente dicho pre-bautismal pre-paulino. La imagen del cuerpo y los miembros destacando la unidad y la diversidad parece haber sido tomada de la filosofía estoica, donde era común, aunque varios autores piensan en otros orígenes diversos. La imagen de la ciudad o del universo entendido como cuerpo es común en el entorno. Y los astros o la creación, y los “ciudadanos” entendidos como miembros. En este caso, el punto de partida es este, y refiere a la unidad y la diversidad, pero dando un paso extraño gramaticalmente: “así también Cristo”, no es “así también el cuerpo de Cristo” o “estando en Cristo”, etc. Sin duda la unión de los cristianos en Cristo es tal que genera, para Pablo, una unidad indisoluble. Lo cual hace impensable la división en el seno de la misma. División que no necesariamente significa ruptura, pero que puede ser hacer sentir a otros que por no ser como nosotros somos (o por no tener el carisma espectacular que nosotros tenemos) no son parte nuestra. O – por el contrario – hacer creer a otros, los más débiles, que no son “de los nuestros” por no tener nuestros carismas (ambos elementos se ven reflejadas en las imágenes que siguen: “no te necesito” o “no soy del cuerpo”, como dichos de unos y otros en la comunidad). Esta imagen, supone una mutua pertenencia al cuerpo al cual ingresamos por el bautismo. Es por esto que Pablo pone aquí un dicho (que es semejante a Gal 3,28 y parece semejante a Col 3,11). Esto parece indicar que existía una suerte de confesión de fe, o catequesis pre-bautismal que indicaba algunas características del bautismo en los que reciben el sacramento, y que Pablo utiliza y coloca aquí. En este caso, fiel al tema que está desarrollando, Pablo destaca que la diversidad (judío y griego, esclavo y libre) no afecta la comunidad, sino que por el contrario, la enriquece (en Gálatas, como el tema es otro y los conflictos también, el acento está puesto en que no hay superioridad de unos sobre otros y lo que cuenta es la unidad). 

Una nota con respecto al dicho: en Gálatas encontramos otro par: “varón y mujer”. Ciertamente, si 1 Corintios es cronológicamente anterior a Gálatas, hemos de decir que más tarde, Pablo añade el par varón-mujer al dicho que había recibido; por el contrario, si Gálatas es anterior a 1 Corintios, habría que explicar por alguna razón, por ejemplo, en el seno de la comunidad corintia, la causa por la que Pablo omite expresamente a la mujer y el varón en este texto. Parece bastante probable que Gálatas sea posterior a 1 Corintios, por lo que pareciera que en 1 Cor Pablo simplemente cita el texto (incorporando al Espíritu, donde decía Cristo). La importancia del lugar de la mujer en 1 Corintios mueve a Pablo a que la siguiente vez que cita este texto, es decir Gálatas, añada “varón y mujer”, como lo hace aquí.

Pero veamos brevemente el tema del espíritu en esta unidad. Para empezar, es sensato suponer que Pablo no está pensando en la “tercera persona de la Santísima Trinidad”. Sería anacrónico. El espíritu es el don de Dios; se dona y envía su fuerza para que la comunidad pueda mantenerse fiel a los caminos de Dios. Este es el don que se da a la comunidad y por el cual proclama su fe (Jesús es Señor), es la fuerza que unifica el cuerpo y sus miembros, y que manifiesta en cada miembro diferentes “carismas” a fin de que toda la comunidad se enriquezca y crezca. Este don, recibido en el bautismo es gestor de unidad en la comunidad eclesial, del mismo modo que los miembros lo son en el cuerpo del que forman parte.

Evangelio según san Juan     20, 19-23

Resumen: Jesús se va, pero el espíritu es derramado para continuar en la comunidad con sus mismas características, y así poder vivir conforme al testamento que Jesús deja en su discurso final.

El segundo domingo de Pascua hemos comentado este Evangelio (aquí se encuentra sólo la primera parte, la escena “sin Tomás”, allí incluía también la segunda parte). Remito a ese texto. Aquí simplemente destaco una nota sobre el Espíritu en Juan. Es evidente que este texto hoy es puesto en la liturgia por la referencia al envío del Espíritu.

Podríamos señalar la importancia que en Juan tiene el personaje al que llama “Paráclito”, o detenernos en el “envío”, que tan importante es el en Cuarto Evangelio. O la relación entre el espíritu y la comunidad joánica. Intentaremos – brevemente – un camino intermedio.

Las Biblias contemporáneas tienden a no traducir la palabra griega “paráclito” que antiguamente se traducía por consolador, abogado, etc. Es que el término “paráclito” es muy amplio y abarca esos elementos y también otros más. Como se sabe, las referencias al paráclito se encuentran en el largo discurso de despedida de Juan (Jn 13-17). Como una suerte de “testamento” de Jesús, él prepara a los suyos para su partida, y reconoce como verdaderos “herederos” a aquellos que vivan como él, en este caso, “el amor, como yo los he amado”. El paráclito aparece como una suerte de personaje que Jesús enviará cuando se vaya. Por eso “conviene” que se vaya ya que si no, no recibirán el paráclito. Si miramos algunos términos que se le aplican: verdad, envío, está con los discípulos, que el mundo no puede recibir ni conoce, que enseñará, son términos que se aplican también a Jesús en Juan. En cierta manera el Paráclito es una nueva manera de presencia de Jesús glorificado en medio de los suyos. Es un enviado a una comunidad, y con una misión concreta: que esta comunidad sienta la presencia en su vida cotidiana, en el conflicto, en conocer la verdad.

