ROMA: Francisco y Antonio, una pareja en óptima Compañía


En el padre Antonio Spadaro, jesuita también él, el Papa tiene a su traductor autorizado. He aquí lo que dice, con palabras más claras, “La Civiltà Cattolica” y que en “Amoris lætitia” son sólo alusiones

por Sandro Magister

ROMA, 12 de abril de 2016 – El jesuita Antonio Spadaro (en el centro en la foto, junto al general de la Compañía de Jesús) ha sido un profeta elemental cuando, el pasado mes de noviembre, sentenció sin ambages que “en lo que se refiere al acceso a los sacramentos de los divorciados que se han vuelto a casar, el sínodo ordinario ha puesto, efectivamente, las bases y ha abierto una puerta que en el sínodo precedente había permanecido cerrada”. Y esto a pesar de que en la “Relatio finalis” del sínodo no apareciesen ni una sola vez las palabras “comunión” y “acceso a los sacramentos”:

> Francisco calla, pero otro jesuita habla por él

Al presentar hoy la exhortación postsinodal “Amoris lætitia” en el último número de “La Civiltà Cattolica” – oportunamente difundida al mismo tiempo que la publicación del documento papal –, el padre Spadaro no duda en ningún momento cuando declara que esa profecía se ha cumplido.

Francisco -escribe seguro- ha quitado todos los “límites” del pasado, también en lo que atañe a la “disciplina sacramental”, para las llamadas “parejas irregulares”: este término, “llamadas”, no es del padre Spadaro, sino del Papa y a juicio del historiador de la Iglesia Alberto Melloni “vale toda la exhortación”, porque él solo absuelve a dichas parejas a las que convierte en “las destinatarias de la eucaristia”.

A pesar de esto, también esta vez, en las 264 páginas y 325 párrafos de la exhortación papal no hay una sola palabra clara en favor de la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar; sólo hay un par de alusiones en dos brevísimas notas a pie de página, la número 351 y la número 336, ésta última definida por Melloni como “crucial”.

Padre Spadaro no es un jesuita cualquiera. Es el director de “La Civiltà Cattolica”, es decir, de esa publicación que ha sido siempre “la revista del Papa” y que hoy lo es más que nunca “por el interés que el Papa Francisco manifiesta respecto a algunas intervenciones de la revista que acompañan a su magisterio”, como ha afirmado el pasado mes de marzo un testigo muy atendible como es el padre GianPaolo Salvini, penúltimo director de la publicación:

> “La Civiltà Cattolica” ha un direttore super: il papa

Para Jorge Mario Bergoglio el padre Spadaro es todo: consejero, intérprete, confidente y escribano. Son innumerables los libros, los artículos, los tuits que escribe incesantemente sobre él. Por no hablar de los textos pontificios que revelan la impronta de su mano.

Ha formado parte del círculo que ha trabajado en la redacción de la exhortación “Amoris lætitia”, en estrecho contacto con el Papa.

Y la norma quiere que la presentación que de ella ha hecho Spadaro en “La Civiltà Cattolica” haya sido entregada a Francisco antes de ser publicada. Una razón de más para asumir que esta exégesis del documento ha sido autorizada por el Papa revelando, por lo tanto, sus intenciones reales.

A continuación se reproducen algunos pasajes de las doce páginas, sobre un total de veinticuatro, que el padre Spadaro dedica a la cuestión de las parejas “llamadas irregulares” y su acceso a la comunión eucarística.

Asombra la habilidad con la que se añade también a Juan Pablo II y a Benedicto XVI al mismo “camino de sanación” que hoy Francisco lleva hasta la comunión eucarística a los divorciados que se han vuelto a casar, libre ya de los impedimentos anteriores.

Pero hay que leer todo el artículo, publicado en la página web de “La Civiltà Cattolica”:

> “Amoris lætitia”. Struttura e significato dell’Esortazione post-sinodale di Papa Francesco

Éste es, en cambio, el enlace al texto íntegro de la exhortación:

> “Amoris lætitia”

__________

“Sin poner límites a la integración, como sucedía en el pasado…”

por Antonio Spadaro S.I.

La Exhortación retoma del documento sinodal el camino del discernimiento de cada caso individual sin poner límites a la integración, como sucedía en el pasado. Declara, además, que no se puede negar que en algunas circunstancias “la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas” (“Amoris lætitia” 302; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1735) a causa de distintos condicionamientos. […]

Por lo tanto, concluye el Pontífice, si se tienen en cuenta las innumerables variedades de situaciones concretas, “puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas” (AL 300). […]

Por consiguiente, las consecuencias o los efectos de una norma no deben ser, necesariamente, siempre los mismos, “tampoco en lo referente a la disciplina sacramental, puesto que el discernimiento puede reconocer que en una situación particular no hay culpa grave” (AL 300, nota 336). “A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia” (AL 305).

