Antonio Piñero: «Jesús fue un israelita pleno, un maestro de la ley, un profeta»


Antonio Piñero

El escritor y filólofo presenta «Jesús y las mujeres» y «La vida de Jesús»

«El cristianismo está debajo de todos los movimientos igualitarios y feministas que ha habido en la historia»

Jesús Bastante, 14 de octubre de 2014 a las 19:50

El cristianismo está debajo de todos los movimientos igualitarios y feministas que ha habido en la historia, aunque ahora no lo veamos claramente porque el cristianismo evolucionó en humanismo

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Piñero con sus dos últimos libros sobre Jesús

(Jesús Bastante).- Antonio Piñero es uno de los mayores expertos en la figura de Jesús y en los Evangelios, sinópticos y apócrifos. Durante varias décadas, se ha dedicado en cuerpo y alma al estudio de los textos de la vida de Jesús. Ahora nos presenta sus dos últimos libros: «Jesús y las mujeres«, editado por Trotta, y «La vida de Jesús«, de Libros del Olivo.

En ambas obras Piñero analiza la figura de Jesús y desvela algunas de sus facetas menos conocidas, como que, según explica el autor, «no encontramos en los Evangelios prueba de que Jesús repudiara directamente la violencia«.

Piñero, que publicará este mes una nueva novela histórica, afirma que, «mientras los cristianos mezclan el Jesús de la historia con el Cristo en el que creen, los historiadores nos dedicamos a separarlos».

«Es importante que la gente tenga en cuenta que la muerte de Jesús fue absolutamente necesaria para que luego eclosionara el cristianismo«, concluye el historiador. «Sin la muerte y la resurrección no se explica todo lo que vino después».

 

Jesús y las mujeres. ¿Un tema delicado?

Pues sí. Lo primero, he de decir que este libro es una reedición. La editorial estuvo un tiempo pensando si publicar o no el libro, porque teníamiedo a una reacción de posibles feministas «confesionales», a pesar de que es un libro para el pueblo, imparcial y científico. Es un análisis del que extraigo conclusiones, lógicamente, pero muy fríamente. Al final, al cabo de 6 o 7 meses, se decidió a publicarlo, pero lo que espero es que ahora no me caiga encima el manto espeso del silencio.
La primera edición, publicada por Aguilar, se vendió bastante, pero hubo un manto de silencio. Y el libro no fue incluido en las bibliografías oficiales sobre Jesús y las mujeres.

¿Crees que el tema es inevitablemente polémico, aunque se aborde con rigor?

A mí me parece un tema muy interesante y muy actual. Pero también es un tema que no podemos dilucidar claramente desde una perspectiva histórica. De la infancia y de la juventud de Jesús no tenemos ningún dato histórico. A partir de la cruz, comienzan los eventos que entran dentro de la teología (resurrección, apariciones, ascensión…), por lo tanto, el único período histórico de la vida de Jesús es su vida pública hasta la cruz. Al historiador le queda sólo ese espacio.
Sobre la relación de Jesús con las mujeres, tenemos estrictamente los evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas, que lo que nos ofrecen son tan sólo dos líneas y media. En esas líneas nombra a tres mujeres: una tal Salomé, de la que se desconoce su biografía, una tal Juana que era la mujer de un ecónomo de Herodes Antipas, y María Magdalena, de la que se dice que Jesús expulsó 7 demonios. «Estas mujeres le seguían desde Galilea y le servían con sus bienes». Eso es lo que dice el Evangelio.

¿Y la samaritana, Marta y María, y otras mujeres que aparecen en las Escrituras?

También aparece una pecadora sin nombre en Lucas, que es posible que fuera María Magdalena. La amistad con Marta y María sale sobre todo en el Evangelio de Juan, y está interpretada por la mayoría de los estudiosos, también los católicos, como escena ideal. Es decir, una escena que refleja más el sentimiento o el talante profundo de Jesús que hechos acontecidos históricamente. Son historias teológicas, no sucedieron exactamente así. Pasa lo mismo con la escena de la samaritana. El historiador no puede hacer nada con eso. Tiene que atenerse a las dos líneas del Evangelio de Lucas.
Con la escena que pinta Juan al pide de la cruz tenemos el mismo problema. ¿Cómo es posible que sus seguidores, sediciosos a los ojos del Imperio Romano, estuvieran velándolo al pie de la cruz? ¿Cómo iba a permitir el Imperio Romano, que mataba y escarmentaba estupendamente, que su madre y María Magdalena estuvieran en diálogo con Jesús al pie de la cruz? Ésta es otra escena ideal, que tenemos que apartar de la historia.
Un historiador, si quiere hacer un libro estrictamente científico sobre la vida de Jesús, se encuentra con mil problemas.

¿Lo conseguiste?