Un elemento interesante que concentra “el misterio” en Juan es el momento de la muerte de Jesús. Allí, afirma Juan, Jesús “entregó su espíritu”. El grupo al pie de la cruz resume, en cierto modo, la primera Iglesia: dos personajes con fuerte carga simbólica están allí (al decir “simbólica” por supuesto que no negamos su entidad real): el discípulo amado y la madre de Jesús. Que a partir de este momento serán “madre e hijo”. Hay elementos (no tantos como los que luego desplegarán los Padres de la Iglesia a partir de Justino) para pensar en la madre como una suerte de “Eva”: hay referencia a un jardín, a una mujer-madre, a una costilla. Y hay un discípulo que es amado, que tiene profunda intimidad con Jesús en la pasión, lo acompaña en la cruz, lo reconoce resucitado y cree sin ver a Jesús. En cierto modo, la novedad que Jesús trae, la nueva comunidad de discípulos está allí en la cruz, y a ellos “entrega su espíritu”. En un instante Juan concentra pasión y envío del Espíritu, algo que luego desarrollará en el relato que nos toca comentar.

Mirando el término “espíritu”, en Juan no es muy frecuente, como lo es en otros (x19 en Mt; x23 en Mc; x36 en Lc [+ x70 en Hch] y x24 en Jn). Luego de una alusión al Bautismo de Jesús – no mencionado en Juan – habla de un “nacimiento” según el espíritu que refiere a los discípulos a partir de nuestro bautismo, a una verdadera adoración “en espíritu”, las palabras de Jesús “son espíritu y vida”. En 7,39 señala expresamente que el Espíritu lo recibirán los seguidores a partir de la glorificación de Jesús, esto es, a partir de la Pascua. Fuera de esta mención expresa, debemos esperar al discurso de despedida para escuchar hablar del Espíritu como un don. Este don, presentado como paráclito, como se ha dicho, es un modo nuevo de presencia de Jesús entre los suyos: espíritu de verdad, enviado y maestro, que no hablará por su cuenta, como también ocurre con el enviado. Luego de estos anuncios, quedan los dos textos finales a los que hemos hecho referencia: Jesús, que en la cruz “entrega su espíritu” y que a los discípulos reunidos (¿quiénes? No se dice) les entrega su espíritu en un soplo.

La comunidad de los discípulos de Jesús continúa, Jesús se va pero no se desentiende de nuestra suerte. El y el Padre envían un paráclito, alguien con las mismas características de Jesús para que los discípulos puedan vivir el testamento que ha dejado, vivir el amor los unos a los otros como él nos ha amado.

Dibujo tomado de http://ismaelojeda.wordpress.com

Fuente: http://www.amerindiaenlared.com

Festividad de Pentecostés


9 junio 2019

Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

EL ESPÍRITU ES PAZ Y DINAMISMO

         Los relatos de apariciones asocian la experiencia del Resucitado a realidades específicas y fundamentales para el creyente: la paz, la misión, el perdón y el Espíritu.

          La paz (shalom) es el saludo del Resucitado, como había sido el saludo de los ángeles en el relato mítico del nacimiento: “Paz a los hombres, amados de Dios” (Lc 2,14). Si lo único que nos quita la paz es la mente no observada –las cavilaciones mentales–, es claro que la Presencia es sinónimo de aquella paz “que supera todo lo que podemos pensar” (Filp 4,7). No es extraño que en el Nuevo Testamento se llame a Jesús “nuestra paz” (Ef 2,14) y que Pablo hable reiteradamente del “Dios de la paz” (1Tes 5,23; Rom 15,33; Filp 4,9).

          La misión se presenta totalmente en línea con la del propio Jesús, tal como la entiende el cuarto evangelio:“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. El eje de la misma no podrá ser otro que el de comunicar y favorecer la vida, ya que él ha venido “para que tengan vida, y vida en plenitud” (10,10).

          La misión no tiene nada que ver con el proselitismo ni nace porque alguien se crea en posesión de la verdad. Es algo mucho más hondo, gratuito y desapropiado.Sentirse “enviado” es, sencillamente, reconocerse como “cauce” a través del cual la Vida se expresa. Por eso mismo, no hay apropiación ni expectativas; se deja que la Vida sea. Por eso, en este sentido en el que lo estamos planteando, únicamente puede sentirse “enviado” quien ha dejado de identificarse con su yo, se ha desprendido del ego. El yo no puede nunca vivir como “enviado”, aunque lo proclame, porque su característica es vivir egocentrado, justo lo opuesto a ser cauce.

        El lector del evangelio sabe ya que una de las grandes promesas de Jesús fue el don del Espíritu. Promesa que ahora el autor explicita: “Exhalando su aliento sobre ellos” –las mismas palabras con que se narra la creación del primer hombre: “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, exhaló en sus narices un aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente”: Gn 2,7)–, los “despierta” para que se hagan conscientes del Dinamismo y del Gozo, el Espíritu o Anhelo que nos constituye.

          El Espíritu nos capacita para ser “jueces” del mundo. El “perdonar y retener los pecados” se halla vinculado a la tradición sinóptica de “atar y desatar”. Los teólogos están de acuerdo en que la lectura que hizo el concilio de Trento, que vio en estas palabras la institución del sacramento de la penitencia, parece una interpretación dogmática, que va más allá de lo que el texto quiere expresar.

          El significado más ajustado parece ser otro: en línea con el llamado “testamento espiritual” de Jesús (Jn 13-17), en el que se habla del “Espíritu de verdad” que desenmascara el engaño del mundo, aquí también se reconoce a los discípulos, en cuanto habitados por aquel mismo Espíritu de verdad, la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso.  

¿Reconozco el Espíritu como el Fondo de lo que somos? ¿Qué experimento cuando me vivo desde ahí?

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