Del hedonismo chabacano de algunos cristianos



Escrito por Ignacio Simal
Martes, 17 de Abril de 2012 08:44

EpicuroEl hedonismo tiene mala prensa en el mundo cristiano. Todo cristiano bien pensante rechaza de entrada el calificativo “hedonista” aplicado a su propia existencia.  Se rechaza un hedonismo serio y comprometido, pero a la vez se opta por un hedonismo que califico de chabacano. ¡Ay, si Epicuro levantara la cabeza y viera el estilo de vida comunitario y personal de aquellos que dicen seguir a Jesús y que confiesan huir de su doctrina filosófica!

El hedonismo que algunos cristianos practican es un epicureísmo popular. “Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad”, escribe el filósofo hedonista Michel Onfray.

Y si pedís, no recibís nada porque pedís con la torcida intención de malgastarlo en vuestros caprichos (hedonais)”[1], escribirá Santiago en su carta (4:3). Es curioso que la vida de unos seguidores de Jesús tenga como objetivo obtener “caprichos” sin importar el medio utilizado para conseguirlos. Parece mentira, pero así fue y así sigue siendo.

Guerra, intrigas, luchas internas, odio con el fin de alcanzar, tal vez, fama, poder, prestigio y hasta dinero (4:1-2). Eso sí, todo bien condimentado de piedad y de, en ocasiones, intenciones explícitas de buscar el bien de la iglesia. De ahí que Santiago se vea en la obligación de escribir “¡purificad vuestro corazones los que os portáis con doblez!” (4:8).

En la misma epístola se nos dirá que Dios, el Dios de Jesús, “hace frente a los orgullosos” (4:6). El orgullo se refiere a la “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas” (RAE). Sin embargo, escribirá Santiago que el favor de Dios está con los humildes (4:6). La humildad guarda relación, en contraste con la soberbia, con “el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento” (RAE).

El antes citado Onfray seguirá diciendo en el artículo ya mencionado, que el “hedonismo filosófico es en gran medida lo contrario –de la versión vulgar-, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios”. Si tan sólo fuéramos hedonistas en el sentido apuntado por Michel Onfray, otro gallo nos cantaría.

Si no le creéis veamos por un momento los principios de Epicuro. “Según este filósofo, los placeres y sufrimientos son consecuencia de la realización o impedimento de los apetitos. Epicuro distingue entre tres clases de apetitos, por tanto placeres:

  • · Los naturales y necesarios, como alimentarse, abrigo, y el sentido de seguridad, que son fáciles de satisfacer; 
  • · Los naturales pero no necesarios  
  • · Los no naturales ni necesarios, la búsqueda del poder, la fama, el prestigio”[2] (negritas mía). 

Interesante notar que para el epicureísmo la búsqueda del poder, la fama y el prestigio no sea un apetito natural y, por ello, innecesario. “Pese a que el placer es un bien y el dolor un mal, hay que administrar inteligentemente el placer y el dolor: en ocasiones debemos rechazar placeres a los que les siguen sufrimientos mayores y aceptar dolores cuando se siguen de placeres mayores[3] (negrita mía). Ya veis que lejos estamos del hedonismo serio, y que cercanos al hedonismo chabacano que es, en mi opinión, al que apunta Santiago y el que la sociedad en la que vivimos propone como norma.

La amistad (filia) con el mundo es enemistad con el Dios de Jesús (4:4). Una amistad fraterna con un modelo de sociedad que propicia el tener sobre el ser, que nos construye como consumidores y logra que busquemos ansiosamente el dinero, el poder, la fama y el prestigio. Aunque ello suponga la destrucción de todo lo que nos rodea, y veamos en el prójimo o el hermano a un competidor que de no ser eliminado se quedará con el “pastel” que me apetece.

¿Qué podemos hacer? Simplemente hacer carne la voluntad y el talante de Jesús de Nazaret (Mt. 5-7; 2Cor. 8:9; Fil. 2:1-11) –ese es el sentido de “humillarse delante de Dios” (4:10)-, no sea que la risa y la alegría que podamos experimentar al ver nuestros deseos, revestidos de soberbia, colmados, se tornen en llanto y tristeza (4:9).

Ignacio Simal, Abril de 2012


[1] De no decir lo contrario, cito siempre la Carta de Santiago según la Traducción Interconfesional de la Biblia, BAC – Verbo Divino – Sociedades Bíblicas Unidas, Madrid, 2008

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