Sí. Y está hecho a mi estilo: sencillo, con frases cortas. Es un análisis técnico, pero clarísimo. Quien me entiende cuando hablo entenderá lo que escribo.
En el libro analizo muchísimos textos, incluyendo el Evangelio que se le atribuye a la propia María Magdalena pero que no se sabe quién lo escribió. Y abordo diversos temas, como el matrimonio y el divorcio, desde la posición de Jesús. Por eso, aun siendo un libro del siglo I, es un libro actual. Porque es el soporte de la vida espiritual de dos mil millones de personas.

 

¿Qué importancia tiene la mujer en el Evangelio?

Está en pie de igualdad, pero parcialmente. Digamos que técnicamente. Desde el punto de vista cristológico, de la relación con Dios y con el Mesías, sí. Pero en la sociedad no.
No podemos olvidar que Jesús vivió en el Israel del siglo I y estaba totalmente inmerso en ese ambiente. Jesús no tenía ningún interés en modificar las relaciones sociales machistas y patriarcalistas de su época, como tampoco lo tuvo Pablo. La mujer ocupaba un puesto secundario en la sociedad, o menos que secundario. Pero si el fin del mundo iba a ocurrir en esa misma generación, ¿por qué alguien iba a esforzarse en cambiar esas relaciones perecederas? «Dios mismos las cambiará en el Reino de Dios», pensaban. Si todas las personas eran iguales como hijos de Dios, existía igualdad teológica. Y se esperaba que más adelante llegara la igualdad social.
Si comparamos el cristianismo con todas las demás religiones del mundo, vemos que esa igualdad sustancial de todos los hombres es lo que hizo posible que con el tiempo se llegara al Renacimiento, a la Revolución Francesa, a la Ilustración y a los derechos humanos. Es decir, que el Evangelio guarda, en potencia, la semilla de esa igualdad, que no podía ser realidad en la sociedad del siglo I. El cristianismo está debajo de todos los movimientos igualitarios y feministas que ha habido en la historia, aunque ahora no lo veamos claramente porque el cristianismo evolucionó en humanismo. Pero ese humanismo no se ve en religiones que no sean cristianas. ¿O acaso el budismo, per sé, ha llegado a la Ilustración? ¿El shintoísmo? ¿El Islam? Los pocos movimientos feministas que hay en esas religiones están inspirados en la cultura occidental. Y la cultura occidental tiene como sustento la cultura cristiana. Aunque sea una cultura cristiana descreída, desclericalizada y agnóstica, culturalmente es cristiana.

¿Es decir, que sin el cristianismo no tendríamos una sociedad de derechos y libertades como la que tenemos hoy?

No. Se puede acusar al cristianismo de los muertos de la Inquisición, de la espada y la cruz y todo lo demás. Pero no se pueden negar las cosas buenas. Una de ellas es que ha conformado una civilización que ha irradiado a todo el resto del mundo no sólo el modo de vida occidental, sino la concepción de base cristiana, que implica esa igualdad sustancial entre las personas.

Una mujer que aparece mucho en los Evangelios es la Virgen María. ¿Hablas de ella en el libro? ¿Su papel como mujer se reduce exclusivamente a ser madre?

A María le dedico dos capítulos en el libro. Desde el punto de vista histórico nos encontramos con el problema del que hablábamos antes: hay escenas de los Evangelios que forman historia sagrada o historia teológica. Es decir, parábolas que proyectan leyendas, pero que no son historia propiamente dicha. En los apócrifos se muestra a un Jesús rebelde y furioso, pedante y poco ejemplar. Pero hay escenas de los apócrifos que ya no es que sean leyendas, es que directamente no hay quien se las trague.
De la relación entre Jesús y María podemos decir poco. Hay un pasaje en el que se cuenta que Jesús estaba predicando rodeado de gente, y que se acercó su familia (se entiende que entre ellos, su madre) y no quiso recibirles. En otro pasaje se dice que su familia pensaba que Jesús estaba «fuera de sí». Es decir, loco.
O sea, que la primera reacción de María cuando su hijo dejó el oficio y se pudo a predicar el Reino de Dios, fue pensar que estaba loco. Ignorando al Ángel Gabriel, al concepción y todo lo demás. Así lo pinta el Evangelio de Marcos.
Pero también hay que tener en cuenta que Marcos es el evangelista más paulino, y en el contexto del enfrentamiento entre las iglesias paulinas y las iglesias judeocristianas, es posible que cargara las tintas contra los judeocristianos.

¿Cómo describirías, en cuatro o cinco pinceladas, al Jesús real?