Y – se precisa – esta ayuda “en ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos”. Por esto, “a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor”. Y señala igualmente “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (AL 305, nota 351).

DESDE JUAN PABLO II A FRANCISCO

Si retrocedemos a la “Familiaris consortio”, podemos verificar que las condiciones que ésta planteaba hace treinta y cinco años ya eran una concreción más abierta y atenta, respecto al tiempo anterior, de lo vivido por las personas.

Sobre los divorciados que se han vuelto a casar civilmente, la Exhortación apostólica de San Juan Pablo II (1981) afirmaba: “exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida” (FC 84).

Sobre el acceso a los sacramentos, Juan Pablo II confirma la norma precedente y, sin embargo, afirma que los divorciados que se han vuelto a casar por lo civil y que viven su vida conyugal juntos, educando a sus hijos y compartiendo la cotidianidad, pueden hacer la comunión.

Pero plantea una “condición” (que está a otro nivel respecto a la norma): la de asumir “el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos” (ivi).

Por lo tanto, en la “Familiaris consortio” la norma de hecho no vale siempre y en todos los casos. En la situación descrita se trata de una “epieikeia” sobre la aplicación de la ley a un caso concreto porque, si bien la continencia elimina el pecado de adulterio, no suprime la contradicción entre la ruptura conyugal con la formación de una nueva pareja -que vive un vínculo de carácter afectivo y de convivencia- y la Eucaristia.

En lo que atañe a las relaciones sexuales, la formulación de San Juan Pablo II requería “asumir el compromiso de vivir en plena continencia”. En la “Sacramentum caritatis”, Benedicto XVI había retomado este concepto, pero con una formulación distinta: “La Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana” (SC 29). El “ánimo a esforzarse” implica un camino y centra mejor y de manera más adecuada el énfasis sobre la dimensión personal de la conciencia.

El Papa Francisco sigue esta línea cuando habla de un “discernimiento dinámico”, que “debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena” (AL 303). No se puede transformar una situación irregular en regular, pero existen también caminos de sanación, de profundización, caminos en los que la ley es vivida paso a paso. […]

NO UNA “IGLESIA DE PUROS”, SINO DE JUSTOS Y PECADORES

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos –escribe el Pontefice–, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL 303). Este es un punto central de la Exhortación apostólica, en cuanto atribuye a la conciencia –”el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo” (GS 16; AL 222)– un lugar fundamental e insustituible en la valoración de la acción moral. […]

La conciencia “puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo” (AL 303).

Este pasaje de la Exhortación abre la puerta a una pastoral positiva, acogedora y plenamente “católica”, que hace posible una profundización gradual de las exigencias del Evangelio (cfr. AL 38).

En otras palabras, aquí no se dice en absoluto que hay que asumir la propia debilidad como criterio para establecer qué está bien y qué está mal (esta sería la denominada “gradualidad de la ley”). Sin embargo, se afirma una “ley de la gradualidad”, es decir, una progresividad en el conocimiento, en el deseo, en hacer el bien: “Tender a la plenitud de la vida cristiana no significa hacer lo que en abstracto es más perfecto, sino lo que es concretamente es posible”. […]

Con la humildad de su realismo, la Exhortación “Amoris lætitia” se sitúa dentro de la gran tradición de la Iglesia, remontándose de hecho a una antigua tradición romana de misericordia eclesial hacia los pecadores.

La Iglesia de Roma, que desde el siglo II había inaugurado la práctica de la penitencia por los pecados cometidos después del bautismo, estuvo a punto de provocar, en el siglo III, un cisma por parte de la Iglesia del Norte de África, guiada por San Cipriano, porque ésta no aceptaba la reconciliación con los “lapsi”, es decir, los apóstatas durante las persecuciones, que de hecho eran mucho más numerosos que los mártires.

Frente a la rigidez de los donatistas en los siglos IV y V, como posteriormente frente a la de los jansenistas, la Iglesia de Roma siempre ha rechazado una “Iglesia de puros” prefiriendo el “reticulum mixtum”, a saber: la “red compuesta” por justos y pecadores de la que habla San Agustín en  el “Psalmus contra partem Donati”.

La pastoral del “todo o nada” les parece más segura a los teólogos “tucioristas”, pero lleva inevitabilmente a una “Iglesia de puros”. Valorando ante todo la perfección moral como un fin en sí misma, desgraciadamente se corre el riesgo de tapar de hecho muchos comportamientos hipócritas y farisaicos.

