SACERDOTES CASADOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS (IV)


06.07.13 | 18:40. Archivado en Signos de los tiempos

Entre la tiranía y la libertad

La tendencia creada está por encima de nuestra voluntad
Por el hecho de haber prometido el celibato, no quiere decir que se tenga capacidad de vivirlo “sin abrasarse”. Lo confirma la experiencia. “Hay cuestiones del corazón que no se pueden parar. Cuando uno se enamora y empieza a proyectar más allá, pensando en una familia e hijos, es muy fuerte y creo que eso Dios lo quiere, porque ama la vida”, fue la explicación que les dio un cura argentino a los vecinos de su pueblo. “Entré en crisis depresiva; la causa de todo era el celibato. Después de mucho madurarlo, pedí la dispensa al Papa, y salí del clero en 1970, como medio único de sanar de la depresión…”, tiene escrito el presidente de ASCE (Asociación de Sacerdotes Casados de España).

La ley eclesial tiene mucha fuerza, y la institución eclesial se ha encargado de potenciarla de mil modos: desde cargando la conciencia como si fuera una opción de vida o muerte, hasta cortando la salida de mil modos. Hábilmente impide una profesión civil, les ata con la pensión de jubilación mínima para que necesiten el ejercicio activo para poder comer, valora y exalta exageradamente su servicio, les dota de poder absoluto en su ámbito, les permite organizar su trabajo y tiempo a discreción –“trabajo de cura”-, tolera su afán de riquezas, de honores, de autoritarismo y dominio sobre la comunidad, les deshonra si dejan el ministerio con humillaciones y desprecios, les “reduce” su capacidad, su carisma, al no uso, y su ejercicio a pecado… Es lo que algunos llaman “amarres” del celibato. Es la vuelta a la esclavitud. Es la contradicción del Amor de Jesús.

Infieles a la ley, pero fieles a la fe
¡Estúpidos gálatas! ¿Quién os ha embrujado?… ¿Empezasteis por el Espíritu para terminar ahora con la carne? El que os suministra el Espíritu y realiza prodigios entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley o por la obediencia a la fe?” (Gál 3, 1-5), habría que increpar y preguntar a la institución eclesial. No ha sido la obediencia a la ley celibataria la que ha inspirado el “servicio” de dirección y presidencia de la comunidad a muchos presbíteros y obispos, que se han visto obligados por la ley, no por la fe, a dejar su ministerio. Ha sido el Espíritu quien les ha sostenido “la fe que actúa por el amor” a la comunidad. Ahí están tantos testimonios de sacerdotes ejemplares, infieles a la ley –por considerarla dañina a su humanidad-, pero fieles a la fe. Así lo formula Daniel Orozco: “En esos dos años de ministerio lo tenía todo: una parroquia estupenda, veía frutos en mi labor, con mis compañeros de curso y demás sacerdotes había buena relación; pero seguía sintiendo el vacío de fondo, ese eco que me repetía desde lo hondo que no era del todo feliz, que renunciaba a una vida conyugal y familiar, ese desazón que nada ni nadie parecía llenar. Intensificaba la oración, cuidaba la fraternidad presbiteral, veía a los amigos … Nada… Sí, transmitir el evangelio, ayudar a vivirlo en mí y en quienes me rodeaban me encantaba pero vivir célibe me dejaba vacío, cada día un poco más … Esto no se pasaba, ya no eran crisis, era una constante. Mi corazón me estaba hablando otra cosa desde hacía mucho tiempo y no estaba haciendo caso. Dios mismo me hacía darme cuenta de que no podía seguir engañándome y engañándole a él y a todos; por muchos grupos, catequesis y homilías que pronunciase; aunque la gente me quisiese y alabase mis palabras o mis acciones; aunque Dios me diese muestras de su amor y fuese a veces instrumento suyo y testigo de su bondad con las personas.” (“Curas casados. Historias de fe y ternura” Moceop. Albacete 2010, p. 70-71).

Así recuerda José María Lorenzo, presidente de la Asociación de sacerdotes casados españoles (ASCE), al secretario de su asociación: “Hemos trabajado durante estos años para conseguir una reintegración en el ministerio por considerarlo de estricta justicia teologal. Nada hemos conseguido al respecto. Seguiremos adelante trabajando, convencidos que lo importante no es haber conseguido nuestro objetivo primero de la reintegración, sino haber colaborado eficazmente en el Reino de Dios. El 18 de junio de 1998 moría nuestro amigo Francisco Mantecón Ramírez, con 79 años de edad… Su paso de este mundo fue como lo que él era: como el de un hombre enamorado de Dios. Su esposa, Sole, nos dice que hasta el momento de su tránsito estuvo repitiendo jaculatorias con gran paz. Ha sido ejemplo en su vida y en su muerte. Vivió su sacerdocio todos los días de su existencia terrena. Rezaba el oficio divino, celebraba en ocasiones la Eucaristía de forma privada, practicaba a diario la lectura espiritual y la oración mental, era hospitalario, amable con todos, deseaba siempre hacer un favor a cualquiera. Era desde 1982 secretario de nuestra Asociación, y uno de lo socios fundadores en 1977”.

La santidad, vivir en Amor, es fruto del Espíritu Santo que actúa también en los “ministros” eclesiales casados, de rito oriental y occidental, católicos y anglicanos, ortodoxos y de la reforma luterana. Esperemos que el Espíritu, además de en el “amor”, nos sitúe a todos en su “libertad”: “donde hay Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3,17). Pidamos al mismo Espíritu que esta situación casi grotesca, pero dramatizada por la ley, quede pronto superada. En el origen de la misma ley estuvo el enfrentamiento entre la tiranía y la libertad.
Hablaremos de ello otro día.

Rufo González

 

 

 

http://blogs.periodistadigital.com/atrevete-a-orar.php/2013/07/06/p337066#more337066

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