Jesús fue un israelita pleno. Un hombre que nació en una familia muy religiosa, como puede verse por el nombre de sus padres. Sintió la llamada de Juan Bautista y se convirtió, digamos, al círculo de quienes estaban expectantes ante el fin del mundo que proclamaba el Bautista, apocalíptico y escatológico. Jesús fue también un maestro. Un maestro de la ley, autodidacta. Y si se tuviera que definirse de alguna forma, se definiría como un profeta.
En Galilea Jesús fue un fariseo sui géneris. Si a algún grupo se parece, es a los fariseos. Pero fue, ante todo, un carismático exorcista y sanador, que sólo al final de su vida, y probablemente impulsado por los más fanáticos de sus discípulos, se proclamó Mesías de Israel. Fue empujado a ello.
No fue militar, porque era pobre. Pero sí fue zelote en el sentido de luchar y dar todo porque se cumpliera la ley de Dios. Pero aunque no fue militar porque no podía sustentar un ejército, no encontramos un repudio directo de la violencia por su parte. No lo hay. De hecho, en los evangelios sinópticos hay bastantes sonidos de sable. Jesús estaba convencido de que había que echar a los romanos (si no se convertían), porque el Reino de Dios había de ser de puros israelitas. Es decir, nacionalismo puro y duro. Y estaba convencido de que si los hombres se portaban bien no sería necesario montar un ejército, porque vendrían 12 legiones de ángeles a echar a los romanos y a instalar a su rey.
Es decir, que fue un profeta, apocalíptico y escatológico, que creía en el fin del mundo, carismático, exorcista, sanador, rabino, maestro de la ley. Un hombre muy fuerte pero que trataba muy bien a los débiles, a los enfermos y a las mujeres. Y que al final de su vida se proclamó Mesías.

Si su vida hubiera tenido otro final, ¿hubiera sido posible que su mensaje calara y construyera una civilización, o se hubiera quedado exclusivamente en el mundo judío?

Se hubiera quedado en el mundo judío. Es importante que la gente tenga en cuenta que la muerte Jesús fue absolutamente necesaria para que luego eclosionara el cristianismo. Sin la muerte y la resurrección no se explica todo lo que vino después. Por eso, cuando me preguntan por esas teorías de que Jesús no murió en la cruz sino que se fue a Cachemira, yo siempre digo que, a pesar de que es cierto que de la historia antigua ignoramos muchas cosas, hay hipótesis que son plausibles y razonables y hay otras que no lo son.
Los romanos sabían matar muy bien. Jamás fallaban. A Jesús le condenaron por sedicioso, por atacar a la ley y a la majestad del emperador Tiberio. Por eso le condenaron a la peor de las muertes.
Probablemente las dos personas que estaban a su lado en la cruz eran discípulos suyos, aunque la cruz de Jesús estaba más elevada. Es decir, que a Jesús no lo crucificaron solo, sino que lo crucificaron en el centro de dos bandidos. Esto es tremendamente importante, porque a partir de ahí verían los cristianos que Jesús es el justo sufriente que muere en pro del pueblo, para expiar al pueblo.
La promesa que Dios le hace a Abraham en el Antiguo Testamento es que le hará padre de numerosos pueblos, no de uno solo. Por lo tanto, el acto de expiación que Jesús lleva a cabo con su muerte fue expandido a partir de Pablo en adelante, como un designio divino. La redención se abrió, necesariamente, a numerosos pueblos.
Mucha gente no cae en la cuenta de que sin esta expansión no se habría cumplido por completo la promesa que Dios le hizo a Abraham. Aunque esta promesa los judíos la entienden de una manera, y los cristianos de otra.

¿Un cristiano común y corriente se puede sentir escandalizado al leer alguno de tus libros? El Jesús del que tú hablas no es exactamente la historia que nos han contado…

No creo que nadie tenga por qué escandalizarse. Mis libros son análisis críticos. Es cierto que yo no cuento la historia que siempre nos han contado, porque cuento la Historia. Cuento el consenso que existe entre los investigadores (no sólo entre los «independientes», también entre los confesionales) en torno a la vida de Jesús.
Creo que para tener una fe consciente no puede uno escandalizarse. No da igual la imagen que nos formemos del Jesús de la historia. Pero al mismo tiempo, la fe cristiana no es sólo el Jesús de la historia, sino la reinterpretación del Jesús profundo, que subyace al Jesús de la historia. Porque el cristiano está inmerso en una vida marcada por el Espíritu, que le hace ver más profundo.
Los cristianos mezclan el Jesús de la historia con el Cristo en el que creen, mientras que los historiadores nos dedicamos a separarlos.

¿Tienes alguna novedad preparada?

Sí, y puedo darte un adelanto: el próximo día 14 sale en Planeta una novela mía, escrita junto a José Luis Corral. Se llama «El trono maldito» y trata sobre los sucesores de Herodes el Grande. En medio de toda la pasión, sexo y violencia de esa corte helenística judía, aparecen dos personajes: Juan el Bautista y Jesús. Entonces, tanto los griegos y los romanos como los judíos de arriba, intentan cargárselos. Pero luego la historia nos demuestra cómo cada uno de los que han participado en la muerte de Juan Bautista y de Jesús van cayendo uno detrás de otro, como la maldición de la pirámide.
Es una novela de acción pero que acaba con un final esperanzador. Creo que es una forma espléndida de aprender cómo era el Israel del siglo I, y aprender más sobre Juan el Bautista y sobre Jesús.

 

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