__________

El tiovivo de los comentarios

La forma deliberadamente vaga y polivalente de muchos pasajes de la “Amoris lætitia” se confirma con la  increíble diversificación de los comentarios.

Bastará citar aquí tres, opuestos entre ellos, de los miles que ha suscitado la exhortación postsinodal.

Por un lado un entusiasmado Alberto Melloni –historiador de la Iglesia y, además, actual número uno de la progresista “escuela de Bolonia”– que da la bienvenida a la exhortación como el acto “que hará época” porque ha liberado definitivamente al matrimonio de la “jaula jurídico-filosófica” del Concilio de Trento con su “doctrina fría y sin vida”:

> Francesco e la riforma dell’amore

En el lado opuesto está Juan José Pérez-Soba, docente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Famiglia, en la Pontificia Universidad del Laterano, según el cual, en cambio, como ya sucedió en la “Relatio finalis” del sínodo, tampoco en la “Amoris lætitia” se admite explícitamente la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar,  contrariamente a cuanto indicaban las expectativas:

> “Amoris lætitia” no es un cambio de doctrina, sino una invitación para un camino nuevo

Y en medio de ambos está Robert Royal, fundador y presidente del Faith & Reason Institute de Washington, que aplaude la exhortación por su “fuerte defensa de la enseñanza de la Iglesia en lo que se refiere a la anticoncepción, el aborto, la homosexualidad, las tecnologías reproductivas, la educación de los hijos”, pero que al mismo tiempo crítica su capítulo ocho porque “de manera oscilante y ambivalente parece que se separe de la enseñanza constante de la Iglesia desde sus inicios en lo que atañe a la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar”:

> “Amoris lætitia”: A Tale of Two Documents

Pero estas son sólo palabras. Pasando a los hechos, hay que prestar atención a lo que escribe Melloni:

“Francisco dice a esos sacerdotes que han administrado la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar sabiendo lo que hacían que no han actuado contra la norma, sino según el Evangelio”.

De hecho, en varias regiones de la catolicidad ya se administra sin problemas la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar. Y ahora esta praxis encuentra en la “Amoris lætitia” la aprobación que se esperaba por parte de la máxima autoridad de la Iglesia:

> The New Catholic Truce

Mucho más preocupante será en cambio la posición de esos fieles y pastores que han recorrido hasta aquí el camino trazado por el magisterio de la Iglesia.

A este propósito, he aquí una breve nota publicada el 8 de abril en el blog Settimo Cielo:

*

MISERICORDIA PARA TODOS, MENOS PARA LOS HIJOS OBEDIENTES

El capítulo ocho de la exhortación “Amoris lætitia”, que concierne a los divorciados que se han vuelto a casar y similares, es el que más asombra.

Es una inundación de misericordia. Pero es también un triunfo de la casuística, aunque haya sido tan vituperada verbalmente. Con la sensación,  una vez se ha acabado de leerlo, de que se disculpa cualquier pecado, pues son muchos los atenuantes; por lo tanto, ése desaparece, dejando espacio a praderas de gracia también en el ámbito de “irregularidades” objetivamente graves. No hace falta decir que se admite el acceso a la eucaristia; no es ni siquiera necesario que el Papa lo proclame desde los tejados. Bastan un par de notas alusivas a pie de página.

¿Y qué pasa con todas aquellas personas que hasta ahora han obedecido a la Iglesia y se han reconocido en la sabiduría de su magisterio? ¿Y con esos divorciados que se han vuelto a casar y que con tan buena voluntad y humildad, durante años y decenios no han comulgado pero han rezado, ido a misa, educado cristianamente a sus hijos, hecho obras de caridad, aunque en una unión distinta a la sacramental? ¿Y con los que han aceptado vivir con el nuevo cónyuge “como hermano y hermana” y no en contradicción con el precedente matrimonio indisoluble, pudiendo así acceder a la eucaristia? ¿Qué pasa con todos ellos, después del “libres todos” que muchos han leído en la “Amoris lætitia”?

Hay en la exhortación una nota a pie de página –otra, no las dos citadísimas que han hecho centellear la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar– que reserva a los que han elegido vivir “como hermano y hermana” no una palabra de consuelo, sino una bofetada.

Se les dice, de hecho, que actuando de este modo pueden dañar a la nueva familia, porque “si faltan algunas expresiones de intimidad ‘pueden poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole'”. Lo que implica que es mejor lo que hacen los otros, que llevan una vida llena de cónyuges en segundas nupcias civiles y que incluso reciben la comunión.

Leer para creer. Es la nota número 329, que de manera inadecuada cita como apoyo a su reprimenda nada menos que el n. 51 de la constitución conciliar “Gaudium et spes”.

__________

Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España.

http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1351273?sp=y

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